CAPÍTULO 22.
Se acercaba el solsticio de verano y los días como aquel, en que no se divisaba ni una sola nube en el horizonte, la luz bañaba por completo rúas y plazas durante toda la jornada.
La mayoría de aquellas gentes del reino no aceptaban las hipótesis de algunos hombres de ciencia que negaban la teoría de Ptolomeo.
Seguían convencidos de que era el sol el que giraba alrededor de la tierra.
Lo que sí sabían, por pura observación, era que en aquella fecha el astro rey se situaba en lo más alto de la bóveda celeste y que aquellos eran los días en los que más horas de luz disponían de todo el año.
Sancho apenas había dormido. Se levantó antes incluso de que amaneciera y estuvo trabajando en la campa para atenuar su nerviosismo.
Dio de comer a los animales, preparó la mercancía para acudir al mercado del rey y coció carne de vaca y verduras para que luego Rodrigo la sazonara.
El joven carnicero se encomendó a la virgen de Santa María, cuya talla presidía la iglesia principal de la villa a tan solo unos pasos de la torre del Chapitel y del mercado.
Era tiempo de luz, tiempo en el que se preparaban para recoger las cosechas, tiempo de rogativas, procesiones y cantos para asegurarse la abundancia futura.
Era tiempo de culto a la Virgen, y aquel día resplandeciente alimentó la esperanza de Sancho.
La sede del concejo de Olite se encontraba en la torre del Chapitel.
En sus dependencias tenían lugar las reuniones de los miembros de la corporación y era también allí donde se pagaba la lezta por el tránsito de mercancías y donde se recaudaban los impuestos correspondientes a las ventas en la lonja.
Y tras una mañana fructífera en su puesto, Sancho se dispuso a liquidar las alcabalas.
―¡Con Dios, Sancho! ―lo saludó uno de los recaudadores del rey―. ¿Cómo han ido hoy las ventas?
―Muy bien. He dispensado toda la carne que había traído ―contó.
Ya habían pasado por allí prácticamente todos los comerciantes del mercado para cumplir sus obligaciones con el monarca.
Todos eran vecinos de Olite y como tales tenían derecho a comerciar a diario en aquel mercado.
Aquellos que no residían en la villa debían situar sus tiendas fuera de la muralla y solo en algunas ocasiones recibían autorizaciones para hacerlo en la lonja del Chapitel.
Sancho conocía a Lorenzo desde que era apenas un chiquillo y siempre lo había visto cobrando los impuestos reales.
No era un hombre querido entre las gentes del pueblo, sin embargo, a él siempre lo había tratado bien y lo atendía con una sonrisa.
En aquel momento el hombre del rey comprobó que se encontraba a solas en la cambra con el joven carnicero y aprovechó para preguntarle sin ningún tipo de disimulo.
―¿Se fue ya vuestro señor? Venís acudiendo solo los últimos días a cumplir con los impuestos del rey.
―Sí, así es, gracias a Dios ―comentó Sancho con aparente normalidad.
―¿Conseguisteis darle esquinazo o descubrió que no sabéis leer ni escribir?
―Sigo aquí. Él confía en mí ―concedió Sancho como respuesta.
Lorenzo puso la vista en la caja de madera en la que el joven guardaba los dineros y le hizo un gesto para proceder al recuento.
El carnicero la abrió sin más preámbulos y sacó el zurrón.
Soltó sus cuerdas con parsimonia y derramó una lluvia de carlines y grises sobre la amplia mesa de roble en la que el recaudador llevaba a cabo sus maniobras.
Lorenzo rodeó con las dos manos el montón, lo atrajo hacia sí e inició el recuento.
Sancho lo dejó hacer como cada día y esperó sin intervenir de ninguna forma. Cuando el hombre del rey hubo concluido, registró el dato en un pergamino y volvió a contar separando a un lado una parte de las monedas. Anotó la cifra una vez más y solo entonces se dirigió al carnicero.
―Esto es todo. Estáis en paz con el rey nuestro señor. Este es el dinero limpio para vuestro patrono ―cantó ofreciéndole la recaudación ya menguada.
Fue entonces cuando Lorenzo se percató de que, a la espalda de Sancho, había un joven. Calculó que tendría aproximadamente la edad del carnicero y, dada su apariencia, pensó que se trataba del hijo de un noble o de un burgués.
―¿Quién sois? ¿Podéis esperar? No acostumbro a permitir que alguien a quien no conozco y que nada tiene que ver con el asunto del que me ocupo, se acerque a mi mesa.
