CAPÍTULO 32.
Felipe llegó a la capilla Barbazana algo nervioso.
Había trabajado toda la noche y, después de varios intentos infructuosos, encontró la composición definitiva.
Había adoptado un dibujo mucho más armónico que el esculpido en las tracerías antiguas.
Ahora las figuras geométricas encajaban mejor en el espacio que dejaba el arco ojival de la ventana.
El diseño era perfecto y estaba convencido de que Perrin estaría de acuerdo en adoptarlo para ornamentar la última parte del claustro de la catedral.
El maestro de obras quería cerrar aquel capítulo para concentrarse en la tarea con la que el obispo y el rey le estaban presionando: la obra de la nave principal del templo.
Si Martín de Zalba estaba de acuerdo con su diseño tendrían tiempo para esculpir la tracería y colocarla antes de la celebración de la Natividad de la Virgen.
Cuando alcanzó el claustro, todavía no había nadie allí.
Quizá se encontraran en la obra principal o en alguno de los talleres de los maestros.
Aquel día el viento soplaba con fuerza proveniente de la explanada de la catedral.
La desaparición de prácticamente la totalidad del edificio principal como consecuencia del terremoto había dejado aquel espacio expuesto a las inclemencias que llegaban desde el norte.
El joven trató de componer su aspecto antes de entrar en la torre Barbazana y repasó en su mente las palabras con las que comenzaría su exposición para tratar de ganarse al cardenal desde el primer momento.
En cuanto accedió al interior, dejó de sentir la fuerza del viento sobre su rostro, se hizo el silencio y se apagó la brillante claridad exterior.
En uno de los costados de la sala, muy cerca del acceso a la cripta, localizó al mandatario eclesiástico observando detenidamente un pergamino que un hombre le mostraba.
Imaginó que se trataba de Perrin, pero cuando el individuo se dio la vuelta comprobó que no era él.
Felipe se paró en seco en mitad de la capilla.
Quien mostraba los planos al obispo era el oficial de cantería, Tristán.
Le extrañó que el interlocutor del obispo fuera alguien distinto al propio maestro de obras principal.
Martín de Zalba solo hablaba con él para evitar generar desorden en la obra.
Felipe se acercó hacia ellos mientras Tristán le sonreía con aquel gesto malicioso que ya conocía.
―Con el debido respeto, vuestra reverencia, busco al maestro Perrin de Simur.
―¿No lo sabéis? Muchacho, siento darte una mala noticia, Perrin de Simur ha fallecido víctima de una apoplejía.
Felipe se quedó paralizado. Su cuerpo y también su mente dejaron de funcionar.
Fue incapaz de articular palabra. En aquel momento ni siquiera calculó las consecuencias de aquel hecho, lo que sintió fue un enorme vacío.
Aquel hombre lo entendía, apreciaba su trabajo, creía en su futuro y habían alcanzado juntos un entendimiento fuera de lo normal.
El obispo retomó la palabra cuando comprobó que el joven se mantenía en silencio.
―Será el oficial Tristán quien asuma ahora el papel de maestro de obras principal.
Es un hombre de la Navarrería al que los obreros respetan, que tiene el beneplácito del rey y del procurador de este burgo.
Dispone del conocimiento para llevar a cabo con éxito el mayor de nuestros retos: levantar las paredes de las naves del templo más bello que exista para gloria de Dios.
Felipe no había reaccionado al recibir la noticia del fallecimiento de su protector y tampoco lo hizo al conocer la identidad de su sustituto.
Sabía que aquel hombre era un simple medrador que había conseguido llegar hasta allí con argucias y manipulaciones y era consciente de que no tenía ninguna sensibilidad artística.
―Hemos hablado y una de las primeras medidas que va a adoptar es reducir los equipos de tracistas y artistas. El diseño de la catedral está ya aprobado y lo que ahora hace falta es avanzar en la ejecución de las obras. Lo que necesitamos son canteros y albañiles.
―Eso quiere decir que prescindiréis de mis servicios ―interpretó Felipe.
Tristán no había hablado hasta ese momento, pero bastó que el del Burgo se manifestara por primera vez para que también interviniera.
―A no ser que queráis ganar vuestro salario labrando piedra. Esa es la única labor que os puedo ofrecer. Supongo que no aceptaríais un trabajo tan mísero ―le lanzó con fingida ingenuidad.
―Picar la piedra no es una labor mísera. Los canteros son verdaderos maestros. En su pericia descansa la estabilidad de la catedral. Eso es lo que siempre decía Perrin de Simur. Y a diferencia de lo que afirmáis, ellos no piensan que piquen piedra, piensan que construyen una catedral.
El obispo se quedó observando a aquel muchacho espigado que había hablado con valentía y sensibilidad, pero sus palabras no le hicieron cambiar la decisión que había tomado.
Felipe se dio media vuelta sin siquiera despedirse.
Tampoco sus interlocutores añadieron comentario alguno.
Salió de la torre y volvió a sentir las inclemencias de aquel día nefasto.
El viento parecía haberse multiplicado y el sol se había ocultado por completo tras aquel cielo encapotado.
En cuanto enfiló la rúa Mayor de la Navarrería las lágrimas brotaron de sus ojos.
Atravesó la calle sin reparar siquiera en los transeúntes con los que se fue cruzando y, solo cuando llegó al Cayrefort de la Navarrería, junto al mentidero, se fijó en un mendigo que había encendido una hoguera.
Felipe todavía llevaba en sus manos los pergaminos que había trabajado aquellos días y tuvo la tentación de deshacerse de ellos.
―Podéis quemarlos. Os permitirán un rato más de fuego ―ofreció al infeliz.
El pordiosero extendió los dibujos y los observó durante un instante.
―Si un día vierais construido algo semejante, estoy seguro de que seríais reconocido por todos quienes lo contemplasen.
Trató de devolverle los pergaminos, pero Felipe ya no le hacía caso. Estaba a punto de alcanzar la tierra de nadie del Chapitel. Accedería al Burgo por la puerta de Portalapea y regresaría a su vida de siempre. Ese mismo día retomaría la profesión que su padre había previsto para él.