El privilegio CAPÍTULO 39.
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CAPÍTULO 39.

Johannes aplacó su rabia derribando un montón de leñas apiladas en la entrada de la chabola.

No aguantaba más. Debía hacer algo si quería que Mencía recuperara la salud.

Hacía más de una semana del entierro de su pequeña, y su mujer no había tenido fuerzas para abandonar el jergón.

Los intentos por levantarla habían resultado en vano.

No se sostenía en pie. Moriría si no era capaz de proporcionarle algo que llevarse a la boca.

El joven rezaba todas las noches a Dios y a san Fermín arrodillado junto al lecho de Mencía, aunque sabía que no bastaría con su fe.

Aquella mañana pidió ayuda a varios vecinos, pero ninguno se apiadó de él.

Johannes sabía que las cosechas no habían sido benévolas aquel año.

El cereal se había perdido por completo y los alimentos escaseaban.

Tan solo era capaz de cazar conejos, pequeñas aves o colarse en los corrales de la aldea.

En más de una ocasión, durante el embarazo de Mencía, había robado algún cuero de vino y ordeñaba la vaca y las ovejas de su vecino Matxin sin ser visto.

Pero cada vez le resultaba más difícil hacerlo.

Pensó que al menos su pequeño Román se hallaba con los parientes de Mencía y podía llevarse algo a la boca todos los días.

En Pamplona podría pedir limosna. Allí llegaban los carros cargados de grano, se despiezaban las reses y se instalaban los puestos de verduras.

Y también allí mendigaban quienes nada tenían.

La compasión de las gentes crecía en aquellos días en que iban a celebrarse las ferias de san Fermín y ellos podrían aprovecharlo.

Mencía permanecía de día y de noche en un estado de duermevela constante y solo en contadas ocasiones mantenía la lucidez. Aquella mañana Johannes tocó la frente de su esposa nada más despertar y sintió su calentura.

―No te asustes. Voy a llevarte a Pamplona. Alguien cambiará nuestra suerte.

La joven abrió los ojos y le sonrió, pero él no supo si le había entendido.

―Mañana es el día de san Fermín. Acudiremos al banquete de pobres y luego pediremos la intercesión del santo.

Todos los años el ayuntamiento daba de comer a los necesitados de la ciudad en el hospital de los Labradores del burgo de San Cernin.

El menú se componía de berza aderezada con numerosas especias, carne de vaca asada en la brasa de sarmientos, pan y vino, alimentos que sin duda ayudarían a la pareja a reponer fuerzas.

Johannes tomó a la joven en brazos y sintió un ligero vahído. Apenas había probado bocado en días.

―¿Y nuestra pequeña? ¿Dónde está nuestra pequeña? ¿Y Román? ―musitó Mencía.

Él apretó los puños, tensó de arriba abajo su cuerpo y cargó a hombros a su mujer ciñendo los bordes de la enorme tela en la que la había envuelto.

El trayecto que separaba la aldea del burgo de San Cernin era largo y necesitaba caminar rápido con aquella carga a la espalda.

Ató en su pecho los bordes de la sábana, se inclinó hacia delante para equilibrar el peso y salió a la calle como un penitente en procesión.

Solo entonces se permitió llorar en silencio.

La ciudad de Pamplona se levantaba imponente sobre el río Runa.

La protegía por su frente norte una muralla que guardaba los burgos de San Cernin y de la Navarrería.

Solo el camino que ascendía por el barranco del Chapitel rompía aquella pared y los llevaba directamente al Burgo.

Johannes pudo apreciar que hombres y animales alcanzaban ya aquella entrada a la ciudad y trató de apresurarse.

Antes de llegar al puente de Juslarocha superó en el camino a varios comerciantes que acudían a la feria.

Algunos portaban sacos sobre sus espaldas y otros utilizaban mulas y asnos para transportar la mercancía, y todos ellos se detuvieron a su paso.

El joven pensó que lo hacían por su aspecto desarrapado, su piel mugrienta y el bulto inerte cargado, así que decidió solventarlo.

En cuanto llegó a los pies de la ciudad, se acercó al borde del río y depositó a Mencía sobre la hierba.

Estaba dormida. El joven se lavó el rostro, las manos y las piernas lo más rápido que pudo.

Mojó su pelo castaño por completo llevándolo hacia atrás y se recolocó el sayo corto que vestía.

Su intención era pedir limosna, pero no le bastaba con despertar compasión.

Necesitaba que la gente se acercara sin temor y pudiera así contar su historia.

Tomó después una pequeña vasija, la llenó de agua y dio a beber a Mencía, que tragó pese a no abrir los ojos.

La colocó de nuevo a su espalda con delicadeza y cruzó el puente de Juslarocha con ánimos renovados.

El camino que ascendía por el barranco serpenteaba en la brecha abierta entre ambos burgos. Fue en la mitad de la ascensión cuando Johannes pidió ayuda a un campesino que subía con una mula.

