El privilegio CAPÍTULO 15.
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CAPÍTULO 15.

Jerónima y Blanca vieron acercarse a un jinete por la calzada que serpenteaba desde Pamplona. Cabalgaba al trote y, en cuanto tomó el camino que llevaba hasta su casa, imaginaron que debía portar noticias del rabino. Las herbolarias salieron a su encuentro.

―¡El rabino ha recuperado la consciencia! ¡Se ha curado! ―gritó Juan eufórico cuando todavía se encontraba a decenas de pies de distancia.

Las mujeres lo saludaron y esperaron a que llegase hasta ellas.

―Está muy débil todavía, ¡pero se encuentra bien! Yo mismo he hablado con él esta mañana. ¡Gracias, Jerónima, Blanca! Estoy seguro de que todos los miembros de la aljama secundarán mis palabras y premiarán vuestro trabajo ―clamó Juan mientras descendía de su caballo.

Las dos herbolarias se alegraron, como lo hacían en cada ocasión en la que lograban traer de la muerte a enfermos y desahuciados, pero ahora, además, se trataba de una persona importante para su amigo Juan, para su esposa Zohara y su hija Sara.

―Es nuestro trabajo, es lo que nos gusta hacer ―contestó la anciana―. Unas veces logramos curar a los enfermos y otras, al menos, conseguimos evitar su sufrimiento.

Jerónima volvió su mirada de inmediato hacia Blanca y comprobó que lucía una sonrisa aún más amplia que la suya.

Ella era quien debía recibir los halagos y agradecimientos, sin embargo, no intentó apropiarse de aquel logro.

Su humildad y temple enorgullecieron enormemente a Jerónima, más incluso que haber ideado el original método.

Pensó que Blanca estaba preparada para suplirla como herbolaria cuando ella no estuviese, por sus conocimientos, por su iniciativa y, sobre todo, porque su única aspiración consistía en la dedicación a los demás.

―No me des a mí las gracias, Juan. Dáselas a Blanca. Ella ha sido quien ha sabido leer en el cuerpo del rabino.

―He querido venir hasta aquí cuanto antes para contároslo. Vuestra atención durante estos días ha hecho efecto y me gustaría pediros que sigáis con su tratamiento ―pidió el converso.

Jerónima guardó silencio y asintió a su aprendiz cuando la miró. Ella se había ganado el derecho a ser quien respondiera a aquella propuesta.

―Si ha recuperado la consciencia no volverá a enfermar ―afirmó con seguridad la joven―, al menos, no del mismo mal. Deberá cuidarse y alimentarse bien, pero creo que no hará falta más ―expuso.

―El rabino Levy me ha preguntado quién lo había tratado y cuando le he informado de vuestra intervención y de vuestro seguimiento me ha pedido veros ―les contó―. Lot, no obstante, ha quedado a su cuidado. Lo he avisado de camino.

―Presumo que al fin ha reconocido la efectividad del tratamiento ―supuso Blanca.

―Lot ha sido consciente de que el rabino se encontraba más tranquilo estos días; aun así, cuando le he dado la noticia, no daba crédito. Me ha prometido que se acercaría a la casa del enfermo de inmediato para atenderlo mientras llegabais ―confesó Juan.

Cuando enfilaron la rúa Mayor de la judería un buen número de personas se agolpaba en torno a la casa del rabino Levy.

Juan y también Blanca y Jerónima pensaron que estaban celebrando la sanación de su guía espiritual, pero los rostros serios y las conversaciones a media voz de los que allí se hallaban les hicieron temer lo peor.

Juan localizó a su hija Sara y a su esposa Zohara en mitad del grupo, y fue esta última quien se adelantó a su encuentro.

―El gran rabino Levy ha fallecido ―les informó con una exhalación en cuanto estuvo a su altura.

Detuvieron la marcha y, sin decir ni una sola palabra, descendieron de sus cabalgaduras.

El médico Lot se encontraba también entre los presentes y se acercó a ellos inclinando su cuerpo alternativamente a izquierda y a derecha de forma exagerada.

Se situó a mitad de camino entre los recién llegados y el grupo con la intención de que todos los presentes lo pudieran escuchar.

―¡Habíamos logrado mantenerlo con vida y vuestro tratamiento ha desestabilizado sus humores! ―acusó sin contemplaciones.

―¡Eso no es cierto! ―replicó Juan de inmediato―. Esta mañana se había recuperado después de días sin articular palabra. ¡He hablado con él, se encontraba consciente y sus síntomas habían desaparecido! ―confesó aturdido.

―No es extraño. Ocurre a veces antes de que sobrevenga la muerte del enfermo provocada por un tratamiento inadecuado ―expuso con indisimulado deleite Lot.

―¿Qué estáis insinuando? Vos quisisteis dejarlo morir. Nuestro rabino estaba más muerto que vivo. Vos lo dijisteis con esas mismas palabras ―exclamó furioso Juan.

―¿Acaso sois médico para opinar sobre enfermedades y remedios? ―se defendió sin alterarse.

―No lo soy, pero he visto a ese hombre recuperado hace apenas un par de horas ―manifestó Juan incrédulo.

El buey Lot siguió tejiendo sibilinamente su tela de araña.

―Solo sé que estaba vivo hasta que llegaron esas dos mujeres para suspender la atención que hasta entonces nosotros le habíamos prestado.

La mayoría de los presentes eran varones que habían llegado de la sinagoga al conocer la noticia. Todos ellos portaban el talit en los hombros y cubrían su cabeza con la kipá. El grupo se había estrechado en torno al médico y escuchaban con interés la conversación.

