El privilegio CAPÍTULO 23.
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CAPÍTULO 23.

Sancho se acercó hasta el recaudador, lo agarró del pecho de su jaqueta y lo levantó como si de un costillar de vaca se tratara.

―¿Durante cuánto tiempo habéis hecho esto? ¿Durante cuánto tiempo os habéis aprovechado de mí? ―le acusó manteniéndolo en vilo frente a él.

El funcionario despertó al fin de su letargo y, mientras los soldados le ataban las manos a la espalda, contestó al carnicero con sus ojos encendidos por el rencor.

―¿Cómo alguien puede haber encargado a un analfabeto como tú la tarea de gestionar semejante negocio? Yo no tengo la culpa, la tiene tu patrono o la tienes tú por simular, por engañarlo, cuando no sabes leer ni llevar sus cuentas.

Rodrigo, el niño Fernando y también el jefe de los recaudadores observaban la escena sin intervenir.

―No se trata de una forma de desahogo por mi parte ―replicó Sancho conteniéndose―. Se trata de una pregunta que exijo sea aquí y ahora respondida. Están en juego mi honor y mi reputación. ¿Desde cuándo hacéis esto?

―¡Desde que supe que eras un absoluto analfabeto! ¡Antes incluso de que nacieras! ―respondió Lorenzo con desprecio.

Los guardias empujaron al recaudador por la espalda para llevárselo y, solo entonces, Rodrigo se dirigió a Mosén de Tudela.

―Sancho tiene razón. Ha sufrido lo indecible por esta situación. Durante semanas ha faltado dinero de las recaudaciones de su puesto de carne y él ha sido el principal sospechoso. Ha temido una condena por ladrón. Merece justicia, merece un desagravio y para ello es necesario recuperar ese dinero.

El jefe de los recaudadores dudó un instante.

―Podréis acusarlo en el juicio que se celebre contra él ante el alcalde de la villa.

―No es eso lo que me preocupa. Podemos demostrarlo sin ningún tipo de discusión. Las anotaciones de las recaudaciones registradas por Sancho en nuestros pergaminos día a día van a ser inferiores a las que aparecen en vuestras cuentas públicas. Podéis comprobarlo ―argumentó.

Mosén de Tudela asintió.

―Lo que me preocupa es que, si no hacemos nada antes de que tenga lugar el juicio, el dinero robado desaparecerá ―concluyó el joven patrono.

El jefe de los recaudadores, fiel a su reputación de hombre justo, se acercó a Lorenzo. Se encontraba retenido por los soldados en las puertas de la cámara y le inquirió sin compasión.

―¿Dónde guardáis el dinero que habéis robado durante todo este tiempo? ¿Dónde os lo habéis llevado?

―No me he llevado ese dinero. Nunca saldría con una bolsa con florines por la puerta de la torre del Chapitel a la vista de todo el mundo. Me arriesgaría a ser descubierto y ser muerto ―se defendió.

El jefe de los recaudadores sacó su daga y la colocó sobre el cuello del funcionario.

―Tengo el poder de perdonaros la vida o no hacerlo. Lo sabéis muy bien. Nadie me acusará de haberos matado porque, tal y como suponéis, esa es la pena que os merecéis por ladrón. Os lo repito: ¿dónde se encuentra el dinero que habéis robado?

Lorenzo se sintió abrumado y se tambaleó. Al momento pareció recuperar el equilibrio, pero justo después se desvaneció y se derrumbó sobre el mismo suelo de la cámara. Tras un instante de confusión, volvió en sí y los soldados lo pusieron otra vez en pie.

―¡Hablad! ―insistió Mosén de Tudela.

―Sabéis que el reloj de la torre requiere de atención recurrente. La reina nos instó a controlarlo y a darle cuenta de su correcto funcionamiento ―contó el ladrón con voz muy débil.

El jefe de los recaudadores guardó silencio, incapaz de intuir la relación de aquella encomienda con el robo.

La afirmación de Lorenzo era cierta. Los relojes de torre exigían que una persona estuviera de día y de noche a su cargo.

