CAPÍTULO 6.
Jerónima tenía la edad de una anciana, pero su aspecto no lo reflejaba.
Era muy ligera y su rostro luminoso, su pelo corto blanco y sus ojos pequeños y atentos la rejuvenecían.
Blanca sabía que su maestra era una mujer única y que para alcanzar sus conocimientos sobre el cuerpo humano y las plantas medicinales necesitaría diez vidas.
Su experiencia en el diagnóstico de enfermedades, en la elección y dosis de los remedios para curarlas y en la duración de los tratamientos era tan vasta como precisa y metódica.
Por eso, hacía algunos años la joven aprendiz de herbolaria había decidido dejar la casa de Adrián, su padre adoptivo.
Ahora vivía con su maestra y trataba de exprimir todas y cada una de sus enseñanzas.
El lugar en el que Jerónima residía era algo más que una casa, era un espacio mágico.
Desprendía una vibración sentida sin excepción por quienes la visitaban.
Se encontraba aislada en un claro junto al bosque, muy cerca del camino que daba acceso a la población de Villava.
Una chimenea hecha de piedras blancas ocupaba el centro exacto de la única estancia de la casa y era allí donde cocinaban, donde preparaban sus ungüentos, pócimas y brebajes y también donde descansaban.
Desde hacía mucho tiempo ambas se repartían la labor de atención a enfermos y necesitados.
Solo cuando las llamaban para tratar alguna afección que pudiera suponer una oportunidad de aprendizaje para la joven, Jerónima le pedía que la acompañara.
Entonces la maestra le explicaba todo lo que sabía de aquella enfermedad y aplicaban los remedios tradicionales u otros que pudieran ser efectivos.
Cuando aquella mañana Jerónima despertó, no había amanecido y la oscuridad era total.
Se escuchaba la lluvia golpear con fuerza el tejado con un sonido rítmico, monótono, como una nana que las arrullaba.
La herbolaria se dio media vuelta en su camastro tratando de conciliar nuevamente el sueño, cuando oyó varios golpes en la puerta.
Se levantó con sigilo para evitar despertar a la joven Blanca, encendió una vela y se acercó a la entrada.
―¿Quién vive? ―preguntó a media voz.
―¡Jerónima, soy Juan! ―escuchó al otro lado―. Necesito de vuestra ayuda.
La herbolaria abrió de inmediato y apareció ante ella un hombre de mediana edad, pelo rizado, poco corpulento pero bien parecido. Se encontraba calado hasta los huesos pese al manto que portaba sobre la túnica tradicional judía y su talit en los hombros.
Juan de Alzórriz se había convertido al judaísmo muchos años atrás.
Su familia infanzona poseía tierras en Obanos, pero él se enamoró locamente de Zohara, una preciosa joven judía de Estella y, aunque la comunidad mosaica le impuso innumerables obstáculos, abrazó la religión de Moisés para formar una familia con ella.
Fue al año de casarse y trasladarse a la ciudad de Estella, cuando Zohara dio a luz a la pequeña Sara, a la que educaron por el rito judío.
Y tras sus primeros años viviendo entre Estella y Obanos, se mudaron definitivamente a la judería de Pamplona.
―¿Le ocurre algo a vuestra esposa o a vuestra hija? ―preguntó inquieta Jerónima sin siquiera saludar al converso.
―No, tranquilizaos. Se trata del rabino de la aljama. Se está muriendo. Así me lo ha trasladado Lot ben Abraham, el médico que lo atiende.
―Hace algunos días Blanca le entregó los remedios que nos pidió.
―Lo sé, pero no se recupera. Cada día está peor y me fío mucho más de vuestro juicio que del que pueda él dispensarle.
―¿Qué le ocurre ahora exactamente?
―No saben de dónde proceden sus males. Dicen que se trata de una enfermedad muy extraña, que presenta manifestaciones de todo tipo y que afecta a todos los humores del cuerpo.
―Avisaré a Blanca. Ella ha estado cerca y quizá me pueda ayudar.
―Prepararé mientras vuestra montura.
La cama en la que dormía su aprendiz se encontraba en una especie de apartado alejado de la puerta principal y cuando Jerónima se acercó para despertarla, solo pudo distinguir su melena rubia asomar bajo mantas de lana.
― Egun on , Blanca, necesito que me acompañes ―susurró para no asustarla.
―¿Qué ocurre? ―preguntó bajo su abrigo nocturno.
―Es el rabino Levy. Creo que se trata de una afección compleja. Tú sabes el tratamiento que ha seguido y quizá se te ocurra ahora la forma de abordarla.
―¿A mí? ¿Yo enseñaros a vos? ¡Eso es imposible! ―replicó bostezando y estirando sus brazos al cielo.
Jerónima observó a Blanca con orgullo. Ella sería la que la reemplazase cuando le llegase la hora. La curandera sonrió mientras lavaba su rostro moreno en una jofaina de metal.
―No lo creas. Aunque no lo recuerdes, has incorporado remedios que han actuado en el cuerpo de los enfermos de forma milagrosa y has aprendido técnicas que yo desconocía.
La joven aprendiz había superado todas sus expectativas. Su ansia por aprender era voraz. Sin embargo, eran su alegría y su inteligente conversación las que alimentaban el espíritu de la anciana curandera.
―Yo solo actúo siguiendo los saberes de mis ancestros; tú ideas nuevos remedios enlazando conocimientos aprendidos ―continuó Jerónima―. Es posible que ahora se te ocurra algo.
Blanca la miró fijamente, como si los preparativos de la mujer fuesen una nueva enseñanza a la que atender. Se levantó de un salto y se vistió con una saya como traje de debajo y un manto oscuro con el que cubrió su cabeza y el resto de su cuerpo.
―¿Quién ha venido a buscaros? ―preguntó ya dispuesta.
―Juan nos espera fuera con los caballos.