El privilegio CAPÍTULO 26.
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CAPÍTULO 26.

Durante varias jornadas, Felipe no empuñó la pluma.

El maestro de obras le pidió que lo acompañara en todo momento.

Conocería a todos los trabajadores de la fábrica de la catedral y sabría también de los principales proyectos en los que estaban inmersos.

Y eso fue lo que hizo durante aquellas primeras semanas.

Era curioso por naturaleza y entendía muy rápido cada labor, cada nuevo concepto constructivo que tenía oportunidad de observar.

Ninguno de los mazoneros, ni los canteros, ni los ayudantes del arquitecto cuestionaban las órdenes de Perrin de Simur.

Simplemente se limitaban a ejecutar sus instrucciones.

Sin embargo, Felipe quería saber la razón de cada proceso, de cada modo de hacer las cosas, y trataba de profundizar en él hasta aportar ideas que llegaran a mejorarlo.

Él había visto a su padre y a su madre dirigir su propio negocio e idear la forma de sacarlo adelante, y eso quizá había influenciado su carácter.

Bastaron apenas unos días para que el maestro de obras de la catedral descubriera su enorme potencial.

Una mañana, como hacían habitualmente, comenzaron la visita a las obras por el claustro.

Perrin de Simur tenía especial predilección por aquel lugar, quizá porque había permanecido en pie pese a la hecatombe que derrumbó el edificio catedralicio.

Sus lienzos, que en el momento de la catástrofe se encontraban prácticamente conclusos, resistieron con apenas algunos desperfectos.

Promovido en gran parte por el obispo Barbazán, el conjunto de ventanas esculpidas que asomaban a un bonito patio central se había levantado durante el reinado de Carlos II en diferentes fases.

Apenas restaban por añadir un par de tracerías del costado sur y reparar algunas del costado norte, dañadas por el terremoto.

En una de las galerías acabadas, la del lado este, se erguía la orgullosa torre Barbazana, que había tomado su nombre del poderoso obispo y que albergaba la capilla y la cripta en la que se hallaban sus restos.

―Es un lugar mágico ―opinó Felipe.

―Así es. ¿Creéis que podríais imaginar y dibujar las esculturas que todavía restan?

―Me encantaría hacerlo. En realidad, ya lo he hecho ―exclamó el joven con sinceridad.

El maestro sonrió e invitó al aprendiz a abandonar el lugar. Visitar el claustro cada mañana era un ritual y un ejercicio que los llenaba de fuerza, pero el verdadero trabajo ahora estaba en la construcción de la catedral.

Se dirigieron al espacio abierto en el que se levantaría la nave central.

La luz incidía sin obstáculos en aquel emplazamiento elevado sobre los tres burgos.

No existía en Pamplona un lugar mejor para levantar su catedral.

Habían avanzado mucho en los últimos días aprovechando las horas de luz y el buen tiempo y aquel espacio desolado comenzaba a tener otro aspecto.

El maestro de obras se sintió satisfecho.

―¿Cómo imagináis el templo? ―preguntó a su pupilo mientras se acercaban a la explanada.

―He visto en los dibujos cinco crujías flanqueadas por pasillos laterales sencillos que dan a capillas de igual altura. Y que la crujía correspondiente al ábside se compondrá de una bóveda estrellada rodeada de cuatro capillas más.

―Lo habéis visto bien. El interior es bastante sencillo, aunque algo irregular. Uniremos el edificio al claustro a través de la crujía final de la nave en vez de hacerlo por el crucero ―explicó el maestro.

―Es curioso que ahora luzca vacío, sin vida. Un lugar en el que tantos fieles elevaron a Dios sus plegarias, confesaron sus miedos y celebraron sus mejores días ―caviló Felipe mientras dejaba que el viento del norte acariciara su rostro.

Avanzaron hasta la zona donde se erigiría el ábside y allí le respondió el maestro.

―Sois muy joven. No me cabe duda de que vos la veréis terminada y entonces estaréis orgulloso de haber participado en su construcción. Debemos tratar de dejar huella y que quienes la contemplen sepan que al menos buscamos la belleza y la excelencia.

