CAPÍTULO 3.
Desde que volvió de su viaje a Francia, hacía más de un año, el rey Carlos III se había reafirmado en su intención de hacer de la villa de Olite centro de la actividad real y establecer allí su residencia principal.
El maestre de guarnición del palacio de Pamplona, Juan de Piedramillera, fue nombrado goardamanger en la nueva residencia real y, antes de trasladarse allí, quiso hablar con su principal proveedor de carne.
―Como sabéis, los reyes, sus invitados y también nosotros apreciamos la carne de vuestros animales ―concedió el goardamanger.
―Lo sé y os agradezco vuestro halago ―respondió Miguel, intrigado por los motivos de aquel requerimiento.
―Es deseo de sus Majestades, y también el nuestro, seguir disponiendo de vuestra carne en la villa de Olite.
Miguel trató de imaginar lo que aquello suponía.
―Los reyes siempre halagan los guisos y asados preparados con vuestra provisión: carnes rojas de carnero, cordero, bueyes y vacas, cerdo y también la carne blanca de vuestras aves de corral. ¿Podríais entregarnos allí los mismos productos? Si es así, os daríamos carta de provisión.
―Podremos hacerlo ―aseguró sin haber calculado las consecuencias.
Cuando María supo de la solicitud realizada por las cocinas reales, intuyó que su negocio tornaría en buena medida a la villa de Olite.
Planteó a su marido la posibilidad de comprar algunos campos y disponer de una pequeña granja en la villa.
De esa forma podrían sacrificar allí los animales sin necesidad de trasladar la carne desde Pamplona o desde Obanos.
Y como era habitual, Miguel hizo caso de la clarividencia de su esposa para los negocios.
En unas semanas dispuso todo lo necesario para servir a las cocinas del rey tal y como le habían requerido.
Contrataron al joven Sancho para llevar la gestión del negocio en Olite, al menos mientras ellos no permanecieran en la villa.
En cuanto lo conocieron, decidieron hacer caso a quien les había recomendado a aquel muchacho.
Era simpático, dispuesto y atractivo, a tenor de los comentarios de las jóvenes de la villa.
Sus ojos vivarachos y su lengua suelta aventuraban que haría bien su trabajo.
Se encargó con acierto de cuidar la cabaña, de comprar buenos ejemplares a otros ganaderos, de matar a los animales y de servir al Palacio Real las piezas de carne preferidas por sus Majestades.
Además, dispensaba en la lonja de la villa costillares, perniles, lomos y chuletas.
Muy pronto, su animada conversación le granjeó la simpatía de las mujeres que se acercaban a su puesto en el mercado.
Confesaba divertido que su intención era venderles algo más de lo que habían ido a buscar y normalmente lo conseguía.
Sin embargo, después de algunas semanas de prueba, Miguel y María vieron que aquel intento no funcionaba.
Pese a su buen talante, el joven resultó algo díscolo: le daban instrucciones muy concretas y él seguía haciendo las cosas a su manera.
Y lo que acabó despertando la preocupación de la pareja fue el hecho de que las cuentas no cuadraban.
Los dineros que les entregaba en cada recogida eran siempre inferiores a las previsiones.
Las leztas, los impuestos del mercado, las herramientas, alimentos y materiales para la granja y el jornal de Sancho superaban los ingresos de las ventas.
En muchas ocasiones volvían de Olite de vacío.
Miguel propuso a su esposa volver a servir la carne desde Pamplona o simplemente vender los animales una vez cebados para que fueran sacrificados por los compradores.
Finalmente decidieron que, una vez instalados allí, con las condiciones de servicio a palacio ya establecidas, no había vuelta atrás.
Rodrigo, el hijo pequeño de la pareja, pidió a sus padres acudir a Olite y tratar de averiguar lo que ocurría. Le gustaba el trabajo de ganadero y se le daba bien. Pero su padre decidió ser él en primera persona quien acompañara al joven Sancho durante unos días.
Cuando llegó a Olite lo primero que hizo fue acudir a las inmediaciones del Palacio Real para comprobar las obras de acondicionamiento.
