CAPÍTULO 29.
Pese a que ya no empleaba demasiado tiempo como zapatero, Adrián seguía manteniendo activo el taller.
Las instalaciones, perfectamente habilitadas, la buena reputación de su producto y, sobre todo, la posibilidad de dar trabajo a tres jóvenes de la Población le hicieron conservarlo.
Aquella mañana el abogado se encontraba allí mostrando a uno de los muchachos cómo preparar las pieles para su curtido tras haber permanecido en agua con cal, haberlas enjuagado y sometido al raspado de pelo muerto.
De pronto escucharon movimientos bruscos en la entrada de la vivienda.
Cuatro soldados ataviados con enseñas de la casa de Evreux y cota de malla, con casco y armados con espadas, irrumpieron decididos en la casa de Adrián.
El ama de llaves se encontraba en mitad de la estancia principal y, cuando vio a los hombres de armas, corrió hacia la puerta que daba acceso directo al taller.
No hizo falta que diera voz alguna. En aquel momento Adrián llegaba alertado ante el tumulto.
―Bienvenidos a mi humilde morada. ¿Acaso he cometido algún delito? ―preguntó sin perder la calma―. Porque supongo que es a mí a quien buscáis.
Los soldados dudaron ante su aspecto poco honorable. Vestía una saya blanca demasiado holgada y su pelo negro rizado, aunque escaso para su edad, lucía más largo de lo habitual.
―¿Sois vos Adrián Alegre? ―preguntó el hombre más adelantado.
―Así es.
―Entonces es a vos a quien buscamos. Es lo que su alteza real nos ha ordenado y es lo que haremos, llevaros ante él.
Lorea apareció por la escalera que comunicaba con la planta alta de la casa y no pudo evitar replicarles.
―¡No podéis llevaros a un hombre sin explicarle la razón por la que se solicita su presencia ante el rey!
Pese a su palidez natural, el rostro de Lorea lucía rosado, como consecuencia, sin duda, de la presencia de los soldados. El paso de los días no había aliviado su enfado por el rechazo de Ane y todo lo que tuviera que ver con la corte y los tribunales del reino le hacía levantarse en pie de guerra.
Adrián se acercó a ella y la rodeó con cariño.
―Lorea, soy abogado y sé cómo defenderme. No debes preocuparte. Y, además, esto no tiene nada que ver con Ane, te lo aseguro.
―¿Entran en nuestra casa los soldados del rey, armados como si fueran a librar la mayor de las batallas, y no debo preocuparme? ―replicó inquieta.
―Sabes que cuando el soberano solicita algo a sus soldados o a sus consejeros se despliega un ciclón con una fuerza cien veces mayor a la que pueda provocar un ricohombre o incluso el propio obispo. Por eso nos alarma, pero no me han prendido ni han usado la fuerza.
Lorea asintió. Era consciente de que Adrián tenía razón y no le cabía ninguna duda de que sabría defenderse ante cualquier acusación.
La presencia de los soldados reales le traía a la mente el recuerdo de la detención de su marido, Peru, y su posterior ejecución, y cuando eso ocurría su cuerpo comenzaba a temblar sin poder controlarlo.
―Tal y como decís, ha sido el propio soberano quien ha requerido de inmediato vuestra presencia en el Palacio Real. Debéis acompañarnos ―intervino el soldado impaciente.
―Y ¿nuestro rey necesita cinco hombres para llevarme ante él?
Los guardias no respondieron a la observación de Adrián. El cabecilla del grupo lo tomó del brazo y le invitó a salir de la casa junto a ellos.
Cuando accedió a las dependencias reales, Adrián comprobó que el rey era incapaz de presentarse ante ninguna visita sin lucir sus mejores prendas.
Vestía una jaqueta apretada muy elegante en color verde, calzas blancas y lucía el pelo arreglado en una corta melena.
Las modas habían cambiado y ahora en la corte del reino de Navarra, como en otras cortes, las jaquetas y jubones eran más cortos y ceñidos, de modo que resaltaban los hombros y el torso de los cortesanos.
Y también los vestidos de las damas eran ajustados al pecho, de escote redondo y de mangas largas.
Adrián había pensado en más de una ocasión que aquellas mangas debían ser muy incómodas, ya que impedían a hombres y mujeres desempeñar trabajos manuales.
Pero siempre concluía que a los reyes, ricoshombres y damas de la corte no les molestaba, debido a que no realizaban ese tipo de tareas.
Solo se trataba de su necesidad de ostentación de poder y de manifestación de estatus.