―Puedo dejar a mi mujer sobre vuestra carreta. Será un momento.

―Por supuesto. Podéis hacerlo.

―¿Buena cosecha? ―le preguntó por cortesía mientras recuperaba el resuello.

―Escasa. No tengo ni para comprar pan y vino.

―Tampoco nosotros lo tenemos ―replicó señalando el carro.

El comerciante miró a Mencía y le tendió un currusco de pan.

―Mi mujer se encuentra muy mal. Será para ella.

Un terrible pensamiento se cruzó en la mente del joven. Quizá no llegara a comer aquel mendrugo. Recogió a su mujer, dio las gracias al campesino y siguió escalando la cuesta lo más deprisa que pudo.

No había estado nunca en las ferias de san Fermín en Pamplona y, pese a su angustia, se quedó fascinado.

Entró en el Burgo a través de Portalapea y sorteó como pudo golpes y empujones.

Multitud de feriantes habían colapsado posadas y cuartos y las calles eran un auténtico hervidero de gentes.

Se detuvo junto a la iglesia de San Cernin y colocó a Mencía sobre el suelo de piedra.

Seguía inconsciente. Un borracho estuvo a punto de atropellarlos, pero Johannes se levantó e impidió que pisara a su esposa.

Acarició su rostro y, tras reponer fuerzas, volvió a colocarla sobre sus hombros.

Se sintió aturdido. Cada vez era mayor el trasiego de viajeros buscando alojamiento, de comerciantes transportando su mercancía y de interesados en lo que allí se ofrecía.

Una mujer rolliza con un llamativo tocado y una canasta colgada del brazo pasó junto a ellos y se quedó mirando su aparatoso y particular petate.

―Por favor, ¿podéis indicarme dónde se encuentra el hospital de los Labradores? ―solicitó Johannes.

―Debéis avanzar por esta calle, la rúa de las Pellejerías, y continuar por la de Carnicerías. Allí donde antes se encontraba la Pobla Nova del Mercado es donde ahora se levanta el hospicio.

Johannes le sonrió agradecido y se encaminó con paso tembloroso en aquella dirección.

Le habían explicado que era la Cofradía de los Labradores del Burgo, quizá la más antigua de la ciudad, la que sostenía aquel hospital.

Y cuando ya se alejaba, escuchó el sonido de tambores, trompetas y timbales.

Se dio la vuelta y descubrió que a los pies del templo del Burgo se había reunido un nutrido grupo en torno a los ministriles y al pregonero real que en aquel momento desplegaba un pergamino.

―Sepan cuantos lo oyeren y entendieren como nos, por mandato del muy noble y poderoso Señor Don Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Navarra y Conde de Evreux, que otorgamos feria franca por término de siete días en nuestra ciudad con motivo de la celebración del día en que honramos al glorioso san Fermín.

Mandamos que haya paz y buen orden y que nuestra guardia castigue toda fechoría contra mercaderes, viajeros o vecinos. Dado por mandato real. ¡Oíd!

La voz del pregonero sumió a Johannes en un momentáneo letargo en mitad de la rúa y solo la exclamación de júbilo que brotó entre los presentes pareció despertarlo.

Entonces reparó en que las sábanas en las que llevaba a Mencía se estaban clavando en sus hombros, rasgándole la piel.

No le importó. Esbozó un gesto de dolor y se puso en marcha.

Siguió el recorrido que la mujer le había indicado y comprobó que se trataba de calles secundarias en las que pudo moverse mejor con aquel fardo a su espalda.

Atravesó el burgo de San Cernin de norte a sur alargando sus zancadas y al fin divisó un edificio a cuyas puertas se agolpaban hombres y mujeres.

Johannes se aproximó y advirtió que se trataba de mendigos, pobres y enfermos que sin duda pretendían lo mismo que él.

Tomó a Mencía ahora en brazos y antes de acercarse la miró una vez más.

Su apariencia apenas había cambiado, aunque su piel estaba más roja aún.

―¡Dejadme pasar! ¡Se está muriendo! ―exclamó con la voz más autoritaria que pudo proferir.

―Todos nos estamos muriendo... ―replicó un hombre cuya apariencia no era la de un enfermo―, ¡de hambre! ―concluyó tras un pequeño lapso.

Tras su propia ocurrencia lanzó una sonora carcajada que dejó al descubierto su boca sin dientes y consiguió que todos los presentes rieran con él.

―¡Por Dios, es mi esposa! ¡Ha perdido a nuestra hija!

Un hombre de complexión fuerte que se encontraba cerca de la puerta se acercó hasta él y, pese a las protestas de los que se encontraban por delante, le abrió paso.

―Dejadla entrar. ¿Acaso creéis que obtendréis algún tipo de gracia de san Fermín si permitimos que esa mujer muera? ―preguntó con voz firme.

