El privilegio CAPÍTULO 24.
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CAPÍTULO 24.

El claustro de la catedral lucía cada vez más completo.

Se estaban realizando las labores decorativas en las fachadas que daban al jardín y tanto los clérigos ―que ahora llevaban a cabo las celebraciones religiosas en el refectorio o en la torre Barbazana― como el resto de habitantes de la Navarrería se sentían orgullosos de aquel logro.

Había crecido pieza a pieza en los últimos años y se vería colmado cuando tomase forma la nueva iglesia catedral.

Todo el barrio había trabajado de alguna manera en la construcción de aquel reducido espacio en el que la maestría y el arte estaban presentes en cada detalle.

Aunque también habían colaborado en su ejecución canteros y mazoneros del Burgo de San Cernin y de la Población de San Nicolás, eran los vecinos de la Navarrería quienes podían alardear de poseer uno de los claustros más bonitos existentes en Navarra y en todos los reinos vecinos.

Tras el último viaje de Carlos III a Francia, la edificación de las naves de la catedral tomaría sin duda un nuevo impulso y también el claustro quedaría rematado.

El rey había traído consigo arquitectos y escultores que llevarían a cabo su trabajo, dotando a la obra del estilo con el que se estaba construyendo en aquel momento en el reino vecino.

Felipe estaba muy emocionado de participar en aquella misión.

Amanecía temprano aquel mes de junio y las jornadas de trabajo se hacían interminables.

Perrin de Simur era quien primero llegaba a la fábrica de la catedral y aquel día se hallaba junto a Felipe, a las puertas de la capilla Barbazana, cuando fueron apareciendo en el recinto del claustro maestros y oficiales de los talleres.

En cuanto el arquitecto comprobó que se hallaba allí una buena parte de sus hombres, se dirigió a todos ellos con voz potente.

―Supongo que habéis visto a este muchacho más de una vez, arrinconado en un costado del claustro o tratando de pasar desapercibido en la explanada de la catedral. Me fijé en él hace ya tiempo ―anunció―. ¿No lo habíais visto? Entonces es posible que nunca hayáis estado aquí ―manifestó con sorna.

Los presentes rieron divertidos. El tono irónico del maestro principal gustaba a sus subordinados, que encontraban en aquellos momentos un desahogo a su dura jornada.

―Él dice que es carnicero y que cuidar al ganado y despiezar a los animales es todo lo que ha hecho en su vida. No obstante, manifiesta que le gusta dibujar ―insistió señalando a Felipe como si se tratara de un busto o de un capitel.

Esta vez la carcajada fue unánime y mucho más estrepitosa. Sin embargo, a renglón seguido, Perrin de Simur cambió el tono de voz para volver a mostrarse firme y rotundo.

―Ha estado aquí los días abrasadores del verano, nos visitó con las primeras nieves del invierno y continuó viniendo la reciente primavera, pero ninguno de vosotros ha reparado en él, o al menos no ha comprobado las razones de su presencia. Yo sí lo he hecho.

Todo el mundo alrededor del maestro de obras había cambiado también su gesto y le prestaba atención.

―Por ahora Felipe no trabajará para ninguno de vosotros, no lo merecéis. Estará cerca de mí, evaluaré su progreso y decidiré cuál será su trabajo en cada momento.

Algunos de los maestros y oficiales murmuraron entre sí.

Ganarse la protección del arquitecto y del obispo cardenal era todo un privilegio.

Lo normal en aquellos casos era que los nuevos obreros, incluso los tracistas, se incorporaran en uno de los talleres de la fábrica.

Eso suponía para quienes dirigían las obras disponer de más manos para llevar a cabo las labores engorrosas.

El maestro se dirigió entonces a Felipe.

―Quiero que conozcáis a los mazoneros, canteros y tracistas que trabajan en el claustro y sepáis qué está haciendo cada uno.

Felipe asintió y prácticamente sin atender a su respuesta, Perrin de Simur se dio la vuelta y se dirigió hacia la torre Barbazana.

Sin duda se iría a encontrar con Martín de Zalba.

Pronto volvería a Avignon y el maestro debía aprovechar para recoger todas sus indicaciones.

Recorrió el pasillo del claustro visionando las últimas esculturas colocadas, hizo un gesto saludando a alguno de los dueños de los talleres y desapareció en el interior de la torre.

Felipe se encontró entonces con las miradas de maestros y oficiales observándolo, lejos de la protección de su bienhechor.

