CAPÍTULO 30.
La tarde estaba cayendo sobre Pamplona y muy pronto, pese a que una luz tenue bañaba aún las calles de la Población de San Nicolás, sonarían las cuarenta campanadas llamando al toque de queda.
Se iniciaba a las ocho de la tarde y se prolongaba hasta las seis de la mañana.
El alguacil del burgo velaba las calles para controlar que nadie portase armas, ni hiciese música, ni fuese disfrazado.
El momento en que se producía la mayor parte de los disturbios entre los tres burgos era cuando reinaba la oscuridad.
Por eso, los soldados del rey no dejaban de realizar sus rondas durante toda la noche.
Cuando Adrián regresó a la casa de la rúa de la Zapatería, su esposa Lorea y Ane lo esperaban impacientes. Habían calentado en el fuego del hogar una cazuela con caldo de ave, habían horneado una hogaza de pan y habían colocado sobre la mesa una jarra de vino y otras más pequeñas para servirse.
―Adrián, ¿qué ha ocurrido? ¿Has estado en presencia del soberano? ¿Qué es lo que te ha dicho? ―preguntó Lorea en cuanto llegó.
―Tranquilizaos. Nadie me ha denunciado y no media acusación alguna contra mí. No debéis preocuparos ―contestó abrazando a la pelirroja.
―Pero entonces, ¿cuál es la razón de esa audiencia tan apremiante? ―insistió su esposa.
―¿Se trataba de la defensa de Mencía? ―se aventuró a preguntar Ane.
― Bai . En parte sí. Gracias a Dios, cuando he explicado los hechos al rey he conseguido que absolviera a la pareja
―¡Esa es una fantástica noticia! ―exclamó Lorea.
Sin embargo, Adrián no parecía mostrarse del todo satisfecho.
―Hay algo más, ¿no es así? ¿Qué te ha pedido a cambio? ―preguntó Ane.
―No se trata de un intercambio de favores. El rey Carlos quiere que forme parte del tribunal de la Corte Mayor ―soltó sin preámbulos.
Madre e hija se quedaron en silencio adoptando el mismo gesto de sorpresa. Habían luchado contra las injusticias del poder en tantas ocasiones que ahora era muy extraño que Adrián hablara de formar parte de él.
―Podré defender a quien considere inocente desde el propio tribunal ―argumentó ante el silencio de ambas―. ¿No lo veis como yo? Ayudaré a los más desfavorecidos desde la propia Cort, recibiré un buen salario y cederé el taller a los jóvenes zapateros.
―Vas a juzgar y condenar a los acusados. ¿Crees que te permitirán absolver a quien consideres inocente? ―le preguntó Ane.
―Es lo que intentaré. Pero no solo influiré en casos puntuales. ¿No os dais cuenta? Estaré muy cerca del soberano, lo que me permitirá seguir luchando para convertir Pamplona en una única ciudad y acotar cada vez más las diferencias entre los habitantes de los tres burgos.
Los ojos de Lorea parecieron brillar con una nueva luz en su rostro pálido. Ese había sido el sueño de Peru y, desde que él murió, su propia obsesión durante años. Ahora se limitaba a ayudar a Adrián y Ane en la defensa de todo aquel que no dispusiera de recursos.
Ane seguía observando a sus padres sin mostrar ninguna emoción.
―¿Y qué es lo que haré yo? Si tú no ejerces como abogado, no podré ayudar a nadie. Justo en el momento en que han reprobado mi intención y me han prohibido cualquier actividad que tenga que ver con la labor que llevaba a cabo, ¿es ahora cuando vas a formar parte del tribunal de la Cort?
Salió de la casa de la Zapatería sin siquiera cerrar el portalón y se dirigió de forma autómata hacia el barranco que separaba San Nicolás y San Cernin.
Cuando sufría aquella frustración, tenía la costumbre de buscar a su amigo Felipe.
Él la calmaba y hacía que viera las cosas de otra manera.
Era de noche y, pese a encontrarse en pleno mes de agosto, hacía frío.
Ane no llevaba ningún tipo de abrigo y se dio prisa.
Cruzó el camino que superaba el foso y entró en el Burgo cuando todavía no habían cerrado la puerta de la belena.
Llegó hasta la rúa Mayor de los Cambios y desde allí divisó la casa del carnicero del Burgo.
Felipe sentía algo especial por su amiga Ane.
Juntos habían vivido su niñez en Obanos imaginando visitar lugares remotos, alcanzar las cimas más altas y vencer mil batallas.
Cuando los padres del joven decidieron mudarse a la capital del viejo reino para establecer su negocio, Ane se trasladó también allí con su madre.
