CAPÍTULO 14.
El recaudador Domingo llegó al cobertizo del camino viejo en el que vivía la pareja y llamó a la puerta con el puño cerrado.
Era ya más de media tarde y todavía no había oscurecido.
En aquellos días cercanos al solsticio de verano, la luz menguaba mucho después.
La desvencijada puerta de la chabola se abrió despacio y quedó mínimamente entornada, de forma que apenas podía pasar una mano o un brazo por la ranura.
La penumbra del interior no permitió al calvo distinguir nada al otro lado de la puerta. Tan solo intuyó unos ojos asustados.
―¿Acaso tenéis miedo de quien se presenta en vuestra morada en nombre del rey? ―preguntó con voz inquisitiva.
Y tras unos segundos sin que nadie respondiera se oyó la voz débil de Mencía.
―Johannes no está. Venid mañana. Yo no sé nada de dineros ni de impuestos.
El recaudador introdujo su brazo desde el codo hasta el hombro y con un empujón de su cadera abrió la puerta por completo.
Mencía quedó totalmente expuesta. Vestía tan solo una saya bajo la que se adivinaba su cuerpo de embarazada y su pelo largo, sin tocado alguno que lo recogiese, le caía sobre los hombros.
―Dices que tu marido no está ―indagó explorando el diminuto espacio.
―Debe de estar a punto de llegar ―aseguró la muchacha tratando de protegerse―. Hace un buen rato que acudió a la casa de nuestro amo con el fin de recibir instrucciones para el trabajo de mañana en el campo.
Mencía no había vuelto a hablar con Johannes del modo en que aquel hombre la había mirado el día en que los visitó.
Sabía que se volvería loco. Únicamente serviría para que se enfrentara al recaudador y eso sería una condena para él, para ella y para su bebé.
Su marido era un muchacho, correoso, impulsivo e inmaduro, y ya en una ocasión, en la fiesta de San Miguel, había ocurrido algo semejante.
Johannes se encaró con varios peregrinos que habían cortejado a Mencía, uno de ellos sacó una daga y, de no ser porque varios vecinos se acercaron para apaciguar los ánimos, la situación podía haber acabado en una pelea sin solución para uno de los dos.
―Podría saldar vuestra deuda. Sé que habéis acudido a un abogado, pero no es necesario. Si vos quisierais ―propuso el recaudador con voz impostada―, bastaría tan solo con que me dejaseis pasar. No volveré a reclamaros nada.
Mencía intentó cerrar la puerta, pero él interpuso su cuerpo impidiéndolo. La embarazada trató entonces de entretener al hombre a la espera de que su marido llegara pronto.
―Vuestra pretensión de cobrarnos ahora los cuarteles no es pertinente. Hemos hablado con un abogado para que se oponga a este cobro injustificado, es cierto. Nos ha dicho que ese impuesto solo lo debemos pagar una vez, a un burgo o a otro, no a ambos ―se justificó.
―Por Dios. ¡Bastará con un revolcón! Te lo he dicho ―exclamó hastiado―. Y no te preocupes, tu vástago no sufrirá daño alguno en tu barriga.
―¡Dejadme! Os lo suplico. No lo soportaré y mi bebé tampoco. Durante un tiempo apenas se movía y ahora lo ha vuelto a hacer. ¡Por favor!
El recaudador le dio un empujón y Mencía utilizó el último de sus ardides.
―¡Estoy segura de que mi marido os buscará y quizá lo matéis o quizá muráis los dos!
―Eso no va a pasar ―le aseguró abalanzándose sobre ella.
La agarró por los hombros y le arrancó parte de su ropa dejando a la vista sus pechos plenos, preparados para la crianza del bebé.
Y, sin dilación, la arrojó sobre el camastro que presidía la diminuta estancia.
Mencía cayó de espaldas con violencia haciendo que la estructura de madera se desencajara.
Todo ocurrió en un instante. Una de las tablas se levantó de forma peligrosa apuntando hacia el costado opuesto.
El recaudador no tuvo tiempo de reaccionar.
