El privilegio CAPÍTULO 17.
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CAPÍTULO 17.

Durante un par de días no pasó nada. Sancho siguió llevando a cabo su trabajo como si nada ocurriera, aunque Rodrigo lo notó más alegre.

En varias ocasiones el del Burgo comprobó si el joven carnicero había anotado las recaudaciones, pero no lo había hecho.

El dinero se encontraba separado en la saca a la espera de su inscripción.

Hasta que una mañana, cuando Rodrigo estaba ya desesperado de que nada ocurriera, le trasladó que aquel sería el día.

El de Pamplona esperó en la casa tal y como le había pedido Sancho y, no mucho después, oyó llamar a la puerta con dos golpes secos.

Se acercó, la abrió y la sorpresa fue mayúscula.

El de Olite estaba acompañado por un muchacho escuchimizado, de rostro avispado, un niño que ni siquiera le llegaba a la altura de los hombros. Aquel no podía ser el ladrón.

―Dios os guarde, señor. Dios os guarde ―lo saludó el zagal llevando su pelo liso hacia atrás―. Soy Fernando. Trabajo para Sancho y él me ha informado de vuestro interés en hablar conmigo. Estoy a vuestra total disposición.

―No es él quien te va a inquirir. Seré yo quien lo haga ―le informó Sancho cerrando la puerta tras de sí.

Lo tomó por los hombros con ambas manos y lo llevó sin demasiados miramientos hasta la mesa para obligarlo a sentarse en una de las sillas frente a ellos.

―Fernando sabe de números, es muy listo, muy muy listo, tanto que cree que puede engañar a todo el mundo.

Puede incluso engañarme a mí. A mí, que le he confiado mi vida y que le procuro un mendrugo, verdura, algo de carne y una buena ración de vino cada día, para él y para su hermana.

No a costa de mi patrono, sino a mi costa, a costa de mis propios estipendios ―expuso Sancho en un discurso lleno de sorna.

El crío lo miraba sorprendido.

―Él es quien anota las recaudaciones de cada día con números inferiores a los reales y quien luego sustrae la diferencia y se la lleva para sí ―concluyó Sancho del tirón.

Fernando volvió a echar su pelo liso hacia atrás para ver a su interlocutor y le respondió ágil.

―¡Que me caiga un rayo aquí mismo si soy yo quien hace eso! ¡Por Dios! Yo no he confesado eso y nunca lo confesaré. Nunca lo he hecho. ¡Yo no me llevo dinero alguno!

―¡Falta dinero de la recaudación cada semana, cada día y tú eres el único que interviene en el proceso, eres el único que conoce el lugar en el que se encuentra!

¿Cómo es posible que los días en los que el señor hizo las cuentas fueran muy superiores a las que tú anotas?

Solo ha cambiado tu intervención. Nada más.

―Te juro por mi vida que yo no he hecho eso. Nunca lo haría, nunca te robaría a ti, que te has portado siempre bien conmigo ¿Voy a arruinar la única forma que tengo de sobrevivir? ―argumentó como si fuera un adulto.

Rodrigo sintió lástima. El presunto ladrón era tan solo un niño asustado y parecía sincero. Se había levantado de la silla, pero Sancho lo volvió a enganchar de su maltrecho sayo y lo sentó sin ningún tipo de compasión.

―¿Dónde guardas lo que has robado durante todo este tiempo? ¿Sabes que si no descubro al ladrón me cortarán una oreja? ―insistió Sancho intransigente.

Fernando le respondió ahora con un hilo de voz, con la mirada fija en la mesa en la que se sentaba mientras su melena le tapaba el rostro.

―Nunca me he aprovechado de ti, aunque no sepas escribir. Tú me has ayudado y yo no quiero mal para ti.

Rodrigo escuchaba con atención y creyó que ambos decían la verdad. Un muchacho tan joven, casi un niño, no podía disimular de aquella manera. Además, un posible delito por parte de cualquiera de los dos atentaba contra la forma en que cada uno se ganaba la vida.