En cuanto el ujier anunció la presencia del abogado en la sala de palacio, el rey dejó lo que le ocupaba y se dirigió hacia él.
―¡Adrián! ¡Bienvenido a esta vuestra casa! Quería hablar con vos. Sabía que vendríais en cuanto os llamara.
El de la Población pensó para sí que no había tenido otra opción. En todo caso, las palabras y gestos del rey denotaban alegría sincera por su visita.
La gran sala donde el soberano recibía a los merinos, almirantes, procuradores de las buenas villas o embajadores de otros reinos, y donde se reunía con sus consejeros, estaba presidida por un imponente trono con apoyabrazos.
Y a su espalda, colgado en la pared, se hallaba un gigantesco tapiz en el que aparecían representadas las armas rojas y azules de la corona.
El rey Carlos se encontraba acompañado en aquel momento por su sastre, hombre al que Adrián conocía y con el que tenía buena relación.
―Adelante, pasad. Quería enseñaros esta maravilla ―invitó el soberano.
El de San Nicolás se acercó y observó la seda extendida sobre la única mesa que ocupaba todo el costado derecho de la estancia.
Pensó que aquel delicado tejido bermellón con bordado dorado se utilizaría, a buen seguro, para confeccionar una lujosa hopalanda que el soberano vestiría en una próxima celebración o viaje.
―Se trata de terciopelo procedente de Florencia, es una pieza finísima en su exterior y su interior estará cubierto por suave piel de marta.
Martín Pérez, aquí presente, confeccionará la hopalanda más elegante que jamás hayan contemplado quienes asistan a la celebración de la Natividad de la Virgen. ¿Sabéis cuánto puede llegar a costar?
―No lo sé, mi señor. No estoy al corriente del precio de semejante tejido.
―He pagado por esta pieza ochocientas setenta y cinco libras.
Adrián tardó apenas un instante en calcular. Harían falta cinco años del sueldo de un maestro para hacerse con aquel material.
―Gracias, Martín. Podéis retiraros ―pidió al sastre.
El hombre hizo una graciosa reverencia dedicada al soberano, despidió a Adrián con una inclinación sutil de cabeza y salió de la estancia.
―¿Sabéis por qué os he hecho venir a palacio? ―preguntó el rey mientras se dirigía hacia el trono.
―Me ha sorprendido vuestra llamada, Majestad, pero en el trayecto me he hecho una idea de cuál puede ser vuestra demanda.
―Estoy seguro de que lo intuís.
El soberano extendió sus manos para mostrar su intención de escucharlo.
―Hace apenas unos días asistí a una mujer a la que se culpaba de matar a uno de vuestros recaudadores y tengo la sospecha de que la acusación pública va a recurrir la sentencia ante el Consejo Real. Supongo que es de eso de lo que queréis hablarme.
―En efecto, sé de la defensa que procurasteis a esa mujer ―asintió el monarca en tono calmado―. En todo caso, entiendo que el concejo del Burgo lleve la causa hasta su última instancia. Para eso están los tribunales.
Durante mucho tiempo, habían sido los particulares, los nobles e hidalgos, quienes administraban una justicia privada en el reino.
Los reyes eran incapaces de garantizar el orden.
Pero, desde que Navarra estuvo gobernada por soberanos franceses, las cosas habían cambiado.
El Consejo Real asesoraba al monarca en diferentes asuntos y, además, era el tribunal supremo de justicia.
Estaba compuesto por doce ricoshombres, nobles, religiosos o incluso funcionarios destacados como tesoreros, procuradores o alcaldes de corte.
La institución dependía del rey y precisamente era a ese tribunal al que se apelaban las sentencias de la Corte Mayor.
El soberano continuó razonando su posición.
―Un ataque a un hombre que cumple una encomienda real es una agresión al propio rey.
Si se probara, debería solventarse con un castigo ejemplar.
No puedo permitir que un recaudador, un hombre que vela por el buen funcionamiento de las instituciones, sea asesinado sin un castigo.
Supondría una muestra de debilidad y ese tipo de situaciones se reproducirían.
Durante un instante Adrián pensó que el rey iba a echar por tierra su defensa.
―Señor, estoy de acuerdo. Pero vos lo habéis dicho. Os aseguro que no se ha probado ni se probará ese supuesto, porque no ocurrió así. Solo vos podéis evitar la repetición del juicio como muestra de vuestra bondad y de vuestro buen juicio ―se atrevió a plantear Adrián.
