El privilegio CAPÍTULO 35.
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CAPÍTULO 35.

Felipe sintió un fuego intenso en su interior y el pulso golpeando cada vez más fuerte sus sienes. Recordó cómo había calculado las proporciones, cómo había conseguido encajar los diferentes elementos para que ocuparan todo el espacio de la última tracería del claustro de la catedral.

―Recuerdo nítidamente cada línea del diseño que ideaste para este lienzo y en cuanto lo he visto completo lo he reconocido. ¡Es tu diseño, son tus trazos, es tu obra! ―exclamó Simón.

El carnicero del Burgo trató de asimilar lo que estaba viendo y supo que no se trataba de una casualidad.

―Alguien ha dispuesto de mis dibujos, alguien ha conseguido los pergaminos y ha esculpido fielmente la tracería que yo diseñé ―concluyó.

Miró al grupo de obreros y escultores que seguían allí y comprobó que lo miraban con curiosidad.

Escudriñó el resto del claustro buscando a alguno de los maestros, a alguien que le diera una explicación a aquella infamia.

A muy pocos pasos, en el ala este, junto a la puerta de la torre Barbazana, localizó a Tristán.

Sintió una arcada en el estómago. El maestro principal de la obra de la catedral hablaba gesticulando de forma grandilocuente a nobles o cortesanos que lo escuchaban con atención.

Felipe lo había visto tan solo una vez desde el día en que el obispo Martín de Zalba le anunció el fallecimiento de Perrin de Simur.

Fue una noche en la tafurería de la Navarrería, y estuvo a punto de cometer una locura ante sus provocaciones.

Cuando Tristán se percató de que Felipe se encontraba a tan solo unos pasos y comprobó que lo miraba con aquel gesto adusto, se disculpó ante su auditorio y se dirigió hacia él.

El maestro de obras había envejecido. La responsabilidad de aquella empresa le había dejado huella.

Mantenía una cuidada melena ya cana y portaba una hopalanda azul propia de un ricohombre o del propio rey.

Lo que no había dejado de hacer era entrecerrar sus ojos cuando estaba a punto de lanzar algún comentario malicioso.

―¿Qué opináis? Convendréis conmigo en que esta obra supone un avance importante respecto a lo que se había esculpido hasta ahora ―lo saludó sarcástico.

Y continuó―: El hecho de que desde niño haya vivido en la Navarrería y haya visto durante tanto tiempo el vacío existente en este lugar me ha permitido conformar este diseño.

Supongo que un vecino de la Población o del Burgo como vos nunca tendría la sensibilidad necesaria para lograrlo.

La indignación de Felipe creció por momentos, sin embargo, no reaccionó.

―Si observáis con atención, debajo de la rosa central he añadido tres más de dimensiones casi equiparables y con motivos idénticos: rombos curvos, lóbulos apuntados ―insistió Tristán.

Felipe sintió un escalofrío. El jefe de obras había reproducido las palabras exactas que él había utilizado cuando explicó su idea al maestro.

―¿Cómo es posible que hayáis esculpido exactamente lo que yo imaginé? ¿Cómo es posible que hayan salido de vuestra boca mis propias palabras?

―Nunca os he escuchado decirlas ―replicó Tristán mostrando una sonrisa complaciente.

―¡Esa es mi idea y ese es mi diseño! ―vociferó el del Burgo señalando la tracería.

―Nunca vi ningún dibujo parecido ―aseguró sin que la acusación de Felipe pareciera afectarle―. Hace ya tantos años... Sin embargo, tengo un ligero recuerdo de vuestra intención en aquel momento. Es posible que hayamos partido de un mismo planteamiento.

Tristán hizo una pausa mínima en su discurso y volvió a estrechar sus ojos en ese gesto característico que Felipe conocía bien.

―Es por eso precisamente que en los últimos días había pensado llamaros, para que nos ayudéis ahora con algunas obras de ornamentación del templo. No tenéis la experiencia necesaria para diseñarlas, pero yo os daré las pautas y bajo mi supervisión podríais dibujarlas.

Felipe hizo verdaderos esfuerzos por contenerse y finalmente consiguió atenuar su tono.

