El privilegio CAPÍTULO 43.
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CAPÍTULO 43.

Caía en los tres burgos una fina cortina de agua que empapó la pelliza de Felipe, pero ni siquiera le prestó atención.

Salió por la puerta de San Cernin hacia la Población de San Nicolás pensando en lo que Pedro le había contado y, sobre todo, tratando de hallar la forma de demostrar a Lancelot que fue él quien ideó las tracerías del claustro.

En cuanto accedió a la belena de San Nicolás divisó el orgulloso torreón de su iglesia, que sobresalía por encima de los tejados.

El olor que provocaba la lluvia sobre la tierra seca le trajo a la memoria tardes felices en aquellas calles junto a Ane y Rodrigo.

La última vez que Felipe se había acercado hasta San Nicolás para visitar a su amiga todavía trabajaba con el maestro Perrin de Simur.

Desde entonces solo la había visto en contadas ocasiones.

Ella tampoco fue capaz de hacerle salir del pozo en el que se había sumido tras perder su trabajo en la catedral.

Le propuso dedicarse a trabajos en los que emplear su ingenio y habilidad para dibujar; le sugirió construir casas para burgueses, trazar modelos para los carpinteros, trabajar como orfebre o crear su propio taller.

Sin embargo, Felipe tenía una única obsesión: la fábrica de la catedral.

Cuando Ane vio a Felipe supo que algo había cambiado en su interior.

Había recuperado la sonrisa. Su amigo conservaba una figura imponente y, pese a estar empapado hasta los huesos, su melena se veía arreglada.

Cada vez se parecía más a su padre. Bastó un abrazo en mitad de la plaza que daba acceso a la iglesia de San Nicolás para que vibrara nuevamente la sintonía de almas hermanas que siempre habían compartido.

Se apresuraron para ponerse a cubierto y, en cuanto atravesaron la puerta principal del templo, advirtieron que solo un par de fieles rezaban en la cabecera.

El sonido de la lluvia se volvió grave y difuso y la penumbra reinante en el interior los cubrió por completo.

―Me alegro de que seas otra vez tú ―se sinceró Ane en un susurro.

―No creas que estoy contento, pero al menos he recuperado las fuerzas para luchar.

―Sé lo ocurrido. Adrián me lo contó. Tu encontronazo con el maestro de obras y tu discusión con Lancelot han sido motivo de todo tipo de comentarios en palacio. Toda la corte habla de ti.

―No sé si eso es buena señal, pero te aseguro que el diseño es mío ―expuso molesto y quedo.

―¿Crees que necesitas emplear un solo instante en convencerme? ¿Acaso dudas de mí? ―le preguntó ella con un deje de reproche para, a renglón seguido, soltar una risa contenida―. Lo siento. Sé que es duro para ti, pero estoy muy contenta de verte luchar ―se sinceró.

El del Burgo contó a Ane la encomienda que el rey le había hecho a su padre. Le explicó que no quería enredarlos ahora con su empeño y que por eso había acudido a ella, para que lo ayudara a pensar con serenidad.

Ane se quedó impactada ante la empresa que ahora tendría que afrontar el padre de su amigo.

―¿Cómo se encuentra María? Mis padres no deben saberlo todavía, me lo habrían contado.

Felipe asintió agradecido y, tras tomar un pequeño respiro, continuó.

―¿Cómo podría demostrar lo que pretendo? ¿Podría reclamar mi pretensión en un juicio?

Ane no necesitó pensar demasiado para contestar. Le sostuvo la mirada y sonrió.

―¡Dios santo! ¡Un conflicto en el que el denunciante sería un vecino del Burgo, el acusado un hombre de la Navarrería y el juez viviría en la Población! ―exclamó, dándose cuenta de inmediato de que podían oírla.

―O sea que quien dirimiría la sentencia sería tu padre ―calculó.

―Así es. Sería el tribunal de la Cort el encargado de conocer un juicio de semejante repercusión. Y Adrián formaría parte del tribunal.

―Él me creería.

Ane frunció el ceño.

―Estoy segura de ello, pero ese no es el problema. Deberías probar tu autoría sin ningún género de dudas. No bastaría con tu palabra.

―¿Y qué tendría que hacer?

―Solo podrías hacerlo de dos formas. Cualquiera de las dos podría servir, pero no existe ninguna otra: podrías entregar los dibujos con tu firma o presentar ante los tribunales testigos que declarasen haberlos visto.

―No tengo los dibujos y nadie puede atestiguar sin faltar a la verdad que los vio y que los reconoce en la tracería ―replicó Felipe―. Solo quien ya no está entre nosotros podría hacerlo.

