CAPÍTULO 42.
Felipe había escuchado en más de una ocasión que fue Lancelot, siendo un niño de apenas ocho años, quien colocó un florín de oro bajo la primera piedra de la nueva catedral ante la atenta mirada de su padre, el rey Carlos III de Navarra.
El actual vicario de la sede episcopal de Pamplona era algo más joven que el propio Felipe y, sin embargo, su prestancia le había impresionado.
El comportamiento y la actitud de Felipe habían cambiado por completo tras la conversación que mantuvo con Lancelot. Quizá se debiera al hecho de descubrir que su diseño había sido llevado a una de las tracerías del claustro; quizá a la confianza que le generó el vicario; quizá a ambas.
En las ferias de San Fermín la tarea se multiplicaba para suministrar carne a posadas, tabernas y a las cocinas de palacio, y él había trabajado como nunca.
Había despertado al fin de un profundo letargo y quería volver a sentir la pasión que daba sentido a su existencia.
El rey necesitaba impulsar no solamente la obra de la catedral y la del Palacio de Olite.
Según el propio Lancelot, tenía también en mente la construcción de una nueva residencia real en Tafalla, además de varios edificios en diferentes poblaciones del reino.
Por eso iba a necesitar tracistas, arquitectos y dibujantes que cubrieran todos los proyectos.
Felipe debía demostrar al vicario que el diseño de aquella tracería era suyo y tras las ferias se puso a ello.
Removió junto a su madre todos los rincones de su casa, ayudado por Simón de Leoz buscó en la escuela de la Navarrería e incluso acudió a la casa donde había residido Perrin de Simur, pero no encontró ni un solo pergamino con sus dibujos.
Recordó la sentencia del mendigo que vaticinó el reconocimiento y aplauso de quienes llegaran a admirar su obra y se lamentó por haber abandonado allí su trabajo.
A pesar de que intentó adivinar quién y cómo había llegado a esculpir con tal exactitud cada uno de los detalles de sus dibujos, Felipe no fue capaz de imaginarlo, así que decidió preguntar a Pedro.
De entre todos los trabajadores de la fábrica, él era el único hombre que lo había defendido cuando Perrin de Simur lo contrató.
Aunque estuviera retirado de aquellas labores, probablemente conociera al autor.
El viejo cantero residía en una pequeña casa de la Navarrería, entre la catedral y la judería, y sin duda habría visitado la obra a diario.
Cuando el anciano cantero vio al joven acercarse lo reconoció de inmediato. Felipe estrechó aquellas manos, duras como la piedra horadada tantas veces por sus cinceles, y tuvo la extraña sensación de que la vida de aquel hombre se escapaba a través de sus profundos ojos grises.
―Escuché que os habíais perdido, que ya no servíais a vuestro rey, ni rezabais a vuestro Dios, que solo vivíais para dejaros llevar por vuestros instintos ―le inquirió sin preámbulos Pedro.
―Ha sido así durante demasiado tiempo ―concedió―, pero he recobrado la ilusión. Quizá pueda volver a dibujar y consagrar mi vida a la construcción de esta catedral en honor a santa María.
El anciano asintió conforme.
―No estaré aquí para verla concluida ―admitió con resignación.
―Pedro, ¿qué es lo que hacéis ahora? ¿Cómo os ganáis la vida? ―le preguntó el joven del Burgo tratando de apartar la sensación extraña que acababa de sentir al abrazarlo.
―Mis manos no tienen la precisión de otros tiempos y mis piernas se cansan muy pronto.
Ayudo a los canónigos de la catedral con pequeños trabajos en los dormitorios o en la cocina y a cambio me permiten comer con ellos.
Incluso a veces me uno a sus plegarias en la sala capitular de la Barbazana o en el refectorio.
―Podríais ayudarnos en nuestro negocio. A veces bastan dos ojos para estar pendiente de los animales ―le ofreció Felipe.
―Os lo agradezco, pero no será necesario. Me siento bien entre los clérigos ―confesó el cantero―. ¿Trabajaréis en la fábrica de la catedral? ¿Para Tristán? ―se interesó tras una breve pausa.
―No lo sé todavía. Pero creo que puedo tener una oportunidad y no debo dejarla pasar. Por eso he venido hasta aquí, para haceros una pregunta. Necesito conocer quién esculpió la tracería recientemente colocada en el claustro.
―¿La habéis visto? ¡Es difícil encontrar una composición más armónica! ―opinó el cantero agitado.
Felipe no mostró ninguna emoción ante el halago, sus palabras fueron más bien pesarosas.
―Yo la diseñé. Hace siete años.
A Pedro no pareció sorprenderle la afirmación del joven tracista.
