El privilegio CAPÍTULO 27.
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CAPÍTULO 27.

Felipe lo supo desde el momento en que Tristán trató de ponerlo en ridículo cuando derramó la tinta sobre su dibujo.

El día a día en la fábrica de la catedral no le iba a resultar cómodo.

Tuvo especial cuidado en la forma de relacionarse con los maestros y oficiales de los talleres.

Sin embargo, la habilidad del joven aprendiz para aquella labor, su capacidad espacial y la avidez que mostraba en adquirir nuevos conocimientos le granjearon enemistades entre algunos de ellos.

En ningún momento juzgó su trabajo ni les puso en evidencia delante de Perrin de Simur, lo que les molestó fueron sus planteamientos para mejorar algunos procesos.

Ellos rechazaron de forma contundente una propuesta tras otra al percibirlas como un cuestionamiento a sus métodos.

Y la forma de replicar al presuntuoso joven fue tratar de ridiculizarlo, asustarlo e incluso ponerlo en peligro.

Cuando llevaba ya varias semanas acompañando al maestro de obras, Felipe llegó hasta la explanada de la obra, tal y como él mismo le había pedido, para conocer a los hombres que allí trabajaban.

Los había visto en multitud de ocasiones, pero nunca había hablado con muchos de ellos.

Tristán, el más ácido de todos los oficiales de la catedral, dirigía al grupo principal de canteros y mazoneros y era el responsable de que las hiladas de los muros laterales del nuevo templo ascendiesen al ritmo previsto.

El del Burgo había decidido no discutir con él.

Se propuso olvidar los recientes desencuentros entre ambos, escuchar lo que le contase y atenderle para tratar de ganarse su confianza.

Y para sorpresa del joven, cuando el jefe de los obreros lo vio acercarse, lo recibió con la mejor de las sonrisas.

―¡Hoy es un buen día, muchacho! Han pasado las tormentas, no hace viento ni mucho calor. Los obreros pueden trabajar según los planes.

―Gracias, señor, tenéis razón. Esa experiencia que vos habéis acumulado con los años es imprescindible para calcular los tiempos ―concedió el joven.

―Así es. He tomado nota de vuestras sugerencias y estoy pensando en una nueva forma de transportar los sillares y sillarejos hasta aquí.

De hecho, quiero presentaros a Juan de Lerga, uno de nuestros mazoneros.

Quizá sea el hombre que más marcas ha estampado en las piedras hasta ahora colocadas en los muros de la nueva catedral.

―Estaré encantado de conocerlo ―respondió Felipe, aliviado ante el temple del oficial aquel día.

―Se encuentra en el lateral de la muralla. Podemos pasar por aquí ―le dijo señalando el camino que conducía hacia el muro exterior.

Desde aquel mirador natural se disfrutaba de la vista más bella de los valles del noroeste de Pamplona.

Justo en el lugar donde se iniciaba el talud escarpado que bajaba hasta el río Runa, un hombre muy robusto, algo mayor que Felipe, colocaba piedras disformes en las paredes de la montaña.

Se encontraba justo un nivel por debajo del lugar al que ellos se habían asomado.

―Es necesario reforzar esta zona de la muralla en la que se apoyarán los cimientos de la catedral ―reveló un amable Tristán.

En aquel momento Juan de Lerga intuyó la presencia de la pareja y alzó la mirada. Tristán lo saludó y, desde abajo, él levantó también el brazo.

―Quiero explicaros la técnica que utilizamos aquí ―insistió el jefe de las obras―. El terremoto dañó la muralla y afectó a la estabilidad del templo. Debemos reforzarla para que resista futuros movimientos en su base.

Tristán extendió sus brazos hacia delante invitándolo a avanzar por la estrecha vía que llevaba hasta el escalón natural.

El acceso para bajar hasta el nivel en el que se encontraba Juan de Lerga era escarpado y Felipe dudó.

Pero pensó que, si el mazonero había descendido hasta allí, él también podría.

Se acercó al precipicio, se agarró a los salientes de la pared y muy despacio comenzó a descolgarse.

―¡Debéis bajar por el otro costado! ―le chilló entonces Tristán.

Felipe sintió un escalofrío. Ya había iniciado el descenso y no tuvo tiempo para reaccionar.

Apenas tenía superficie de apoyo en aquel pasaje.

Resbaló, cayó de espaldas y rodó a trompicones por la pendiente.

En el nivel inmediatamente inferior del prolongado barranco sobresalía una pequeña plataforma natural y fue allí donde Felipe intentó detener su caída.

Se agarró a las rocas, a algunas ramas y a la hierba que allí crecía y lo consiguió.

Apenas a un par de pies se abría el precipicio que caía al vacío en vertical hasta el río.

Su corazón latía precipitado y comenzó a sentir también su cuerpo magullado.

El mazonero llegó hasta él, le brindó su mano y lo ayudó a levantarse arrastrándolo hasta una zona segura en la que el saliente se ensanchaba.

―¡Por Dios! ¿Cómo habéis osado bajar por ese lado? ―preguntó Juan de Lerga―. Justo a vuestra izquierda el descenso es sencillo a través de una escalera de piedra sin arriesgar la vida.

Felipe levantó la mirada hacia el lugar que le señalaba y comprobó que en aquel momento Tristán descendía por una escalinata semioculta entre los arbustos.

―¡Debíais haber bajado por la escalera, os lo he advertido! ―le amonestó desde la distancia.

Tensó todo su cuerpo y apretó los puños con fuerza.

Había estado a punto de caer por el barranco.

Esperó a que llegara y, aunque tuvo la tentación de abalanzarse sobre él, calculó las consecuencias y se contuvo.

Tristán actuó entonces como si nada hubiera ocurrido.

Con toda la parsimonia del mundo comenzó a explicar el trabajo que allí estaban realizando.

Felipe se palpó la cabeza y el costado y comprobó que al menos no sangraba.

En un momento en el que el oficial les daba la espalda Juan de Lerga se colocó a la altura de Felipe y le confesó al oído.

―Ahora lo entiendo. Tened cuidado, muchacho. Este hombre no os quiere bien.

―¿Por qué decís eso? ―preguntó Felipe sin esperar una razón concreta.

―Me advirtió de vuestra llegada y me pidió que me colocase justo donde me encontraba. Quizá para que os pararais en el lugar que lo hicisteis y no pudierais ver la escala en la montaña.

Cuando al cabo de un instante Felipe cruzó su mirada con Tristán, sonreía como el día en que su pupilo derribó el tintero sobre el pergamino en el que dibujaba.