CAPÍTULO 5.
Cuando sus padres se enteraron de que la jovencísima Mencía se había quedado embarazada no tuvieron compasión.
Ese mismo día la echaron de su casa nativa en Irache.
La castidad de una mujer soltera era el pilar sobre el que se sustentaba el honor femenino y aquel joven impulsivo lo había mancillado.
Johannes de Iguzquiza y Mencía de Irache se casaron en la iglesia de San Pedro de la Rúa de Estella con la única presencia de un hermano de la novia y la del propio vicario.
El mismo día de su boda, sin ningún tipo de celebración, se trasladaron a Pamplona para tener alguna oportunidad de sobrevivir.
Johannes no tenía oficio. Era también casi un niño.
Únicamente había ayudado a su padre en las labores del campo, arando y sembrando los terrenos de la familia más pudiente de Iguzquiza.
Así que en cuanto llegaron a Pamplona, se ofreció como villano a un infanzón venido a menos necesitado de manos para peonar sus tierras.
José Cruzat lo aceptó de inmediato. Pronto llegarían los meses de mayor labor en el campo y por tanto el momento en el que recibiría su salario, consistente en una pequeña parte de la recolección.
El señor de aquellas exiguas tierras situadas cerca del camino viejo, a la salida sur de Pamplona, les cedió una casucha.
La utilizaba para guardar los aperos de labranza y, pese a sus lamentables condiciones, la pareja se instaló allí.
La adecentaron para poder resguardarse del sol, de la lluvia y del viento.
Sin embargo, ambos dudaban de que aquellas paredes pudieran protegerlos de la nieve y el hielo el invierno venidero.
Era el momento en el que llegaría su hijo al mundo y querían estar preparados.
El día se inició oscuro y con amenaza de tormenta.
Afilaba sus hoces y guadañas para realizar las tareas de la próxima cosecha, cuando vio llegar a un jinete que se dirigía directamente hacia él.
Los rasgos de aquel hombre se le hicieron conocidos.
Lo había visto, pero no recordaba dónde ni cuándo.
Su cuero cabelludo, sin un solo pelo, reflejaba la luz cetrina de la mañana como si portara un casco de metal.
Pensó que simplemente estaría de paso y se dispuso al menos a escucharlo.
―¡Con Dios, Johannes de Iguzquiza! ―saludó con gesto amigable.
El joven se quedó de piedra, pero respondió con cortesía tratando de disimular su inquietud.
―¡Con Dios! ¿Os dirigís al sur? ―se interesó.
―En absoluto. Este es el final de mi trayecto. Soy Domingo, traigo una encomienda de nuestro rey y señor. Vengo a veros ―le informó.
En aquel mismo instante Johannes recordó por qué aquel hombre le resultaba familiar.
El contraste entre sus cejas oscuras muy pobladas y su calvicie total lo hacían inconfundible.
Se trataba de un recaudador al que, hacía tan solo un par de semanas había visto en el mercado del Chapitel cobrando peajes, caloñas y alcabalas.
El rey Carlos III arrendaba a los concejos o al mejor postor las recaudaciones y ese hombre era uno de ellos.
Lo hacía en los casos de compraventas de mercancías, con las pechas tasadas y también con los impuestos extraordinarios.
―¿Qué se os ofrece? ―preguntó seco Johannes sin dejar de afilar la herramienta.
―Vengo a cobrar los cuarteles que os corresponden ―explicó―. Lleváis solo semanas viviendo aquí, pero nuestros censos ya os recogen como vecinos del Burgo.
Johannes sabía que, pese a la reducción del gasto militar de Carlos III, no se había producido una rebaja de las cargas reales.
Había oído hablar a su padre de los costosos viajes del soberano a Francia, los lujos de la corte, las fastuosas construcciones reales y la nueva catedral de Pamplona.
Le había escuchado que, para sufragar todos aquellos gastos, el rey tendría que incrementar los impuestos extraordinarios.
Y, aunque en aquel momento pensase que a él no le iba a afectar, lo estaba sufriendo en sus propias carnes.
―Llegáis tarde, porque ya los he liquidado ―contestó con timidez.