La memoria de su maestro dibujó una sombra en el semblante del joven.

―Recuerdo cómo Perrin de Simur se emocionó al ver mi trabajo. Me aseguró que el obispo aceptaría de buen grado el diseño.

Felipe guardó silencio durante un instante para contar a continuación a su amiga lo que se dijo en torno a su muerte.

―El cantero Pedro me ha dicho que corrió el rumor entonces de que fue envenenado.

―¿Envenenado? Dicen que murió de un ataque de apoplejía ―recordó Ane sorprendida.

―Pedro sospecha que fueron los hombres de la Navarrería con el fin de colocar en su puesto a uno de los suyos.

Y, aunque nunca se pudo probar, él vio cosas que le llevaron a sospechar.

Al parecer, el propio Tristán y un jurado, Juan de Artajona, estuvieron con el buey Lot ese día antes incluso de que muriera el maestro.

Aquellas palabras impactaron a Ane, pero su reacción tras asimilarlo fue la de una abogada valorando la posibilidad de que una demanda prosperara.

―Si los jurados del Burgo supiesen que un francés, un hombre del rey fue asesinado, no dudarían en denunciarlo ―calculó―, pero ahora no podremos hacer nada por él.

―Es lo mismo que yo pensé.

Felipe se rehízo y retomó la conversación donde la habían dejado.

―También el hombre que esculpió la tracería, el francés Esteban de Obray podría atestiguar que mi firma se encontraba en el pergamino.

En aquel momento varios fieles se acercaron hasta situarse muy cerca de la pareja.

Ane tomó del brazo a su amigo y lo llevó hasta un banco apoyado en uno de los laterales del templo.

El olor a incienso y la humedad que rezumaban aquellos muros les hacían sentirse a salvo.

Era allí donde los vecinos acudían cuando las campanas de la iglesia anunciaban alguna calamidad y era allí donde encontraban la calma.

Ambos se sentaron y la pelirroja trató de concentrarse en lo que Felipe le había contado.

―Dices que el escultor se marchó a Francia tras recibir nuevas relativas al fallecimiento de su esposa ―expuso Ane pensativa―. Quizá aquella información era falsa y Tristán solo pretendía alejar de allí al escultor para que no revelara el autor de los dibujos.

―Y, por otra parte, es posible que una vez se llevara a cabo la escultura alguien de forma deliberada se aseguró de que los pergaminos ardieran.

Ambos se quedaron cabizbajos. La llama de un cirio encendido a tan solo unos pasos iluminaba el rostro de Ane y Felipe tuvo la sensación de que su pelo rojo ardía.

―No dispones de testigos y no tienes los pergaminos ―resumió la joven―. Podrías preguntar a Tristán directamente quién trazó las líneas que luego se trasladaron a la escultura para observar su reacción ―propuso después de cavilar un instante.

Felipe sonrió ante la perspicacia de su amiga.

―Dijo que fue él quien lo hizo, que él es el autor. Le pedí que mostrara los pergaminos y se burló de mí. Me dijo que era el maestro de obras de la catedral y que no tenía por qué justificar ante nadie su trabajo. La obra está prácticamente concluida y eso es lo único que importa a los mandatarios.

―Tienes razón y, a su vez, el maestro de obras la tiene en lo que dice. Quizá debieras ser tú quien demostrara que eres capaz de trazar esos dibujos.

―Esa no es una opción. Otros tracistas podrían también hacerlo. Ahora esa composición está a la vista de todos ―se lamentó.

Ane guardó silencio y Felipe rumió sus opciones.

―¿Cualquier tracista podría hacerlo? ―preguntó al fin la pelirroja.

Felipe negó con la cabeza.

―Lo cierto es que para que el resultado final sea perfecto es necesario aplicar algunas reglas geométricas. Pero es posible intuir esas proporciones y replicarlas.

―¿También Tristán?

―No estoy seguro de que él lo supiera hacer, pero podría utilizar a cualquiera de sus delineantes. Además, sería muy difícil distinguir si en el resultado final del trabajo se utilizaron dichas reglas o se dibujaron de memoria.

―Solo nos queda una opción ―dijo al fin Ane―, confiar en que en algún lugar, en algún cajón de la catedral, en la cillería, en la torre Barbazana, se encuentren esos pergaminos con tu firma. Te acompañaré a buscarlos.

Felipe negó.

―Nunca te pondría en peligro. ―Por primera vez su tono no admitía réplica―. Yo mismo lo haré.