El privilegio CAPÍTULO 7.
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CAPÍTULO 7.

Johannes llegó hasta las inmediaciones del río y se detuvo para observar el caudal.

Las fuertes lluvias y el reciente deshielo de las nieves de la montaña lo habían acrecentado notablemente.

Desde allí el muchacho pudo contemplar el puente de San Pedro que, pese a tratarse del más antiguo de cuantos atravesaban el Runa en aquel tramo, había sido restaurado y lucía ahora robusto y elegante.

Sus tres arcos de medio punto apenas podían dar abasto para filtrar el atropellado paso del agua.

A aquella hora temprana de la mañana caía tan solo un leve sirimiri sobre Pamplona, lo que no fue impedimento para que los habitantes de la ciudad iniciaran sus tareas.

Un par de hombres atravesaban a pie la pasarela en dirección a la capital del reino y una carreta tirada por un buey y guiada por un campesino se disponía a hacerlo.

En cuanto el destartalado vehículo se asomó al puente, se escuchó un crujido seco y al momento la carga que transportaba se desplazó hacia el costado derecho.

El firme de piedra y su leve pendiente hacían que carros y carretas utilizaran siempre la misma trayectoria pisando el suelo ya hollado.

No obstante, muchas veces se encallaban y se hacía necesario empujarlas y ayudar a los animales a superar la traba.

El campesino retrocedió un par de pasos y comprobó la razón por la que se habían detenido.

El eje sobre el que giraban las dos ruedas se había partido.

El buey seguía empujando hacia delante tratando de avanzar, pero al hacerlo, la carreta perdió una de sus ruedas y se clavó definitivamente en el suelo de piedra.

El animal sintió de golpe el empellón, dio un paso en falso y se tambaleó.

―¡Sooo! ¡Tranquilo! ―gritó el campesino tratando de sujetarlo inútilmente.

De pronto el carro se inclinó de forma pronunciada y volcó peligrosamente sobre la balaustrada, que apenas sobresalía tres pies de altura sobre el puente.

Y en una sucesión de acontecimientos, los sacos de grano cayeron también hacia aquel lado, la carreta se asomó al precipicio y el buey se derrumbó sobre el suelo del puente.

Un conjunto informe de ruedas, tablas, sacos y grano se precipitó al vacío; el animal, unido sin solución al carruaje lo hizo a continuación y, por último, el hombre cayó también arrastrado.

El infeliz había tratado de soltar al buey del yugo que lucía su testuz y, en el intento, su muñeca había quedado atrapada a las coyundas que uncían los cuernos del animal.

Johannes escuchó el estruendo justo cuando doblaba el recodo que daba acceso al puente.

Pudo ver con nitidez la caída del carro en el costado derecho de la pasarela.

Apenas se encontraba a unos pasos y corrió para comprobar el resultado final del desastre desde una zona elevada sobre la orilla.

La carreta y la carga habían desaparecido bajo las aguas turbulentas del Runa, mientras el animal, sumergido casi por completo, mugía asustado tratando de salir.

El muchacho vio al campesino, inconsciente sobre la vegetación de la orilla, a tan solo un palmo del agua.

Su mano estaba todavía enganchada a las correas de tiro y cada golpe del agua sobre el buey, alejándolo de la orilla, hacía que el hombre se desplazara también hacia el abismo.

Solo la fortaleza del animal, que aún hacía suelo, podía salvarlo de la corriente descontrolada.

Perdió varios pasos y el campesino, último eslabón de la cadena, se movió también un par de pies.

El brazo que lo arrastraba y su cabeza tocaron ya peligrosamente el agua.

Johannes no se lo pensó. Se lanzó resbalando por la pendiente natural y llegó hasta él antes de que se sumergiera definitivamente en el Runa.

Sujetó su cabeza para evitar que se ahogara, sacó un cuchillo de su faja y consiguió al fin seccionar las bridas de cuero que los unían.

Justo en aquel momento el animal pareció darse por vencido.

Como si fuera el campesino quien estuviera sosteniéndolos, carreta y animal se vieron arrastrados por la corriente y desaparecieron tragados por el primer ojo del puente de San Pedro.

Juan encabezaba la marcha sobre un bonito caballo canela y Jerónima, con Blanca a su espalda, lo seguía a apenas unos pasos sobre un ejemplar de color blanco.

Habían tomado la ruta que los llevaba por el puente de San Pedro para alcanzar la ciudad por la Puerta del Abrevador.

La judería de Pamplona se hallaba incrustada en la parte oriental del burgo episcopal y, pese a estar aislada por un muro y a regirse por normas diferentes, pertenecía a todos los efectos a la Navarrería.

En cuanto los jinetes se acercaron al río se hizo audible el fragor de la potente corriente.

Tuvieron que elevar algo su tono de voz para hablar y de pronto, pese al ruido de fondo, oyeron los gritos de alguien pidiendo ayuda en la ribera del río.

Fue el judío converso quien espoleó a su animal y trotó el trecho que los separaba del puente.

En la orilla, a tan solo un par de pies de la corriente, un joven sostenía el cuerpo de alguien que al parecer había caído al agua. Juan descabalgó y bajó por el pronunciado talud hacia el cauce del río.