―¿Sabes leer y escribir? ¿Dónde has aprendido? ―intervino el de Pamplona por primera vez.

―Sí, señor Rodrigo ―dudó un instante en hablar, pero terminó por confesar su secreto―.

Me cuelo en palacio. A través de las galerías.

Allí donde los túneles se acercan a los cimientos hay un ventanuco por el que todavía quepo.

Y llego hasta los jardines o hasta la sala de la capilla de San Jorge.

Es allí donde los maestros enseñan caligrafía y cálculo a los infantes y jóvenes de la corte.

Me escondo sin que me vean y los escucho.

Hay días que apenas entiendo lo que explica el maestro, pero poco a poco he aprendido.

―¿Y eres tú quien hace las anotaciones?

―Así es, señor. Se me dan bien los números.

Cuento el dinero, anoto la cantidad antes de depositarlo y lo sumo a lo acumulado para saber la cifra que debe contener entonces el cajón.

Y si falto varios días cuento el dinero total y le resto la última cantidad apuntada.

Anoto la diferencia como cantidad recaudada y señalo los días en los que se ha conseguido ese dinero. Podéis verlo en los manuscritos.

Rodrigo se sorprendió ante la agilidad para los cálculos de un muchacho tan desvalido como él.

―¿Cuándo realizas las anotaciones? Estos últimos días no lo has hecho.

―Mi hermana está enferma, señor Rodrigo. Tose constantemente y tuve que cuidarla. Somos huérfanos ―se justificó.

El joven dueño esperó a que continuara explicándose.

―Vengo cuando acaba el mercado cada día.

Cuando el reloj de la torre del Chapitel marca las seis llamo a esta puerta y si Sancho no se encuentra, me cuelo por la campa y lo espero dando de comer a las gallinas o limpiando los pesebres ―se explicó mirando a su benefactor―.

Me gusta estar con los animales. Lo único que no soporto es cuando él los sacrifica. No soy capaz de estar presente.

El rostro de preocupación de Sancho parecía dar por bueno el relato del muchacho, sin embargo, necesitaba entender lo que ocurría.

―No puede ser, Fernando. Cuando estuvo el señor Miguel vendimos a los mismos precios, los tengo memorizados.

Los pasos fueron los mismos y, sin embargo, las cantidades anotadas fueron mayores que las tuyas.

Es lo que me dijo el patrono ―se lamentó―.

Si sabes qué ocurre con el dinero dímelo, por Dios.

Rodrigo lo interrumpió.

―El dinero existente en la saca es el que aparece en las anotaciones.

Por eso podemos decir que las cantidades registradas por Fernando se corresponden con lo depositado.

El problema por tanto es que las recaudaciones son inferiores a las que consiguió mi padre.

Si Fernando no sustrae cantidad alguna, el dinero mengua antes de llegar a la casa. Es lo único que se me ocurre.

Sancho se encontraba sentado, con la frente apoyada sobre una mano. Se tapaba los ojos y ni siquiera levantó la mirada al contestar a Rodrigo.

―Es imposible.

―Antes de depositar el dinero en la caja, ¿qué cosas hiciste de manera diferente los días en que mi padre estuvo aquí? ¿Qué es lo que haces cuando cierras el puesto?

―Pagar los impuestos. Pero los derechos reales son siempre los mismos. No lo entiendo ―se lamentó con un gesto de impotencia.

―¿Fue mi padre quien pagó esos impuestos cuando estuvo aquí? ¿Quién hizo los cálculos?

―Él lo hizo, por supuesto ―contestó Sancho levantando al fin su mirada.

―Y habitualmente, ¿eres tú quien paga los impuestos? ¿Cómo lo haces?

―Es el recaudador real quien toma los dineros y me cobra la suma correspondiente a los derechos reales.

Rodrigo dibujó un gesto de satisfacción y Fernando despertó de su letargo:

―¿Son los encargados de recaudar los impuestos quienes roban al señor Miguel?