CAPÍTULO 9.
Lot ben Abraham, el médico judío, saludó a Juan nada más entrar en la casa del rabino y se dirigió a él con la intención de que fueran Jerónima y Blanca quienes escucharan sus palabras.
― Shalom aleijem , Juan. La presencia aquí de estas mujeres es innecesaria. Ya te lo advertí. Todos nuestros médicos han reconocido al rabino Levy y no han podido curarlo. Morirá esta misma noche ―sentenció con suficiencia y amargura.
―Dejad que lo examinen. Quizá encuentren algo en su cuerpo que puedan tratar ―pidió Juan.
―Es imposible que dos curanderas reconozcan una enfermedad que ni siquiera han estudiado ni tratado. No son médicos ni cirujanos.
Su aspecto era muy parecido al de todos los judíos.
Vestía una saya blanca, portaba el talit, pese a tratarse de una prenda utilizada para la oración, y la kipá cubría su coronilla.
Incluso sus rizos negros y su barba lo hacían uno más.
La única diferencia respecto del resto de miembros de la comunidad mosaica era su extraordinaria gordura.
Lo llamaban el Buey porque su peso, y también su volumen, eran al menos como los de dos hombres de complexión fuerte.
El médico no se había apartado del vano de la habitación donde descansaba el jerarca judío, impidiendo con su corpulencia la entrada de las dos herbolarias.
Juan intervino con calma.
―No perdemos nada ahora que Jerónima y Blanca están aquí. ¿O acaso preferís dejar que nuestro rabino muera sin agotar todas sus posibilidades de cura? ―acusó de forma velada.
Se hizo un silencio tenso que pareció durar una eternidad.
El rabino Levy era el hombre de más edad de la aljama y los judíos lo veneraban.
Todos coincidían en que se trataba de un hombre sereno y sabio, pero muchos defendían además su santidad.
Y, tal y como había insinuado Juan, quien no permitiera agotar sus esperanzas de sanación sufriría sin duda el reproche, incluso la denuncia de otros miembros de la comunidad.
El médico se retiró finalmente, dejando expedito el acceso a la habitación.
―Si pensáis que estas dos iletradas pueden curar a nuestro rabino es que no sabéis nada de medicina ―masculló con desprecio.
Jerónima y Blanca se acercaron al enfermo y se dispusieron una a cada lado de la cama. El rabino tenía los ojos abiertos, pero no respondió con ningún gesto a su llegada.
―¿Qué le ocurre? ―preguntó al médico la anciana herbolaria sin ningún tipo de cortesía.
―Todos sus humores se encuentran en desequilibrio. Si sois tan capaces como el converso defiende, no hace falta que yo os lo cuente ―contestó el Buey.
El enfermo estaba fuera de sí. No fijaba su mirada en los presentes ni en ninguno de los objetos de la habitación.
Sus ojos buscaban el infinito mientras barrían de izquierda a derecha y de derecha a izquierda su campo de visión.
Las dos herbolarias destaparon al rabino y observaron su cuerpo cubierto de erupciones rojizas.
―Le hemos aplicado sangrías para reducir sus rojeces; le hemos dado tranquilizantes para detener ese recorrido nervioso de los ojos. Pero el efecto sobre sus síntomas solo dura un rato. Se adormece y en cuanto despierta vuelve su gesto mecánico. No podréis hacer nada ―vaticinó Lot.
Jerónima se detuvo un instante y buscó en su memoria algún momento en el que se hubiera enfrentado a aquellos síntomas o en el que simplemente le hubieran hablado de ellos. Sin embargo, su gesto de desengaño revelaba que no había dado con ello.
―¿Cómo os encontráis? ―habló la herbolaria al paciente tratando de provocar algún tipo de reacción.
No hubo respuesta, ni gesto, ni siquiera alteración en la conducta del enfermo. Blanca situó entonces la mano delante de sus ojos y la movió cruzándola en sentido inverso al barrido de su mirada. El rabino Levy siguió impertérrito repitiendo aquel vaivén a su propio ritmo.
―Si este hombre muere no será como consecuencia de su ancianidad ―dictó Jerónima.
―Es como si hubiera tomado alguna planta o alguna seta venenosa que lo haya sacado de su realidad ―planteó Blanca.
―No lo ha hecho, lo sé. Hablé con Ester, su ama de llaves. Ha seguido su dieta habitual ―intervino el buey Lot con hartazgo.
―Si se tratara de algo parecido, ya se le habrían pasado los efectos o habría muerto ―repuso Jerónima ignorando por completo al médico judío.
El Buey se movió incómodo e insistió en cuestionar la observación de las curanderas.
―No conozco una enfermedad semejante, ni siquiera Juce Orabuena, uno de los médicos reales más prestigiosos, el que fuera mi maestro, registró en sus diarios un caso así. Es imposible sanar a nadie sin conocer el origen de su mal.
