El privilegio CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Felipe estaba nervioso. Su madre siempre le había animado a seguir dibujando y sabía que ella lo apoyaría. Sin embargo, y pese a que le había dado su palabra, tenía serias dudas de que su padre accediera a su pretensión de ganarse la vida con sus trazos.

Cuando llegó a la casa se deshizo de su pelliza, dejó sus pergaminos en un mueble alto que se hallaba debajo de la escalinata y se dirigió a la cocina.

María preparaba la masa para hornear pan y, en cuanto vio a su hijo, dejó la tarea y se limpió las manos en el delantal.

Felipe abrazó a su madre cariñosamente, como siempre hacía.

―He estado en la catedral ―comenzó a contar el joven ilusionado.

―¿Dibujando? ¿Has pasado al menos por las cocinas de palacio?

―¡Dios! ¡Lo he olvidado! Iba a llegar hasta allí antes de regresar a casa, pero me ha ocurrido algo increíble.

―Es lo único que te ha pedido tu padre. Ahora que Rodrigo no está, debes ayudarlo. Cuando vuelva podrás dedicar todo tu tiempo a buscar ese empleo que tanto ansías ―le pidió su madre.

―No te preocupes. Ahora mismo llego hasta palacio y pregunto al maestre de cocina las piezas que necesitan para el banquete de mañana.

María asintió con un gesto.

―Luego me cuentas ese hecho tan formidable que dices ―respondió su madre con ironía.

Felipe decidió posponer la buena nueva, se colocó otra vez la pelliza sobre los hombros y, justo cuando se disponía a salir a la rúa Mayor de los Cambios, llegaba su padre, Miguel de Obanos.

―Voy a las cocinas de palacio. ¿Están bien los animales? ―preguntó.

―Sí. Los he llevado a la campa pequeña para que se refugien bajo los árboles si hay tormenta. ¿No habías salido de casa hace horas?

―Sí, pero he estado en la catedral y he conocido al maestro de obras principal, el francés Perrin de Simur. En cuanto regrese os lo cuento ―anticipó a su padre tratando de evitar que la noticia lo pillara luego por sorpresa.

La oferta que Perrin de Simur trasladó aquella tarde a Miguel, a María y al propio Felipe colmaba todas sus expectativas.

Sin embargo, el cabeza de familia no dejó de resistirse.

Los diferentes gremios de artesanos se articulaban en tres niveles laborales: los maestros eran los dueños de los talleres; los oficiales trabajaban para los primeros a cambio de una remuneración; y los aprendices estaban también al servicio de los maestros durante varios años a cambio del aprendizaje del oficio.

El salto de unas a otras categorías se llevaba a cabo mediante el beneplácito de los artesanos más veteranos y los candidatos debían demostrar su pericia y suficiencia en el oficio.

En el gremio de la construcción ocurría de este mismo modo.

Muchos de los carpinteros, canteros y mazoneros de los tres burgos trabajaban para el dueño de un taller que, a su vez, había sido contratado por el maestro de obras principal de la catedral.

Sin embargo, la incorporación de Felipe podría ser muy diferente.

Tal y como les había contado Perrin de Simur, el joven dibujante tendría un salario y, por tanto, cumpliría con el requisito que su padre le había exigido.

Miguel planteó al arquitecto multitud de situaciones en las que su hijo podría llegar a salir perjudicado.

Comparó una y otra vez aquel trabajo que le proponía con el suyo propio y, aunque se mostró siempre respetuoso, en ningún momento dio su brazo a torcer.

―¿Habéis visto los dibujos de vuestro hijo? ―preguntó en un momento de la conversación el maestro de obras con un gesto exagerado.

Miguel no le contestó. Apenas les había echado un vistazo en alguna ocasión; quizá fue el miedo a descubrir su don lo que le hizo dejar de admirarlos.

Para él era difícil encajar el hecho de que su propio hijo, su primogénito, rechazara el esfuerzo que siempre había realizado por procurarle una profesión.

Estaba convencido de que nadie contrataría a Felipe, que nadie le pagaría un salario mientras fuese un simple aprendiz y que se dedicaría a aquello que él le había enseñado.

Sin embargo, a medida que Perrin de Simur les contó su propuesta, sintió un orgullo creciente.

Se preocupó por no manifestarlo abiertamente ante su hijo, pero el hecho de que hubiera sido el maestro de obras principal de la catedral de Santa María quien lo halagara de aquella forma lo llenó de satisfacción.

Había oído hablar de los logros de aquel prominente arquitecto y, si sus palabras eran sinceras, Felipe quizá podría ganarse la vida en la fábrica de la catedral.

La construcción del templo duraría sin duda toda una vida.

María se había ausentado, pero volvió de inmediato al salón con una bandeja que contenía queso duro de vaca, un pan recién horneado y vino. Felipe le sonrió consciente de que, después del duro interrogatorio al que su padre había sometido al arquitecto, aquel gesto apuntaba a una tregua.

―Por lo tanto, tal y como nos decís, Felipe podría incorporarse ya al taller y obtener un salario a cambio desde el primer día.

Era la primera vez que Miguel admitía la posibilidad de allanarse a la propuesta.

―Estoy seguro de que así será ―fue la respuesta del arquitecto.

―¿Estáis seguro? ¿No depende de vos? ―insistió el del Burgo.

Perrin de Simur dedicó una amplia sonrisa al carnicero y miró después con un gesto cómplice al joven Felipe.

―Solo es necesario superar un trámite previo.

Miguel y María reaccionaron con inquietud; también Felipe mostró su sorpresa.

―¿Un trámite? ―preguntó el joven.

―Como sabéis, el rey Carlos III ha donado sumas importantes de dinero para la construcción de la catedral y ha traído de su viaje a Francia a los mejores artistas para dotar de esplendor a todo el conjunto catedralicio.

Sin embargo, en este momento, el mayor promotor del templo y a quien más preocupa la evolución de las obras es al obispo Martín de Zalba.

Él es quien debe dar su credencial a Felipe, pero os aseguro que atenderá mi petición.