El privilegio CAPÍTULO 36.
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CAPÍTULO 36.

El pequeño asentamiento de Atarrabia se encontraba a las afueras de Villava.

Apenas contaba con cinco casas construidas muchos años atrás las unas junto a las otras para protegerse de ladrones, forajidos y malhechores.

Solo mucho después el rey Sancho VI el Sabio fundó junto a la aldea la villa de Villava, otorgando a sus pobladores el mismo fuero del que disfrutaban los habitantes de la Población de San Nicolás.

Johannes y Mencía habían cambiado su residencia del camino viejo a Atarrabia tratando de encontrar un lugar mejor en el que criar a su hijo Román y al pequeño que estaba por venir.

El pechero salió de la casucha y tropezó con algunas ramas y troncos que él mismo había acumulado para pasar el invierno.

Era ágil y consiguió mantenerse de pie para lanzarse de inmediato a una carrera frenética.

Aprovechó que la luna llena iluminaba el camino para agrandar su zancada, atravesar Atarrabia y recorrer en muy poco tiempo el trayecto que lo separaba de la vivienda de Jerónima.

Muy cerca de la última de las construcciones de la antigua aldea se encontraba la casa de la herbolaria. Johannes llegó sofocado, se abalanzó hacia la entrada y aporreó la puerta sin contemplaciones.

―¡Jerónima, por Dios! ¡Abrid! ―gritó con la voz entrecortada.

No tardó mucho en entornarse la puerta. Ante sus ojos apareció la figura de la joven Blanca. Vestía una saya que le llegaba hasta los pies y una vela encendida que acercó al vano abierto entre ambos.

―¡Mencía está ya de parto! Algo no va bien. ¡Avisad a Jerónima! ―apremió él.

Hacía tiempo que la herbolaria no había visto a Johannes, pero de inmediato lo reconoció. Sus ropas seguían siendo las de un mendigo, sin embargo, su barba rasurada y su pelo corto le dotaban de cierta dignidad.

―Jerónima no se encuentra, está de viaje. ¿Ha roto aguas? ―preguntó mientras sujetaba su pelo rubio con una redecilla como tocado.

―Sí, pero se ha desmayado y ha sangrado mucho. Acompañadme. ¡Rápido, por favor! ―le contó asustado.

Blanca se calzó, tomó una pelliza y salió decidida.

El joven la tomó con firmeza del brazo y trató de aligerar su paso.

Solo se escuchaba la respiración acelerada de ambos y sus pasos hundiéndose en el barro.

Johannes no le habló en todo el trayecto, tan solo rogaba a Dios por la salud de su esposa y por el hijo con el que los había bendecido.

Cuando accedieron al interior de la casuca, la escena con la que Blanca se encontró fue mucho peor de lo que había imaginado.

La joven se encontraba tumbada boca arriba sobre una cama muy baja con su larga cabellera rubia tapándole el rostro.

Olía a suciedad y a sangre. Se hallaba inconsciente, con las piernas entreabiertas y el jergón sobre el que se apoyaba estaba empapado del humor rojo de la parturienta.

Johannes tomó las manos de su esposa y fijó la mirada en Blanca, que en aquel momento se agachaba junto a él.

―Este no es su primer parto. ¿Román se llamaba? ―le preguntó.

―Así es. Se encuentra en la aldea con un pariente. No tenemos nada que darle para comer ―se lamentó.

―Calienta agua y trae algún paño de algodón. Ve a la aldea si es necesario. Esto puede durar toda la noche ―advirtió.

―¡No me moveré de aquí! ―exclamó él sin prestar atención a las palabras de la herbolaria.

Se hizo el silencio mientras Blanca trataba de palpar el útero de la muchacha.

Sus manos delgadas y sus dedos largos eran su mejor herramienta.

Al fin, tras una maniobra precisa, consiguió introducirlas.

Durante un largo instante se mantuvo en aquella posición mirando a una pared de la chabola como si fuera allí donde estuviera viendo lo que ocurría en el interior del vientre.

―La criatura está muerta ―dijo sin apenas inmutarse.

Johannes se encontraba todavía anclado en un costado de la cama y solo cuando escuchó a la partera soltó las manos de Mencía.

―No puedo hacer nada por tu hijo. Su corazón ya no late. Debo sacarlo a la fuerza para que ella viva. Si esperamos más morirá y perderemos a los dos.

A Blanca le tocaba asistir a un mayor número de partos en los que los recién nacidos morían que casos en los que sobrevivían. Era lo más habitual, sin embargo, el joven no lo aceptó.

―¿Muerto? ¿Qué habéis hecho? Sálvala a ella o yo mismo te mataré con estas manos ―le exigió con una mirada furibunda.

La herbolaria dejó a la parturienta por un momento y se dirigió a Johannes sin gesto alguno que mostrara desasosiego.

―Sal de aquí y ve a buscar lo que te he pedido o también ella morirá.

Él dudó, pero se dio media vuelta y abandonó la única estancia que componía la chabola con el rostro crispado y los puños apretados.

Blanca había aprendido de Jerónima. Conocía las recetas y fórmulas que se aplicaban en aquellas situaciones para acelerar el parto, para disminuir el dolor y ayudar en la dilatación de las parturientas.

