CAPÍTULO 25.
El juicio por el homicidio del recaudador de San Cernin captó la atención de los pobladores de los tres burgos.
Habitualmente la Corte Mayor o tribunal de la Cort juzgaba en alzada pleitos civiles y criminales procedentes de sentencias de alcaldes de mercado.
Pocas veces intervenía en primera instancia y esta era una de esas ocasiones.
El hecho de que el fallecido fuera un recaudador real y de que el propio concejo del Burgo hubiera interpuesto la demanda, provocó que resolviera la Cort.
La deliberación del tribunal no estaba abierta al público, pero las sentencias eran proclamadas ante el pueblo una vez hubiera concluido la causa.
Aquella mañana muchos hombres y mujeres se agolparon a las puertas para escucharla.
Algunos habitantes de San Cernin se mostraban a favor de la condena: el fallecido era uno de sus convecinos y el propio concejo del Burgo había interpuesto la demanda.
No obstante, la condición de la acusada, la mujer de un simple pechero que además esperaba un hijo, hizo que la mayoría de las gentes de los tres burgos se pusieran de su parte.
Pese a la fama de Adrián como abogado, no esperaban que fuese su intervención la que cambiara el curso de los acontecimientos.
Más bien creían que era Dios quien podía hacerlo y era a él a quien se encomendaban y rezaban para salvarla.
La causa contra Mencía se iba a celebrar la primera que esa mañana vería la Cort y Adrián se presentó puntual a la cita acompañado de su defendida.
Accedieron al edificio atravesando un pasillo humano que no dejó de alentarlos.
Todo estaba preparado: la mesa alargada sobre la que los jueces desplegarían sus pergaminos, los tinteros, los cirios que iluminaban la estancia y las sillas en las que se sentarían acusada y defensor.
Se acomodaron y esperaron a que se presentaran los miembros del tribunal.
La muchacha se había arreglado para la ocasión.
Vestía una amplia saya de color azul y un tocado también turquesa.
Su vientre lucía un poco más abultado y, pese a la calma que el abogado trataba de trasladarle, miraba a uno y otro lado con nerviosismo, como si en cualquier momento fuera a presentarse el recaudador muerto.
Cuando aparecieron los jueces, saludaron con un gesto cortés a Adrián y procedieron a leer la acusación.
Se levantó entonces el abogado defensor, se presentó y juró ante ellos.
―Como os consta, yo, Adrián de San Nicolás, soy el abogado designado por Mencía de Iguzquiza para su defensa. Y prometo no faltar a la verdad, actuar de forma honesta, aportar testimonios ciertos y no actuar de mala fe contra nuestro señor, el rey Carlos ―recitó.
Una vez hubo concluido, se puso en pie el representante del Burgo, un hombre muy alto, de rasgos francos, que expuso de manera muy simple los hechos por los que habían denunciado a la muchacha.
Explicó que, salvo la acusada, no hubo testigos del homicidio, pero que él presentaría testimonios que demostrarían el crimen.
Entonces se dirigió a uno de sus testigos.
―¿Quién sois y cuáles son los hechos que conocéis en relación con este caso? ―le preguntó.
―Me llamo Bernart, soy auditor, recaudo impuestos para el rey, como Domingo, y en ocasiones trabajaba con él. Domingo me comentó que ese hombre, Johannes, el marido de la acusada, no quiso pagar el impuesto, que se negó en rotundo ―contó con seguridad.
―¿Sabéis si lo amenazó? ―preguntó el abogado del Burgo.
―Así es. Me contó que lo agarró del sayo y lo amenazó con matarlo ―declaró―. Creo que los hechos son claros. Creo que no es una casualidad que, en ese momento en el que Domingo volvió para intentar cobrar los impuestos del rey, le clavaran una lanza en el pecho.
―La mujer acusada ha declarado que solo ella se encontraba en la casa, ¿creéis que dice la verdad? ¿O creéis que lo esperaban? ―preguntó.
―¿Lo amenazan de muerte y después resulta muerto en la casa de quien lo ha amenazado? ¿Quién nos dice que no fue la mujer o su marido quien lo mató, empalándolo nada más abrirse la puerta? ―aventuró el auditor.
―Es todo. Podéis retiraros ―declaró el procurador.
Los pocos presentes guardaban silencio expectantes y tampoco Adrián interrumpió la alocución. Había esperado a que concluyera el testigo y cuando lo hizo se puso en pie.
―Con vuestro permiso ―solicitó al tribunal―, quiero aclarar que a quien estamos juzgando es a Mencía de Iguzquiza, la única persona que se encontraba en la casa en el momento en que llegó Domingo.