El rey no pareció sentirse molesto.
―Adelante, os escucho.
―Señor, vos habéis promovido, como vuestro padre y vuestros antepasados, el asentamiento y la repoblación de esta ciudad.
―Así es. El crecimiento de Pamplona ha traído siempre prosperidad y fuentes de ingresos para hacer más grande el reino de Navarra ―concedió.
El de la Población asintió y continuó su discurso.
―Si un hombre recién llegado a la ciudad es requerido para pagar dos veces el mismo impuesto; si es injustamente amenazado con castigos como el destierro, la reclusión o el escarnio público; si es mutilado y eso se repite con nuevos pobladores, no tengo duda de que se creará una leyenda negra en torno a este reino y a esta ciudad.
―No hablo de la justicia en el cobro de impuestos. Ha sido asesinado un hombre que representaba a su soberano ―disintió el rey.
―Por supuesto. Majestad, ¿podría explicaros lo que realmente ocurrió?
El monarca se dirigió hacia su sillón real y tomó asiento.
―Os escucho ―otorgó.
―Gracias, Majestad.
Adrián tomó aire y comenzó a relatar los hechos.
Fue claro y contundente en su exposición.
Le narró las intenciones deshonestas del recaudador, el suceso trágico en la casa de la pareja y todo lo que después aconteció.
El monarca escuchó asintiendo a la mayoría de las afirmaciones y, pese a todo, cuando hubo concluido, no pareció convencido.
―¿Es posible que ocurriera tal y como lo relatáis? Es muy extraño ―opinó.
―No hubo testigos directos de lo que sucedió, pero sí testigos que acudieron al lugar nada más producirse la desgracia. ¿No os resulta más extraño que una mujer enferma, embarazada, fuera capaz de vencer en una disputa a un hombre armado y ensartarle un tablón tan pesado?
El rey asintió y sonrió esta vez con gesto de satisfacción.
―Es cierto. Tenéis razón. Desconocía los hechos.
Adrián respiró aliviado y relajó sus músculos.
―Humildemente creo que una sentencia favorable por parte de la corona, del Consejo Real si es menester, hablará bien de vos ante vuestros siervos y ante aquellos que pretendan o aspiren a llegar a esta ciudad, a este reino.
El soberano continuaba sentado en el trono, aunque ya no miraba directamente a Adrián. Su gesto perdido en una de aquellas paredes era muy serio y sus facciones se mantenían en tensión.
―La víspera de mi coronación vos sujetasteis mi caballo junto a otros procuradores de las buenas villas y me acompañasteis a la catedral.
Vos me izasteis sobre el pavés al día siguiente.
Siempre os he tenido por un hombre honesto y valiente ―concedió el monarca―.
Ahora vuestra profesión os exige oponeros a muchas decisiones de funcionarios reales o jueces de los tribunales del reino.
Sois sin duda el azote de mi administración.
Pero no quiero cobrarme venganza ni quiero aplicaros castigo por ello.
Si finalmente los tribunales y Dios nuestro señor os han dado la razón será porque la teníais.
―No lo entiendo, Majestad. ¿Qué esperáis entonces de mí?
El rey volvió a mirar directamente a los ojos al abogado y trató de medir sus palabras.
―Si hago lo que pedís, algunos me acusarán de proteger a la mujer que ha matado a uno de mis hombres. ―El monarca se inclinó ligeramente hacia delante―. ¿Estáis dispuesto a que también os acusen a vos en tantos y tantos procesos en los que la corona es parte?
―Majestad, prefiero que me acusen de piedad que de injusticia.
El rey relajó su rostro y volvió a acomodarse en el sillón.
―De acuerdo entonces ―concedió―. Quiero que forméis parte del tribunal que dicta ese tipo de sentencias para que lo haga de manera medida y justa. Os conozco, estoy seguro de que vuestros veredictos serán imparciales.
―¿Ser juez? Nunca lo había pensado. Me gusta defender a quienes no pueden hacerlo por sí mismos o no tienen medios suficientes.
―Podríais intervenir en su defensa, si así lo consideráis, desde una posición privilegiada. Quizá podáis ayudarlos más que ahora.
―¿Y qué ocurriría con la acusación de esa pobre mujer?
El rey Carlos de Navarra sonrió ante el tesón que aquel hombre empleaba para amparar a sus defendidos.
―Os he dicho que me fío de vuestro juicio. Si aceptáis formar parte del tribunal de la Cort como alcalde de corte, dictaré de inmediato sentencia a favor de esa mujer.