El cambio le sorprendió. Las casas que se encontraban entre el edificio real y la iglesia de Santa María habían desaparecido.
Ahora el sol iluminaba el frente de la residencia de los reyes y la muralla.
Él había conocido el palacio inmerso en un enjambre de pequeñas edificaciones que invadían el espacio.
Una vez derribadas, se habían levantado allí la capilla de San Jorge y la cámara y morada de la reina Leonor.
Pese a que no era día de mercado, olía a pan recién horneado y a fruta fresca.
Miguel inspeccionó el lugar exacto en que Sancho colocaba su puesto de carne los días de mercado y a continuación se dirigió a la casa que habían comprado en Olite, donde residía el joven.
En la primera semana de estancia, Miguel consiguió tantos ingresos como Sancho en dos. Fue la última noche en la villa, cuando el de Obanos decidió salir de dudas. Tras una fructífera jornada en la lonja, una vez hubieron dado cuenta del asado de carne de una de sus vacas, abordó a su protegido.
―Sancho, quiero que sepas la razón por la que llevo aquí dos semanas.
―Por supuesto. Supongo que querríais comprobar con vuestros propios ojos cómo trabajo ―respondió el joven sin complejos.
―Exacto. ―Miguel hizo un pequeño lapso para encontrar las palabras―. Tratas bien a los animales, te ocupas de ellos y eres un buen carnicero. Eres hábil en el manejo de los cuchillos, en el despiece de los animales y tienes dotes de comerciante. Pero hay algo que no está bien.
Sancho le miró con extrañeza tratando de adivinar lo que iba a decirle.
―Falta dinero en tus entregas ―soltó Miguel al fin―. María lo ha comprobado una y mil veces.
El rostro del joven dejó entrever la sorpresa más absoluta.
―¿Estáis suponiendo que me guardo parte de la recaudación? ―respondió indignado, levantándose como un resorte de la mesa.
Miguel era un hombre alto y fuerte y su piel curtida por el trabajo en el exterior, su melena castaña bien arreglada y su mirada franca le otorgaban una apariencia imponente.
También su voz intimidaba, sobre todo cuando se empleaba con aquella determinación.
Sin embargo, miró a Sancho con benevolencia.
Era algo más joven que sus propios hijos y se sentía cómodo con aquel muchacho descarado en el que, al menos hasta entonces, había confiado.
―Si no es así, seguro que puedes ofrecerme una explicación ―concedió.
―La recaudación tiene que ser muy parecida. Yo hago lo mismo que vos habéis hecho hoy en la lonja, lo mismo que hicisteis ayer cuando llevamos la carne a palacio ―repasó confundido.
―Así es. La provisión que ayer nos encargó Juan de Piedramillera no difirió demasiado de lo que habitualmente servimos a palacio. He revisado las partidas. Sin embargo, los dineros fueron superiores a lo que acostumbras a entregarnos. Y supongo que las ventas en la lonja serán también similares.
Sancho miró fijamente a su patrono con gesto de irritación.
―Utilizo el mismo zurrón para guardar la recaudación de las ventas, pago los impuestos reales cada día en la torre del Chapitel y guardo los dineros bajo llave en el arcón que me indicasteis ―detalló con altivez.
―¿Y las cantidades que necesitáis para comprar animales a otros ganaderos? ¿Lo anotáis todo, tal y como os explicó María? ―insistió.
―¡Por supuesto! ¡Fielmente! Anoto todo lo que deposito en el arcón y lo que tomo para la compra de animales. El resto se queda ahí hasta que venís a recogerlo ―argumentó.
Miguel quería creerlo, pero siguió indagando.
―Te aprecio y siempre he pensado que eras un buen hombre, pero algo ocurre. ¿Tienes algún problema? ¿Debes dinero a alguien?
Sancho, ofuscado, tardó unos segundos en reaccionar y, antes de que su patrón volviera a preguntar nada, le dio la espalda y salió de la casa sin siquiera cerrar el portón.