Se había lanzado sobre ella y aquel listón se clavó en su pecho atravesándolo de un lado a otro a la altura del corazón.
Domingo no llegó a caer sobre el lecho. Hombre y tablón se inclinaban el uno contra el otro sosteniéndose mutuamente.
Durante un largo momento el recaudador abrió mucho los ojos, sin creer lo que acababa de ocurrir, hasta que finalmente expiró y cayó de costado a los pies de la cama ensartado en la madera.
Mencía salió de la casa medio desnuda, tropezó, cayó de bruces, se levantó y siguió corriendo por el camino viejo hacia la salida de la ciudad.
En aquel momento un hombre se acercaba sujetando una mula que tiraba de una carreta cargada de verduras.
Y cuando la joven llegó hasta él, volvió a caer al suelo.
El campesino se quitó el gorro que llevaba en la cabeza para protegerse del sol y la ayudó a levantarse.
―¿Qué es lo que ocurre, muchacha? ¿Te encuentras bien?
―¡Está muerto, está muerto! ¡Yo no he hecho nada! Él mismo se ha clavado la estaca ―repitió una y otra vez con los ojos perdidos.
―¿Quién está muerto? ¿Qué ha ocurrido? ―preguntó azorado el hombre.
―El recaudador. ¡Quiso forzarme! Llamad a mi marido, por favor, avisad a Johannes, por Dios, llamadlo ―suplicó tapándose los ojos.
El campesino tomó una manta que llevaba en la carreta y se la colocó sobre los hombros para cubrir su desnudez.
―¿Os encontráis bien? Estáis embarazada ―observó.
La tomó de los brazos, la acomodó sentándola en la carreta y siguió preguntándole, pero ella ya no contestó. Se había recogido sobre sí misma, se había tapado con la prenda que aquel hombre le había prestado y se sumió en un silencio ausente.
Tomaron el camino de vuelta hacia la ciudad y, al alcanzar las primeras casas, uno de los vecinos de Mencía, un pechero como ellos, la reconoció.
―¡Dios mío! ¿Qué te ha ocurrido? Tienes sangre en tus ropas. ¿Has perdido a la criatura?
El hecho de citar a su bebé hizo reaccionar a Mencía.
―No es mi sangre. No he perdido a mi pequeño. Sigue dentro de mí.
―Te llevaré a tu casa.
―¡No, a casa no! ¡Está muerto, está muerto!
―¿Quién está muerto? ¿Johannes? ―preguntó el vecino.
―No. El recaudador. Quería yacer conmigo, pero yo no lo he matado ―repitió una y otra vez.
―No te preocupes. Te llevaré con mi mujer. Ella te ayudará a limpiarte ―trató de tranquilizarla.
El alcalde de la Población llegó acompañado por un par de hombres: un escribano que daría cuenta de lo sucedido y el almirante.
Entraron en la chabola y comprobaron el estado del hombre caído.
Yacía sin vida empalado, como si alguien lo hubiera atravesado utilizando aquella estaca a modo de garrocha de guerra.
No se había desdibujado todavía la expresión de sorpresa de su rostro y sus ojos abiertos parecían mirar al infinito.
―¿Qué es lo que ha ocurrido? ―preguntó el alcalde―. ¿Es una lanza?
El vecino que había recogido a Mencía había llegado hasta la casa y fue él quien le contestó.
―No. Se trata de una tabla que formaba parte de la estructura del catre.
―¿Lo han matado con un listón de la cama? ¿Quién se encontraba en la casa cuando ha ocurrido? ―inquirió el escribano
―Al parecer solo Mencía, la mujer que vive en la chabola. Johannes, su marido, no estaba aquí en el momento del suceso.
―¿No hay ningún testigo? ―insistió el almirante.
―No lo hay. Tan solo quienes vieron a Mencía escapar del lugar de los hechos y proclamar desde el primer momento su inocencia. Yo entre ellos ―constató.
El alcalde de la Población lo miró entonces con detenimiento.
―¿Un caso fortuito? Es muy extraño. Este hombre era recaudador, sin duda se debía encontrar aquí en representación de nuestro rey para cobrar sus impuestos.