El privilegio CAPÍTULO 33.
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CAPÍTULO 33.

Desde niño, Rodrigo sentía una profunda devoción por su hermano mayor.

Pese a que era menos corpulento y tenía menos fuerza, cuando alguien se metía con él, lo defendía a costa de su propia integridad.

Era una forma de ponerse a su altura, de demostrarle que era tan valiente como él.

En una ocasión Felipe discutía con un rapazuelo algo mayor que ellos.

Rodrigo se interpuso para defenderlo y acabó recibiendo un fuerte golpe con un palo que le abrió la cabeza.

Cuando llegaron a casa, sus padres reprendieron al menor de los hermanos porque siempre era quien se metía en problemas.

Y aunque Felipe trató de explicarles que la culpa había sido suya, creyeron que trataba de proteger a Rodrigo.

Aquella conducta, en la que el pequeño soportaba el castigo del mayor, acabó convirtiéndose en un hábito.

Por uno u otro motivo, siempre terminaba por sentir que su hermano era especial para sus padres y que él no lo era tanto.

Aquella noche Rodrigo regresó a la casa del Burgo en medio de una tempestad.

El fuerte viento había dado paso a un verdadero aguacero que caía con violencia sobre los tejados de las casas de los tres burgos y los rayos ocupaban la totalidad de la bóveda celeste.

Rodrigo accedió al zaguán y, en cuanto su madre y su hermano salieron a su encuentro, se abalanzó sobre ellos.

Los abrazó con fuerza y, solo después de hacerlo, se deshizo del pesado petate que lo había mortificado durante todo el viaje.

―Y padre, ¿dónde se encuentra? Me gustaría que viera lo que traigo conmigo ―pidió mientras sacudía las gotas de agua que cubrían su ropa.

―Ha bajado a los prados de la Rochapea para recoger el ganado y dejarlo a cubierto de la tormenta. Sigue todavía enfadado por tu marcha a Olite sin su consentimiento ―le advirtió su madre con un gesto cómplice.

Se mostró feliz con la llegada de su hijo pequeño, sin embargo, Felipe parecía afligido. Desde el momento en que conoció la noticia del fallecimiento de su maestro, había adoptado una mirada insondable que, pese a la llegada de su hermano, no desapareció.

―¡Madre, he descubierto la razón por la que la recaudación menguaba e incluso he recuperado lo faltante!

¡Lo llevo en esta saca! ―anunció eufórico Rodrigo―.

¡No era Sancho quien detraía monedas de nuestros cobros, sino uno de los recaudadores de la lonja!

Lo hacía cuando acudía a pagar los impuestos.

―Sabía que lograrías desentrañar el enigma ―le dijo María con orgullo tomando sus manos―. Cuando tu padre lo sepa se alegrará, sin duda.

Mientras la tormenta seguía descargando sobre el patio descubierto de la casa del carnicero, Rodrigo observó a su hermano Felipe. No prestaba atención a sus palabras y su gesto impávido le dolió en el alma.

―¿Es que no te alegras de mis gestiones? ¿O acaso te molesta?

Felipe le contestó con un gesto de indiferencia. Se dio media vuelta y atravesó el patio central sin importarle el aguacero.

María tomó del brazo a su hijo Rodrigo y le explicó lo acontecido en su ausencia.

Le relató la alegría que colmó a su hermano cuando el maestro Perrin de Simur lo acogió en su taller y la desgracia que lo sacudió con su muerte repentina.

Esa y no otra era la razón de la falta de entusiasmo ante su llegada.

En tan solo unos días, su sueño se había evaporado.

Rodrigo entendió la reacción de su hermano y, cuando estaba a punto de ir a buscarlo, se oyó la puerta principal de la casa.

Miguel de Obanos apareció en el umbral cubierto con un manto ligero con caperuza empapado de agua y sus botas y calzas llenas de barro.

Cuando comprobó que era Rodrigo quien se encontraba junto a su mujer se quedó parado.

―Ha regresado tu hijo con buenas noticias. Ha descubierto al ladrón y ha recuperado lo hurtado ―anticipó María ante la evidente tensión del momento.

Miguel no se inmutó. Se retiró la capucha descubriendo su media melena alborotada y un gesto de tristeza.

Y sin pronunciar ni una sola palabra, les dio la espalda y se encaminó hacia la planta superior de la casa dejando tras de sí un reguero de agua y barro.

Rodrigo bajó sus brazos y negó con la cabeza, pero no dijo nada.

Felipe recogía la leña acumulada en el amplio corral trasero y, pese a que se encontraba empapada, la ponía a cubierto bajo el alero del tejado.

―Lo conseguirás. Estoy seguro ―trató de animarlo Rodrigo a pesar de su propio enojo.