―¿Alguien le ha administrado un tratamiento diferente al prescrito por un médico de la aljama? ―preguntó un anciano, uno de los judíos más respetados de la comunidad y miembro del tribunal del Beth Din.

―Así es ―se limitó a responder el Buey volviéndose hacia ellos con la dificultad que suponía mover su enorme cuerpo.

El médico judío sonreía. Si uno de los jueces del tribunal intervenía, probablemente alcanzaría su propósito.

El Beth Din o tribunal de la aljama estaba compuesto por cinco miembros, todos ellos hombres, jurados también del concejo de la judería al estilo de los burgos cristianos.

Se encargaba de juzgar las causas que se celebraban en la sinagoga, sobre todo aquellas que consistieran en evaluar aspectos rituales y religiosos.

―¿Cómo ha ocurrido? ¿Quién ha procurado ese tratamiento? ―insistió el anciano.

―Esas dos mujeres que acompañan al converso Juan. Dos curanderas, una vive en el bosque como los animales y la otra es de la Población de San Nicolás ―expresó Lot sin disimular su desprecio.

Jerónima tomó entonces la palabra y habló con el poso que le daba la experiencia.

―Soy Jerónima, herbolaria de Villava. Y ella es mi aprendiz.

Actúa bajo mi supervisión y mis órdenes ―expuso tratando de liberar a Blanca de cualquier responsabilidad―.

Muchos de vosotros habéis acudido a mí alguna vez y habéis solicitado mis remedios.

El mismo médico Lot y otros muchos médicos judíos compran mis ungüentos, brebajes y pócimas.

Mi actuación en este caso ha sido la misma que tantas veces os hemos dispensado.

―¡Eso que decís no es cierto! Yo estaba presente cuando intervinisteis y decidisteis la forma de tratar a nuestro eterno rabino Levy. Fue la joven herbolaria, todavía una niña, quien ideó la atención al enfermo ―repuso intuyendo que la anciana trataba de ocultar el punto más débil de su actuación.

―Yo soy la responsable de lo que hago y también de lo que hace mi aprendiz. Ella no debería asumir culpa alguna. En esta ocasión el tratamiento ha continuado durante varios días bajo mi supervisión.

Un cuchicheo de desaprobación discurrió de un lado a otro entre los presentes. No hizo falta que Lot insistiera, fue Blanca quien ingenuamente lo ayudó.

―¡Yo fui quien propuso el tratamiento! Así es ―explotó.

No estaba dispuesta a permitir que la responsabilidad recayera solo en su maestra.

Juan y Jerónima la miraron con una mueca de disgusto mientras Lot se removía satisfecho con un bailoteo casi imperceptible, cambiando el peso del cuerpo de su pierna izquierda a la derecha y viceversa.

Blanca se dio cuenta de lo que había hecho y trató de defenderse.

―No obstante, los remedios que hemos utilizado estos días no han sido diferentes a los usados por vuestros médicos. Solo han cambiado los momentos en los que el rabino los ha tomado.

La nueva intervención de la muchacha no ayudó a paliar el murmullo que se había hecho más notorio.

―¿Acaso no hay reputados médicos judíos como para ir a buscarlos fuera de nuestra comunidad? No conozco a ningún galeno de la Población de San Nicolás ―gritó un rico prestamista desde el fondo del grupo.

Lot ben Abraham guardó silencio. Prefería que otros miembros de la aljama se unieran de forma voluntaria a su denuncia, que fueran otros quienes cargasen ahora contra las herbolarias.

―¿El propio rey elige a nuestros médicos para ser tratado y nosotros preferimos curanderas? ―insistió el miembro del tribunal del Beth Din.

―¿Cómo es posible que hayamos permitido que una niña cristiana trate a nuestro rabino? ―insistió una mujer ataviada con túnica, tocado y velo negros.

Juan no se amilanó ante la algarabía generalizada de sus convecinos.

―¡Estas dos mujeres solo han tratado de salvar al rabino Levy! ¡Y han utilizado medicinas que administran de forma habitual! ¡Habéis escuchado que es la misma que ya se estaba procurando al rabino, que en paz descanse!

―No eligieron exactamente la misma solución. La que le dieron terminó provocando su fallecimiento ―replicó ahora el Buey.

Se hizo un instante el silencio y fue entonces cuando Ester, la sirvienta del rabino, aprovechó para intervenir.

―No sé lo que ha ocurrido. El rabino Levy se encontraba bien esta mañana. Ya no tenía calentura y estaba consciente. Pero al parecer nuestro Dios quería llevárselo consigo ―se expresó sin que nadie la interrumpiera

Lot frunció el ceño, aunque no dijo nada.

El grupo reunido en torno a la casa del fallecido esperaba que, a falta de la presencia del propio rabino, alguien con responsabilidad en la comunidad sacase conclusiones a las que atenerse.

Y así fue. El juez del Beth Din dictó su veredicto como solía hacer en el tribunal que presidía.

―Quede constancia de la confesión llevada a cabo por la joven herbolaria Blanca de San Nicolás.

Ha manifestado ante todos vosotros, testigos aquí presentes, que fue ella quien aplicó un tratamiento al rabino Levy desoyendo los consejos de nuestros médicos.

No podemos asegurar, a tenor de lo que también ha manifestado el ama de llaves del rabino Levy y el propio Juan, que esa actuación le ocasionara la muerte.

En todo caso lo que sí podemos hacer es impedir el acceso a la judería a estas dos mujeres y prohibirles la administración de sus pócimas aquí. Así se hará en nombre de Yahvé.