CAPÍTULO 37.
Tal y como le pidió el heraldo real, Miguel llegó a palacio cuando el sol asomó por la peña Izaga y, pese a su experiencia, no pudo dejar de sentir cierto nerviosismo.
La convocatoria fue cortés, una invitación carente de cualquier gesto intimidatorio.
Sin embargo, el ganadero y principal proveedor de carne de las cocinas reales no alcanzó a adivinar las intenciones del monarca Carlos III.
Quizá Lancelot le había hablado de la pretensión de su hijo Felipe de trabajar en la catedral.
Había pasado poco más de una semana desde aquel encuentro y era muy posible que el soberano hubiera deducido el parentesco.
O tal vez quería tratar sobre la provisión de carne a la despensa regia en Olite, de la que ahora se encargaba su hijo Rodrigo.
Hacía mucho tiempo que el rey había instalado en el palacio de la villa su residencia habitual y su visita a Pamplona había provocado un gran revuelo en los tres burgos de la ciudad.
Varios servidores se afanaban en apartar del camino de acceso a la residencia real algunas ramas que habían caído la noche anterior a causa de la tormenta.
Y muy cerca un mercader conducía una mula que tiraba de una carreta cargada de sacos de harina destinados a los hornos de palacio.
En cuanto accedió al interior del complejo palaciego, un ujier que lo esperaba le hizo un gesto para que lo siguiera.
El monarca se encontraba en el imponente sillón en el que recibía a heraldos, embajadores y siervos, mientras, uno de sus consejeros le explicaba algún asunto de su interés.
―Bienvenido, Miguel de Obanos. ¿Cómo se encuentra vuestra esposa? ―saludó el rey mientras se levantaba de su asiento.
La infancia y juventud de María había transcurrido en el palacio viejo de Olite, donde coincidió algunas veces con el soberano cuando él era un simple infante. Entonces residía en Francia, en el Palacio de Melun, con su tía Blanca, y solo en ocasiones visitaba Navarra.
―Majestad, con vuestro permiso. Ella se encuentra bien ―contestó mientras se acercaba.
―Espero tenerla algún día en el Palacio de Olite. Su belleza ilumina cualquier estancia y será un placer volverla a ver. Se sorprendería de cómo está cambiando aquel lugar. Mañana mismo retorno allí.
El soberano vestía una elegante saya bordada en pedrería con mangas muy abiertas y calzaba unos cómodos chapines de cuero. No portaba corona ni tocado y su pelo, ordenado en una corta melena, le hacía parecer más joven.
Miguel se inclinó ante él en señal de sumisión y contestó sin siquiera levantar la cabeza.
―Gracias por vuestras palabras, Majestad. Por supuesto estaremos encantados de acudir cuando lo consideréis oportuno.
―Levantaos. ¿Vos habéis estado en Olite en los últimos tiempos? ―preguntó directo el rey.
―Hace mucho que no he viajado a la villa.
Se dirigió a una gran ventana cubierta por un vidrio emplomado mientras Miguel permanecía ahora de pie frente al sillón.
―Es allí donde conocisteis a María, ¿no es así?
―Así es, mi Señor. Era entonces doncella de la reina Juana.
El soberano contempló el horizonte en el que el sol acababa de despuntar. Los árboles de los bosques cercanos mostraban una gama de ocres, rojos y dorados que al rey le gustaba contemplar.
―No reconoceríais ahora el viejo palacio ―le dijo―. Pronto será el más admirado de las cortes vecinas, tan bello como este paisaje. Su fama no se ha difundido todavía, pero en poco tiempo todo el mundo hablará de él.
Paula, la antigua cocinera de palacio, había visitado recientemente a María y les contó con detalle la disposición de las nuevas edificaciones que completaban y mejoraban las anteriores.
Les detalló que habían utilizado gruesos muros perimetrales y torres redondas y que habían transformado el complejo palaciego para convertirlo en la sede más habitual de la corte regia.
―No me cabe duda, Majestad. Me han hablado del cambio que ha sufrido ―concedió sumiso.
―Mi esposa Leonor ordenó la construcción de la capilla de San Jorge y también su cámara, pero yo estoy convirtiéndolo en algo extraordinario.
―Lo he escuchado a heraldos y viajeros. Dicen que tendrá tantas habitaciones como días tiene el año ―admitió Miguel.
El rey Carlos de Navarra disponía de financiación para acometer las obras.
En su último viaje a París había conseguido hacer efectivos sus derechos hereditarios sobre algunos territorios franceses.
Las largas y duras negociaciones con la corona francesa le reportaron una importante suma a cambio de la cesión definitiva de aquellos emplazamientos.
Y con esa recaudación había iniciado la transformación de su vieja residencia de Olite.