Cuando Jerónima y Blanca llegaron, en las losas de la pasarela yacía el cuerpo inconsciente de un hombre. A su lado, Juan y un muchacho embadurnado de barro respiraban todavía sofocados.

Jerónima bajó de su montura y se dispuso a atender al herido. El viejo sangraba por la frente y su brazo derecho se encontraba en una posición extraña.

―¿Se ha ahogado? ―preguntó Blanca mientras descendía tras ella.

― Ez, ez . Todavía respira ―contestó Jerónima a la vez que comprobaba su pulso.

La herbolaria le arrancó la camisa sin miramientos y observó el cuerpo del accidentado. Uno de sus costados se encontraba muy magullado.

―Ha caído al río arrastrado por las bridas de un buey ―explicó Johannes agitado.

Jerónima no contestó, pero supuso que aquel brazo deforme era el que se había enganchado en las ataduras del animal.

Hizo un simple gesto a Blanca y ella pareció entender su propósito.

La joven sujetó al hombre por el torso y Jerónima tiró con un gesto brusco de la extremidad.

El herido lanzó un leve quejido, pero no recuperó la consciencia.

Y, para sorpresa de Juan y del joven Johannes, el brazo pareció recolocarse y recobrar su posición natural.

―Debemos hacer que recupere el calor del cuerpo ―dictó la anciana curandera sin perder ni un instante.

Juan se acercó a su caballo y tomó un par de mantos que guardaba bajo la montura.

―Esto servirá. Están secos y calientes por el contacto con el animal.

Desnudaron al herido y lo envolvieron en las mantas. Solo entonces Jerónima pidió a Juan y a Johannes que lo llevaran a cubierto. Se desplazaron hasta un gran castaño al pie del camino para protegerse de la fina lluvia que seguía cayendo y tumbaron al hombre en el suelo.

―¿Lo conoces? ¿Viajabas con él? ¿Qué ha ocurrido? ―quiso saber la herbolaria.

―Es un campesino. No lo conozco. Me encontraba lejos en el momento que ha caído. Cuando he llegado hasta él he podido cortar sus ataduras y he visto cómo el animal y el carro del que tiraba han desaparecido bajo las aguas.

Jerónima y Blanca no habían dejado de atender al hombre accidentado mientras el muchacho les hablaba.

Cerraron la herida en la frente del accidentado con una sincronía inusual en dos personas que no intercambian palabra y, nada más finalizar la cura, el campesino despertó.

Abrió los ojos, para cerrarlos de inmediato con un rictus de dolor mientras emitía un quejido largo y prolongado.

―Soy Jerónima. ¿Es el costado el que te produce ese padecimiento? ―preguntó.

El herido asintió sin pronunciar palabra, temeroso de que al hacerlo se incrementase el tormento.

―Sin duda te has roto una o varias costillas en la caída.

Solo podemos proteger tu costado para evitar que te apoyes sobre él.

Si las costillas no han dañado tus órganos vitales sobrevivirás, pero si se han astillado y han apuñalado el interior de tu cuerpo, no podremos hacer nada por tu vida ―le habló con sinceridad.

El viejo asintió con los ojos todavía cerrados.

―Este joven os ha sacado del río. Gracias a él seguís vivo ―le informó Juan.

El campesino miró a Johannes con un gesto de sufrimiento y continuó sin hablar, ni siquiera para dar las gracias a su salvador.

Las herbolarias hicieron beber al enfermo de una alcuza de cerámica que contenía un brebaje hecho con mandrágora; le aplicaron un ungüento de árnica en el tórax y lo vendaron con las telas rasgadas de una saya.

En muy poco tiempo construyeron una especie de armazón hecho con ramas de avellano con el que protegieron su costado.

El campesino pronto se encontró algo mejor y se pudo levantar.

Le costó adecuar la forma de desplazarse para no sentir dolor, pero tras varios pasos con un gesto algo encorvado pareció lograrlo.

―Gracias por salvarme la vida ―murmuró con una voz apenas audible.

―Os llevaré hasta vuestra casa ―se prestó Juan.

El hombre pareció hacer un esfuerzo supremo para contestarle.

―Vivo a tan solo unos doscientos pies. En las huertas de la Rochapea.

Les dedicó una sonrisa agradecida y con aquella cojera extraña desapareció muy despacio por el camino del norte.

Juan se dirigió entonces al muchacho salvador.

―¿Cómo os llamáis?

―Soy Johannes de Iguzquiza. Vivo en el camino viejo de la parte sur de Pamplona.

―¿Os dirigís a la ciudad?

El joven señaló hacia el norte y se explicó.

―Llegué hasta Villava para buscar a un pariente de mi esposa. Necesitamos que alguien nos defienda frente a la justicia del rey. Pero, no lo he encontrado.

―¿Habéis cometido algún crimen? ―insistió el judío.

―No. Aunque pude haberlo hecho ―contestó encendido―. ¡Ayer el recaudador pretendió que pagara por segunda vez los cuarteles reales!

Lo miraron sorprendidos.

―Adrián os socorrerá, sin duda ―aconsejó Blanca―. Es mi padre adoptivo y podéis decirle que yo os he hablado de él.

―Pero no tengo dinero para pagar a un abogado.

―No os preocupéis por eso. Habéis salvado una vida y, si vuestras razones tienen fundamento, merecéis también ayuda. Mi padre lo hará.