CAPÍTULO 41.
Johannes había conseguido un camastro para Mencía en los cuartos de San Martín.
En aquel hospicio de la Navarrería compartían espacio madres solteras, mujeres maltratadas y de mala vida.
La Cofradía de Corpore Christi, fundada por el obispo Barbazán hacía casi un siglo, las ayudaba mediante donaciones de los hermanos.
Les procuraban un poco de pan y un buen trago de vino casi cada día, pero eso no era suficiente para alimentarlas.
El joven de Atarrabia había dormido las últimas noches en una belena aledaña al hospicio y había obtenido alguna limosna en las calles cercanas.
Todavía no entendía cómo seguía poniéndose en pie cada mañana.
Llevaba la comida que conseguía a su mujer y él apenas probaba bocado.
Al menos Mencía se encontraba un poco mejor cada día.
Aquella mañana se movió temprano. Restaban un par de días para que los feriantes abandonasen la ciudad y después sería muy difícil conseguir alimentos.
La feria llegaba a todos los rincones. Se escuchaba un rumor sordo incesante y el reclamo impostado de los mercaderes.
Olía a especias, a perfumes de otras tierras y a pan.
Johannes paseó entre los puestos del Chapitel simulando admirar la platería, la loza y el cristal, pero lo que le llamó la atención fue un puesto regentado por un genovés.
Ofrecía, entre otras cosas, un sinfín de telas de colores en la mayor exposición que hubiera visto.
No encontró el momento idóneo para llevarse una pieza de fruta o un huevo de alguna de aquellas tiendas al aire libre, pero no desistió.
Siguió paseando y, cuando llegó hasta el costado este de la tierra entre los tres burgos, se detuvo.
Allí, muy cerca, en la Población de San Nicolás se escuchaban cascos de caballos golpeando el suelo y, tras aquel sonido, exclamaciones de admiración o desencanto.
Entró en la Población por la rúa de Salinería y descubrió un espectáculo que nunca había presenciado.
Varios jinetes se encontraban ahora en un extremo de la calle que al parecer hacía de recinto improvisado para la celebración.
―¿Qué hacen? ―preguntó Johannes a un chaval que se encontraba cerca.
―Correr la sortija. ¿Lo habíais visto alguna vez?
―No. Nunca.
Uno de los jinetes atravesó la calle al galope con su lanza en posición de ataque y al llegar al final de su recorrido se escuchó uno de aquellos gritos celebrando la carrera.
Mozos y también soldados repitieron el ejercicio y el de Atarrabia pronto se dio cuenta de lo que ocurría.
Desde sus cabalgaduras intentaban insertar con sus lanzas anillas encintadas colgadas en el aire.
Observó la habilidad de los jinetes hasta que sus tripas comenzaron a rugir.
Johannes buscó los puestos más grandes de alimentos que pudiera comer en la calle.
Los comerciantes no podían prestar atención a todo el tenderete y era más sencillo tomar algo sin ser visto.
Se acercó a uno pegado a la muralla de la Navarrería.
Comprobó que los soldados de la guardia real estaban lejos y, cuando el tendero atendía a un par de clientes en el otro costado, tomó con habilidad un par de huevos.
Pero no tuvo suerte. Una mujer que se encontraba muy cerca lo vio.
―¡Al ladrón! ¡Al ladrón! Es este hombre ―gritó señalándolo.
Johannes no supo hacia dónde correr. Había visto soldados reales por todas partes. De hecho, dos que se hallaban a un par de puestos de distancia llegaron hasta él sin darle tiempo a reaccionar.
―Es para mi esposa. ¡No se puede levantar de la cama! ―trató de justificarse.
Uno de los guardias levantó su espada y lo golpeó en la cara con el lado romo. Johannes cayó al suelo desmadejado.
Despertó oliendo a orín y a excrementos de caballo.
Le dolían los brazos, las muñecas y la espalda y su cabeza le daba vueltas.
Lo habían dejado inmovilizado sobre una carreta y, junto a él, otro hombre con las mismas ataduras se hallaba inconsciente.
Aunque consiguiera levantarse, no iría muy lejos con las manos a la espalda y los pies amarrados.
Intentó soltarse a la fuerza. Estiró las cuerdas de sus manos hasta cortarse, pero no lo consiguió.
Tras un buen rato intentándolo desistió y cayó agotado sobre las tablas de la carreta.
Johannes pensó en Mencía, en su pequeño Román, que los esperaba en Atarrabia, y en la desgracia que estaban padeciendo.
Sabía que en los cuartos de San Martín la ayudarían, pero no podía soportar la idea de que se encontrara sola.
Así que sacó fuerzas de flaqueza y se conjuró para hacer lo posible por escapar.
Observó desde su posición a los guardias.
No les prestaban atención. Departían con una moza de buen ver en uno de los puestos cercanos y solo de vez en cuando echaban un vistazo a la carreta.
Se tumbó boca abajo y, con las manos algo más desahogadas, trató de moverlas.
Hasta que al fin consiguió una pequeña holgura que poco a poco fue cediendo.
Después de todo tipo de contorsiones de dedos y muñecas se liberó.
Se mantuvo entonces quieto para no llamar la atención y al menos consiguió calmar la respiración.
La postura había hecho que se contrajeran los músculos de su espalda, por eso esperó a que todo el cuerpo volviera poco a poco a ocupar su espacio.
Debía actuar rápido, antes de que lo descubrieran.
Sin embargo, aguantó hasta que advirtió que los soldados se hallaban fuera de la vista.
Un grupo de mujeres parlanchinas con sus cestas en los brazos iba a pasar delante suya.
Fue entonces cuando bajó de la carreta. Se mezcló con ellas como si las acompañara y avanzó hasta la entrada de la Navarrería.
Las mujeres no percibieron nada extraño y justo cuando atravesaron la puerta del Chapitel se despegó de ellas.
Llegó a la Cruz de la Navarrería y observó los puestos, que también allí exhibían mercancías.
En uno de ellos vendían calzas, sayos y prendas de fuera.
Tomó con disimulo un largo sayo que colgaba y desapareció entre el gentío.
Se lo puso en cuanto pudo y de golpe cambió su aspecto.
Aquellas ropas lo hacían parecer aún más alto y fuerte.
Perfectamente lo podían confundir con un artesano o con un servidor del obispo.
Así que se dirigió hacia un bosquecillo cercano a la catedral dando un rodeo por la rúa de los Peregrinos.
Creyó que los soldados no podrían reconocerlo entre tanta gente.
Necesitaba descansar y pensar cuál era la mejor forma de sobrevivir.