La imprecisión de su maquinaria hacía necesaria atención permanente para el remonte de las pesas y para ajustar la hora solventando de forma manual los retrasos y adelantos que sufría.

Y era el maestro relojero francés, Thierry Bolduc, llegado junto a Carlos III a la vuelta de su viaje a Francia, el encargado de dicha tarea.

Él era el autor de aquel ingenio, así como de otros relojes encargados para las cámaras de los reyes.

El ladrón continuó balbuceando, como si pronunciar cada palabra le costara un mundo.

―Yo ofrecí entonces mi ayuda y vos me autorizasteis para asistir al relojero, Thierry Bolduc.

Todos los días llego hasta esta torre para hacer mi trabajo como recaudador y, cuando no cuento monedas, paso las horas cavilando ―continuó consternado Lorenzo―.

Me sobra el tiempo y me basta subir tan solo un puñado de escalones para balancear el reloj y asegurarme de la correcta señalización de la hora. Thierry me enseñó cómo hacerlo.

Durante un instante mantuvo la expectación de todos los presentes para concluir su explicación.

―Es allí donde lo guardo. Esta semana debía controlar la maquinaria de noche y era el momento que pensaba utilizar para sacarlo sin suspicacias ni sospechas ―concluyó echando todo el aire que le quedaba en sus pulmones.

Aquellas palabras bastaron a Mosén de Tudela para ponerse en marcha.

Agarró a su subordinado por la espalda, lo empujó hacia las escaleras y pidió a los soldados que lo acompañaran.

Subieron también tras ellos Rodrigo, Sancho y Fernando, hasta el último nivel de la torre, en cuya sala se encontraba el reloj.

En ese momento no había nadie allí. El espacio era reducido, ya que la maquinaria y el vacío necesario para que colgaran las pesas y la campana ocupaban buena parte de la planta.

Las pesas eran de piedra y se hallaban suspendidas de cuerdas enrolladas por el otro extremo en un eje que giraba poco a poco por el efecto de la gravedad.

Era la rotación de dicho eje la que activaba un engranaje que transmitía el movimiento a la aguja del reloj.

Lorenzo extendió sus manos y fue el mismo Mosén quien con un golpe de su daga cortó las sogas.

El ladrón confeso se acercó al hueco por el que desaparecían las cuerdas y las pesas.

En un costado del suelo que volaba sobre el nivel inferior se hallaba una plancha de hierro sujeta con una especie de palanca.

Era una forma de acabado del propio costado, pero al parecer Lorenzo sabía que allí había algo más.

Al accionar la palanca se destapó un compartimento de donde el ladrón extrajo una pesada saca.

Mosén de Tudela fue quien la tomó y la volcó en el suelo de la estancia.

Una cascada de sucios carlines navarros, algún florín junto con algunos grises de plata se desparramó a los pies de Rodrigo y de Sancho ante la mirada aturdida de todos los presentes.

―Es todo lo que he sustraído de las recaudaciones del carnicero. Solo espero que Dios perdone mi falta ―se limitó a decir con su voz ronca.

Y de forma imprevista, aprovechando el despiste de los soldados, el recaudador corrió hacia la ventana que se abría junto a la campana de la torre y se lanzó al vacío.

Ninguno de los presentes pudo reaccionar a tiempo.

Cuando se acercaron de forma precipitada al tragaluz, comprobaron que el cuerpo de Lorenzo yacía sin vida en el suelo a los pies de la torre.

Los hombres y mujeres que se encontraban en la plaza fueron acercándose hasta el lugar.

Fijaban su mirada en el cadáver para levantar la vista de inmediato y tratar de localizar el lugar desde el que había caído.

Mosén de Tudela se santiguó.

―Roguemos a Dios por ese desgraciado. Que nuestro señor perdone todos sus pecados ―pidió―. Probablemente su suerte habría sido la misma una vez hubiera sido condenado. Al menos no ha sufrido el escarnio de vecinos y forasteros.

―Los hombres tememos a Dios, pero sobre todas las cosas tememos el sufrimiento. El temió la vida, no la muerte ―fueron las palabras que Rodrigo dictó como epitafio.