El privilegio CAPÍTULO 28.
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CAPÍTULO 28.

Ester se mostró taciturna los días que siguieron a la visita de Jerónima.

La herbolaria solo contó a Adrián el testimonio de la judía y este intentó hablar con ella.

Pero en ningún momento le abrió la puerta de la casa del rabino Levy, en la que permanecía recluida.

Tampoco pudo el abogado apoyarse en el converso Juan para contactarla.

Su amigo se había desplazado a Obanos para preparar la vendimia.

Aunque Blanca, la hija adoptiva de Adrián, parecía haber aceptado la prohibición impuesta por el tribunal de la aljama, el abogado seguía pensando que podían hacer algo más.

Pasadas semanas del fallecimiento del rabino, Adrián decidió resolverlo definitivamente.

Llegó hasta la judería buscando a Ester y al fin se encontró con ella en una panadería muy cerca de la sinagoga.

Varias mujeres examinaban el producto que el panadero exponía en su puesto y Ester hizo lo propio pese a reconocer a Adrián.

―Ester, solo quiero hablar con vos. No sé la razón por la que me rehuís ―fue el saludo directo que le dedicó el abogado.

―¿No la sabéis? Creo que sí. Y también que no me favorece que mis vecinos me vean en vuestra compañía. Vuestras intenciones son evidentes, no solo para mí, para todos los miembros de la aljama ―le respondió sin detenerse y sin siquiera mirarlo.

―¿Por qué? Nadie puede saber lo que visteis a no ser que se lo hayáis contado a alguien.

―Todos los judíos os conocen y si ven que una y otra vez acudís a la casa del rabino es normal que comiencen las especulaciones y las murmuraciones.

En aquel momento, un grupo de varones salía del templo judío y Ester se puso nerviosa. Apenas se encontraban a unos pasos y Adrián se hallaba ahora junto a ella.

―Por favor, solo quiero que me escuchéis ―le pidió el abogado.

Ester simuló estar interesada en alguna mercancía colocada en uno de los costados de la panadería y le contestó sin dirigirle la mirada.

―Llegad hasta la casa del rabino por el patio trasero. Dejaré la puerta abierta y nadie os verá.

La mujer se separó de Adrián y se alejó por la rúa Mayor de la judería. Y en aquel momento, rezagado de todos los varones judíos, el médico Lot salió por la puerta de la sinagoga. Se detuvo cuando reconoció al abogado, se acercó y le interpeló sin rodeos.

―Me han dicho que últimamente frecuentáis mucho la judería. ¿Es que tenéis a alguien aquí a quien vayáis a representar en juicio? Sabéis que los cristianos no podéis defender a hombres o a mujeres de otra confesión que no sea la vuestra.

―No se trata de un problema de tribunales sino de un acuerdo, un arbitraje entre un prestamista judío y un deudor cristiano a quien represento ―improvisó―. En todo caso es algo que no os concierne.

―Y por eso buscáis una y otra vez a Ester en la casa de nuestro rabino, que en paz descanse ―le respondió Lot de manera fulminante.

―Creo que ella no se encuentra. No estuve con Ester. La busqué para saber exactamente dónde podía encontrar al prestamista, pero ya lo localicé.

El buey Lot sonrió con sorna y, sin despedirse, continuó su paso por la rúa Mayor de la judería.

Adrián se mantuvo expectante. No sabía si el médico judío había visto alejarse a Ester o no lo había hecho.

En todo caso, pensó que debía salir de la judería para volver algo después.

No quería que viera que se dirigía una vez más hacia la casa del rabino Levy.

―¡Adrián, por Dios! ¿Dónde os encontrabais? Ha venido Lot a visitarme y me ha preguntado por vos ―amonestó Ester al de la Población en cuanto lo localizó en el patio trasero.

―¿Lot ha estado aquí?

―Me ha vuelto a amenazar si os ve conmigo. Esta situación es comprometida para mí. Corro peligro, mi hija Ruth corre peligro y mi nieta también. ¡Él sabe de su existencia y las ha citado cuando me ha pedido otra vez que borrara de mi mente lo sucedido! ―se sinceró angustiada.

