El privilegio CAPÍTULO 12.
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CAPÍTULO 12.

La casa que Miguel y María habían adquirido en Olite era uno de los últimos edificios protegidos por el cerco de fuera.

Era allí donde ahora residía Sancho. La calle en la que se encontraba, la rúa Mayor, unía la Puerta de Tudela por el sur con la Puerta del Chapitel y, ya en el interior del cerco de dentro, se prolongaba hacia el norte partiendo la villa en dos mitades, como si de una nuez se tratara.

Rodrigo llegó hasta la casa, esperó a que se despejaran los alrededores y, cuando el último de los transeúntes desapareció de su vista, se acercó y abrió el portón sin dificultad.

Pensó que si Sancho lo descubría en el interior de la vivienda, no podría recriminarle nada.

Simplemente accedía a la casa de sus padres.

Sin embargo, no estaba seguro de querer desvelar tan pronto su identidad.

La vivienda era muy austera. Disponía de una sola planta y estaba compuesta por tres estancias muy reducidas: la que servía de cocina, una cámara donde dormía Sancho y una más por si Miguel necesitaba pasar allí la noche.

Las únicas ventajas del edificio eran la cercanía a la Puerta de Tudela y el amplio erial que se extendía en la parte posterior, donde campaban a sus anchas gallinas, conejos y varios cerdos.

El rebaño de vacas y bueyes que poseía allí Miguel pastaba en los campos al sur de la villa, lo que facilitaba a Sancho su recogida.

Rodrigo tardó muy poco en inspeccionar la casa y no vio nada que le llamara la atención.

En la cocina, además del fuego ahora apagado sobre el que se sujetaba una cazuela, se repartían una mesa alta con platos, jarras y cubiertos, otra más baja con dos sillas y un pequeño aparador sin puertas.

El mueble únicamente contenía algo de carne seca salada, un mendrugo de pan y un cazo.

Apoyada en el suelo, a uno de sus costados, se hallaba también una tinaja pequeña con vino.

Tampoco encontró nada en los dos cuartos.

Se preguntó dónde guardaría la recaudación y, pese a que volvió a recorrer con la mirada las tres estancias, no encontró ningún arcón ni ningún lugar disimulado en el que pudiera hacerlo.

Quizá no mantuviera el dinero en la vivienda.

Sin duda se encontraría más protegido en el interior de la casa, pero no guardarlo allí podía ser una manera inteligente de despistar a quien osara sustraerlo.

Quizá escondiera la recaudación en la campa, en la estructura de madera que conformaban los pequeños porches que protegían a los animales de la lluvia.

Allí se hallaban los comederos y bebederos y había un buen número de cajones y cajas de madera que podían ocultar algún escondite.

En el momento en el que se disponía a inspeccionarlos escuchó sonidos que parecían provenir del portón de acceso a la campa.

Debía de tratarse del camino que utilizaba normalmente Sancho, ya que de esa forma no necesitaba pasar con el rebaño por la rúa Mayor.

Se abrió el acceso y aparecieron dos mulas en las que el carnicero portaba las tablas del puesto ambulante y la mercancía sobrante del mercado.

Solo después de que los animales entraran en el patio, lo hizo él.

Para entonces Rodrigo había desaparecido de la vista.

El de Pamplona dudó entre revelarse a Sancho u ocultarse con el fin de comprobar lo que hacía con el dinero.

Nunca había escuchado a su padre contar el detalle de sus visitas a Olite ni nada que tuviera que ver con la forma en la que cobraba la recaudación.

No sabía si Sancho le entregaba directamente el zurrón o si era él quien lo recogía en algún lugar convenido.

Supuso que, en el caso de que hurtara una parte de la recaudación, lo haría en el momento en el que volviera del mercado, así que decidió observarlo.

Además de la puerta que comunicaba la casa con el patio, un estrecho ventanuco se abría en la cocina junto al fuego del hogar.

Rodrigo trató de observar desde allí. Pudo distinguir cómo Sancho liberaba a las mulas de sus aparejos y las llevaba hasta la zona en la que se encontraban los comederos y bebederos.

El joven volvió al pequeño porche donde habían quedado las carretas, recogió la carne sobrante y la colocó encima de una amplia mesa que probablemente utilizaría para despiezar los animales.

Y al fin, tras retirar una manta desplegada en la base de una de las carretas, apareció la arqueta en la que debía encontrarse el zurrón.

El joven la tomó y se dirigió hacia un rincón del porche que Rodrigo no alcanzaba a ver.

Se trataba de la misma pared de la ventana desde la que observaba, por eso decidió cambiar de ubicación y asomarse a la puerta.

Lo hizo muy despacio, tratando de no ser descubierto, y pudo comprobar que Sancho se hallaba de espaldas.

Al parecer había abierto la caja, había sacado el zurrón y, en aquel mismo instante, llevó a cabo una maniobra sobre la pared de la casa.

La base del edificio estaba construida en adobe y a partir de los cuatro o cinco codos de altura en madera.

Y era allí, disimulado bajo uno de aquellos largueros, donde guardaba la recaudación.

Rodrigo no observó ninguna conducta en Sancho que le hiciera suponer que sustraía parte del dinero.

Había depositado las monedas en aquella especie de hueco.

Volvió a taparlo con una tabla y guardó el zurrón vacío en la arqueta.

Se acercó a los animales y echó hierba seca en los comederos con un sarde.

Rodrigo se retiró antes de que Sancho entrara en el edificio y se acercó a la puerta que daba a la calle principal.

El único riesgo que corría si el muchacho de Olite lo descubría en aquel momento era que, al no reconocerlo, lo atacara.

Por eso, el menor de los hijos de Miguel prefirió salir de la casa y presentarse llamando a la puerta.

Estuvo a punto de darse de bruces con una mujer procedente, quizá, de la Puerta de Tudela.

Portaba una cesta en la cabeza en la que transportaría alguna verdura o fruta recogida esa misma tarde.

Rodrigo la esquivó y la saludó, pero la mujer ni siquiera gesticuló.

Lo miró fijamente mientras se cruzaba con él, para continuar su camino.