―Lo que siempre me pregunto es por qué en muchas ocasiones también son los hombres quienes acaban derribando sus propias obras ―se sinceró una vez más.

Perrin de Simur miró al joven con aire de sorpresa y también con orgullo.

―A veces esa destrucción de la que habláis es una oportunidad para los hijos de nuestros hijos. Como si se tratara de un lienzo en blanco en el que se pudiera volver a dibujar, en el que fuera posible construir cosas aún más bellas y honrar una vez más a Dios ―reflexionó el maestro.

―Nunca lo había visto así. Si la catedral no hubiera caído, quizá no tendríamos ahora la posibilidad de volver a levantarla. Lo mismo ocurrió cuando se destruyó la Navarrería.

El maestro asintió.

―Lo que se destruye no desaparece del todo; queda en la memoria del pueblo, de sus gentes, en sus relatos y en su recuerdo. El verdadero valor de una catedral no está en el propio templo terminado, sino en el esfuerzo de quienes lo construyeron.

Guardaron un largo silencio y fue el maestro quien lo rompió. Se acercó hasta un grupo de sillares preparados para ser colocados y desplegó sobre ellos varios pergaminos.

―Repasemos los planos de los muros que ahora estamos levantando ―propuso.

El joven ayudó al arquitecto a sujetar los dibujos y, como siempre hacía, fue él quien inició la conversación preguntándole por uno de los elementos trazados en el papel.

―Maestro, he observado que el muro norte dispone de contrafuertes en varios puntos de su trayecto, sin embargo, no ocurre lo mismo en el muro sur.

Perrin de Simur se sorprendió una vez más. Aquel muchacho era capaz de interpretar correctamente los trazos. Asimilaba los términos, símbolos y descifraba de forma exacta el plano de la catedral sin haber visto antes uno semejante.

―¿Cómo es que conocéis con este detalle el trabajo? ¿Supongo que no me mentisteis cuando me asegurasteis que nunca antes habíais trabajado en la construcción de edificio alguno? ¿O habéis vivido otra vida? ―le preguntó riendo de forma escandalosa.

Felipe sonrió.

―Os lo dije. No pertenezco a ningún gremio; no he trabajado en ningún taller y mucho menos en la fábrica de la catedral ―aseguró disculpándose.

―¿Y cómo conocéis la forma de representar los contrafuertes o cómo supisteis ayer que las bóvedas del claustro en el ala sur se representan de forma diferente a las del resto del conjunto? ―insistió con un retintín.

Felipe tomó uno de los pergaminos y señaló algunos símbolos que aparecían dibujados.

―Porque se indican con distintivos diferentes: círculos, triángulos, cruces, letras... Basta con acudir al lugar físico que representa el plano y ver qué significa cada marca ―argumentó.

El maestro se quedó impresionado. Él no le había explicado nada respecto a aquella forma de leer los dibujos. Era muy difícil ver más allá de los trazos pintados en los pergaminos y fijarse en aquellos detalles, a no ser que alguien se lo hubiera explicado previamente.

Estaban llegando a la obra algunos trabajadores y Perrin de Simur se sinceró con Felipe.

―Todos estos hombres nunca se harán las preguntas que os hacéis. Por eso vos estáis a mi lado y ellos no.

El joven tracista del Burgo sonrió ante el halago que le acababa de dedicar, pero la voz del oficial que dirigía a los canteros, a su espalda, lo sacó de su ensoñación.

―¡Maestro, me gustaría valorar con vos la colocación de los sillares del muro norte! ―exclamó Tristán con energía.

―De acuerdo. Seguidme ―concedió el maestro dirigiéndose hacia la torre Barbazana.

Cuando Perrin de Simur había iniciado su camino, Tristán retuvo sus pasos y susurró al oído de Felipe.

―No creáis que todo va a ser tan sencillo para vos. Necesitaréis vuestro sudor, vuestra oración y vuestra sangre, os lo aseguro ―le amenazó con su mirada perdida ya en la Barbazana.