Blanca ignoró también a Lot y siguió argumentando ante su maestra:
―No obstante, aunque las causas no sean las que podamos imaginar, aunque no haya probado comida o bebida que haya desestabilizado sus humores, los síntomas son similares. Quizá la medicación que utilizamos para esos males dé resultado.
―Yo lo he hecho ―replicó Lot con sarcasmo―. Además, ¿qué ocurre con la calentura y con el enrojecimiento de su rostro y de su cuerpo?
―Es cierto. Nunca había visto esos síntomas juntos y durante tanto tiempo ―claudicó la anciana herbolaria.
Tras un largo silencio en el que ninguna de las curanderas hizo ni dijo nada, fue Blanca quien reaccionó, como si volviera de algún lugar remoto.
―Jerónima, recordad lo que hemos hecho con el campesino que cayó al agua.
Su maestra la miró sin entender nada.
―Él tenía diferentes afecciones, como puede ocurrirle al rabino.
Y hemos priorizado unas sobre otras para tratarlas en el orden correcto.
De haberlo hecho en otro, quizá no hubieran surtido todo su efecto porque un mal podría haber seguido actuando sobre el anterior ―argumentó―.
Quizá el remedio que se ha utilizado para paliar uno de los síntomas provoque los otros.
O puede ser que el medicamento administrado para tratar de anular después un segundo problema reste efectividad al primer remedio.
Jerónima la miró sorprendida.
―Pero no sabemos cuál es el medicamento que provoca otra afección o cuál de ellos limita los efectos del otro. No sabemos cuál deberíamos utilizar primero para revertir todos los síntomas.
Blanca continuó como si tuviera delante un manual de medicina y lo estuviera leyendo.
―Al aplicar los remedios de forma conjunta, uno detrás de otro, sin darles pausa alguna no hemos obtenido resultados. No sabemos cuál es la afección principal y cuál la provocada o la reactivada.
Mantuvo un instante el silencio y finalmente lanzó su idea.
―Repetiremos la toma de las dos medicinas de forma alternativa las veces que haga falta, pero dejaremos un tiempo entre la administración de una y otra para evitar que interactúen entre sí ―sentenció―. Dejaremos que cada remedio surta su efecto de manera independiente.
Jerónima sonrió.
―Es por eso por lo que quería que vinieras. Todos hemos tenido delante de nuestros ojos los mismos hechos, pero tú ves más allá.
―¿Eso es todo lo que se os ocurre? ―preguntó Lot sarcástico.
Jerónima miró a Juan y este pidió permiso al judío.
―¿Pueden hacerlo?
―Vuestra intervención resultará inocua ―respondió este con una sonrisa de superioridad.
Jerónima siempre portaba a su espalda un petate que contenía algunos de los remedios más comunes: agujas de metal o hueso, hilos hechos con ligamentos de animales para coser heridas, telas para ser utilizadas como vendas y algunos medicamentos para calmar el dolor, para curar determinadas dolencias y para anestesiar al enfermo.
Y Blanca había calcado su costumbre. Siempre llevaba consigo una mochila con la misma colección.
Decidieron comenzar el tratamiento intentando corregir la posible calentura, las rojeces y los sudores que padecía el enfermo.
Cogieron de su arsenal un par de bebedizos y fue Jerónima quien los mezcló en proporciones muy concretas.
Una vez administraron el líquido, derramándolo en la boca del rabino, lo dejaron descansar y salieron de la habitación.
―Ya lo he tratado con esos medicamentos. No dará resultado ―aseguró Lot con sorna.
―A veces dos remedios juntos provocan efectos indeseados, incluso la muerte. Y a veces se restan y no son efectivos. Eso es lo que tratamos de evitar ―contestó Blanca paciente.
―¿Has sido tú, casi una niña, quien ha diagnosticado y prescrito el tratamiento? Es algo difícil de entender ―expuso mirando primero a Blanca y posteriormente al converso Juan.
―En unas horas lo repetiremos y no haremos nada más hasta que se oculte el sol.
Esperamos que para ese momento haya surtido efecto el primer remedio, baje su calentura y atenúe sus rojeces ―explicó ahora Jerónima tratando de defender a su discípula―.
Solo entonces administraremos al enfermo la medicina para corregir su movimiento ocultar incontinente.
Es posible que, tal y como ha apuntado Blanca, desaparezca al tratar únicamente la enfermedad principal.
El médico judío se dio media vuelta y salió de la habitación desplazando su cuerpo con enorme dificultad.
Jerónima había visto en sus ojos y en sus gestos los celos, su desprecio por una ciencia heredada de sus antepasados, y tuvo el pensamiento de que en aquel momento Lot prefería la muerte del rabino Levy a su cura.
―¡Nuestro rabí está más muerto que vivo! ―se escuchó con nitidez al médico antes de abandonar la casa.