El privilegio CAPÍTULO 20.
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CAPÍTULO 20.

Hacía varios días que sacaron el cadáver del rabino para enterrarlo en el fosal de los judíos.

Sin embargo, el hedor a cerrado, a enfermedad y podredumbre no había abandonado todavía la casa.

De acuerdo con la tradición mosaica habían lavado su cuerpo, lo habían vestido con una túnica de lana blanca y su talit y lo habían llevado en un ataúd con varios orificios para facilitar el proceso de vuelta a la tierra.

Cuando Ester, el ama de llaves del rabino, descubrió a Jerónima en el interior de la casa se asustó.

―¡Dios santo! ¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo habéis entrado? ¡No pueden descubriros!

La judía llevaba una saya negra amplia y también un tocado oscuro que tapaba todo su pelo en señal de luto.

Durante siete días respetaban la Shiva, primera etapa del duelo.

Era el tiempo en que la comunidad hebrea visitaba a familiares y amigos en la residencia del fallecido para mostrarles su apoyo y consuelo.

Y Ester temió que alguien llegara entonces a la casa y descubriera a la herbolaria.

―No lo harán, Ester. Juan me ha traído escondida en su carruaje, ha entrado en el patio trasero y me ha ayudado a llegar hasta aquí sin ser vista. Volverá a buscarme y utilizaremos la misma escapatoria. Si alguien viene a la casa me esconderé ―contestó con voz pausada.

La judía se sentó en un banco con respaldo situado en la estancia en la que se encontraba el fuego del hogar. Su rostro había palidecido, sus labios temblaban levemente y respiraba de forma agitada.

―No puede ser, Jerónima. ¿Qué queréis de mí? ¿Ha ocurrido algo?

La herbolaria prefirió tranquilizarla antes de atosigarla a preguntas.

―No ha ocurrido nada, gracias, Ester. ¿Cómo estás? ¿Seguirás trabajando para el nuevo rabino?

―No lo creo. Volveré a Estella. Allí vive mi hija Ruth y mi nieta. Desde que falleció mi marido pensé en mudarme, pero mi compromiso con el rabino me retuvo aquí ―le contestó de manera entrecortada.

Jerónima esperó a que Ester rehiciera su respiración y fue la propia judía la que continuó la conversación más calmada.

―Supongo que queréis saber algo más sobre el fallecimiento del rabino. No puede haber otra razón para arriesgaros a entrar en la judería cuando os lo han prohibido. Estáis pensando en hacer algo al respecto.

Jerónima apenas mudó su semblante para asentir.

―Solo queremos saber lo que ocurrió. Me preocupa que puedan acusar a Blanca cuando ella solo ha tratado de salvar al rabino Levy ―le explicó―. También pueden hacerlo conmigo, pero quizá ella sea el contendiente más débil, si deciden emprender esa batalla.

―Yo no sería capaz de sentarme ante ellos, ni siquiera como testigo.

―No te preocupes, Ester. Solo debes relatarme lo que sucedió mientras estabas presente.

―Si lo hago no podré limitarme a contároslo. Tendré que dar cuenta ante la justicia de lo que vi. Soy la única que estaba aquí.

Ester había recuperado ya el color en sus mejillas y había normalizado su respiración.

―Si buscáis la verdad, lo que os puedo asegurar es que vosotras salvasteis al rabino Levy ―afirmó la judía―. ¿Os basta con eso?

―Pero entonces, ¿qué ocurrió? ¿Piensas que el médico Lot tuvo algo que ver con su muerte? ―se atrevió a preguntar Jerónima ante las insinuaciones de la judía.

Ester volvió a respirar con dificultad, se llevó las manos al rostro y lloró sin emitir sonido alguno.

―No temas. Tu testimonio solo me va a servir para saber lo que ocurrió y solo lo utilizaríamos con tu consentimiento, te lo prometo.

Jerónima esperó a que la mujer se repusiera nuevamente y trató de ir más despacio.

―¿Apreciabas al rabino?

―Por supuesto. Era un hombre sabio cuya única preocupación fue buscar el bien para su pueblo y tratar de ganar cada día el cielo eterno con sus obras.

―Por eso, si alguien ha actuado contra él lo justo sería que pagara por su delito.

―Así es, por supuesto.

―¿Conoces bien al médico Lot? ―continuó Jerónima.

―Todos en la judería lo conocemos. Llegó desde Tudela siendo un muchacho. Ya entonces era grueso, pero con los años ha ido ganando peso y volumen hasta el día de hoy, en que debe hacer verdaderos esfuerzos para desplazarse. Vos lo habéis visto.

Ester se tomó un respiro, se quitó el tocado para encontrarse más cómoda y continuó.

―Recuerdo que cuando era más joven, las muchachas lo temían porque las perseguía a través de las calles del barrio. Pero nunca hubiera imaginado que fuera capaz de matar y menos a alguien como el rabino ―completó.

Hasta ese momento no había verbalizado aquella suposición y Jerónima tampoco la había planteado expresamente.

―De acuerdo, Ester. ¿Viste al rabino despierto? ¿Recuperó la consciencia? ―preguntó la herbolaria tratando de ir desplegando los tiempos.

―Sí. En cuanto amaneció llegué hasta su cuarto para administrarle nuevamente el bebedizo que me indicasteis y escuché con nitidez sus palabras.

Me preguntó: «Ester, ¿qué día es hoy?». Fue la mayor alegría que pudo darme.

Le contesté: «¡Por Yahvé, habéis despertado!

