El privilegio CAPÍTULO 21.
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CAPÍTULO 21.

Miguel de Obanos no se opuso expresamente a la propuesta del francés Perrin de Simur, lo que Felipe interpretó como una declaración de intenciones.

Dos días después de la visita del maestro, tras dos noches en las que apenas concilió el sueño, Felipe pudo confirmarlo.

María cosía una hopalanda de color índigo con telas adquiridas en las últimas ferias de la ciudad, cuando Miguel se despidió de ella y de su hijo.

―¿Estás decidido? ―le preguntó antes de partir hacia las campas de la Rochapea.

―Lo estoy, padre. Y os estaría muy agradecido si me permitierais hacerlo.

Felipe esperó la reacción posterior de su progenitor, pero no la hubo.

―Ni yo mismo creía que me permitieran trabajar en un taller de la fábrica de la catedral y mucho menos cobrar un salario ―confesó el joven midiendo los gestos de su padre―.

Creo que nuestro rey quiere abordar tantísimos proyectos que necesita tracistas, escultores, mazoneros, carpinteros y orfebres. El palacio de Olite, la catedral...

―Supongo que lo pagaremos todos nosotros con impuestos extraordinarios, con cuarteles y alcabalas ―se lamentó Miguel.

―Al menos no utiliza los dineros en guerras estériles que además condenan a tantas familias a perder a sus hombres en la batalla ―opinó María.

La mujer no se había pronunciado hasta ese momento. Prefería que fuese Miguel quien concediese el beneplácito a su hijo.

―Es cierto ―se limitó a asentir su marido.

―Padre, ¿podríais darme vuestra bendición? ―solicitó Felipe, directamente esta vez.

―La tienes. Tienes mi bendición ―claudicó el carnicero―. Te deseo toda la suerte del mundo con el obispo. Si el maestro os defiende ante él como lo hizo aquí, no tendréis problema alguno.

Felipe sintió una enorme alegría. Le estaba permitiendo después de tanto tiempo cumplir su anhelo. Sabía que renunciar a aquello en lo que se había afanado tanto tiempo suponía un terrible esfuerzo para él, así que quiso agradecérselo.

―Gracias, padre, no os defraudaré. Estaréis orgulloso de mí. Os ayudaré cuando haya que trasladar el rebaño, en invierno y en primavera. Cuando necesitéis que os eche una mano lo haré.

El aire dentro de la torre olía a incienso y a cal húmeda.

En el nivel inferior de aquella construcción se hallaba la cripta del obispo Arnalt de Barbazan, promotor de la torre e impulsor del claustro.

Además, el edificio servía como sala capitular e incluso en algunas ocasiones como sede de los tribunales eclesiásticos.

Felipe no había estado en el interior de la capilla y trató de calcular la inmensa altura de la cúpula estrellada que se abrió ante él al entrar. Perrin de Simur lo esperaba.

―¿Has descansado? ―lo saludó.

―No he dormido en toda la noche. Pero tengo más fuerza que nunca.

El maestro asintió sonriendo y tomó del brazo a Felipe.

Ascendieron a lo alto de la torre y, cuando salieron a la terraza que cubría la edificación, el joven se quedó impresionado ante la vista.

Observó las tres ciudades, sus límites y el trazado exacto de calles y edificios.

Comparó lo que veía con el mapa que había imaginado y se percató de errores en aquella percepción.

Miró entonces hacia la base de la torre.

Bajo sus pies, los canteros golpeaban las piedras emitiendo aquel sonido que se repetía invariable y que conseguía calmarlo siempre.

En aquella ocasión, era el acompañamiento perfecto.

Retornó al fin a la realidad y comprobó que Perrin de Simur charlaba con el prelado Martín de Zalba en el otro extremo de la terraza.

El obispo de Pamplona había sido nombrado cardenal hacía más de diez años y se vio obligado a dejar la ciudad y trasladarse a la sede papal de Avignon.

Cuando viajaba a la que seguía siendo su diócesis, gustaba de conocer y participar en las decisiones necesarias para el avance de las obras.

