CAPÍTULO 18.
Pese a que amigos y conocidos le aseguraban que su pretensión era inalcanzable, Adrián y su madre Lorea la animaban a seguir adelante.
Ane estaba ilusionada y, el hecho de que ninguna mujer hubiera logrado hasta entonces aquel permiso era un reto para ella.
El oficio de los abogados era útil para la mejor decisión de los jueces.
Así lo habían establecido hacía ya muchos años el Libro de las siete Partidas del rey castellano Alfonso X «el Sabio» y fuentes escritas del reino de Navarra.
Según explicaban las citadas normas, los hombres que ejercían dicha función luchaban por la verdad y servían a aquellos litigantes que, por su incapacidad para razonar, por miedo o por vergüenza, no sabían defender su derecho.
La pelirroja estaba tranquila. Si no lograba su objetivo seguiría ayudando a Adrián en las diligencias previas de los juicios. Su mayor deseo era asistir a quien no tuviera defensa, como le ocurrió a su padre, condenado a muerte sin juicio previo.
Ane llegó a la torre del Rey acompañada por Adrián y, en cuanto traspasó la puerta, sintió un hormigueo en el estómago.
Desde aquel momento estaba sola. Si quería practicar aquella profesión que tanto amaba, debía dominar sus nervios.
Johannes y Mencía serían sus primeros defendidos y ansiaba poder hacerlo ella misma.
Cuando accedió a la estancia, tres alcaldes de corte, dos notarios y Engarrán de Villers, almirante del Burgo de San Cernin y miembro del Consejo Real, la esperaban.
Ella contestaría de pie a las preguntas en el centro exacto de aquella sala circular, mientras los seis mandatarios, sentados frente a ella, dilucidarían sobre su aptitud.
Ane pensó en todos los hombres y mujeres que habían sido defendidos por Adrián en esa sala.
Le había aconsejado que imaginara aquella prueba como una conversación de tantas que ambos habían mantenido de noche en la casa de la zapatería.
Le dijo que recordara la pelea dialéctica más dura que hubiera podido lidiar.
Solo en aquel estado de alerta saldría airosa.
Uno de los alcaldes abrió una especie de libro de notas que se hallaba sobre la mesa, se acercó una vela y leyó.
―Ane de Obanos, hija de Adrián Alegre y Lorea, de la Población de San Nicolás, ¿cuál es vuestra edad?
―Tengo diecisiete años y mi voluntad es defender a quienes entiendan que se haya vulnerado su derecho recogido en el Fuero General, en las ordenanzas, normas y costumbres que rigen en el reino de Navarra ―respondió segura la joven pelirroja.
―¿Habéis cumplido ya los diecisiete? No lo aparentáis ―contestó con incredulidad.
Las voces le resultaban agudas, como si la estuvieran atacando. Pero de inmediato entendió que no estaba acostumbrada a que fueran así. Ella escuchaba los juicios tras la pared y por eso las palabras sonaban entonces sordas y lejanas.
―Así es, señor. Cumplí hace meses la edad necesaria para desempeñar esta labor.
Fue entonces el almirante del Burgo quien se incorporó en su sillón con la intención de intervenir. Su espalda encorvada impedía que se viera su cuello y su cabeza redonda parecía surgir desde el mismo pecho. Se atusó su melena lacia hacia atrás y tomó la palabra con la atención de los presentes.
―¿Creéis que una mujer, cuya misión consiste en criar hijos, en orar por su marido, en servirle, puede desempeñar la labor que vos pretendéis? ―soltó de corrido.
―Por supuesto, lo creo. Si no fuera así, no me hubiera decidido a presentarme hoy aquí ―respondió de inmediato Ane.
El consejero Engarrán reclinó nuevamente todo su peso de costado sobre el respaldo del sillón y resopló con desdén.
―Lo dudo, pero ahora lo comprobaremos.
Los alcaldes de corte comenzaron el examen como si de una charla informal se tratase.
Algunos de los aspirantes no conseguían ligar dos palabras ante aquel reputado tribunal, pero ese no fue el caso de Ane.
La primera parte del interrogatorio consistió en cuestiones formales y procesales, necesarias para quien fuera a llevar a cabo aquella labor.
Fueron los tres alcaldes de corte quienes intervinieron mientras el almirante del burgo de San Cernin, recostado en su sillón, escuchaba las explicaciones atinadas de la joven con un gesto a veces sarcástico, a veces de indiferencia.