―Disculpad mi torpeza. Soy Rodrigo, hijo del ganadero Miguel de Obanos, y por supuesto tengo intereses sobre esta mesa y sobre esta gestión. Me entretuve con un conocido en la puerta de la torre ―declamó ante el funcionario.
―Tengo entendido que vos sois Lorenzo, el recaudador del rey, y que sois quien nos cobra cada día los derechos reales correspondientes a las ventas efectuadas en el mercado.
―Sí, así es ―contestó con voz ronca―. Vuestras cuentas están saldadas.
Señaló la cantidad separada para Sancho y llevó sus manos a las monedas que él se quedaría como impuestos. Las tapó y las acercó aún más hacia sí.
―Disculpadme ―interrumpió Rodrigo―. Sabéis que mi padre está preocupado con las cuentas del negocio y debo repasar todas y cada una de las gestiones que llevemos a cabo.
El recaudador se quedó paralizado. Lo miraba con gesto de sorpresa, pero no fue capaz de decir nada.
―Esta es la cifra exacta de la recaudación entregada y supongo es la misma que vos habéis registrado ―continuó Rodrigo mostrándole un pequeño pergamino con anotaciones―.
Y quiero saber el importe que habéis computado como impuesto para comprobar si coincide con el que yo había calculado de acuerdo con las ordenanzas de la villa.
―Todo es correcto ―reaccionó al fin Lorenzo―. Vuestro padre lo comprobó cada día mientras estuvo en Olite. Y por supuesto no podéis dudar de Sancho. Lo conozco desde que era un mocoso. Puedo dar fe de que hace bien su trabajo y, ante todo, de que es un hombre honesto.
―No me cabe ninguna duda ―asintió el de Pamplona―, pero me gustaría comprobar las cuentas.
―Por supuesto ―le contestó solícito―. Os lo enseñaré.
Rodrigo leyó el manuscrito y le concedió su beneplácito con un gesto, sin embargo, continuó.
―Esas ciertamente son las cifras. Son las mismas que yo había anotado: la cifra total y los impuestos. Pero me temo que el dinero que habéis separado es mayor que el que habéis anotado como impuesto.
El recaudador se levantó de pronto indignado.
―¿Acaso me estáis acusando? ¡No puedo permitir que acuséis al mismo rey de quedarse con vuestro dinero! ¡Guardias a mí! ¡Prended a estos hombres!
―Puedo contar el que me llevo incluso en mi propia casa, pero creo que será más fácil contar el que os entrego ―replicó Rodrigo con calma.
En ese mismo instante apareció por las escaleras de la torre el pequeño Fernando, sofocado, con su pelo atusado tapándole el rostro y, tras él, un hombre muy moreno, menudo, vestido con calzas largas, hopalanda y un gorro de color crudo con una pluma verde.
―¿Qué es lo que está ocurriendo? Este rapazuelo ha insistido una y otra vez en que debía subir hasta aquí. ¿Podéis explicármelo? ―preguntó mirando a Lorenzo.
El jefe de los recaudadores reales era conocido por su rigor, por su inclemencia, pero también por su justicia. Sancho sabía que, pese a tratarse de un niño, haría caso a Fernando si requería su presencia en la cambra.
―Este hombre, el hijo del carnicero Miguel de Obanos, culpa al rey de cobrarle más impuestos de los que marca la ley ―acusó alterado su subordinado.
Rodrigo mantuvo la calma propia del inocente que no teme la justicia.
―No acuso al rey nuestro señor, a quien llevamos sirviendo con rectitud desde que fue proclamado. Ni siquiera acuso de nada a este hombre ―expuso señalando a Lorenzo―, pero sé que estoy en mi derecho de contar el dinero que pago a mi rey.
―Yo lo haré ―se ofreció el jefe de los recaudadores solícito.
No le costó mucho tiempo contar las monedas que el funcionario había separado como impuesto y, sin adelantar ningún juicio, repasó también el dinero que había devuelto a Sancho. Comprobó las cifras anotadas en el pergamino y a continuación se expresó sin asomo de vacilación en su voz:
―¡Detened a este hombre! ―declamó señalando a Lorenzo―.
¡Yo, Mosén de Tudela, jefe de los recaudadores del rey, lo acuso de ladrón!
¡Todos los presentes sois testigos de los hechos aquí acaecidos y podréis ser llamados para dar testimonio en juicio!
La cantidad separada para el pago es superior a la cifra registrada por él como impuesto.
Por tanto, la que se ha entregado al comerciante debe ser inferior a la que corresponde.
Es evidente la intención de este hombre: apropiarse indebidamente de una parte para depositar como impuesto la cantidad anotada.
Lorenzo se había sentado en la silla en la que hacía los recuentos y pareció empequeñecerse hasta fundirse en ella.