―Es curioso. Cuando pude contemplar la obra colocada en el claustro, me acordé de vos por un momento.
A veces el corazón ve mucho más allá de lo que ven nuestros propios ojos.
No sé la razón, pero me vinieron a la mente vuestros dibujos, vuestra magia con la pluma, la búsqueda de la perfección en cada detalle y la armonía en el resultado final de vuestros trazos.
Felipe mantuvo el silencio a la espera de una aclaración a su pregunta y pronto, el viejo cantero le contó lo que sabía.
―Yo lo vi esculpiendo en más de una ocasión.
Su manejo de cinceles y gradinas era increíble.
Utilizaba una maza de madera para los trabajos más delicados y abruñadores para pulir la superficie.
Y, además de los pergaminos, manejaba una plantilla de madera que le servía para reproducir con mayor exactitud motivos y proporciones.
―Habláis en pasado, como si hubiera muerto. ¿Quién es él?
―No sé si ha muerto, no obstante, no lo encontraréis en Pamplona. Se llama Esteban de Obray. Es un reputado escultor francés que el rey trajo de su último viaje a Francia. Al parecer llegaron noticias luctuosas de su familia y regresó a su patria el mismo día en que finalizó el trabajo.
El cantero observó la profunda decepción en el rostro del joven.
―¿Por qué lo buscáis?
―Para conocer dónde encontró mis dibujos o quién se los entregó. Nadie ha podido plasmar en la piedra los detalles que he descubierto en el claustro sin disponer del pergamino en el que yo los tracé. Y es en ese documento donde se encuentra mi firma.
―El maestro de obras no tiene la costumbre de destruir esos dibujos.
Pueden servir como base para futuros trabajos.
Suelen guardarse junto a otros documentos también relativos a la ejecución de las obras, la justificación de los trabajos o de los materiales ―explicó―.
A no ser que alguien haya hecho lo necesario para que nunca pudieseis encontrarlos.
―Ese engreído de Tristán no me teme. No creo que los haya ocultado. No considera que yo tenga la fuerza ni la capacidad para hacerle daño.
El viejo cantero cerró los ojos, llevó hacia atrás su escaso pelo cano y cayó de pronto en un estado de letargo. Hasta que el propio Felipe lo devolvió a la realidad.
―¿Os encontráis bien? ¿Estáis cansado?
―Estaba tratando de recordar lo que ocurrió en aquellos días.
En la Navarrería había crecido un profundo malestar por el hecho de que los arquitectos, maestros y escultores que dirigían las obras de la catedral eran extranjeros, vecinos de la Población o del Burgo.
Y los miembros del jurado de la Navarrería propusieron diferentes medidas para revertir la situación.
Teniendo en cuenta que erais un vecino del Burgo, es muy posible que ocultaran vuestros diseños de la misma forma que opacaron hechos mucho más graves.
―¿A qué os referís? ¿Qué es lo que sabéis?
―¿Conocéis al médico judío al que llaman el buey Lot?
―Claro que lo conozco, pero no veo ninguna relación entre ese hombre con la ocultación de mis dibujos, ni con la obra de la catedral.
―Quizá sí que pueda existir una relación ―caviló.
―Me encantaría que me iluminarais porque me encuentro en la oscuridad más absoluta ―pidió Felipe con ironía.
―La noche en que murió el maestro Perrin de Simur vi al médico judío acudir presuroso a la catedral. Yo entonces ya vivía en esta misma casa. Pensé que algo debía de ocurrir para que ese hombre se desplazara con semejante presteza.
Felipe miraba a Pedro expectante, sin entender nada.
―Fue él, el buey Lot, quien atendió en primera instancia al maestro de obras y quien posteriormente nos dio la noticia de su fallecimiento como consecuencia de una apoplejía ―recordó Pedro.
―¿Y bien? ―preguntó Felipe impaciente.
―Nadie lo puso en duda en aquel momento, pero semanas después corrió el rumor de que había sido envenenado.
Felipe dio un paso atrás al escuchar aquellas palabras.
―¡Por Dios, no es posible! ―exclamó―. ¿Quién podía querer su muerte?
―Como os he dicho, los jurados de la Navarrería querían que el maestro principal de la fábrica de la catedral fuese un hombre suyo, un vecino de la Navarrería.
El viejo cantero pareció medir lo que estaba a punto de contar.
―Días después de la muerte del maestro, cuando escuché la posibilidad de que lo hubieran matado, recordé algo más.
Ese día fue para el buey Lot muy ajetreado.
Lo vi acompañar a un jurado de la Navarrería, Juan de Artajona, y más tarde lo vi con Tristán.
Discutían de forma acalorada y miraban a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba.
Horas después fue él quien levantó el cadáver y quien dio fe de la causa de su muerte.