Ane conocía los plazos, las instancias y las pruebas necesarias en cada tipo de reclamación y en cada juzgado.
Los jueces presentes en la evaluación comprobaron que técnicamente estaba preparada. No en vano era la hija adoptiva del abogado más duro con el que se habían enfrentado. Por eso afinaron las preguntas tratando de confundir a la joven candidata.
―¿Qué fuero prevalece en un supuesto litigio en el caso de que se den soluciones contradictorias, el Fuero General o un fuero local? ―preguntó una de las veces el alcalde Matxin.
Ane contestó sin dudar.
―El fuero local. Se trata de una concesión específica de nuestro rey a los vecinos de ese lugar y por tanto está por encima del Fuero General.
Incluso en alguna de las ocasiones trataban de hacerle pequeñas trampas.
―Decidnos la forma o formas como se inicia un juicio ante un tribunal ―le inquirieron.
Ane respondió con seguridad.
―La forma habitual es mediante queja o denuncia de parte ante un alcalde o un merino.
―La joven contuvo durante un instante la respiración y, antes de escuchar el reproche del examinador, concluyó ante su mirada expectante―.
Pero también puede iniciarse de oficio cuando afectan al orden público o directamente al rey.
Ane ganó seguridad a medida que se desarrolló la prueba y comenzó a albergar esperanzas.
El almirante, además, había permanecido callado durante todo el interrogatorio.
No había matizado ni rebatido sus respuestas, como tampoco lo hicieron el resto de los miembros del tribunal.
Tras una nueva respuesta correcta, Matxin, el procurador que había dirigido el proceso, carraspeó.
Miró a los otros dos jurados y, ante el asentimiento de ambos, tomó la palabra una vez más.
―Sabéis que quienes como vos pretenden desempeñar este trabajo ante los tribunales deben llevar a cabo un juramento por el que se obligan a hacerlo de manera honesta.
Incumplirlo puede conllevar inhabilitación, multas, incluso castigos físicos.
Es al rey a quien se engañaría en esta instancia. ¿Estáis dispuesta?
Ane se sintió eufórica. Esa última declaración era un simple trámite. Esperó un instante y, cuando consiguió tranquilizarse, tomó la palabra.
―Prometo ante este tribunal no defender de forma maliciosa o indigna a acusados de haber cometido algún delito, incluso conociendo falsedad en su argumentación. Y prometo además no atacar injustamente los intereses de nuestro rey y señor ―declamó la joven.
Los tres alcaldes de corte dieron por concluida la prueba y comenzaron a recoger sus manuscritos mientras Matxin tomaba la palabra una vez más.
―Ane, has estado acertada en todas las cuestiones sobre las que te hemos inquirido ―aseguró firme.
Justo entonces, en el lapso en el que Matxin tomó aire tras su primera valoración, el consejero Engarrán de Villers lo interrumpió.
―Disculpadme, alcalde. Me he mantenido al margen hasta este momento, pero ahora quiero insistir en un hecho que en este caso es evidente. Me refiero al género de quien pretende ejercer como abogado.
En la sala se escuchó un murmullo grave de las pocas personas presentes y, a continuación, el silencio. Ane comprobó que su corazón latía con fuerza, incluso sintió que se mareaba durante un momento.
―Quiero dejar constancia de que es la ética de la mujer lo que la diferencia del hombre y la hace inválida para esta labor. Por eso me opongo a otorgar la licencia para el ejercicio de la abogacía a una mujer. Nunca antes se ha permitido y no será ahora, bajo mi supervisión, cuando ocurra.
Las palabras del almirante y consejero real fueron para Ane como una bofetada. Había contestado con acierto todas las preguntas. Incluso creía haberlos sorprendido.
―Disculpadme, señor ―le inquirió la joven con valentía―. ¿Qué es lo que nos hace diferentes? ¿Por qué una mujer no puede practicar la abogacía?
El almirante guardó un momento de silencio mientras elegía las palabras adecuadas para responderle. Todos los presentes, incluso el alcalde Matxin, que se había mostrado favorable, callaron y aguardaron expectantes.
―Os contestaré con una pregunta. ¿Cómo actuaríais si dudarais sobre la culpabilidad de un acusado de asesinato? ¿Pondríais por delante el testimonio de testigos o creeríais a vuestro defendido?