Lo entendió sin necesidad de que se explicara, pero siguió acarreando los troncos sin reaccionar.

―Si el obispo se ha percatado de tu habilidad es muy posible que te reclame. Nunca he visto a nadie que dibuje como tú lo haces ―insistió.

―No lo creo ―intervino al fin Felipe―. Tristán lo dejó claro delante de Martín de Zalba y este no discrepó ni se opuso a su intención.

Perrin de Simur me dijo que ese hombre nunca sería capaz de dibujar como yo.

Por eso no me quiere a su lado. No quiere a nadie que le cuestione y menos a alguien del burgo de San Cernin.

Rodrigo se sinceró con él.

―A mí también me perjudica tu pérdida, porque todo volverá a ser como antes.

―¿Qué quieres decir? ―preguntó el mayor de los hermanos.

―Padre no confía en mí. Lo sé. Mi esfuerzo nunca servirá para ganarme su respeto ―se lamentó.

En muchos momentos el pequeño de los hermanos hacía el trabajo de Felipe para evitar los reproches de su padre, sin embargo, ahora se daba cuenta de que debería haber actuado de otra forma.

Por su bien y por el de su hermano. Rodrigo no había querido desacreditarlo ni ser quien abriera los ojos a su progenitor.

―No importa que yo haya descubierto la razón de la merma de su negocio en Olite. Él solo ve por ti ―siguió cavilando Rodrigo.

Felipe lo miró a los ojos por primera vez esa tarde. Nunca había sido tan franco con él al hablar de su padre.

―No digas eso. Padre confía en ti tanto como en mí ―mintió.

―Sé que lo dices para evitar mi decepción, pero ya es inútil ocultarnos la realidad. Solo tú tienes su confianza... y también la admiración y el amor de Ane ―añadió de improviso.

Felipe volvió a verse sorprendido por la franqueza de Rodrigo.

―Ane es una amiga para mí. Siempre os lo he dicho, pese a vuestras insinuaciones ―se defendió―. ¿Qué te ocurre? Tampoco me habías hablado nunca de eso.

―Sé que ella te ama. Solo habla de ti, de tus dibujos, de tu detalle exquisito para imaginar esas curvas y para fundirlas con el cielo ―se lamentó.

―¿Es por Ane? ¿Tienes celos? ―preguntó Felipe atónito―. Sabes que he tenido con ella una relación especial. Incluso en algún momento pensé cortejarla. Quizá ella lo esperaba, pero creo que, sin decirnos nada, decidimos no echar por tierra nuestra amistad. Es difícil.

―¿Difícil? Algún día todo el patrimonio de nuestro padre será tuyo. ¿Qué dificultad puede suponer casarte con quien quieras, darle una casa y agradecer a Dios cada día por las bendiciones que os procure?

―¿Eso es lo que ocurre? ¿Te preocupa que padre me deje a mí todo?

―No es así y lo sabes. Siempre me he preocupado por ti y tú no tanto por mí ―se defendió el pequeño.

―¡Estás ofuscado conmigo y yo no tengo ninguna culpa!

¡No quiero ser como padre, no quiero matar animales ni vender su carne!

Lo que yo quiero es imaginar edificios, catedrales y obras que trasciendan al tiempo.

Pero no te preocupes, el negocio y el patrimonio de nuestros padres nos corresponden a ambos por igual.

Rodrigo le replicó con la mirada perdida, como si hablara para sí mismo.

―Nunca podré hacer lo que tú haces, pero yo sí amo ese trabajo.

Felipe observó el gesto de sufrimiento de su hermano y solo entonces se compadeció de él.

―No llego a entender cómo padre insiste en que sea yo quien lleve a cabo esos trabajos y quien te supervise, cuando eres tú quien lo hace conmigo ―le confesó.

―Porque él cree que tú eres su hijo y que yo no lo soy. Le he oído decirlo muchas noches.

Felipe miró a Rodrigo estupefacto. Siempre, detrás de cualquier conversación, se encontraba aquella sospecha. Sin embargo, era algo que durante toda su vida habían evitado.

―Eso es imposible. Yo no lo siento así. Sé que no es cierto ―aseguró Felipe rotundo.

―He escuchado a padre hablando con madre. Ella siempre le dice que también soy su hijo, que tengo sus gestos y que mi voz tiene el timbre de la suya, pero él no lo cree y yo tampoco. Si realmente fuera su hijo, él lo sentiría.

En mitad de aquel tenso silencio, Rodrigo le confesó sus planes.

―Me iré. He tomado una decisión. Estos días lejos del Burgo me he dado cuenta. En Olite puedo tener mi propio negocio, me basta con vivir en la casa de la villa. Sé de las necesidades del Hostal. Es allí donde el rey pretende llevar la corte y volcar su esfuerzo.