Ninguno protestó esta vez y Johannes pudo atravesar el pasillo que se abrió entre mendigos y enfermos.

Llegó hasta el mismo edificio y allí un hombre bien vestido les cerró el paso.

Pensó que debía de tratarse de uno de los cofrades de los Labradores y antes de que pudiera dirigirse a él, habló para todos los que aguardaban.

―¡El banquete de pobres tendrá lugar el mediodía de mañana, día de San Fermín! ¡Hoy no podremos entregaros nada! ¡Únicamente disponemos de comida para los enfermos! ―anunció.

Todos los presentes se lamentaron al unísono con una exclamación que decayó de inmediato. La mayoría se dieron media vuelta sin hacer comentarios y abandonaron el lugar.

Johannes trató de entrar en el hospital, pero el cofrade lo paró en seco colocando la mano en su pecho.

―Deteneos. ¿Qué le ocurre a esta muchacha?

―Es mi esposa. Está así desde esta mañana. Se encuentra muy débil.

―No admitimos hombres ni mujeres moribundos ni que estén muy enfermos. Y, desde luego, llamamos a la guardia para que los saquen de la ciudad si padecen de lepra o de la peste.

―Solamente se encuentra débil. Se recuperará. Estoy seguro ―dijo casi para sí.

El hombre observó a la muchacha y se compadeció. Era muy joven.

―Para llegar hasta la cuadra de las mujeres debéis atravesar primero la de los hombres, la enfermería ―advirtió el cofrade cediéndoles el paso.

Johannes ni siquiera contestó. Entró en el edificio y desembocó en la sala principal, a la que llamaban enfermería.

Se encontraba iluminada por la luz que penetraba por un par de ventanucos y varios cirios encendidos en la zona más oscura.

Cuando su vista se hizo a la penumbra, descubrió hombres famélicos abrigados con sus propios mantos que dormitaban en sucios jergones.

Uno de ellos, de rodillas, mascullaba una monótona oración acompañada de un movimiento pendular.

Otro anciano con una barba blanca y muy larga gemía semiinconsciente.

Y muchos de ellos tosían, uno tras otro, en una melodía sin fin.

Uno de los enfermos, apenas consciente de lo que ocurría a su alrededor, miró con un gesto de indiferencia a Johannes y, sin otra reacción, volvió a aquel estado catatónico en el que se encontraba.

Llegaron hasta la cuadra de las mujeres y el panorama se repitió.

La habitación era más pequeña, más oscura y disponía tan solo de unos diez jergones.

Todos estaban ocupados salvo uno situado junto a la pared del fondo.

La anciana que al parecer había descansado allí estaba levantada y recogía un pequeño hatillo que se encontraba junto a la pared.

―Traedla aquí ―invitó una de las enfermeras señalando el lecho que quedaba vacío.

Johannes se aproximó y depositó a Mencía con suavidad en aquel jergón todavía caliente. Seguía inconsciente.

―¡Por Dios, que alguien la vea! No aguantará mucho más ―pidió a la mujer.

La enfermera miró hacia la otra esquina de la sala y él se volvió repitiendo el gesto. Allí, un gigantón trataba a una muchacha que tosía sin parar. La enferma parecía incómoda bajo el peso del judío inclinado sobre ella.

―¿Quién es ese hombre? ¿Y qué es lo que hace?

―Es Lot ben Abraham, el médico de la reina Leonor ―contestó.

El judío se percató de la presencia de la pareja y se levantó con dificultad.

―¿Es un médico real?

―En días tan señalados como el que honra a san Fermín los reyes mandan a sus médicos a los hospicios. Como hacen con la comida de pobres ―le explicó―. El médico de la reina solo asiste a mujeres. Y es el único que podrá tratarla. Nosotras solo podemos cuidarla.

Johannes asintió nervioso y la enfermera llegó hasta él. Intercambiaron unas palabras y a continuación el médico se acercó balanceando su cuerpo de uno a otro lado.

―¿Qué le ha ocurrido? ―preguntó sin ninguna simpatía.

―Perdió a su bebé en el parto y no se ha recuperado. Cada día está peor.

―¿Nadie la asistió? ¿No la atendió una matrona?

―Vivimos en Atarrabia. Llegué hasta la casa de Jerónima, la curandera y fue Blanca, la joven herbolaria rubia, la que me acompañó. No pudo hacer nada por nuestra hija.

El buey Lot había abierto los ojos de forma desmesurada y lo escuchaba con atención. Cuando concluyó, el judío dibujó una amplia sonrisa que Johannes no entendió.

―Llevadla a la habitación sur y que nadie la moleste. Lavadla, dadle de beber y facilitadle este bebedizo. Permitid que este hombre la acompañe. Si vive, procuradle caldo de ave ―ordenó respirando como si hubiera concluido una larga carrera.