Ane supo que aquel hombre le estaba tendiendo una trampa.
Si se ponía del lado de los testigos, el almirante le reprocharía su falta al deber como abogada.
Si lo hacía del lado de su defendido, la acusaría de no tener en cuenta el mayor y más cualificado elemento de prueba de que disponían los tribunales, el testimonio de testigos.
En la mayor parte de los casos que Ane había conocido, Adrián representaba a acusados de llevar a cabo incumplimientos fiscales o desacatos frente a las administraciones públicas y frente al poder real.
Y, sin embargo, su padre había creído a aquellos infelices que no tenían cómo defenderse.
Pensó en Mencía, ahora acusada de un crimen que no había cometido.
En ese caso no había testigos, aunque sí un móvil claro.
Dudó y, por eso, su respuesta resultó ambigua.
―La declaración del acusado debería valer lo mismo que la de un testigo. La palabra de uno frente a la del otro. Pero sé que la prueba que decanta la balanza en los juicios en la mayoría de los casos es el testimonio de testigos, si es que los hay.
―No os he preguntado por la forma en la que se resuelven los casos que llegan a nuestros tribunales. Lo sé mejor que nadie. Lo que os he preguntado es cuál sería vuestra conducta.
Ane se disponía a explicarse, pero el almirante no lo permitió.
―No hace falta que volváis a contestar. La respuesta que habéis dado a este tribunal certifica de forma evidente que no estáis de acuerdo con las leyes que nos rigen ni dais el valor que nosotros damos al testimonio de terceros desinteresados.
La joven se encontraba aturdida, incapaz ahora de replicarle.
―Sabéis que las penas por falso testimonio son durísimas, por eso confiamos en los testigos. Un acusado es proclive a mentir para salvarse.
El almirante hizo una pausa medida y sentenció, como si se tratara de un juicio:
―Me opongo de forma rotunda a que una mujer lleve a cabo la labor de abogado. Para hacerlo es necesario el aplomo, la fuerza, la serenidad y la responsabilidad que siempre asume un hombre.
Y sin esperar respuesta de sus colegas se dirigió a ellos mirándolos.
―Espero que así lo entendáis.
Matxin, por un momento tentado a rebatir aquel argumento, bajó la cabeza y calló.
Los alcaldes de corte eran nombrados por el rey y por sus consejeros y el almirante o preboste de cada burgo representaba al rey.
Los tres alcaldes de corte habían llegado a aquel cargo tras una trayectoria exquisita, tras multitud de sacrificios.
Ninguno estaba dispuesto a tropezar en aquel escalón.
Ane no pudo ahora reprimir la oleada de rabia que le surgió en lo más profundo y, pese a ser correcta con las palabras, sus gestos y su mirada mostraron abiertamente su indignación.
―Soy fuerte pese a mi juventud. Soy noble y mi juramento es sincero. He prometido actuar de manera honesta, sin engaños ni dobleces y no estoy dispuesta a defender causas maliciosas. ¿Qué más queréis?
Engarrán de Villers dibujó una sonrisa extraña.
―Sabemos que pensabais defender a una mujer que ha asesinado a uno de nuestros recaudadores, un acto que atenta directamente contra el rey como representante suyo que era. ¿Esa es vuestra intención de actuar de manera noble?
―¡Por supuesto que mi intención sería actuar de manera honesta! Ni siquiera hay testigos que la acusen ―argumentó encolerizada―. Muchos hombres, mi propio padre defiende a acusados frente al poder real. No creo que su conducta sea tachada de inmoral o de falta de ética por ello.
Los alcaldes y el propio almirante callaron.
―Estáis muy equivocado. Una mujer puede hacerlo tan bien o mejor que un hombre.
Engarrán de Villers no cedió pese a la encendida defensa de Ane.
―La decisión está tomada. Nunca podréis traer a este tribunal causa alguna para denunciar o defender a nadie que acuda a vos.
La aspirante permaneció en pie frente al almirante, retándolo, dispuesta a acometer contra él.
―Quiero haceros una última amonestación ―cerró el consejero real―. Ha llegado hasta nuestros oídos el rumor de que ejercéis ya algunas de las labores propias de abogados acreditados. Os advierto, deberéis dejar de realizarlas. También vuestro padre está advertido.