El privilegio CAPÍTULO 34.
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CAPÍTULO 34.

Felipe no fue el mismo desde el día que abandonó su pasión.

Había perdido la alegría. Cumplía en su trabajo como ganadero junto a su padre, se dejaba llevar por sus órdenes sin cuestionarlas y, cuando el día declinaba en el horizonte, acudía a la taberna del Burgo o a la tafurería de la Navarrería.

Se sentaba en una esquina y no dejaba de beber vino hasta que su alma se volvía fiera y pendenciera.

Era como si tratara de buscar el último ápice de fuerza que restaba en su interior a pesar de no tener ya esperanza.

Entonces se mezclaba con viajeros, campesinos y soldados.

Discutía con ellos, jugaba a los dados, apostaba y acababa peleándose con quien le llevara la contraria.

Rara era la semana en la que no necesitaba que su amiga Blanca le cosiera una ceja o le aplicara algún ungüento para restañar su cuerpo maltrecho.

En una ocasión, después de una brutal trifulca, marchó a duras penas hasta Villava.

Un peregrino le había asestado una puñalada en el costado tras derrotarle a los dados y necesitaba que la joven curandera atajara su herida.

―Solo tienes dos opciones: seguir luchando de verdad por conseguir tu sueño o aceptar tu situación ―le dijo Blanca mientras lo curaba.

Era en aquellos momentos con ella cuando sentía que la vida podía ser de otra forma. Sin embargo, no reaccionó. Siguió mostrándole su frialdad e indiferencia.

―¡Felipe, por Dios! Me he apiadado de ti, te he curado. Al menos podrías hablar conmigo.

Ese fue el día en el que claudicó y dejó de esperar. Debía ser él quien se diera cuenta de su propia realidad.

María, su madre, y la propia Ane también le animaban a presentarse en los talleres de la fábrica de la catedral, pero siempre alegaba que mientras Tristán dirigiera los trabajos, no habría lugar para él.

Lo intentó años después, cuando falleció el cardenal Martín de Zalba y su sobrino Miguel de Zalba lo reemplazó como obispo de Pamplona.

El nuevo prelado lo recondujo nuevamente al maestro de obras principal y Felipe rehusó presentarse.

Seguía siendo necesaria la aprobación de Tristán para enrolarse en la fábrica de la catedral como tracista.

Intentarlo era un esfuerzo baldío. Y con el paso de los años, su familia, sus amigos y también él desistieron y olvidaron.

Simón de Leoz, el maestro de caligrafía, llegó sofocado a la casa de su amigo Felipe.

El joven se había casado al fin con Sara, la hija de Juan de Alzórriz, después de un largo cortejo, y apenas veía a su amigo.

Cada vez se hallaba más comprometido con la aljama judía y únicamente salía del recinto de los hebreos para impartir sus conocimientos en la escuela de caligrafía de la Navarrería.

Simón irrumpió en la casa y en cuanto vio a Felipe lo abordó sin contemplaciones.

Él era el único al que no afectaba su indolencia.

―¡Felipe, debes acompañarme! ¡Quiero que veas algo!

El hijo mayor de María y Miguel había dejado de pelearse en la taberna, pero se había vuelto esquivo y rehuía el contacto con la gente, incluso con sus amigos Ane, Blanca, Simón y Sara.

Y tampoco tenía relación alguna con Rodrigo.

Su hermano pequeño hacía años que vivía en Olite y solo en contadas ocasiones viajaba a Pamplona para ver a su madre.

En aquellas visitas tanto su padre, Miguel, como Felipe, lo saludaban y se apresuraban a regresar a sus trabajos con los animales.

―¿Qué es lo que ocurre, Simón? ¿Vas a anunciarme que te vuelves a casar o es que ya estás esperando a tu primogénito? ―le preguntó con flema.

―Si lo que pretendes es ofenderme para que te deje en paz, no lo vas a conseguir. ¿Quieres acompañarme?