Es por eso por lo que el Burgo no ha acusado a su marido.
No obstante, y por si todavía queda alguna duda, el testimonio que traigo a este foro ratificará ese hecho.
Adrián hizo una pausa como cada vez que quería dar por sentada alguna evidencia.
―Una mujer débil, embarazada, como la que se presenta hoy aquí, no pudo en tan poco tiempo y en un espacio tan reducido romper el camastro, tomar un tablón y clavarlo a un hombre armado, que ni siquiera se defendió. Quizá porque no fue así como ocurrió ―concluyó.
Adrián se dirigió a continuación hacia su primer testigo, el hidalgo para el que trabajaba Johannes, dueño de la cabaña en la que ocurrieron los hechos.
Se encontraba sentado en una silla muy cerca de los alcaldes y notarios y, tras presentarlo, le inquirió sobre la única cuestión sobre la que quería que diera cuenta.
―¿José de Cruzat, vos sabéis dónde se encontraba Johannes en el momento en que se sucedieron los hechos? ¿Se encontraba en vuestra casa?
―Es así. Llegó a primera hora de la tarde y nos entretuvimos hablando de la cosecha. Él lleva poco tiempo con nosotros y no conoce los lindes de las fincas. Le explicaba hasta dónde llegan y cuál era su cometido ―declaró con seguridad.
―¿Hasta qué hora estuvo en vuestra casa?
―Lo recuerdo perfectamente. El sol se ocultaba ya tras las montañas. Estuvo en casa hasta que llegaron a buscarlo.
―¿Decís que llegaron a buscarlo?
―Así es, uno de mis pecheros llegó alborotado y nos contó que el recaudador calvo estaba muerto en el cobertizo. Nos contó que la mujer de Johannes repetía una y otra vez que ella no había hecho nada y que todo fue casual.
―¿Fue entonces imposible que lo hiciera Johannes?
―Del todo ―se limitó a decir José de Cruzat.
―Gracias ―contestó Adrián.
Se colocó a continuación a su derecha donde se encontraba el segundo de sus testigos.
―Martín es la primera persona que vio a Mencía tras la muerte del recaudador. Es campesino y llegaba a la ciudad para vender sus verduras ―explicó el abogado―. Me gustaría que contaseis lo que sucedió.
―No conocía a esa mujer ―explicó el hombre―.
La vi tropezar, caer al suelo y salir corriendo hacia mí, como si huyera de algo o de alguien.
Se encontraba desnuda de cintura para arriba, como si le hubieran roto sus vestidos, y no dejaba de gritar.
Dijo que un hombre estaba muerto, que había intentado forzarla y que una madera de su camastro se levantó de forma fortuita cuando se abalanzó sobre ella.
―¿La creísteis?
―Sí. En aquel estado solo podía decir la verdad. Se encontraba muy nerviosa y preocupada de que le echaran la culpa. Ella no dejó de repetir lo que había ocurrido y pidió que buscáramos a Johannes.
Adrián asintió dando también por concluido el testimonio del campesino y cambió de lado de la sala para acercarse a un hombre bien vestido al que todos conocían.
―Quiero ahora que el alcalde de la Población cuente lo que vio al entrar en la chabola ―pidió Adrián.
―El camastro se encontraba hundido, como si alguien hubiera arrojado un peso grande allí, como si una persona se hubiera lanzado sobre el lecho y hubiera destrozado la estructura. Y el cuerpo del recaudador se hallaba a los pies de la cama. No llegó a apoyarse en el camastro ―contó.
―¿Creéis de verdad que Mencía pudo manejar un madero con semejante peso?
―Se me hace difícil creer que alguien pudiera hacerlo.
Me extrañaría que una mujer en el estado de la acusada hubiera roto el camastro, tomara aquella gigantesca lanza y atacara con éxito a un hombre de armas como el recaudador.
La única explicación es que el recaudador muriera al abalanzarse sobre el catre ―concluyó.
El reducido número de personas que se hallaban en la estancia no había emitido exclamación alguna, ni celebrado de ninguna forma las intervenciones.
No obstante, a Adrián solo le interesaban los gestos de los miembros del tribunal.
Algunos jueces asentían. Otros, sin embargo, habían perdido el contacto visual con sus testigos. No era una buena señal.
Había llegado el turno de la acusada y Adrián comenzó su interrogatorio en cuanto el alcalde mayor se lo pidió.
―Mencía ¿es así como ocurrió? ¿Es tal y como lo hemos contado?
La joven temblaba y las primeras palabras no llegaron a salir de su boca, pero hizo un esfuerzo y consiguió hablar con sentido.
