El privilegio CAPÍTULO 8.
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CAPÍTULO 8.

Adrián Alegre era un hombre apuesto, culto y atento, y Lorea, la madre de Ane, se había enamorado de él con la cadencia del paso de las estaciones.

El que fuera zapatero de la Población de San Nicolás respetó durante mucho tiempo el luto de Lorea por la muerte de su marido Peru.

Habían transcurrido años del injusto ajusticiamiento del jurado de San Nicolás, cuando se aventuró a pedir a Lorea en matrimonio.

Creyó que ya estaba preparada para afrontar una nueva etapa en su vida, sin embargo, lo rechazó y él siguió viviendo con Blanca, la hija que acogió en su casa siendo una niña.

Él perdió la esperanza y, cuando creía que nunca llegarían a ser más que buenos amigos, fue la pelirroja quien le propuso formar una familia.

Se casaron en la iglesia de la Población, el templo en el que habían orado juntos y al que habían asistido en tantas ocasiones para celebrar las reuniones del concejo.

Siempre recordaban las veces en las que ella se oponía a las decisiones de Adrián cuando era alcalde y reían evocando la encendida defensa de los argumentos de aquella joven rebelde.

Quisieron tener hijos y rezaron a Dios para que así fuera, pero en dos ocasiones Lorea perdió las criaturas antes de que naciesen.

Adrián quería a Ane como si fuera suya y la pequeña lo quiso también como a un padre.

Aquella mañana Ane no se había levantado todavía y su madre se preguntó si se encontraría bien.

La joven pelirroja poseía la energía de su madre y la ilusión y el optimismo de su difunto padre.

En cuanto despuntaba el día salía de casa para asistir a quienes pudieran necesitar su ayuda.

Ane no había dispuesto de ninguna autorización oficial para llevar a cabo su trabajo como defensora de los derechos de pobres y desamparados.

Era Adrián quien acudía a los tribunales para representar a los denunciantes o denunciados a los que Ane ayudaba.

El abogado defendía causas civiles y criminales ante alcaldes de villa, ante la Corte Mayor e incluso recurriendo sentencias adoptadas en esa instancia ante el Consejo Real.

Y ese ejercicio complacía a Ane, que se interesaba por cada uno de los casos en los que trabajaba.

La joven pelirroja había cumplido diecisiete años, edad mínima necesaria para llevar a cabo la labor de abogado, y se había preparado con el mejor maestro.

Adrián le había dado su visto bueno y en apenas unos días, la joven trataría de superar los trámites previos exigidos.

Junto a otros aspirantes debería concurrir a un examen ante jueces y maestros y, una vez declarada apta, prestaría el juramento por el que se obligaba a sostener bien y lealmente a todo hombre al que prometiera su ayuda.

Su padre le había advertido que no conocía a ninguna mujer que hubiera ejercido como abogada y que ese sería su mayor impedimento, pero ella estaba convencida de que demostraría su valía ante el tribunal.

Cuando apareció perezosa en la planta baja de la casa, su madre la miró satisfecha. Se había convertido en toda una mujer. Su pelo rojo intenso, su piel blanca y sus ojos cristalinos no dejaban lugar a la duda: era hija suya.

― Zer moduz, maitia? No tienes buena cara ―le saludó Lorea mientras continuaba pelando un par de aves de caza recibidas como pago por los servicios de Adrián.

―Me encuentro bien, ama . Solo que ayer me acosté tarde ―contestó tomando un trozo de pan recién horneado.

―¿Estuviste leyendo otra vez a la luz de las velas?

―Así es. Si pretendo obtener el permiso para ejercer como abogada, debo prepararme ―se defendió.

Lorea estaba a punto de replicarle, pero antes de pronunciar palabra llamaron con fuerza a la puerta de la casa.

Un fuerte hedor a animales recibió a Johannes en cuanto se acercó al edificio que la muchacha del puente de San Pedro le había descrito.

Junto a la vivienda se encontraba un taller de zapatería donde se curtían pieles de cabras y carneros y en aquel lugar, recogido junto a la muralla de la Población y la torre María Delgada, el olor parecía haberse quedado atrapado.

Johannes esperó en la entrada hasta que una joven pelirroja de piel muy blanca, casi una niña, apareció ante él y le sonrió con gesto amable.

―Busco a Adrián. Me han dicho que vive aquí ―se limitó a explicar el muchacho.

Ane le respondió con desparpajo.

―No se encuentra en casa. ¿Quién lo busca y con qué objeto?

―Soy Johannes de Iguzquiza y busco a quien me defienda de un abuso de la autoridad real.

―¿Un abuso de la autoridad real? ¡Sois apenas un niño! ¿Qué habéis podido hacer? ―exclamó Ane con naturalidad.