Siempre había apoyado la reconstrucción de la catedral.

Se encontraba ahora de espaldas a Felipe con las manos ocultas bajo el manto y la mirada fija en la ciudad.

―Así que este es el muchacho ―dijo sin volverse―, el que pretende trazar las líneas más esbeltas que nunca nadie haya contemplado.

Su voz no era ampulosa y tenía el tono más bajo de lo que Felipe hubiera imaginado, pero era firme y clara. El maestro de obras asintió, realizando una ligera reverencia ante él.

―Felipe de Obanos, hijo de Miguel, el carnicero más reputado del Burgo. Le mostraré sus dibujos, señor. Estoy seguro de que tiene un talento especial.

Solo entonces se volvió para atenderlos. La frente del obispo, ancha y despejada, aparecía surcada por líneas profundas, y su barba, recortada con pulcritud, era de color ceniza. Sus ojos, grises también, se fijaron en el joven como si trataran de descubrir su propósito antes de pronunciar palabra.

―Los dibujos no son nada si el espíritu que guía la mano del artista no persigue la verdad, la belleza y la gloria de Dios ―dispuso.

Felipe había guardado un respetuoso silencio y se había mantenido en genuflexión ante el prelado. Solo varió su gesto levantando su cabeza cuando el mandatario se dirigió a él.

―Joven, ¿sabéis qué es lo que sostiene esta torre? ―preguntó.

―Estos muros y estas piedras, esculpidas y colocadas con el trabajo de decenas de canteros y mazoneros, vuestra reverencia ―respondió de inmediato.

―Esa sería la respuesta esperada ―resolvió el cardenal―.

Lo que sostiene esta torre es la fe. Sin la fe de nuestro pueblo, las piedras caerían.

Y cuando el hombre cree que puede levantar una obra semejante sin la ayuda de Dios, sin duda será incapaz de conseguir su propósito ―dictó señalando ahora el cielo con sus manos.

―¿Alabáis a Dios nuestro señor? ―le inquirió.

―Lo hago, señor.

El silencio vibró durante unos segundos en aquella terraza de la torre Barbazana. Luego, el obispo se volvió hacia Perrin.

―El rey y yo mismo os exigimos que terminéis de una vez la obra del claustro antes del invierno y que avancéis con la primera fase del edificio de la nueva catedral.

No quiero distracciones ni caprichos en el taller.

Esa es vuestra responsabilidad. Os conmino a que este joven aprenda la disciplina que una obra como esta exige antes de que aporte sus primeros trazos.

―Así será, vuestra reverencia ―respondió el maestro.

El obispo observó a Felipe por última vez.

―Si perseveráis, podréis ver acabada esta obra, podréis contemplar la catedral plena ―dijo―. Pero recordad, la gloria solo se obtiene cuando la misión concluye. Mientras tanto solo es evidente la responsabilidad de quienes nos empeñamos en consumarla ―sentenció.

La silueta del hombre de confianza del papa de Avignon desapareció tras los peldaños que descendían a la base del edificio y entonces el silencio se instauró en lo alto de la torre Barbazana.

Felipe parecía aliviado, sin embargo, Perrin se mantuvo serio y distante hasta que finalmente evaluó la entrevista.

―No os asustéis, muchacho. El obispo os ha hablado directamente, por tanto, os ha concedido mucho más de lo que imagináis. Solo conversa conmigo sobre proporciones y armonía. Él busca construir una catedral excelsa, pero nunca a costa de satisfacer la ambición de los hombres.

―Lo entiendo ―confirmó Felipe.

―Lo que ha hecho ha sido trasladaros una enorme carga. La que yo llevo sobre mis hombros desde hace casi diez años.

Felipe asintió sin saber qué decir.

En el exterior el viento del norte atravesó la terraza y comenzaron a repicar las campanas de la Barbazana casi en sus oídos.

La explosión despertó su clarividencia. Sentía verdadera pasión por aquella profesión y estaba decidido a cumplir lo que el obispo le había encomendado.

Pero ahora sabía que supondría una enorme responsabilidad, el empeño de toda una vida.