―Este tramo que durante todo este tiempo ha permanecido inconcluso, esta tracería que luce hoy en la última de las ventanas del claustro reproduce con exactitud mi diseño ―aseguró―. Cada proporción, cada detalle son los que yo tracé, son míos y os lo puedo demostrar.

―No os preocupéis. Quizá un día podáis firmar vuestro trabajo. Ahora solo podéis ser un simple aprendiz, si es que aceptáis mi oferta. Es así como funcionan las cosas ―le propuso.

Felipe había mantenido la calma hasta aquel momento, pero cuando escuchó aquellas palabras no pudo más.

Lo agarró de la elegante hopalanda y lo arrastró hasta uno de los pilares del claustro.

Tristán se trastabilló y estuvo a punto de caer.

No esperaba la brusca reacción del joven y pidió ayuda con voz entrecortada.

―¡La guardia, a mí! ¡Detened a este hombre!

No había soldados cerca, pero de entre el grupo de oyentes a los que Tristán aleccionaba se adelantó un joven apuesto, vestido como un cortesano, que llegó hasta ellos decidido.

―No os conozco, pero os conmino a que soltéis al maestro de obras. Será mucho peor para vos si no lo hacéis ―advirtió aquel hombre con una mezcla efectiva de calma y firmeza.

Simón agarraba a su amigo tratando de que soltara a su presa, hasta que sus esfuerzos o las palabras del eclesiástico hicieron desistir a Felipe, no sin antes propinar a Tristán un empujón que lo lanzó al suelo.

―¡Esto no quedará así! ¡Os acusaré ante el tribunal de la Cort! ¡Nunca trabajaréis en la fábrica de la catedral, os lo aseguro! ―gritó el maestro tratando de proteger su hombría.

Felipe agachó la cabeza ante las murmuraciones de todos los presentes y fue entonces cuando se percató de que el elegante joven que había hablado en defensa de Tristán seguía allí.

Calculó que tendría su edad e imaginó que se trataba de algún cargo importante de la corte o del hijo de alguno de ellos.

―¿Sabéis quién soy? Soy Lancelot, hijo del rey y de María Miguel de Esparza. Soy el vicario general y administrador apostólico de la sede episcopal de Pamplona y ante la actual vacante, desempeño todas las funciones del obispo. ¿Qué es lo que ha ocurrido aquí?

Felipe cayó en la cuenta de inmediato. Recordó incluso haber jugado con aquel joven en el patio de armas del palacio siendo muy niños, cuando acompañaba a su padre con carne o animales para las cocinas de la corte. Pero hacía tanto tiempo de aquellos días que no lo había reconocido.

―Con Dios, Reverencia ―saludó Felipe―. Hace años trabajé para el maestro Perrin de Simur, que en paz descanse, y os puedo asegurar que este diseño es mío. Yo tracé esas líneas en los pergaminos que, sin duda, han servido para ejecutar esta obra.

―¿Vos sois el autor? ¿Y eso que importa? ―preguntó con indiferencia.

―La tracería se ha reproducido aquí tal y como yo la imaginé sin haber tenido constancia de que así iba a llevarse a cabo. Sin embargo, os puedo asegurar que no tengo afán de gloria ni anhelo protagonismo ―trató de justificarse Felipe.

―Entonces, ¿qué pretendéis? ―se interesó Lancelot.

―Me duele no poder trabajar para honor de nuestro rey y gloria de nuestro Dios todopoderoso. Hoy mismo he comprobado mi valía para tales fines ―explicó ya más calmado.

Lancelot lo miraba con un gesto de sorpresa y de curiosidad. Ladeó el sombrero que portaba sobre su cabeza, cruzó los brazos sobre su manto de seda azul y habló directamente al del Burgo.

―Y ¿cómo podríais hacer que creamos eso que aseguráis con tanta vehemencia?

―Por supuesto, los pergaminos que contienen los dibujos llevan mi firma ―replicó de inmediato el joven del Burgo.

Lancelot pareció cavilar durante apenas un instante.

―Mi padre, nuestro soberano, necesita artistas para cubrir todos los proyectos que tiene en su cabeza, en Olite, en Tafalla, en Pamplona. Si sois capaz de demostrar que este es vuestro diseño os aseguro que podréis trabajar para gloria de nuestro Dios y de nuestro rey, como vos decís.