CAPÍTULO 40.
El día de san Fermín amaneció sin una sola nube en el cielo de Pamplona y desde muy temprano las calles estaban repletas de un alborotado gentío.
Johannes escuchó las campanas de la cercana iglesia de San Lorenzo y las voces y sonidos de los preparativos del banquete de pobres en la planta baja del hospital de los Labradores.
Hacía muchos años que Carlos I de Navarra concedió ferias a Pamplona el día en que se recordaba la entrada del santo en Amiens.
Desde entonces la popularidad de la celebración y la devoción por el mártir habían crecido de forma importante.
La ciudad acogía a comerciantes, artesanos y ganaderos venidos desde Aragón, Francia y Castilla durante un ciclo de siete días que se acababa de iniciar.
Johannes había pasado la noche en la pequeña habitación del hospital junto a Mencía, pero apenas durmió.
Le administró el brebaje facilitado por el médico judío, le dio de beber y la abrigó.
Tocaba su frente a cada rato y, para su tranquilidad, esa mañana la calentura había cedido.
Sin embargo, no despertó. El joven recorrió nervioso el hospital de punta a punta.
Llegó hasta la cuadra de las mujeres para comprobar si había llegado el judío, pero no lo vio.
Preguntó a una enfermera y a un par de cofrades si acudiría antes del banquete de pobres, pero nadie le aseguró que fuera a hacerlo, así que a media mañana, tomó a su esposa y la cogió en brazos una vez más.
Había escuchado hablar de la curación de multitud de enfermos en presencia de las reliquias de san Fermín.
El vicario de la parroquia de Villava había narrado en su homilía en más de una ocasión que los restos del beato fueron encontrados en Amiens gracias a un rayo de luz celestial y que entonces surgió un dulce aroma, los árboles florecieron en pleno invierno y enfermos con lepra y otras enfermedades terribles sanaron por completo.
Él decidió hacer lo mismo. Era el día de san Fermín, el indicado para pedir su intercesión por la sanación de su mujer.
Los primeros restos del santo llevados a Pamplona desde Amiens se encontraban en la catedral de Santa María.
Pero la segunda extracción, hacía tan solo unos años, fue enviada a la cercana iglesia de San Lorenzo, y esa misma mañana las reliquias saldrían en procesión.
Había preguntado a uno de los cofrades por el recorrido y este se lo había explicado con detalle.
La comitiva partiría de la catedral de Santa María con el primer relicario y llegaría hasta la iglesia de San Lorenzo para recoger también los restos que allí se conservaban.
Entonces atravesarían los tres burgos y acabarían retornando a sus lugares de guarda y custodia.
Johannes intentó llegar hasta las puertas de la iglesia de San Lorenzo, donde pronto advirtió que se agolpaba una auténtica multitud. Hombres y mujeres rezaban con sus rosarios en las manos solicitando la intercesión del santo.
―¿Han entrado ya en la iglesia? ―preguntó a un lisiado que se encontraba a su lado.
―Así es. Saldrán ahora y continuarán su recorrido hacia la Población.
El hombre, apoyado en dos bastones, trataba de acercarse a la entrada arrastrando sus piernas.
―Es imposible ―opinó Johannes.
Pero el enfermo no le hizo caso y comenzó a entonar la misma letanía que porfiaban todos los devotos.
―¡Bienaventurado san Fermín, interceded por este siervo de Dios que sufre!
Una mujer ciega guiada por un joven avanzaba también hacia la entrada moviendo con soltura la sarta de cuentas en sus manos arrugadas.
Johannes quiso creer que todas aquellas gentes no habían llegado hasta allí en vano y aquella fe enardeció también sus ánimos.
Rehízo el camino sorteando la multitud y se dirigió hacia la bocacalle de la rúa de Correyería, lugar por el que continuaría el recorrido de las reliquias.
Avanzaba ahora con más facilidad cuando, pasado un corto tramo, una joven lo detuvo.
―¿Es tu mujer? ―le preguntó señalando a Mencía.
―Está enferma. Ya no tiene calentura, pero lleva dormida todo el día. Ya no reacciona ―confirmó.
―Quedaos aquí junto a mí. En este tramo la calle se estrecha y los clérigos pasan muy cerca de ambos lados. Podréis tocar las reliquias del santo sin hacer ningún esfuerzo.
Johannes asintió, se colocó junto a ella y buscó con la mirada la comitiva, que ya asomaba en el inicio de la calle.
Una cruz alzada abría la procesión y tras ella varios acólitos con cirios encendidos respondían a las letanías del obispo con el ora pro nobis.
Las reliquias marchaban bajo un palio de color bermejo y permanecían en el interior de dos relicarios sostenidos por sendos presbíteros.
A continuación, el grupo más numeroso, formado por procuradores de los concejos, clérigos y representantes de los gremios con sus estandartes.
Avanzaban despacio para permitir a los devotos acercarse, pero no tardaron mucho en llegar a su altura.
Varios niños que esperaban con los ojos muy abiertos le cerraron el paso.
Con Mencía en sus brazos, Johannes los sorteó para colocarse a la par de los clérigos que portaban los restos de san Fermín.
Tomó la mano de su mujer y la llevó hasta el primero de los relicarios.