―Lo sé. Jerónima me contó lo que ocurrió el día del fallecimiento del rabino. He sido yo, pese a su oposición, quien ha insistido en venir a veros ―le reveló―. Quiero deciros que vuestro testimonio sería sin duda suficiente para condenar a Lot ―añadió tras una breve pausa.

A Ester no le sorprendió su comentario y, una vez se serenó, le respondió.

―No lo creo. Ese hombre conseguirá de una u otra forma hacer que mi declaración resulte inverosímil. Lo he pensado mucho. Es muy difícil creer que un médico judío al cuidado del rabino de su comunidad sea quien le dé muerte.

―Es cierto ―reconoció escueto el de la Población.

―E incluso podría ser condenada por mentir, aunque dijera la verdad. ¿Qué es lo que ocurriría en ese caso?

Adrián pareció sopesar su respuesta.

―Las penas por falso testimonio son muy duras. Es cierto. He visto algún caso en el que han llegado a cortar la lengua a un hombre que inventó hechos acusatorios, he visto sentencias que condenaban a testigos a la expropiación de su patrimonio ―relató el abogado.

―¡Incluso condenas a muerte! Yo he oído hablar de esos casos ―se lamentó Ester.

―Os aseguro que en esta ocasión no ocurriría ―replicó Adrián de inmediato.

―Lot tiene contactos entre jueces y fiscales. Me lo ha dicho. Él los atiende en multitud de ocasiones. Y no podríais defenderme de una acusación de falso testimonio. Sabéis que no puede existir abogado ni procurador de una fe distinta a la de su defendido.

Adrián no dijo nada esta vez.

―El rabino Levy está muerto. Y eso, que es lo único importante, ya no puede cambiar ―se justificó Ester.

Algunos judíos burlaban la prohibición del Beth Din y acudían a Villava para buscar sus bebedizos, emplastos y ungüentos.

Lo hacían en momentos intempestivos, dando rodeos para no ser descubiertos.

La sentencia obligaba a Jerónima y a Blanca y no tanto a los judíos.

Pese a todo, los miembros de la aljama trataban de pasar desapercibidos para no comprometer a las herbolarias.

De hecho, las últimas semanas Sara, la hija de Juan, y también Simón de Leoz buscaban en Villava encargos que familiares y amigos judíos les pedían.

Jerónima había salido al bosque a recoger raíces y ciertas plantas curativas y cuando regresó Blanca la esperaba en el umbral de la casa.

―Ester ha dejado la judería.

―Lo temía. Y no puedo reprocharle que así sea.

―¿Por qué lo decís? Debe haber viajado a Estella, donde vive su hija, tal y como nos contó mi padre ―supuso la joven herbolaria.

―Ha tomado su decisión, Blanca. Quizá ella podía habernos ayudado a defender nuestra inocencia, pero no es necesario. Nuestro único impedimento es no poder entrar en la judería.

―Pero ¿qué haremos nosotras si nos acusan? Nos haría falta su testimonio.

―No será necesario, Blanca. Tal y como nos anticipó tu padre, nadie va a acusarnos. Nadie nos ha denunciado y nadie lo hará. Confía en él y confía en mí.

―Pero nunca podremos acceder a la judería. Nadie hablará por nosotras. No podremos defendernos de semejante injusticia.

Jerónima estuvo tentada en contar a su aprendiz lo que había descubierto, el veneno, el testimonio de Ester. Pero prefirió callar. No estaba dispuesta a llevar los hechos a un tribunal sin el apoyo de la judía y arriesgarse a que el juicio concluyera en una condena de la joven herbolaria.

―No es algo tan grave. No afecta a nuestras vidas y tampoco a nuestra reputación. Todo el mundo sabe que actuamos de buena fe. Solo la memoria del rabino quedará desamparada.

La joven herbolaria se quedó pensativa. No acababa de entender algunas de las afirmaciones que hacía su maestra.

―Blanca, el tiempo habla sin pronunciar, responde sin preguntar y expulsa sin empujar ―pronosticó la anciana herbolaria.