CAPÍTULO 10.
La reciente visita de Felipe a las obras de la catedral, después de mucho tiempo sin hacerlo, le había impresionado y devuelto la inquietud por conocer sus pormenores. Con el beneplácito de sus padres, se propuso luchar con todas sus fuerzas para ganarse la vida con la que era su pasión.
El joven llegó al solar donde se edificaba la basílica y observó un par de carretas de llanta claveteada cargadas con piedras grandes ya esculpidas y escuadradas.
Estaban destinadas al muro del lado norte y hacia allí las trasladaban.
Los arquitectos habían proyectado el edificio en la ubicación exacta en la que se hallaba el templo anterior, lo que había facilitado enormemente los primeros trabajos.
Además de utilizar las piedras de la catedral derruida, también se estaban aprovechando sus antiguos cimientos.
Felipe esperó a que los carros accedieran al espacio donde se levantaría la nave central y, solo cuando observó que el paso se encontraba despejado, se atrevió a acercarse.
Los oficiales presentes en la obra lo habían despachado en alguna ocasión y prefería pasar desapercibido.
Lucía en Pamplona una mañana espléndida y el sol castigaba a albañiles y mazoneros.
Los muros exteriores del edificio apenas contaban con unas tres hiladas y no existían todavía sombras en las que guarecerse.
Se situó a cierta distancia de los obreros.
De esa forma, disponía de una perspectiva que le permitía imaginar el volumen que vendría a ocupar el edificio, así como la combinación de sus diferentes elementos.
Se había propuesto estar al tanto del avance de los trabajos, conocer al detalle los materiales, los procesos y las técnicas que estaban utilizando.
Cada día subía hasta la catedral para comprobar con sus propios ojos las nuevas soluciones constructivas de las que había oído hablar.
Sin embargo, todavía era muy pronto para encontrar en el edificio arcos apuntados, bóvedas de crucería y arbotantes, elementos que, según contaban, conseguían distribuir mejor el peso de la estructura.
Había escuchado que los arcos que sustentarían los techos del templo serían exagerados, que las bóvedas se encontrarían suspendidas en el cielo y que las paredes albergarían grandes ventanales.
Y él trataba de reproducirlo en su mente para luego plasmarlo en los pergaminos.
La única forma de ser contratado por los arquitectos de la fábrica era adelantarse a los trabajos en curso y mostrarles sus dibujos.
Sin embargo, consideraba que los esbozos que había trazado hasta aquel momento eran imperfectos e indignos de uno de los tracistas cuya responsabilidad fuera diseñar la futura catedral de Santa María.
Los carpinteros estaban montando varios andamios y una polea que les permitiría seguir tirando hiladas a mayor altura.
Pero esa mañana no encontró en la obra del nuevo edificio nada diferente a lo que había visto hasta entonces y decidió acercarse a su lugar preferido, el precioso claustro situado apenas a unos cien pies.
En cuanto llegó a la plaza en la que se ejecutaban los últimos trabajos, se fijó en los nuevos maineles.
Tenía devoción por aquellas estrechas columnas que separaban el espacio de cada uno de los ventanales.
En el ala sur un escultor labraba con maza y gradina un capitel, mientras otro dibujaba en el suelo la montea.
Sobre aquella base colocarían posteriormente una de las tracerías a través de las que se podría contemplar el amplio jardín central.
Una nueva carreta tirada tan solo por una mula apareció proveniente de la rúa Mayor de la Navarrería.
La conducía Pedro, el cantero de más edad entre todos los que Felipe conocía.
En cuanto se dirigió hacia el centro exacto del claustro, uno de los maestros de la fábrica advirtió la presencia del carro, dejó los planos sobre una piedra que le servía de apoyo y corrió hacia él con gestos de desaprobación.
―¡Por Dios! ¡Tened cuidado con la carga! ¡Está inclinada! ―le gritó―. ¡Si se caen esas esculturas arruinaréis la labor de semanas!
―No os preocupéis, maestro. Está bien sujeto. Es mi propio trabajo y, si cayera, sería yo quien no recibiría ni siquiera un carlín prieto ―contestó el viejo con tranquilidad.
El cantero comenzó a desatar las cuerdas y a descargar con muchísimo cuidado las piezas mientras el arquitecto observaba la maniobra con preocupación.
Felipe se acercó unos pasos y, aún a cierta distancia, comprobó que las esculturas que transportaba formaban parte de una de las tracerías que restaban por colocar.
Se dio media vuelta y se retiró nuevamente al rincón semioculto del antiguo claustro.
Varios mazoneros ayudaron a transportar las piedras esculpidas con sumo cuidado hasta el lugar donde irían emplazadas.
Y solo entonces Felipe imaginó cuál sería la composición final y comenzó a dibujar.
Los últimos días estaba utilizando pieles de cabra curtidas que Ane había tomado del taller de su padre.
Ese soporte facilitaba trazar las líneas sin que la tinta se corriera.
De vez en cuando el joven dibujante dirigía su mirada hacia la obra, que poco a poco fue tomando forma casi en sincronía con sus trazos.
El tiempo pasó mucho más rápido de lo que hubiera imaginado.
Cuando todavía faltaba la última pieza por colocar, una enjuta que volaba sobre las tracerías del ala sur, él había completado el dibujo.