―Sé quién sois, un franco del Burgo de San Cernin como Perrin de Simur. O cuando menos, alguien que sirve a esos extranjeros para vivir de ellos ―cargó contra el joven uno de ellos.

Felipe lo conocía. Tristán de Asiain no era demasiado corpulento para tratarse del jefe de los mazoneros; lucía un pelo lacio y oscuro y su mirada furtiva no aventuraba ninguna buena intención.

―Vivo en el Burgo sí, pero soy de Obanos como mi padre ―contestó Felipe orgulloso.

―Debéis tener clara una cosa ―insistió el cabecilla del grupo―. Esta catedral que estamos construyendo se encuentra en los términos de la Navarrería y, por tanto, siempre será nuestra. Lo sabéis, ¿verdad?

Felipe era consciente de las disputas irresolubles que, por cualquier cuestión, prendían una y otra vez entre los burgos, pero no le contestó. Y tras un instante de tenso silencio, el oficial volvió a usar su sarcasmo.

―¡Todavía no os hemos visto dibujar! ¿Estáis seguro de que sabéis hacerlo? ―preguntó levantando la voz.

La insinuación consiguió el efecto pretendido. Todos rieron como si aquel diálogo formara parte de una obra representada por juglares y actores en plena plaza de la ciudad.

―No tan bien como vos, a buen seguro. Pero trataré de aprender de todos vosotros. Pondré todo mi esfuerzo en conseguirlo ―respondió Felipe con firmeza.

El oficial de cantería, Tristán de Asiain, era uno de los hombres que más problemas generaba en las obras de la catedral.

Siempre exigía mayores salarios a los dueños de los talleres, conseguía poner en pie de guerra a los gremios, llegaba siempre tarde y trabajaba poco.

Sin embargo, había alcanzado un puesto importante en la fábrica de la catedral de Santa María.

Sus ojos, rasgados como los de una víbora, acechaban a Felipe y su lengua venenosa escupía como tal.

―También los asnos se esfuerzan en alcanzar a los caballos y las gallinas en desfilar como los pavos reales, pero nunca llegan a conseguirlo ―contestó ágil el oficial en aquella disputa dialéctica.

El resto de trabajadores de la fábrica de la catedral se había unido al grupo y rieron la gracia sin recato alguno. Hasta que Pedro, el viejo cantero, se adelantó con la intención de defender al joven. Este lo detuvo.

―Si os parece podemos probarlo. Vos me indicáis qué es lo que queréis que dibuje, me facilitáis material y os lo demostraré ―aceptó Felipe.

Tristán sonrió de forma sibilina y, sin contestarle, alcanzó una piel de carnero y una pluma de ave y se las entregó al joven.

―¿Podrías dibujar esa filigrana? ―preguntó señalando una de las últimas tracerías del claustro.

―He hecho ese dibujo más de una vez. Incluso he planteado un nuevo diseño ―replicó Felipe.

―Espero que no tracéis tan solo un arco de medio punto ―soltó Tristán tratando de ridiculizarlo de nuevo.

Los trabajadores volvieron a reír a carcajadas, pero Felipe no respondió.

De pie, sobre una de aquellas piedras que un día formaría parte de los muros de la catedral, dibujó con soltura la tracería, calculando sus proporciones y aplicando la pluma con maestría.

Se hizo el silencio entre los presentes y cuando todos, mazoneros, canteros y dibujantes, pudieron comprobar la pericia de aquel joven, Tristán hizo un gesto a uno de sus pupilos.

El hombre se acercó al tracista, simuló tropezar y lo golpeó deliberadamente con el brazo.

El tintero que estaba utilizando cayó sobre el pergamino, arruinando el dibujo por completo.

Felipe dio un respingo y miró enojado al obrero, pero logró contenerse.

En aquel mismo momento todos escucharon al maestro Perrin de Simur procedente de la torre Barbazana.

―¡Por Dios, tenemos trabajo para los próximos diez años; no es cuestión de perder un día entero! Espero que todos sepáis cuál debe ser hoy vuestra labor ―pidió.

Felipe, en un acto reflejo, recogió el pergamino para evitar que el maestro descubriera lo ocurrido.

En aquel momento no quería enemistarse con nadie y menos con aquel hombre que, sin duda, rezumaba envidia, violencia y venganza.

Tristán sonrió ante el silencio del joven y, cuando sus miradas se cruzaron, dedicó un gesto de aprobación al del Burgo.