El privilegio CAPÍTULO 11.
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CAPÍTULO 11.

Rodrigo no tenía la altura ni la fortaleza de su hermano Felipe, pero era ágil, ligero y diestro en el cuerpo a cuerpo.

Cuando eran niños ponían a prueba su puntería tirando piedras contra cualquier valla o árbol; rivalizaban cada día por llegar antes a casa, por capturar algún ratón o lagartija, y él había desarrollado habilidades para ser capaz de competir con su hermano mayor.

Deseaba que sus padres lo quisieran como a Felipe y se obligaba a igualarse con él en cualquier competencia.

Los había oído discutir cuando hablaban sobre él, había escuchado conversaciones sueltas sin entender demasiado.

Solo se quedaba tranquilo cuando su madre aseguraba a su padre con vehemencia que él era hijo de ambos.

Muchas veces se había escondido bajo las escaleras de su casa en Obanos para escucharlos y, cuando al fin entendió la razón por la que su padre dudaba, se le cayó el mundo encima.

No quiso hablar con nadie de su familia y durante semanas odió a su madre.

Si su padre dudaba, debía de tener motivos.

Pero con el paso del tiempo, la acabó creyendo.

La determinación con la que se empleaba cuando hablaba con su padre lo acabó convenciendo. Era incapaz de haberlo engañado.

Sin embargo, siempre había sentido que su hermano Felipe era especial para sus padres y que él no lo era tanto.

Por eso siempre había querido mostrarles su capacidad y su determinación.

Se empeñó en ser mejor ganadero y carnicero que su hermano Felipe.

Quizá no pretendía otra cosa que demostrar a Miguel que era como él: que compartía sus gustos, que se parecía a él, que era hijo suyo.

Llegó a caballo a las inmediaciones de la villa de Olite a media tarde y quedó impresionado.

Después de Pamplona, Tudela y Estella era la población con más habitantes del reino y la amplia superficie repleta de casas, torres y murallas que pudo apreciar desde allí lo atestiguaba.

Al núcleo original, constreñido por el cerco de dentro, se le fueron añadiendo nuevos barrios hacia el sur como consecuencia del otorgamiento del fuero de Estella.

Se cubrieron los fosos para dar continuidad al terreno adyacente a las murallas y a su vez se aprovechó para crear un entramado de túneles por debajo.

Algo después, una vez se pobló aquel espacio, se levantó el cerco de fuera, duplicando el diámetro del recinto original.

Tras superar el muro exterior de la villa, el hijo menor de María y Miguel se acercó al recinto donde se hallaban el Palacio Real y la iglesia de Santa María y se detuvo para admirar nuevamente lo que se alzaba ante sus ojos.

La muralla rodeaba aquel espacio central a lo largo de unos dos mil pies e, incrustadas en ella, se habían construido veinte torres equidistantes.

La Puerta Sur, protegida por la torre del Chapitel, se convertía en un pasadizo que daba entrada al interior del recinto a través de dos arcos apuntados.

Rodrigo permaneció unos instantes tratando de serenar su ánimo.

Se había sentido muy dolido por la indiferencia de su padre y por su negativa a que viajara a Olite.

Así que, después de unos días, decidió hacerlo sin su consentimiento.

Cuando Miguel se encontraba en el mercado, fuera de la casa, comunicó a su madre su intención y, pese a que ella trató de convencerlo para que esperase el permiso de su padre, no le hizo caso.

Todavía no sabía lo que haría para conseguir su propósito.

Había recorrido el camino desde Pamplona rumiando la forma en la que descubrir a Sancho, pero cuando llegó, después de media jornada cabalgando, todavía no había dado con ninguna fórmula mágica.

Desmontó y se dirigió como un visitante más hacia la puerta que daba acceso al centro de la villa.

La lonja se encontraba en su momento álgido y un hervidero de gente cruzaba la muralla de uno a otro lado cargando con mercancías.

Junto a la torre del Chapitel se vendía grano, paños y otras mercancías y era también allí donde se pagaba la lezta por el tránsito de mercancías.

El rey controlaba que el pan, la harina, la cebada, avena, sal y legumbres se vendiesen con sus medidas y pesos para evitar la picaresca en el pago del porcentaje exigido a los comerciantes.

Se detuvo a observar la maestría de los vendedores de tejidos en el manejo de las varas de hierro al medir el material.

Y, junto a ellos, justo al lado de la puerta que daba acceso a la torre, localizó el puesto de carne en el que un muchacho moreno y apuesto charlaba animadamente con varias mujeres.

Rodrigo dejó su caballo al cuidado de varios mozos en un establo levantado para las ferias y se acercó a una taberna al aire libre a tan solo unos pasos del puesto de carne.

Sancho tampoco conocía a Rodrigo y eso permitió a este elegir un lugar cercano desde donde observarlo sin miedo a ser identificado.

Pidió una jarra de cerveza y se dispuso a supervisar cada movimiento del joven carnicero.

No pasó nada reseñable durante un buen rato, aunque Rodrigo pudo comprobar que la forma de trabajar de Sancho hacía honor a su reputación.