Se trataba de una arqueta plateada con relieves esculpidos y paredes de cristal a través de las que se intuían los huesos.
―¡San Fermín, interceded por ella ante Dios nuestro Señor! ¡Ora pro nobis! ―pidió en voz alta el de Atarrabia.
El joven tuvo la sensación de que el tiempo se detenía y que la palma de la mano de su esposa se quedaba fijada a la arqueta.
Hasta que al fin volvió a la realidad. Se retiró para que otros se acercaran y se colocó en cuclillas fundiéndose en un abrazo con su mujer.
Rezó un padrenuestro y una avemaría y de pronto sintió que alguien presionaba su brazo.
Johannes levantó la cabeza de inmediato.
Mencía lo miraba con el pelo revuelto y una sonrisa triste en el rostro.
Cuando llegó al hospital de los Labradores una muchedumbre mucho mayor que la de la víspera se hallaba a las puertas.
Al parecer todavía no habían permitido el acceso al recinto para la comida de pobres y los ánimos estaban caldeados.
Intentó pasar entre la multitud con Mencía a cuestas.
Johannes había recuperado la fuerza que le había faltado en aquellos días oscuros y ahora, además, su mujer lo hacía más fácil asiéndolo del cuello.
―¡Ella está enferma! ¡Necesita un físico! ―gritó con fuerzas renovadas.
Consiguió avanzar hasta la puerta y esta vez el mismo cofrade que lo había detenido el día anterior le permitió el paso.
―¡Un milagro! ¡San Fermín la ha despertado! ―exclamó Johannes cuando vio acercarse a una de las mujeres desde el interior de la enfermería.
―El médico Lot ha llegado y ha montado en cólera cuando ha visto que no os hallabais aquí.
―¿Dónde está? ―quiso saber.
―En la cuadra de las mujeres. ¿Cómo os encontráis? ―preguntó, mirando ahora a Mencía.
―Estoy bien ―contestó con voz débil―. Déjame en el suelo. Puedo ―pidió a su marido.
El joven la soltó con cuidado y se mantuvo a su lado para servirle de apoyo, sin embargo, no necesitó los brazos que le ofrecía.
―Yo la acompañaré hasta su celda y le daré alguna ropa para que se abrigue ―se ofreció la enfermera―. Id a la cuadra de las mujeres. Lot quiere veros.
Johannes dudó, pero terminó cediendo. Se quedó contemplando cómo su esposa era conducida por la enfermera y, allí mismo, en mitad de la sala más amplia de aquel hospital, levantó los brazos y en silencio dio gracias a san Fermín por su intercesión.
La figura del físico judío impresionó a Johannes aún más que la víspera.
Calculó que debía pesar la mitad de un buey y que esa era la razón por la que había oído ese apodo.
Aquel hombre ya no le importaba y se dirigió con calma a su encuentro.
Su esposa se había repuesto y no necesitaba de sus servicios.
Lo esperaba de pie junto a uno de los jergones.
Estaba a punto de dar la buena nueva al médico judío, cuando él se anticipó.
―¡Os dije…, te dije que os quedarais aquí! ¿Dónde estabais? ¿Dónde se encuentra tu mujer? ―le interpeló alterado.
―Está bien. Las reliquias de san Fermín han obrado el milagro ―contestó el joven extrañado ante el agresivo saludo.
Lot lo miró también sorprendido y contrajo el rostro de forma exagerada.
―¡Esa mujer ha sanado gracias a mis medicinas, no os quepa ninguna duda! ¡Y ahora me debéis algo! ―le gritó.
―Os estaremos eternamente agradecidos y os compensaremos por la atención que habéis dispensado a mi esposa, si así lo estimáis. Pero permitidme que os diga que desde hoy seré el más fiel devoto de nuestro santo.
―Me trae sin cuidado vuestra devoción y vuestra religión. Ahora haréis lo que yo os diga o de inmediato pediré a la guardia que os detenga.
Johannes no salía de su asombro ante la reacción del médico.
―Os escucho ―suplicó tratando de entender.
―Dijisteis que vuestra mujer perdió el hijo que esperaba debido a la mala práctica de una bruja, ¿es cierto? ―preguntó impaciente.
El joven tampoco comprendió la razón ni el fin de aquel comentario.
―No fue así como ocurrió. Blanca hizo lo que pudo. Yo ardí de rabia al perder a nuestra pequeña, pero creo que ella hizo todo lo que estuvo en su mano.
―¡Eso no puede ser así! ¡Declararéis palabra por palabra lo que yo os diga, vos y vuestra esposa!
Johannes sopesó las palabras del judío y le contestó con firmeza.
―Esa muchacha me preguntó si hubiera sido capaz de ahogarla con mis manos cuando la ira me sobrevino. Ahora sé la respuesta: nunca lo hubiera hecho. Y tampoco incurriré en falso testimonio a costa de nuestra ventura.
El inmenso judío escupió al suelo de piedra y lo miró con odio en los ojos.
―Abandonad ahora mismo este hospital si no queréis que la guardia real os detenga y os lleve a la mazmorra más lúgubre de la ciudad ―le susurró como si le contara el mayor de los secretos.