El privilegio CAPÍTULO 19.
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CAPÍTULO 19.

Juan había acompañado a Jerónima y Blanca el día en que fueron repudiadas por las autoridades de la aljama y, a continuación, sin que se extinguiera el día, acudió a casa de Adrián. Blanca le había pedido que se lo contara antes de que llegara a sus oídos.

Cuando al día siguiente la joven herbolaria recibió en Villava a su padre adoptivo y a Juan, trató de restar importancia al asunto.

―Padre, no os inquietéis. Yo no lo hago. Si no puedo entrar en la judería no lo haré ―le advirtió mientras lo abrazaba―. Debéis preocuparos más por Ane. Sabemos lo ocurrido. ¿Cómo se encuentra? ―se interesó.

Adrián le sonrió y le contestó antes de entrar a la casa.

―Ella está muy dolida, pero lo superará.

Jerónima los saludó, recogió las pellizas de ambos y los invitó a sentarse a la mesa.

El ambiente que reinaba en aquella habitación era especial.

Olía al musgo de roble que las herbolarias colocaban en figuras huecas de arcilla para purificar el aire y la luz inundaba la estancia reflejándose de forma curiosa en las piedras blancas de la chimenea.

Y ante la expectativa de todos por escucharle, Adrián arguyó sin mediar preámbulo alguno.

―Lo que más me inquieta es la posibilidad de que os denuncien, aunque dudo mucho que alguien lo haga. Deberían acudir a uno de los tribunales del reino, supongo que a la Corte Mayor, y en ese ámbito, sin pruebas concluyentes de delito, tendríamos ventaja.

―Además, Ester, la sirvienta del rabino, y yo mismo testificaríamos a vuestro favor ―expuso Juan, coreando a continuación aquella frase que repetía como un mantra―. Se encontraba ya recuperado. Yo lo vi con mis propios ojos. Ellas lo habían curado.

Adrián, pese a haber escuchado tantas veces aquella justificación, trató de explicarle que el hecho de haber recuperado la consciencia no serviría para exculparlas.

―Ese mismo día el rabino falleció. Y fue Blanca quien había prescrito la medicación. En mi opinión, la mejor defensa es argumentar que los remedios utilizados no son, ni fueron fatales; no tanto el hecho de que el enfermo se hubiera recuperado durante un momento.

El converso tensó su rostro, pero asintió ante la experiencia del abogado.

―Cuando curáis sus enfermedades, cuando salváis la vida de decenas de personas nadie cuestiona vuestros métodos. Solo cuando se produce una muerte os persiguen como si hubierais cometido una tropelía ―reflexionó Juan.

Adrián siguió argumentando.

―Como digo, necesitarían probar que fue el tratamiento el que provocó directamente el fallecimiento, y eso es imposible de demostrar. Se trataba de remedios habituales.

―Bastaría con que alguno de nosotros se prestara a recibir los tratamientos en las dosis y con la recurrencia prescrita al rabino. Son inocuos para alguien sano y demostraríamos que juntos también son incapaces de provocar reacciones fatales ―pensó Blanca.

―Ni siquiera haría falta demostrar eso. Son remedios que utilizáis a diario. ¿No es cierto?

La joven herbolaria confirmó la afirmación de su padre.

Jerónima había escuchado con atención a sus amigos y, solo cuando se hizo el silencio y todos se volvieron hacia ella, tomó la palabra.

―No penséis que trato de encontrar hechos que nos ayuden a defendernos.

Tampoco busco aliviar la carga que deberíamos soportar caso de ser enjuiciadas.

Sé lo que es una acusación de este tipo y una condena por el ejercicio de prácticas que, quienes no conocen nuestra ciencia, consideran demoníacas ―introdujo para hacer después una pausa―.

Disculpa que insista, Adrián, pero me resulta muy extraño lo que ocurrió con el enfermo.

Juan, impaciente por naturaleza, no le permitió acabar su exposición.

―Es lo que no dejo de pensar desde entonces. Yo vi al rabino Levy.

Jerónima asintió.

―Creo que murió por una causa diferente a la enfermedad original. Estoy de acuerdo con Juan. Él dejó al anciano consciente y restablecido.

La joven herbolaria coincidió con su maestra.

―Cierto. Ya no mostraba calentura ni síntomas en los ojos. Se encontraba tranquilo y con ganas de comer. Estoy también convencida de que el rabino había sanado.

―Por tanto, las razones por las que ese hombre falleció debieron producirse entre el instante en el que Juan lo dejó sano y salvo y el momento en que Lot anunció su muerte ―continuó Jerónima.

Adrián miró sorprendido a la anciana herbolaria.

―¡Dios santo! Es lógico llegar a esa conclusión. ¿Por qué no habíamos pensado hasta ahora que algo pudo ocurrir en ese lapso?

―Porque siempre nos quedamos en lo aparente. Arrastramos lo que hemos conocido previamente y no somos capaces de ordenar los hechos, separar los detalles ni pensar con lógica. Es la única forma que conozco de descubrir las causas de las cosas que ocurren ―le respondió.

Esta vez todos callaron para seguir escuchando a Jerónima.

―No os había comentado nada porque quería tener vuestro beneplácito, incluso vuestra colaboración. Sabía que tendríamos esta reunión ―les confesó―. Querría regresar a la casa del rabino y hablar con Ester, pero yo no puedo entrar en la judería.

―Ella está ordenando las pertenencias del rabino, separando las cosas personales que entregará a su familia de aquello que deberá facilitar a su sucesor. Yo puedo acudir hoy mismo y hablar con ella ―se ofreció el converso.

―Sin embargo, la única forma de saber lo que ocurrió es que sea yo quien hable con Ester ―puntualizó la herbolaria.

―Corréis el riesgo de ser prendida y castigada ―advirtió Adrián.

―Lo sé. Pero necesito entrar en la casa, volver al cuarto en el que el rabino Levy convaleció, comprobar los remedios que le administramos. No sé qué puedo encontrar allí ―manifestó―. Juan, ¿podrías introducirme en la judería oculta en algún carruaje?