». «Estoy vivo», me dijo. «He estado muerto durante mucho tiempo, pensé que todo estaba bien, que estaba en paz y que había llegado el momento, pero al parecer nuestro Dios no quiere llevarme a su seno», me confesó.

Él estaba consciente y razonaba con lucidez.

―¿Qué hiciste entonces?

―Salí corriendo como si me fuera en ello la vida y avisé a Juan.

Él compartía muchos ratos con el rabino.

Les gustaba hablar del campo, de las viñas.

El rabino le preguntaba cómo había resultado la vendimia en sus fincas de Obanos y en qué momento de la cosecha se encontraban.

Cada año le traía su primer caldo ―recordó.

―¿Qué ocurrió después? ―insistió Jerónima con infinita paciencia.

―Llegamos juntos a su habitación, Juan lo abrazó y el rabino le preguntó quién lo había sacado de aquel agujero. Le contó que habíais sido vos junto a Blanca y él le pidió veros. Entonces salió raudo en vuestra busca.

―¿Volviste a darle alguno de los bebedizos?

―No, no lo hice. Recordé haberos escuchado que si recuperaba la consciencia no sería necesario seguir administrándole remedios y por eso no lo hice ―contestó haciendo una pausa antes de seguir―.

Al poco llegó el médico Lot. Se encontraba sudoroso y de mal humor, pese a que el día había amanecido con la mejor de las noticias.

Entró en la casa sin siquiera saludarme, me empujó para hacerse sitio cuando le abrí la puerta y se dirigió a la habitación del rabino.

Apenas permaneció el tiempo justo para comprobar que, en efecto, se hallaba consciente.

Me preguntó si alguien había visto al enfermo esa mañana además de Juan y, cuando lo negué, se fue.

―¿Se fue? ―preguntó Jerónima sorprendida.

―Dejó la habitación y salió a la calle. Supongo que fue hasta su casa, porque volvió muy pronto.

Fue entonces cuando me preguntó si Blanca o vos me habíais pedido que le diera alguna medicina y yo le dije que no.

Me pidió que lo hiciera. Me entregó un par de recipientes como los vuestros.

Quería que le administrara la totalidad del contenido de uno de ellos.

Yo me negué. Lot me miró durante un instante con fuego en los ojos, se quedó con el bebedizo, entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Me extrañó que lo hiciera porque vos sabéis que siempre la mantenemos abierta.

De esa manera, podía oíros si necesitabais algo o escuchar al rabino Levy en el caso de que despertara ―anticipó.

Hizo una pausa para beber. Había decidido contarle todo con el mayor de los detalles y Jerónima esperó a que arrancara de nuevo.

―Lo que ocurrió después fue muy rápido. El rabino se debió de sentir mal. Al principio lo escuché quejarse con una leve letanía, pero en muy poco tiempo se convirtió en gritos de dolor. Eso no había ocurrido con anterioridad en ningún momento de su enfermedad, por eso me extrañó.

―¿Volviste a entrar en la habitación?

―Lo intenté, pero Lot no me dejó. Me dijo que la medicación que la joven herbolaria le había administrado estaba provocando una reacción en todo su cuerpo y que estaba tratando de contenerla. Me pidió que no entrara, aunque escuchase ruidos o gritos, que eso podía ocurrir.

Ester se dio un respiro.

―No lo creí. La última noche la había pasado tranquilo sin tomar ningún remedio y ya no tenía fiebre. Pero él es médico y yo una simple criada. No podía cuestionar sus valoraciones ―afirmó esperando la validación de la herbolaria.

―Lo entiendo. Continúa Ester. Me estás ayudando muchísimo.

―La voz del rabino sonó entonces amortiguada, lejana, y después, el silencio más absoluto. Lot tardó aún un rato en salir y cuando lo hizo se encontraba sudoroso y su rostro lívido como la túnica que vestía. Temí lo peor y de inmediato lo constaté.

Ester hizo una larga pausa, volvió a llorar en silencio, se secó las lágrimas y continuó.

―«El rabino ha muerto», me dijo. Le contesté que no podía ser, que se encontraba bien y Lot me volvió a decir que los humores de su cuerpo se habían desequilibrado por la administración de vuestra medicina.

Lo miré estupefacta y entonces le pregunté qué es lo que había hecho.

Su gesto lo dijo todo. Tensó su mandíbula, entrecerró sus ojos y su rostro se volvió bermejo como el vino.

Había leído el horror en mi mirada y optó por hacer lo más sencillo para él: me amenazó.

Dijo que borrara de mi mente todo lo que había escuchado, que no dijera nada a nadie o lo pagaría.

Me exigió que destruyera las alcuzas de cerámica que contenían la medicina y yo lo hice. Lo siento ―se lamentó finalmente.

―¿Qué hiciste con ellas?

―Las arrojé al fuego ―contestó Ester señalando el trípode en el que calentaba la comida

―¿Lo has vuelto a utilizar?

―Sí, para cocinar, pero no lo he limpiado.

Jerónima se acercó al fuego del hogar y removió las cenizas. Se agachó y tomó algo de entre los restos.

―Es un tarro de beleño que utilizamos en dosis muy pequeñas para calmar el dolor. Esto fue lo que lo mató.

Ester miró a la herbolaria descompuesta.

―Lo sabía. Sabía que sería necesario que lo acusara. Me habíais prometido que no sería necesario declarar. No puedo hacerlo. Tengo miedo.

―Respetaré mi promesa, Ester. No lo harás si no quieres hacerlo. Habérmelo contado no cambia nada. No obstante, si ese asesino fuera condenado, dejarías de tener miedo para siempre.