Ambas llevaban consigo hisopo, raíz de lirio, orégano y hierba gatera y sabían cómo administrarlas.

En los casos en los que los alumbramientos se complicaban hacían beber a las embarazadas un brebaje de artemisa mezclada con vino para expulsar a la criatura.

Y aquel fue el remedio que utilizó la joven herbolaria unido a su experta técnica manual.

En cuanto sacó el feto del cuerpo de la madre, le practicó el bautismo perentorio.

Las matronas lo llevaban a cabo cuando existía riesgo de muerte para el bebé o en los casos de que naciera un monstruo deforme.

Una vez comprobó que el cuerpo de la criatura no tenía vida, trató de salvar a la madre.

Justo en ese momento se abrió el portón de forma brusca.

―¡Tomad! Aquí tenéis agua caliente y sábanas limpias. Haced ahora lo que tengáis que hacer ―exigió un sofocado Johannes.

Blanca no contestó. Lavó a la joven y colocó las sábanas limpias sobre el jergón.

A continuación, encendió un buen número de velas que dispuso repartidas en toda la estancia; colocó la cinta de la Virgen sobre el abdomen de la parturienta y se dispuso a rezar de forma ininterrumpida el padrenuestro, el credo y la avemaría.

Johannes recorría la distancia existente entre la chabola y un árbol situado a apenas cincuenta pies en un sinfín de idas y venidas.

Blanca no había permitido su presencia dentro de la casa mientras asistía a Mencía y, pese a sus reticencias, le hizo caso.

Las funciones de las matronas iban mucho más allá de la asistencia al parto y de los cuidados posteriores.

Jerónima había contado en más de una ocasión a su aprendiz que le había tocado atender a distintas mujeres para comprobar su virginidad en vísperas de su matrimonio o en casos de violación.

Incluso a veces había tenido que asistir a pleitos sobre herencias y en un caso al testamento tras la muerte de la parturienta.

Por eso eran respetadas por gente de toda condición y también por eso Johannes la obedeció.

La noche fue muy larga y el frío húmedo de la cuenca del Runa aquellos días de otoño invadió cada esquina de la aldea.

El joven trató de entrar en la casa varias veces, pero bastó la mirada de Blanca para entender que no había cambios.

Tiritaba de frío y de nervios. Se refugió en uno de los costados de la chabola para evitar el viento del norte y, acurrucado contra un montón de leña, pensó en los últimos días.

No pudo dejar de culparse una y otra vez por no haber acudido antes en busca de ayuda.

Sabía que Blanca era una buena herbolaria y parecía segura de lo que hacía, pero no había podido salvar a su hijo y si Mencía moría todo se habría acabado para él.

Cuando al fin la herbolaria salió de la casa, Johannes se aproximó atropelladamente hasta ella. Su rostro y su mirada no anticipaban ninguna buena nueva, sin embargo, le habló con calma.

―Puedes entrar a verla.

―¿Está viva? ―preguntó nervioso y sorprendido.

―Creo que vivirá. Se encuentra muy débil, pero tiene mucha más fuerza de la que aparenta.

―¡Gracias! ¡Gracias! ¡No sé cómo agradeceros vuestra asistencia!

―Aliméntala con caldos de ave y que no se levante de la cama. Debes cuidarla. Estar pendiente de ella un par de días, hasta que tenga fuerzas. Mañana vendré a verla. Poco más puedo hacer.

Blanca tendió sus brazos para entregar a Johannes un pequeño bulto que portaba en su regazo.

―Es vuestra pequeña. La he envuelto en una sábana ―anticipó.

―¿Una niña? ―se lamentó él.

La tomó con precaución, aunque sin ninguna habilidad y miró a la matrona esperando alguna indicación.

―Mañana podrás enterrarla.

―Pero, eso no es posible. Ha muerto antes de nacer ―se opuso Johannes.

Las criaturas que morían en el parto antes de recibir el bautismo, se convertían en seres inquietantes, sin alma y vagaban sin descanso.

―No. Nació viva ―mintió Blanca―. Puedes advertir al vicario que la bauticé antes de que muriera.

Él siguió mirándola sin estar del todo convencido.

―No será necesario que hagáis penitencia para redimir a vuestra pequeña ―aclaró.

La improvisada matrona aguardó un segundo y fijó sus ojos en los del joven.

―¿Habrías sido capaz de cumplir tu amenaza? ―le interpeló―. ¿Acaso crees que nosotras no deseamos la sanación de los enfermos?

Él desvió su mirada y calló mientras sostenía torpemente en sus brazos el cuerpecito envuelto.

No hubo réplica. Blanca se dio al fin media vuelta y se alejó de la chabola caminando con paso decidido.

Varios vecinos se habían asomado a puertas y ventanas, pero mantuvieron silencio.

El joven Johannes seguía observando a Blanca.

Pensó en qué hubiera sido de Mencía si ella no se hubiera hallado en la casa de Jerónima.

Y en el momento en que la perdió de vista en la oscuridad, se reprochó a sí mismo la amenaza que le había lanzado.