―Así es. Ese hombre se quedó ensartado en aquella madera sin que yo hiciera nada.
―¿Empuñasteis vos o alguien presente en la habitación aquel tablón contra él?
―En absoluto. Estaba sola, ese hombre me empujó y luego se abalanzó sobre mí.
Adrián lo había planteado así. Quería evitar que Mencía tuviera que dar muchas más explicaciones. Dejó de mirar a la acusada y se volvió hacia el tribunal.
―Dios es testigo de que todos los testimonios traídos ante este tribunal son ciertos y por eso esperamos que nuestro señor guíe también vuestro juicio ―concluyó.
La acusación había declinado hacer preguntas a los testigos presentados por la defensa. Ellos habían oído al suyo y también confiaban en que la decisión final del tribunal de la Cort estuviera guiada por su Dios como juez supremo.
Los dos jueces que se encontraban en los extremos de aquella larga mesa se acercaron hasta el centro y hablaron entre sí. Adrián los miró con atención, pero no pudo descifrar sus gestos. Fue el alcalde de corte de la Navarrería quien al fin tomó la palabra.
―Es la intención y, por tanto, el veredicto de este tribunal decretar la absolución de Mencía de Iguzquiza por la gracia de Dios ―decretó.
Una exclamación de alegría interrumpió al alcalde, pero él continuó con su alocución.
―No ha existido unanimidad en la decisión, pero somos conscientes de que no hay testimonios de la actuación homicida de la acusada y queda también probado que su marido no se encontraba allí.
Por tanto, este tribunal solo puede dictar una sentencia por la que ambos queden libres, exentos de cualquier culpabilidad y de cualquier castigo, multa o pena que pudiese recaer sobre ellos por los hechos por los que se les ha imputado.
Johannes se levantó de su silla y abrazó a Mencía, que lloraba de alegría acariciando una y otra vez su vientre.
―Es obligación de este tribunal advertir a los jurados y procuradores presentes de los burgos de San Cernin y de San Nicolás que cualquier conflicto de jurisdicción entre ellos deberá ser resuelto mediante acuerdos o deberá ser elevado a otra instancia para que en la misma se establezca el beneficiario o ejecutor de supuestos impuestos.
No es de justicia que un siervo del rey entregue dos veces las pechas, caloñas o cuarteles y queda pues anulada cualquier deuda que constase en contra de este fuego.
Adrián había mantenido todo el tiempo su rostro hierático, como si se tratara de una sentencia condenatoria. El joven Johannes se acercó eufórico hacia el hombre que los había salvado y le estrechó la mano, pero este ni siquiera sonrió.
―Hemos sido absueltos, ¿qué ocurre? ―preguntó con extrañeza.
―No ha existido unanimidad en la decisión. Es posible que el Burgo recurra la sentencia ante el Consejo Real. Se trataba de un hombre del rey y eso les justifica para acudir a la instancia superior ―se lamentó el abogado.
Johannes dejó de mirarlo. Tenía puesta toda la atención en Mencía, en aquellas manos que se posaban en su vientre abultado y que parecían sostenerlo.
―¿Ante el Consejo Real? Entonces seremos condenados.
―La euforia había desaparecido de su rostro―.
Seremos condenados ―afirmó Johannes―. Y si somos absueltos, dará lo mismo porque volveremos a pasar frío en nuestra chabola, tendremos que dejar de comer para que no muera nuestro hijo y volveremos a ser acusados de delitos no cometidos.
Quizá en una próxima ocasión no tengamos la suerte de contar con alguien que nos defienda como vos ―predijo.
Ane no había podido estar presente en la sesión, pero consiguió acceder a una sala aneja.
Lo hacía a menudo, sobre todo cuando Adrián participaba como abogado defensor en alguna causa.
Llegaba con tiempo, sobornaba con un trozo de pan o con alguna fruta al funcionario que guardaba el orden y se situaba en un lugar en el que podía oír lo que ocurría en la sala contigua.
Aquel día también lo hizo. Había escuchado el juicio y, conforme se fue desarrollando la sesión, supo que, si hubiera sido ella la defensora de Mencía, no habría cambiado demasiado la argumentación.
Sintió una sensación agridulce, la alegría por la absolución, la duda ante la falta de unanimidad y el desaliento más profundo por no haber sido ella quien la defendiera.
Sin embargo, escuchó de boca de Adrián, las frases que ella había escrito.
Salió del lugar y se alejó hacia la Población de San Nicolás entre la algarabía de la muchedumbre.
Pensó que aquellos hombres tampoco eran conscientes de la caducidad de la decisión del tribunal de la Cort.