El privilegio CAPÍTULO 13.
12%

CAPÍTULO 13.

Rodrigo llamó a la puerta y Sancho tardó apenas un instante en aparecer.

―Soy Rodrigo, hijo de Miguel, vuestro patrono ―se presentó.

El joven carnicero lo miró con cierto desdén, pero se retiró del vano de la puerta para permitirle el paso.

―¿Qué deseáis? ¿Queréis también vos comprobar cómo hago mi trabajo? ―le preguntó en tono punzante.

Rodrigo, sin embargo, trató de mostrarse conciliador. Su padre les había contado que había dado una oportunidad al muchacho. Debía demostrar que era capaz de hacer rentable el negocio en Olite y cualquier intromisión durante aquellos días podría suponer una muestra de desconfianza.

―Vengo por una razón diferente. La encomienda de mi padre me ocupará tan solo un par de días. No obstante, nada tiene que ver con las ventas en la lonja ni con la atención que dispensáis a palacio ―aseguró sin demasiada convicción―. Espero que no os importe que duerma aquí.

―Por supuesto. Estáis en vuestro derecho. Es vuestra casa.

Sancho le dio la espalda y entró dejando el paso expedito a Rodrigo.

Olía bien en el interior de la vivienda ahora. El joven había aprovechado el escaso tiempo que Sancho había dejado pasar antes de llamar a la puerta. Asaba carne de cerdo en las brasas del hogar y una cazuela con caldo se calentaba también al fuego.

―Podéis comer lo que había preparado para mí ―invitó Sancho sin demasiado entusiasmo.

―Nada de eso. Compartiremos lo que cocináis. Supongo que tendréis hambre después de un duro día de mercado.

―No os preocupéis por mí, me conformo con poco. Y si hoy ayuno, comeré mañana.

―Insisto, repartiremos eso que habéis preparado.

Rodrigo se deshizo de sus ropas más pesadas y de sus bártulos y se sentó. Sancho colocó entre tanto sobre la mesa un cuenco de arcilla con aquel caldo humeante y una bandeja con una abundante ración de costillas. Sirvió dos jarras de vino de la tinaja y al fin se sentó también.

El joven de Olite se había colocado al otro lado de la mesa, a cierta distancia de Rodrigo, y comenzó a comer sin intención alguna de articular palabra.

Sin embargo, la buena disposición del hijo de su patrono y el vino hicieron su efecto.

Rodrigo se interesó por aspectos que nada tenían que ver con la carnicería, ni con los dineros.

Le preguntó por el reloj de la torre del Chapitel, por los planes del rey Carlos III para continuar con la construcción de su fantástico palacio y por los impuestos.

Consiguió que su anfitrión se relajara. Acabaron riendo con las ocurrencias de Sancho para vender a las mujeres, con sus trucos y anécdotas, hasta que la conversación pareció morir.

El carnicero de Olite volvió a mostrarse distante y se levantó para retirarse a la alcoba.

Fue entonces cuando Rodrigo le habló de aquello que tenía guardado a la espera de hallar el momento oportuno.

―Sé por lo que estás pasando y no es mi voluntad entrometerme en tu trabajo, pero quiero que sepas que puedes apoyarte en mí para cualquier cuestión en la que pueda ayudarte.

No te deseo mal alguno, al contrario. Y no quiero que pienses que vengo a controlarte.

Mi padre no sabe que estoy aquí ―confesó en la locución más directa de toda la noche.

Sancho entrecerró los ojos, pero su rostro no mostraba ira ni enfado.

―No alcanzo a entender la razón por la que mi señor consiguió más dinero los días que estuvo aquí. Si lo supiera ya le habría puesto remedio.

Rodrigo respiró aliviado. Al parecer se había ganado su confianza.

―¿Vendes menos, tus precios son más bajos o existe alguna otra razón? ¿Repasas las anotaciones de la recaudación? ¿Haces algún cálculo de lo vendido para llevar el control?

Sancho tensó el gesto.

―Si debo responderte, te diría que no lo sé y que no hago cálculos. Pero te aseguro que tomo todas las precauciones. Guardo el dinero de cada venta en el zurrón con sumo cuidado, deposito cada día la recaudación en el cajón y solo tomo lo necesario para llevar adelante el negocio.

―Quizá alguien sepa donde escondes el dinero y, cuando no estés, sustraiga pequeñas cantidades para no ser descubierto.

―No es así. Estoy seguro. Tengo mis trucos para saber si alguien toca el cajón. La forma en que lo tapo, la manera en que coloco las monedas. Lo hubiera notado.

―¿Has comparado si las anotaciones han variado en algún momento? ¿Son las mismas que los días en los que estuvo mi padre?

Sancho volvió a mostrar un gesto de incomodidad, pero no contestó a su pregunta de forma directa.

―Rodrigo, yo no sé de cálculos. No sé leer ni sé escribir ―se sinceró al fin.

La confesión dejó confundido al de Pamplona.

No acababa de entender cómo aquel joven había conseguido engañar a su padre.

Las gentes del pueblo eran analfabetas y, de hecho, en su día a día no necesitaban leer ni escribir.

Se dedicaban a cultivar los campos, a cuidar a los animales, a ejercer tareas de albañilería, cantería o a desarrollar trabajos sencillos para maestros y señores.

Muchos artesanos y comerciantes ni siquiera sabían de números.

Sin embargo, para llevar a cabo la labor encomendada a Sancho era necesario hacer los cálculos y anotaciones necesarias para dar cuenta después a su patrono.

―¿Cómo consigues tener las recaudaciones registradas? ¿Cómo es que mi padre no se dio cuenta de que no sabías hacerlo?

―Porque él solo se fijó en mi forma de tratar al ganado, observó mi habilidad para sacrificar los animales, para despiezar la carne, mi forma de vender en el puesto del mercado y cómo me relaciono con las cocinas de palacio.

Los días que estuvo aquí fue él quien lo hizo.

Él llevaba las cuentas y después de cada jornada anotó los importes.

Conforme fue respondiendo a su interlocutor, el rostro de Sancho se fue iluminando para concluir su disertación con la seguridad que hasta ese momento le había faltado.

Rodrigo lo miró sorprendido.

―Pero entonces, ¿cómo lo haces cuando él no está? ¿Cómo es que registras las recaudaciones en el pergamino?

―Si confías en mí, pronto lo sabrás. Entonces sin duda conocerás al ladrón ―le contestó de forma enigmática.

―¿Sabes de quién se trata? ¿Por qué no lo has denunciado antes? ―preguntó nuevamente Rodrigo sin entender nada.

―Desde que tu padre me acusó de llevarme dinero le he dado muchas vueltas y hasta ahora no había dado con una buena idea. Pero hablando contigo creo haberlo hecho.

―No entiendo nada.

―Pronto tendré la oportunidad de comprobar si estoy en lo cierto. Si te quedas conmigo tú mismo serás testigo.

Rodrigo se mantuvo un instante expectante a la espera de una aclaración, pero Sancho cambió entonces el tono.

―Quizá tu padre ya no me permita llevar este negocio cuando descubra que no sé leer ni escribir, pero al menos evitaré una sentencia que me podría condenar a la mutilación de una de mis manos o de una oreja. Y eso no lo puedo permitir. Soy inocente.