El jinete, todavía montado en su caballo, lo miró con sorpresa.
―Yo soy el encargado de cobrar este impuesto para el burgo de San Cernin y solo a mí me corresponde hacerlo ―replicó Domingo sin entender al joven pechero.
―No es con el Burgo con quien he liquidado mis deudas reales, sino con la Población de San Nicolás. Este fuego pertenece a la jurisdicción de la Población. Es a quien también pagan los villanos que trabajan para mi señor.
El recaudador frunció el ceño, mudó su apariencia amable y desmontó de un salto situándose a un palmo de la cara de Johannes.
―¿Sabéis distinguir entre un lado y otro del camino? Esa es la diferencia entre una y otra jurisdicción, entre tributar en uno u otro burgo ―clamó―. ¿Acaso creéis que yo puedo presentarme ante el alcalde del Burgo y decirle que vuestra parte la ha cobrado la Población de San Nicolás?
―Quien acaba cobrando esos impuestos es el rey, ¿no es así? Yo ya pagué la parte que me correspondía ―contestó contrariado Johannes.
―Os lo he dicho. Vuestro chamizo se encuentra en el margen oriental del camino viejo. Ese terreno es jurisdicción del Burgo. Yo no puedo justificaros. ¡Es vuestra responsabilidad que paguéis a quien debéis o seréis multado y castigado!
Johannes sintió en su rostro el aliento agrio del recaudador.
No sabía cómo defenderse ante la injusta pretensión de aquel hombre, pero se mantuvo firme.
Se escuchó de pronto un chasquido grave, como si el cielo se abriera en dos, y comenzó a llover con tanta fuerza, que Johannes temió por la integridad de su casa.
Se hallaban apenas a unos pasos de la destartalada construcción y en aquel mismo instante se abrió la portezuela y apareció su esposa Mencía.
El tono amenazador del recaudador, los truenos sobre sus cabezas y el estruendo de la lluvia sobre el tejado habían interrumpido su descanso.
―¿Qué es lo que ocurre? ¿Quién sois? ―preguntó asustada sin hacer caso del agua que caía también sobre ella.
―Entra dentro, Mencía. Vas a enfriarte y eso no es bueno para ti ni para nuestro pequeño. Solo se trata de una confusión ―pidió Johannes.
El cuerpo de la joven mostraba evidencias de su embarazo.
Vestía tan solo una saya blanca que se pegó a su cuerpo con la lluvia y que en muy poco tiempo dejó adivinar sus caderas y pechos.
El recaudador, pese a la incesante cortina de agua, fijó su mirada en la joven.
Johannes se acercó a ella y la tomó de los brazos tratando de apartarla.
―Vaya, Johannes. Desconocía que tuvierais una mujer así. ¡Ahora entiendo que no os importe vivir con ella en esta cuadra! ―comentó hiriente.
El de Iguzquiza se volvió hacia él con los ojos encendidos y le propinó un fuerte empellón que a punto estuvo de hacerlo caer a los charcos formados en el suelo.
―¡Si la volvéis a mirar así soy capaz de mataros! ¡Abandonad nuestra morada! ―le gritó, pese a ser consciente de su desventaja.
El agua de la lluvia resbalaba sobre la calva del recaudador. Había borrado su sonrisa y lo miraba ahora como una fiera a punto de acometer contra él. Agarró del cuello al pechero con las dos manos y lo empujó golpeándolo contra la casa. Mencía se abalanzó sobre el visitante.
―¡Por Dios! ¡Soltadlo!
El recaudador se deshizo de ella de un empujón, pero finalmente soltó su presa. Johannes se apresuró a levantar a su esposa y la abrazó. Durante un largo instante no ocurrió nada. El joven temió que aquel hombre fuera a sacar su espada.
―¡Os lo advierto! ¡Si no pagáis lo que debéis os detendré a ambos y recibiréis vuestro castigo!
Se dio la vuelta, montó en su caballo y se alejó al paso bajo la lluvia. La pareja permaneció quieta y, solo cuando estuvo lejos, ambos rompieron a llorar.