―Quizá sea mayor que vos, aunque no lo aparente.

Ane le dedicó una sonrisa conciliadora.

―¿Quién os ha hablado de Adrián?

―Blanca, su hija, me ha dicho que él lo podría hacer. ¿No es esto un taller de zapatero? ―dudó.

―Así es, él fue zapatero, pero ahora es abogado. Esta es la casa que buscáis. Yo también soy hija de Adrián ―le informó―. Él no está, pero puedo escuchar vuestro relato. En tan solo unos días yo también representaré a quien quiera defenderse en los tribunales.

Johannes la miró escéptico.

―Eso es imposible. No lo creo ―replicó angustiado―. Necesito estar con tu padre.

Aunque aquel muchacho nada sabía de abogados y tribunales, no imaginó a Ane defendiéndolo, pero pensó que quizá ella podría trasladar su problema a Adrián.

―¿Contaréis mi historia a vuestro padre?

Ane lo miró con una sonrisa resignada.

―Por supuesto. No os preocupéis, lo haré bien.

Lorea escuchó a Ane despedirse del joven visitante y esperó a que apareciera en la cocina.

―¿Quién era ese muchacho? ¿Tiene problemas?

―Era Johannes, un joven campesino. Vive en un margen del camino viejo que sale de la ciudad hacia el sur.

―¿En el camino viejo? ¿Qué le ocurre?

―Ha pagado los cuarteles correspondientes a la Población de San Nicolás, como todos los villanos de la heredad. Lo injustificable es que dos días después llegó el recaudador del Burgo de San Cernin con la pretensión de cobrarles también el mismo impuesto.

―¿Cómo es posible que dos recaudadores diferentes traten de cobrar lo mismo cuando el beneficiario final de ambas rentas es el rey?

Ane asintió y apretó los labios.

―Johannes está asustado porque les han amenazado con detenerlos y someterlos a escarnio público en el mentidero del Burgo ―se explicó con destreza.

Lorea negó con la cabeza.

―Eso no pasaría si fuéramos un solo concejo con un único alcalde.

―Lo sé, madre. Te lo he oído decir muchas veces. Pero nadie ha sido capaz de cambiar esa realidad.

―Eso no es del todo así. Adrián y muchos de nosotros conseguimos que el rey Carlos III nos escuchara. Y a raíz de esa visita estableció que los burgos de San Nicolás y San Cernin actuaran a muchos efectos como uno solo.

Ane asintió nuevamente mientras daba buena cuenta ahora de un vaso de leche.

―Sin embargo, nunca se convirtió en una realidad ―refutó.

―Si esa decisión volviera a exigirse, ahorraríamos los salarios de muchos funcionarios. Los concejos de cada uno de los tres burgos pagan duplicando o triplicando esfuerzos ―declamó Lorea, como una letanía.

―También lo sé, madre. Pero eso no me sirve ahora para defender a la familia de Johannes.

Lorea se detuvo de pronto y levantó la mirada de la faena tratando de recordar.

―El rey ya dictó ordenanzas sobre el espacio que separa el Burgo y la Población. Ahora parece que es esa zona a la izquierda del camino viejo donde se producen las disputas entre los burgos.

―Es así ―contestó Ane―. A medida que llegan nuevos pobladores y ocupan nuevos espacios crecen los altercados.

―¿Qué vas a hacer?

―Escribiré lo ocurrido y dejaré que Adrián lo lea para que me dé su consejo. Prepararé la defensa de Johannes ante el alcalde del Burgo.

Ane se quedó pensativa por un momento.

― Ama, ha dicho que es imposible que yo pueda defenderlos ―se lamentó la joven pelirroja.

―Quizá no ahora, maitia . Quizá no a él, pero un día lo harás.

Solo tardó un instante en apartar aquel pensamiento de su mente.

―No tienen dinero para pagarnos. Son muy jóvenes y Mencía, la mujer de Johannes, está embarazada.

―Tú sabes que no es necesario que paguen a Adrián. Él actúa como abogado de pobres ―le recordó.

―Lo sé, ama . Espero ser yo quien los pueda defender. Y por supuesto no les cobraré ―contestó con una sonrisa cómplice en sus labios.

La figura del abogado de pobres era una costumbre arraigada en el reino y constituía una norma efectiva: la prohibición de cobrar por los servicios prestados cuando se defendía «por el amor de Dios» a litigantes pobres o desvalidos.

Lorea se compadeció ante la ilusión y la fuerza que irradiaba su hija. Ella siempre la animaba a pelear por cumplir su sueño, pero estaba convencida de que no permitirían a una mujer ejercer la función de un abogado.

―Prepararé los argumentos de mi defensa. Quizá sea el primer hombre al que pueda ayudar por mí misma ―concluyó Ane.