El privilegio CAPÍTULO 4.
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CAPÍTULO 4.

En cuanto María escuchó la puerta de entrada a la casa supuso que se trataba de su marido y se asomó al patio central.

Hacía varios días que había vuelto de Olite, pero todavía no se había atrevido a hablar con él de sus hijos.

Miguel le sonrió y se acercó a través de las arcadas que rodeaban aquella especie de claustro interior abierto.

La besó en los labios con delicadeza y le dedicó el halago que más veces repetía.

―Eres la mujer más bonita que haya visto jamás.

―Creo que eso ya me lo habías dicho antes ―le contestó ella riendo.

―No me cansaré de decírtelo, te lo repetiré incluso cuando tengas la edad de mecer en tus brazos a uno de nuestros nietos.

María mantuvo la sonrisa un segundo más y a continuación su rostro se ensombreció.

―¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? ¿Se trata de las cuentas de Olite? ―quiso saber inquieto―. Sé que te preocupan, pero averiguaré lo que ocurre allí. Creo que Sancho es sincero conmigo, confío en él. Le concedí un par de semanas para encontrar la razón por la que no consigue beneficios.

―No es eso, Miguel. Se trata de nuestros hijos ―se sinceró María.

―¿Ha ocurrido algo? ―preguntó preocupado.

―No, no les ha pasado nada. Sin embargo, no son los de antes ―respondió ella con vaguedad.

Miguel tomó de la mano a su esposa y la sentó junto a él en un banco de piedra del patio. Admiró la armonía de su rostro como si lo viera por primera vez y le respondió tranquilizador.

―Por supuesto. Han crecido y están haciéndose responsables de sí mismos. Están aprendiendo un oficio, el de carniceros, un trabajo muy digno que nos ha permitido hacer fortuna en todo este tiempo.

María hizo una pausa, suspiró y Miguel la observó paciente, a la espera de que concretase su preocupación. Sabía que había algo más.

―Felipe ha decidido dejar de dibujar. Me lo dijo hace días, antes de que te fueras a Olite.

Las palabras y los gestos de Miguel no evidenciaron ningún tipo de inquietud, más bien al contrario.

―¿Lo has hecho entrar en razón? ―le preguntó satisfecho.

―En absoluto ―respondió María de inmediato―. Me preocupa que abandone su pasión, que olvide lo que provoca alegría en su corazón.

―Eso no le dará de comer, no vivirá de eso ―replicó Miguel con respeto.

―Si lo hacen otros arquitectos y dibujantes, ¿por qué no lo va a hacer Felipe?

―Porque el rey no lo contratará, porque otros le llevan la delantera.

―Creo que estás equivocado. Felipe es muy capaz, tú lo sabes. Consigue lo que se propone, como tú siempre has hecho, y aprende muy rápido. Sería el mejor aprendiz y el que antes lograría dejar de serlo.

―María, no pretendo impedir que siga dibujando. Lo único que quiero es hacer de él un hombre capaz de sobrevivir cuando llegue la adversidad.

―Lo será ―replicó escueta su mujer.

El cielo encapotado de Pamplona comenzó a soltar una fina capa de lluvia que creaba curiosos reflejos en el patio central. El olor a tierra húmeda se hizo presente enseguida e inundó el espacio cerrado. En aquel momento golpearon la puerta de entrada a la casa y María fue a abrirla.

―Vengo a por sogas para recoger el ganado de la Rochapea. Amenaza tormenta fuerte ―explicó Felipe muy serio.

―Tu padre está en el patio. Le diré que te acompañe.

―¡No! ¡No será necesario! Yo iré ―reaccionó rotundo su hijo.

Felipe dejó plantada a su madre en mitad de la galería y desapareció en una de aquellas cámaras de la planta baja.

Miguel lo había escuchado. Frunció el ceño y caviló en voz alta.

―Pasamos los inviernos a resguardo sin preocuparnos de cómo vendrá la cosecha.

Si llegara una peste o una guerra, podríamos encerrarnos aquí con nuestros animales y nuestro huerto y vivir el resto de nuestra vida.

Hemos superado momentos en los que incluso peligró nuestra vida.

―Respiró profundamente y concluyó―: Mi único propósito es que nuestros hijos también consigan todo eso.

―Miguel, lo sé. Sé que es tu intención y tu mayor preocupación. Pero tú mismo lo acabas de comprobar. Felipe no es feliz. Él quiere complacerte y en su interior libra una batalla que lo está consumiendo. Se debate entre seguir el dictado de su padre o el de su corazón. Y yo no quiero perderlo.

Miguel siguió mirando la cortina de agua que caía cada vez con mayor intensidad, como si en ella pudiera encontrar la solución.

―¿Y Rodrigo? Se desvive por complacerte. ¿Por qué no puede ser él quien se responsabilice del ganado? ―insistió María.

―Felipe es el mayor ―argumentó él de forma tibia―. Rodrigo siempre podrá estar a su lado ayudándolo.

―Él sí ama el trabajo de ganadero. Me ha pedido que te convenza para que le permitas viajar ahora a Olite. Quiere averiguar lo que ocurre.

Durante un largo instante solo se oyó el monótono repiqueteo del agua sobre el suelo del patio y sobre los tejados de la casa. Hasta que finalmente Miguel le contestó:

―Siempre aciertas y sabes lo que es mejor para ti, para tus hijos y lo mejor para mí. Pero no sé qué puede hacer él diferente a lo que yo hice. Démosle a Sancho el margen prometido y si en dos semanas es incapaz de darnos una explicación, permitiré a Rodrigo que vaya a Olite.

María lo abrazó con fuerza y Miguel continuó.

―Y también es posible que tengas razón cuando hablas de Felipe. No lo sé. Podemos permitirle que lo intente durante un año. Haremos que nos dé su compromiso. Si no consigue que uno de los maestros constructores lo contrate, deberá volver al trabajo de carnicero.

Ella sonrió, esta vez complacida.

―Me parece muy bien. Por cierto, no son mis hijos, son nuestros hijos ―apostilló.

El de Obanos no le replicó, pero entrecerró los ojos durante un instante y volvió a mirar al vacío.

―Son tan distintos... ―musitó.

―¡No lo pienses ni por un momento! ―saltó María como un resorte.

Él insistió.

―No son como otros. Los hermanos comparten sus rasgos físicos.

Felipe y Rodrigo son también diferentes en eso.

Felipe es alto y robusto. Rodrigo, sin embargo, es mucho más ligero y su rostro aniñado nada tiene que ver con las facciones masculinas de Felipe ―expuso, aun sabiendo que aquellas palabras herían a María en lo más hondo.

―Rodrigo es hijo tuyo ―afirmó ella tajante―. Sus ojos, su boca, sus ademanes son los tuyos. Te veo a ti cuando escucha con ese gesto de curiosidad las cosas que aprende. Es tuyo ―argumentó una vez más.

Miguel guardó silencio. Muchas noches soñaba con el hombre que violó a su esposa y que luego quiso llevarse consigo a Rodrigo como hijo suyo. Y en aquellos sueños no reaccionaba. Se quedaba quieto, incapaz de hacer nada, quizá porque en el fondo de su ser sospechaba que era cierto.

―Una madre se da cuenta de eso. No lo dudes ―sentenció María.

Se levantó del banco y enfiló sus pasos hacia la cocina mientras un rayo atronador iluminó aquel patio abierto al cielo.