Hacía apenas un año, Carlos III había creado la quinta merindad allí con el objetivo de incrementar la recaudación de impuestos y sostener las necesidades surgidas en la construcción y uso del nuevo palacio.
Fueron las merindades de la Ribera y Sangüesa y, en menor medida, la de Estella las que perdieron parte de sus tierras en favor de la nueva.
―¿Tenéis una idea de la razón por la que os he hecho llamar? ―preguntó el rey de forma brusca.
Miguel se sintió algo intimidado, pero trató de pensar con sensatez.
―Supongo, Majestad, que necesitaréis una mayor cantidad de provisiones para vuestra despensa en Olite. Rodrigo es ahora el dueño de toda nuestra cabaña allí, no obstante, puedo hablar con él.
―No se trata de eso. Aunque por supuesto no dejáis de tener razón ―respondió sonriendo.
Miguel se mostró contrariado, porque no alcanzaba a imaginar otro motivo que justificara su presencia.
―Como sabéis, residí en París ―continuó el rey con cierta pompa―.
Y he sido testigo de multitud de fiestas, banquetes y celebraciones en la corte francesa.
Las más distinguidas representaciones de juglares, danzantes, actuaciones de músicos ministriles y chantres que nunca podríais imaginar.
No solo emularé aquellos eventos en Olite, los superaré.
―Hemos servido más carne al servicio de palacio en Olite. Por eso sé que habéis celebrado allí banquetes importantes, festejos, justas, torneos, corridas de toros y que habéis recibido a emisarios llegados desde otros reinos.
―Así es ―contestó.
El rey Carlos III hizo una pausa. Se dio media vuelta y regresó a su sillón mientras observaba el tapiz en el que se representaban las armas de la dinastía de los Evreux.
―¿Habéis estado en París? ¿En Zaragoza o en Peñafiel?
―No, Majestad, nunca he salido del reino ―contestó Miguel confuso.
El rey Carlos continuó hablando sabedor de que aquella sería la respuesta.
―Lo que sí debéis conocer es el animal que aparece en todos los escudos reales: el león. ¿Habéis visto algún ejemplar?
―No, Majestad. Nunca he visto uno ―confesó.
―Es el símbolo que representa a la corona: la fuerza, el valor, el coraje y la dignidad.
Miguel asintió pese a encontrarse cada vez más confundido.
―Y aunque tampoco los hayáis visto, estoy seguro de que habréis oído hablar de otro tipo de animales exóticos: jirafas, búfalos y tigres.
―Por supuesto, Majestad. He escuchado a juglares y heraldos hablar de leyendas y gestas en otras tierras, del enorme valor de los cazadores de semejantes bestias.
―¿Sabéis cómo son las jirafas?
En una ocasión Miguel había escuchado a un viajero en la taberna hablar de aquellos animales. Pero al imaginarlos tal y como el charlatán los describía, había concluido que se trataba de una invención con la voluntad de llamar la atención y que algún parroquiano lo invitara a una jarra de vino.
―Lo he oído. Pero nunca he visto una. Dicen que tienen un cuello tan largo que pueden comer las hojas de cualquier árbol por muy altas que estén. Pero que son lentas y desgarbadas ―aventuró.
―Así es. Yo las vi en París. Una sola vez. Y me gustaría que mis invitados, mis amigos, quienes nunca hayan contemplado semejante espectáculo, puedan hacerlo al visitar Navarra.
―Estaría encantado de ver uno de esos ejemplares.
―Quiero disponer en el Palacio de Olite de la ménagerie más importante que nadie haya visto, para la gloria de nuestro reino y de nuestra dinastía ―confesó con orgullo.
Miguel miró al soberano con el mismo gesto que adoptaba cuando escuchaba a algunos de aquellos juglares que inventaban las historias o las multiplicaban por tres.
―Traeré cebras, búfalos, aves exóticas y también jirafas. Algunas cortes han conseguido estos animales. Vienen desde diferentes partes del mundo, desde África o Asia, a través de rutas comerciales. Y en muchos casos son regalos diplomáticos de visitantes ilustres a los soberanos de esos reinos.
―¡Dios santo! ¡Será fantástico, Majestad!
El ganadero se quedó pensativo y terminó haciendo la pregunta que le había rondado durante toda la conversación, pero que no se había atrevido a formular.
―Majestad, atraeréis a numerosos visitantes y, sin duda, será una fuente de riqueza para nuestro reino. Pero no entiendo si todo esto tiene algo que ver con mi presencia hoy ante vos.
―Por supuesto, así es. Estoy decidido a adquirir un macho y una hembra de jirafa. Descansarán en el Palacio de Olite y será allí donde mis invitados puedan disfrutar de su presencia.
Miguel notó cómo su respiración se aceleraba mientras el monarca lo miraba fijamente.
―Vos seréis quien se encargue de traerlos hasta Navarra.