El privilegio CAPÍTULO 38.
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CAPÍTULO 38.

Miguel recibió el encargo del rey Carlos de Navarra como el embate de cien soldados.

Durante toda su vida había luchado lo indecible por construir un negocio que les permitiera una cierta comodidad en la capital del reino y, después de tanto esfuerzo, el capricho del soberano iba a hacer que todo temblara a su alrededor.

El monarca lo dejó solo en aquel salón, rumiando su encomienda.

Pronto apareció uno de sus consejeros. Era un hombre de armas entrado en años, con el pelo cano y un ligero encorvamiento en su espalda, aunque con paso firme y seguro.

Miguel lo había visto en palacio en más de una ocasión y sabía que él también lo conocía.

―Con Dios, Miguel. Sed bienvenido. He sabido que seréis vos quien dirija el viaje hacia los puertos del Mediterráneo.

―Sabéis mucho más que yo mismo de esta empresa ―replicó sorprendido―. Pero es cierto. Eso es lo que el rey ha previsto. Aunque, sinceramente, creo que no soy el indicado para hacerlo.

El viejo soldado lanzó una carcajada.

―Nadie está lo suficientemente preparado.

―¿Vos habéis visto jirafas? ―preguntó Miguel.

―En más de una ocasión, jirafas, elefantes, camellos, leones y algunas aves exóticas.

―¿Y cuál es la razón por la que el rey ha confiado en mí y no en vos para esta tarea?

―Soy viejo y no soportaría un viaje semejante ―se excusó.

Miguel asintió sin discutir su apreciación.

―Es el transporte de las bestias lo que debéis cuidar ―le aconsejó―. Muchos de los animales pierden la vida durante el viaje. Ese es el desafío para quienes intentan semejante misión.

―¿Cómo son transportados los animales? ―se interesó Miguel.

―Las jaulas se construyen con antelación. Enormes estructuras de madera o de metal pensadas para mantenerlos con vida en largos viajes y preparadas para ser trasladadas en carromatos y barcos.

―¿Los llevan en la misma jaula desde el momento en que los capturan?

―Así es. Las expediciones cruzan ríos, sortean montañas, planicies y desiertos, hasta llegar a la costa. Allí introducen a las bestias en barcos que atraviesan el Mediterráneo y llegan a los puertos de Barcelona, Tarragona y Valencia.

―¿Vos habéis presenciado ese momento?

―He visto su llegada. Son embarcaciones robustas capaces de soportar las condiciones del mar durante duras jornadas de navegación.

Miguel pareció asimilar todo lo que el consejero le había contado.

―La obsesión del monarca es disponer de una pareja de jirafas, pero cualquier animal exótico que consigáis adquirir tendrá su lugar en la ménagerie del Palacio de Olite.

Miguel escuchó las voces de su esposa y de su hijo Felipe que llegaban desde la cocina de la casa.

Se dirigió hacia allí con paso cansino y los encontró charlando de forma animada.

La propuesta del vicario Lancelot había devuelto la sonrisa a su hijo.

Sobre una mesa alta María aliñaba la carne de una gallina de corral con sal y especias mientras el mayor de los hijos de la pareja avivaba el fuego del hogar.

Hervía una jalea de manzana, vino y miel perfumando la estancia con aquel olor agridulce que Miguel conocía de sobra.

María intuyó nada más verlo que algo no estaba bien.

―¿Qué ha ocurrido? ¿Has estado con el rey? ¿Qué te ha dicho? ―le preguntó preocupada.

Felipe se volvió hacia él y observó también su ceño fruncido. Sospechó que pudiera tratarse de algo relacionado con su visita al claustro de la catedral, pero no dijo nada.

―El rey me ha pedido algo que no esperaba, una encomienda que nunca hubiera buscado ―le contestó mirándole a los ojos―, pero a la que no me puedo negar.

María también calló a la espera de una aclaración y Felipe se levantó para acercarse hasta ellos. Había aguardado la llegada de su padre para pedirle consejo sobre el camino que ahora debía tomar.

―Debo irme, salir del reino para llegar hasta los puertos donde llegan las rutas de las especias que transportan mercancías desde el sur.

María se tapó la boca con las manos y lo observó en silencio con una mirada de súplica.

―Estaré fuera del reino algunos meses, pero si somos capaces de preparar con premura la expedición quizá esté de vuelta antes del próximo verano.

―¿Qué es lo que te ha pedido? ―preguntó María al fin.

―El rey quiere conseguir animales exóticos para su ménagerie .

―No lo entiendo ―insistió ella.

―Quiere que traiga dos jirafas, macho y hembra, para que formen parte de su zoológico en el Palacio de Olite.

María y Felipe se quedaron completamente desconcertados. Y solo después de un largo momento fue la esposa de Miguel la que reaccionó.

―¿Te lo ha pedido a ti? ¿Por qué tú? Eres un ganadero, un comerciante, no un soldado, ni un aventurero, ni siquiera un hombre de su confianza ―se lamentó.

―Lo sé. Pero él cree que soy la persona indicada. La mayor de sus preocupaciones es mantener vivos a los animales durante el trayecto. Por eso me ha elegido.

―Pero tú no sabes nada de esas bestias de las que apenas has oído hablar. Sabes de vacas, de ovejas y de cerdos.

―Él cree que puedo dirigir esa expedición, que me he ganado la confianza de las gentes de Pamplona ―respondió a su esposa sin objetar sus argumentos.

María le retiró la mirada contrariada. Su marido había salido airoso de situaciones muy peligrosas, de batallas imposibles, pero siempre había sido para defender a su familia, no para consumar el capricho de un rey.

Y aquel encargo lo situaba en un escenario desconocido en el que más que nunca su vida dependía de otros.

Fue Felipe quien tomó el relevo de su madre.

―¡Dios santo, padre! A esos animales los traen desde los confines de la tierra. Los cazan y los transportan Dios sabe de qué forma. ¿Vos vais a ir a capturarlos?

―No, no será necesario. Bastará acudir a Valencia, Tarragona o Barcelona y contactar con alguien que conozca esas rutas. Trataremos de localizar algún barco o alguna caravana procedente de esas tierras y comprobaremos si transportan esas bestias.

―¿Cómo sabéis todo eso?

―Después de hablar con el soberano he mantenido una charla con uno de sus hombres, que me ha ilustrado.

―No sabéis qué comen, ni cuánta agua necesitan. Os encontraréis con mil problemas. Y ¿qué ocurrirá si los animales mueren durante el trayecto?

Miguel no le contestó, pero pensó que su hijo tenía razón.

María se había alejado para que su marido no viera sus lágrimas.

Asaba en el fuego la carne que había preparado girándola con el espetón y, cuando estuvo lista, la tronchó y la acompañó de la compota de manzana.

Recordó que su amiga Juana cocinaba aquel plato los tristes días de otoño para levantar el ánimo a la reina. También ellos lo necesitaban ahora.

―¿Cuándo partirás? ―preguntó María con los ojos vidriosos.

Miguel se rompió por un momento. Trató de arrancar y le tembló la voz, pero se recompuso sin siquiera dar tiempo a María para consolarlo.

―Debo acudir a Olite para reclutar a algunos hombres de mi confianza. El rey designará a una pequeña mesnada de seis u ocho soldados que estarán también bajo mis órdenes y que protegerán en todo momento la expedición. La idea es partir los últimos días del próximo invierno.

―Sé que no cederás si te pido que no emprendas semejante locura. Rezaré cada día para que regreses con bien.