Levantó la vista para comparar el resultado final con su propio trabajo y fue entonces cuando lo vio, situado en su costado derecho, con aquel aparatoso capirote enroscado en la cabeza.
―¿Dónde habéis aprendido a dibujar así?
El maestro de obras se había acercado hasta Felipe sin que este se diese cuenta. Trató de tapar su dibujo, como si aquello que había estado haciendo no estuviera permitido, pero de inmediato el arquitecto le disculpó.
―Por favor, no hagáis eso. Tenéis talento, sin duda. Soy Perrin de Simur, arquitecto y maestro de obra de la fábrica de la catedral de Santa María la Real ―cantó en un retintín moviendo mucho las manos.
Felipe había oído hablar de aquel hombre.
Llegado de Francia como albañil, pronto se convirtió en el tracista y director de las obras de la catedral.
El día en que Lancelot, hijo natural de Carlos III, depositó un florín bajo la piedra clave del templo en una solemne ceremonia, Perrin de Simur ya era el maestro principal.
Extrañado de que una personalidad tan importante en la obra de la catedral se dirigiera a él, Felipe no reaccionó en un primer momento. Pero ante su halago, descubrió el pergamino.
―Siempre me ha gustado trazar las líneas de los edificios, sus ventanas, sus arcos... y simplemente he tratado de reproducir lo que se estaba construyendo ―confesó.
―Por supuesto. Si no fuera por esa afición no hubierais logrado el resultado que estoy observando. ¿Trabajáis en algún taller? ¿Dónde practicáis? ―se interesó.
―No. No trabajo en ningún taller. Practico en la escuela de la Navarrería, donde mi amigo Simón enseña caligrafía, ortografía y música.
―¿Y de qué vivís? ¿Cuál es vuestra ocupación? ¿O poseéis una fortuna que os permite vivir sin trabajar? ―bromeó.
―Soy carnicero y me ocupo del ganado de mi padre, Miguel de Obanos. Quizá lo conozcáis.
―He oído hablar de él, vivo en el Burgo, e incluso sé que mi sirvienta os compra carne. Pero no lo conozco personalmente. En todo caso, os aseguro que vuestras manos valen mucho más que las de un carnicero.
―Solo si esas manos diseñan edificios, arcos o esculturas que luego se llegan a hacer realidad. Si esos dibujos no acaban reproduciéndose en una construcción, solo son garabatos y no valen nada ―se lamentó Felipe.
El maestro de obras lo miró con curiosidad.
―No lo creáis. He visto en Toulouse, en París, en Florencia, pinturas y esculturas cuya función no es la de decorar un edificio sino ser contempladas aisladas de cualquier distracción. Te aseguro que valen su peso en oro.
Felipe asintió mientras el arquitecto permanecía impertérrito observando sus dibujos.
―¿Os gustaría trabajar en mi taller?
El joven lo miró fijamente.
―Tenemos tanta labor que estoy seguro de que aprenderíais muy pronto, si es que no dibujáis mejor que alguno de mis ayudantes ―le aseguró.
En la cabeza de Felipe se agolparon todas las respuestas a la vez.
Su padre quería que heredara todo su legado, sin embargo, el dibujo, el trazado de futuros edificios y esculturas se había convertido en una vocación incontenible para él.
Pasaron por su cabeza como una ráfaga recuerdos de aquella afición.
Desde muy pequeño se había entretenido dibujando, haciendo pequeños bocetos con carbón en telas estiradas y en pergaminos, cuando los conseguía, y ahora quizá podría hacer realidad su deseo.
―¿Os gustaría ayudarme? ―insistió.
―¿Ayudaros? ¿A construir la catedral? ―dudó Felipe ingenuo.
―A imaginárnosla, a dibujarla y, luego, a construirla, sí.
El brillo en los ojos marrones del joven y la sonrisa en su semblante bastaron al arquitecto para anticipar su respuesta.
―Pero yo no sé nada de construcción ―balbuceó al fin―. Imagino los edificios más hermosos, las obras más bellas, sin embargo, no sé los pies que debe medir un pilar, ni la anchura que debe alcanzar un muro para que no caiga.
―Aprenderéis pronto. No me cabe ninguna duda ―le aseguró.
―¿Me pagaríais por dibujar para vos? Mi padre no me permitirá desempeñar ese trabajo si no me gano la vida con él, quiere que trabaje en su negocio.
El maestro lo miró pensativo.
―Quizá pueda solucionarlo. No cobraríais mucho inicialmente, pero con vuestra habilidad, si os empeñáis, pronto podréis llegar a ser aprendiz de arquitecto.
―Caviló unos instantes―. Y sobre todas las cosas, podréis honrar a nuestro Dios.
Edificaremos juntos un templo que lo ensalce, participaréis en la construcción de la catedral más impresionante que jamás se haya erigido. Si lo hacéis, ganaréis la vida eterna.
El maestro dejó que sus palabras prendieran en el espíritu del joven y a continuación dio el siguiente paso.
―¿Podría hablar con vuestro padre? ¿Vivís en el Burgo?
―Así es. Nuestra casa se encuentra en la placeta enfrentada a la iglesia de San Cernin ―le contestó sin pensarlo.