A partir de aquel momento la relación entre los dos jóvenes fue cercana, aunque intermitente.
En invierno se asomaban a las altas murallas que el Burgo y la Navarrería exhibían sobre el río Runa y arrojaban piedras y troncos al barranco para observar sus huellas en la nieve.
En verano se bañaban en sus aguas con Rodrigo y con Sara, la hija de Juan y de Zohara.
Todos creían que Felipe y Ane acabarían casándose y formando una familia, pero quizá el respeto que se tenían hizo que ninguno de los dos diera el primer paso.
―Ane. ¡Qué alegría verte aquí! ¿Te quedarás a dormir? No podrás volver a casa con el toque de queda ―la saludó María en cuanto abrió la puerta.
La joven pelirroja abrazó a la madre de su amigo. Siempre decía que era la mujer más guapa que había visto. Felipe evitaba confirmarlo argumentando que él no podía opinar porque la había visto cada día desde que lo trajo al mundo y siempre reían los tres divertidos.
―María, hola. Gracias. No lo sé. Espero poder volver. ¿Están Felipe y Rodrigo? ―preguntó.
―Rodrigo marchó a Olite para ayudar a Sancho y Felipe se encuentra aquí ―le indicó señalando la habitación en la que el joven dibujaba―. Está muy contento, tiene buenas noticias.
La joven agradeció a María la invitación y se dirigió hacia la estancia en la que tantas veces habían compartido confidencias. Su amigo se encontraba inclinado sobre los planos observando sus dibujos con la pluma de cáñamo en la mano.
―¡Dios mío, Felipe, es fantástico! ¿Son las tracerías del claustro?
―Sí, lo son. ¿Te gustan?
―¡Son muy bellas! Ojalá las pudiéramos ver esculpidas y pudieran ser admiradas por todos los peregrinos que llegaran a la ciudad.
―Ane, es posible que así sea. El maestro me dijo que podría presentarlas al obispo Martín de Zalba. Quizá le gusten.
―¿De verdad? ¡Sabía que lo conseguirías! ¡Me alegro mucho por ti, te lo mereces! ―exclamó la muchacha dándole un abrazo.
Al soltarlo dejó entrever un gesto parecido al de un dolor repentino que no pasó inadvertido para Felipe.
―¿Qué te ocurre? Podrás seguir trabajando con tu padre y algún día te permitirán ejercer como abogada. Has estado a punto de lograrlo ―trató de animarla.
―Ya no lo creo. El rey ha llamado a Adrián para formar parte del tribunal de la Corte Mayor.
Tardó unos segundos en asimilar la noticia, pero su reacción fue firme.
―¡Pero eso es fantástico! Tu padre impondrá la mayor de las justicias en esa instancia. No me cabe duda de que lo hará.
―¿Lo crees así? Se ha pasado al otro lado. Va a formar parte del poder… y yo ya no podré trabajar para él ―concluyó después de hacer una breve pausa.
Felipe fue entonces consciente de las consecuencias que para Ane suponía el nombramiento. La joven se sentó en uno de los taburetes que rodeaban la mesa y se recogió sobre sí misma, como si no quedara nada por hacer.
―Mi madre tampoco se ha opuesto a la decisión de Adrián. Ha perdido su rebeldía, hace tiempo que es menos combativa con el poder.
Él apartó los pergaminos, dejó la pluma sobre la mesa y la acompañó descansando también en uno de los taburetes.
―Tu madre es una mujer muy valiente, Ane.
Tú lo sabes. Ha luchado por aquello en lo que siempre ha creído y seguirá haciéndolo.
Ella se atrevió a dirigirse al mismísimo Carlos II para explicarle lo que ocurría entre los burgos.
Y consiguió junto a Adrián que se limasen algunas de las diferencias existentes entre sus habitantes.
Ane no quería hacer memoria. Solo tenía presente lo sucedido recientemente.
―Hace apenas unos días mi madre aceptó la decisión del tribunal sin siquiera mostrar su indignación. Supongo que yo tendré que aceptarla también ―se resignó.
Felipe tomó las manos de Ane, pero ella las rehuyó de inmediato.
―No te rindas. Seguirás haciendo tu labor de una u otra manera y estoy convencido de que un día no tendrán más remedio que admitir tu trabajo.
La joven pelirroja no reaccionó entonces a las palabras de su amigo.
―Quizá creas que también yo me he unido al poder ―temió Felipe.
Ane lo miró con una sonrisa triste.
―No lo creo. Es la única forma en la que puedes dedicarte a tu pasión y lograr que tu don se haga eterno.