Mantenía en todo momento una actitud activa, llamaba a los transeúntes para que se acercaran al puesto y hacía gala de un trato excelente con todos sus clientes.

Rodrigo se fijó en una mujer de cierta edad que señaló el lugar en el que se hallaba expuesta la carne de cerdo.

Sancho preparó el encargo e inmediatamente después pareció ofrecerle alguna otra pieza.

La mujer la rechazó inicialmente, sin embargo, ante la insistencia y la gracia del joven, accedió y acabó llevándosela.

Cobraba los dineros y los introducía en un zurrón que aseguraba tras cada venta.

Lo ataba con un par de nudos y a continuación lo guardaba en una pequeña caja de madera que mantenía a su alcance en todo momento.

Rodrigo se encontraba tan concentrado que no reparó en un grandullón de cara colorada que se había acomodado a su lado.

Apoyaba su jarra de vino en la tosca mesa de madera y sus tragos eran largos y ruidosos.

El desconocido vestía calzas pardas y un amplio sayo que, sin embargo, no llegaba a disimular su enorme barriga.

Solo cuando el de Pamplona se apercibió de su presencia, el desconocido se animó a dirigirle la palabra.

―¿Nunca habíais visto un mercado como este? Por vuestros ropajes estoy seguro de que habéis comprado muchas veces en ellos ―resopló rascándose su prominente nariz en forma de patata.

Rodrigo despertó del trance.

―Por supuesto, estoy pensando traer aquí mi mercancía y quería visitar la villa ―contestó algo vacilante.

―¿O es que espiáis a alguien? ―insistió el hombre soltando una fuerte carcajada.

―En absoluto, solo aprecio la afluencia que puede tener el mercado un día como hoy.

Rodrigo había tratado de dar una respuesta coherente, pero sus palabras denotaron cierta incomodidad.

―No os preocupéis. No os denunciaré.

―No hay ninguna razón para ello ―respondió ágil ahora―. ¿O acaso está prohibido tomar una cerveza mientras me deleito observando a las buenas mozas de la villa?

El narigón lo doblaba en peso y, cuando lanzó una nueva carcajada, soltó tal empellón a la mesa con su barriga que estuvo a punto de hacer caer las jarras.

―Soy Fortún, para serviros ―se presentó―. Pertenecí a la guardia real durante años. Ahora tengo una pensión que procura nuestro soberano. Pero cualquier cosa que necesitéis yo puedo conseguirla.

―Soy Rodrigo, curtidor y zapatero de Pamplona ―mintió el joven.

―Honesta profesión, si en ella os empleáis ―contestó irónico.

Faltaba muy poco tiempo para que atardeciera y algunos comerciantes comenzaban a desmontar los puestos y a recoger la mercancía.

―Es pronto para cerrar la venta. ¿Existe alguna ordenanza que los obliga a hacerlo? Todavía circula mucha gente por la lonja.

―Solo desmontan sus puestos aquellos que abandonan la villa. Prefieren hacer de día el camino de vuelta. El resto se quedará aquí al menos hasta que el reloj marque las seis de la tarde ―contestó señalando la torre del Chapitel.

Rodrigo miró hacia el edificio y advirtió la existencia de algo que nunca había visto.

La torre lucía en lo alto un extraño artilugio con un sol pintado en el centro rodeado por una franja circular.

En ella se distribuían las veinticuatro horas del día representadas con números romanos.

El reloj, sobre un fondo azul, disponía de una sola aguja que iba de un lado a otro del círculo señalando las horas.

En las esquinas estaba representado el símbolo del lazo de Carlos III y a ambos lados del mecanismo aparecía también la heráldica del rey.

―Ha encargado colocarlo nuestro señor Carlos, soberano del reino ―anunció el grandullón anticipándose a los pensamientos de Rodrigo―. ¿Habíais visto algo así en la capital o en alguno de nuestros reinos vecinos? Yo he recorrido tierras y ciudades lejanas y no lo he visto.

―Entonces, ¿de dónde lo trajo?

―De una de sus largas estancias en París. Quiere levantar en Olite la residencia real más portentosa. Esto es solo un guiño de su intención.

Fortún le explicó que los habitantes de la villa se habían visto sorprendidos cuando lo instalaron. Le contó que había supuesto un enorme cambio en sus hábitos. El reloj se había instalado en la plaza a la vista de todos y ahora muchas de sus costumbres se regían por aquel ingenio.

Rodrigo recondujo la conversación hacia la información que le interesaba.

―¿Dictan las ordenanzas una hora en la que los mercaderes deben recoger sus puestos?

―En menos de una hora no quedará en pie tienda alguna, si es eso lo que queréis saber ―contestó con ironía.

La aguja del reloj de la torre señalaba en aquel momento las cinco de la tarde y Rodrigo, pese a no estar acostumbrado a aquella forma de medir el día, pensó que estaba a tiempo.

Se levantó de la mesa, pagó su última jarra de cerveza, la de Fortún y se despidió de él.

El hombretón no dejó de mirarlo hasta que desapareció de su vista.