―¿A dónde? ―preguntó con hartazgo.

―¿Desde cuándo no has visitado las obras de la catedral?

Sintió la rigidez de todo su cuerpo. No estaba dispuesto a hablar de lo acontecido años atrás, de su pasión por el dibujo y de su empeño frustrado por trabajar en la fábrica de la catedral.

―¿Desde el día en que murió Perrin de Simur? ―contestó con la mirada perdida.

―No obstante, supongo que cuando vuelves la vista hacia la Navarrería, no puedes dejar de comprobar si se han ejecutado nuevas obras en el templo.

―Muchas menos de las que deberían ―censuró.

―Pues bien, hoy es el día en que volverás ―aseguró Simón convencido de lo que decía.

―No ha amanecido el día en que eso ocurra.

Simón se colocó muy cerca, frente a él.

―Por favor, confía en mí. Ni siquiera te forcé para que acudieras a la ceremonia de mi propia boda, pero esta vez lo tengo que hacer.

Solo deseo que contemples algo que sin duda te sorprenderá.

No te será indiferente. Te aseguro que no hablaré en ningún momento sobre la frivolidad que para mí supone la falta de aprovechamiento del don que Dios te dio.

Mientras subían por la rúa Mayor de la Navarrería Felipe se sintió inquieto.

Había imaginado muchas veces aquel momento y sabía que llegaría el día en que sucedería, pero esperaba que para entonces hubiera cedido su pasión y no le afectara llegar hasta el edificio principal de la catedral.

Sin embargo, mientras se acercaba a la explanada, comprendió que nunca podría evitarlo.

La pulsión que sentía era innata, indeleble y estaba impresa en lo más profundo de su ser.

Los muros de la catedral apenas habían crecido hasta la mitad de la altura final proyectada.

―No entiendo cuál es la razón por la que me has traído hasta aquí. Sinceramente esperaba algo más de las obras, pese a mi absoluta desconfianza en ese desgraciado que las dirige ―clamó desalentado Felipe, después de contemplar los escasos avances en la edificación.

―Ten paciencia. No es esto lo que quería enseñarte ―le pidió su amigo.

Simón se dio media vuelta y se dirigió hacia el lado este del edificio, la zona en la que se levantaba el claustro, invisible ahora desde la nave.

―¿Has oído hablar a alguien de la tracería que han colocado recientemente en los ventanales? ―le preguntó antes de llegar.

―¿En el claustro? Pensaba que no se había llevado a cabo ningún cambio en esa obra. Se decidió no hacer nada más allí cuando me echaron de la fábrica. Aunque ha pasado tanto tiempo...

―Pues no ha sido así. Yo lo he visto y puedo dar fe. De hecho, ahora mismo lo vas a comprobar con tus propios ojos ―le anunció.

A primera vista nada había cambiado en el complejo desde la última vez.

El claustro estaba ya prácticamente completado cuando murió el maestro Perrin de Simur y desde entonces el esfuerzo se había centrado en el edificio principal de la catedral.

Sin embargo, se respiraba un ambiente casi festivo en el lugar.

En uno de los pasillos del costado sur, el más alejado de la edificación principal, se había congregado un nutrido grupo de personas que hablaban entre ellas de forma animada.

Felipe reconoció a algunos de los mazoneros y escultores de la obra que no dejaban de proferir exclamaciones de regocijo y admiración, pero prefirió no saludarlos.

―Esto es precisamente lo que quería que vieras ―le anunció Simón dirigiéndose al lienzo que admiraban aquellos hombres.

Felipe se acercó. Se trataba del espacio que él había imaginado y que había completado en sus pergaminos.

Después de tanto tiempo, sentía verdadera curiosidad por comprobar cuál había sido el diseño adoptado.

La sorpresa del joven ganadero del Burgo fue mayúscula.

La cúspide de aquella ventana orientada al jardín interior seguía con rigurosa exactitud los detalles del dibujo que él había presentado a su maestro hacía ya muchos años.