CAPÍTULO 31.
Felipe sabía que era el precio que debía pagar.
Quizá la intención de Tristán no fuera despeñarlo por el precipicio del Runa y tan solo se tratara de una advertencia.
En todo caso, el oficial se había convertido en un enemigo al que tendría que prestar atención.
Lo dejó bajar por aquel peligroso desnivel, incluso pudo haber previsto, a tenor de las palabras del mazonero Juan de Lerga, que los hechos se desarrollaran tal y como sucedieron.
Pese a su gravedad, el joven tracista se resistió a contárselo al maestro de obras.
Tristán tenía ganados a muchos de los hombres que trabajaban en la fábrica de la catedral.
Los había defendido frente a los dueños de los talleres para ganarse su confianza y contaba con su apoyo incondicional.
Y él no quería enfrentarse a todos ellos.
Tras una dura jornada, Perrin de Simur y Felipe estuvieron escuchando a un juglar que cantaba a las mujeres de un prostíbulo muy concurrido en la misma rúa de Calderería y, después de reír con sus ocurrencias y con su escasa habilidad con el laúd, maestro y aprendiz se refugiaron en una taberna situada en la rúa de la Zaga del Castillo.
―Felipe, tenemos por delante un trabajo descomunal hasta que lleguen las heladas. Entonces será necesario parar las obras. El hielo es nuestro peor enemigo. No podremos producir el mortero de cal para enlazar las hiladas. Necesita tiempo para fraguar y el agua se hiela antes de que lo haga.
El joven sabía que eso ocurría, sin embargo, como siempre hacía, trató de encontrar oportunidades en aquel obstáculo.
―Maestro, lo que sí podremos hacer en esos días será multiplicar el labrado de piedra, esculpir más y mejor los elementos decorativos y las piezas de madera necesarias.
Perrin de Simur observó con orgullo la pasión y la energía de aquel joven que se inclinaba hacia delante sobre la mesa de la taberna. Le recordaron a las suyas propias, pero hacía tanto tiempo que casi lo había olvidado.
―Así lo hacemos cuando llega el invierno ―confirmó el maestro―. Además, transportamos hasta la obra esa piedra ya cincelada para que, una vez retorne el buen tiempo, simplemente nos reste colocarla.
―¿Crees que para entonces estarás preparado para formar parte de alguno de los equipos? ¿Qué es lo que mejor puedes hacer? ―preguntó Perrin.
―Espero estarlo. Me siento capacitado. Quizá podría emplearme en la finalización del claustro. Ese trabajo no requiere un conocimiento exhaustivo de la construcción de una catedral y seguiré aprendiendo.
―Es cierto, es así.
―Maestro, quiero haceros una pregunta. ¿Creéis que debería acudir a alguna universidad para aprender arquitectura?
―Creo que vuestra mejor universidad es la construcción de la catedral Santa María la Real de Pamplona. Yo he estudiado geometría, matemáticas y dibujo. Pero solo la práctica en gremios, logias de canteros y talleres te hacen ser capaz de dirigir una obra como la de la catedral de Pamplona.
―He tenido mucha suerte de que en este momento se esté levantando una nueva seo aquí ―se congratuló Felipe.
―Si no fuera así, habrías necesitado trasladarte allí donde estuvieran construyendo una ―le explicó.
Felipe asintió complacido y apuró la jarra de vino que descansaba sobre la tabla rectangular.
―El tiempo se me pasa sin darme cuenta cuando dibujo ―le confesó con cierto reparo―. Cuando llego a casa trazo todo lo que he imaginado durante la jornada.
―Lo sé ―contestó Perrin de Simur ante la sorpresa de Felipe.
―¿Cómo lo sabéis? Me habíais dicho que no dibujara nada hasta que no conociera los entresijos de este trabajo.
―Pero imagino que mi consejo no te ha impedido hacerlo.
―También me dijisteis que un día el obispo podría ver mi trabajo y he tratado de perfeccionar cada trazo.
―De no haberlo hecho, quizá no merecerías una oportunidad.
Felipe lo miró aliviado y de inmediato le detalló los diseños en los que había estado trabajando.
―He dibujado cada una de las partes del claustro e incluso he realizado varias tentativas para la última de las tracerías del costado sur, que aún no se ha colocado.
He trabajado en un modelo similar al utilizado en el ábside de la catedral de Amiens, aunque creo que el mío incorpora un diseño que aprovecha mejor el espacio.
―Supongo que no te has desplazado hasta Amiens para ver la construcción ―preguntó riendo el maestro de obras.
―No, pero Pedro, el cantero, sí ha estado allí y me habló de ellas. Yo las imaginé.
Y para satisfacción del joven dibujante, Perrin de Simur no puso reparos a su propuesta.
―Confío en tu trabajo. He visto tus dibujos y sé que superarán las esculturas que hasta ahora lucen en el claustro. Mañana se los mostraremos al obispo.
―¿Mañana? ¿Los presentaremos al cardenal sin siquiera contemplar alguna modificación sobre ellos?
El maestro de obras asintió.
―Estoy seguro de que no será necesario. Pero debes abstenerte de hablar de tu autoría, evitarás explicar cómo y cuándo se te ocurrieron los dibujos.
Limítate a hablar de ellos como una obra inspirada por Dios.
No utilices en ningún momento la primera persona, habla siempre en plural y concluye cada expresión con una referencia a la razón última por la que hacemos nuestro trabajo: venerar a nuestro Dios todopoderoso.
―¡Así lo haré! ―respondió Felipe eufórico.
―El obispo ama el arte, pero desconfía del artista. Teme que la sed de gloria del escultor se imponga a la humildad cristiana. Le he oído repetir en más de una ocasión que el pincel y el cincel son instrumentos al servicio de la fe, no del orgullo del hombre.