CAPÍTULO 2.
Felipe corrió tras el ladrón sin pensárselo.
―¡Ten cuidado! ¡Por Dios! ¡Es posible que lleve un arma! ―gritó Simón.
No hizo caso de la advertencia. No podía permitir que alguien se apropiara de sus ideas y del resultado de tantas horas de trabajo.
Era robarle una parte de sí mismo. En apenas un instante perdió de vista al encapuchado, que dejó la rúa de la Zaga del Castillo girando hacia la derecha.
Pero en cuanto dobló la esquina y tomó la rúa Mayor de la Navarrería, comprobó que el ladrón seguía a la vista.
Se encontraba prácticamente a la misma distancia.
Había dejado a su izquierda la rúa de los Peregrinos, por lo que Felipe supuso que se dirigía hacia la catedral.
―¡Al ladrón, al ladrón! ¡Detenedlo! ―gritó.
Sin embargo, varios transeúntes que se cruzaron con el fugitivo no reaccionaron a tiempo.
El corazón le latía con fuerza, trató de mantener el ritmo, pero no consiguió reducir el trecho que los separaba.
Ni siquiera acortó distancias cuando se inició la fuerte pendiente.
En la explanada continuaban las obras de la nueva catedral y quizá allí tendría más opciones.
El joven de negro volvía la vista atrás cada seis u ocho pasos para medir la distancia que lo separaba de su perseguidor.
Solo cuando llegaron a la planicie elevada ambos se pararon, sofocados por el esfuerzo.
En el lugar que ocuparía la nueva catedral podían apreciarse las primeras hileras de piedras que constituirían los muros.
El antiguo templo se había derrumbado hacía diez años como consecuencia de un fuerte terremoto y ahora se construía uno nuevo sobre sus cimientos.
El ladrón sobrepasó aquel espacio y se encaminó hacia el resto de las edificaciones.
El claustro inacabado y algunas dependencias de los clérigos, al este del que fuera edificio principal, sí habían permanecido en pie.
En aquel momento el asaltante volvió a detenerse.
Se escuchaban a lo lejos mazas y martillos golpeando los cinceles y también los gritos sordos de mazoneros y canteros.
Oculto bajo aquel capuchón, el desconocido ladeó su cabeza y pareció mirar a Felipe.
Fue entonces cuando el joven tracista intentó hacerle entrar en razón.
―¡En el saco no hay nada de valor! ¡Son solo dibujos inútiles y utensilios de caligrafía! ¡No os sirven para nada! ―le gritó jadeando.
Comenzó a andar despacio, acercándose, pero de inmediato el desconocido se preparó para correr otra vez.
Felipe se detuvo. El ladrón titubeó y al fin abrió la saca.
En cuanto comprobó que era cierto lo que su perseguidor le había advertido, depositó con suavidad la bolsa en el suelo; miró durante un instante a su perseguidor y se lanzó a la carrera hacia la judería por la rúa de Zugarrondo.
Felipe se acercó hasta el lugar en el que se encontraban sus pertenencias, las tomó y comprobó que todo estaba en su sitio.
Volvió la vista hacia la judería y observó que el encapuchado había desaparecido.
Respiró aliviado. No tenía intención de seguirlo ahora que había recuperado sus cosas.
Se dio media vuelta. Estaba a punto de rehacer sus pasos hacia la escuela de caligrafía, cuando una visión lo detuvo.
Le pareció que el último lienzo del claustro de la catedral, el correspondiente al ala sur, contenía nuevas esculturas.
Él, que tantas veces había acudido allí para observar los progresos, no lo había visto todavía.
Se apresuró hasta el lugar sin dejar de observar el conjunto.
El claustro se había iniciado hacía más de cien años, una vez hubo concluido la guerra de la Navarrería.
Las tropas francesas arrasaron el burgo episcopal causando daños considerables en el antiguo claustro y refectorio.
Habían instalado allí el establo en el que recogían sus caballos, sus perros…
Al final, la cuantía de los desperfectos aconsejó renunciar a una simple reparación y emprender una auténtica reconstrucción.
Los únicos obreros que trabajaban se encontraban precisamente en el ala sur.
Felipe era capaz de distinguir a la perfección las diferentes fases de la ejecución de aquella obra.
Sabía que fue la galería este la primera en construirse, que le siguió la norte, la oeste y, por último, la que ahora presentaba nuevas esculturas.
Recorrió en ese orden el conjunto y se quedó impresionado con los avances.
Hacía mucho tiempo que no llegaba hasta allí.
La presión de su padre le había hecho renegar de aquel lugar.
En el claustro todos sus sentidos le incitaban a imaginar y a dibujar.
Esperó a que los mazoneros se retirasen para observar los detalles.
Siempre se preguntaba cómo los escultores lograban trasladar aquellos trazos a los capiteles de columnas y maineles.
Pero lo que más le impresionaba era cómo habían sido capaces de reproducir las tracerías que decoraban los miradores.
Aquellas ventanas, que desde los pasillos mostraban el jardín interior, eran las que más tiempo habían ocupado su mente y su pluma.
Primero ideando su propio diseño, para plasmarlo luego en pieles y pergaminos.
Observó el zócalo del tramo sur, que serviría de base para los ventanales faltantes, las peanas de los pilares, las primeras hiladas de los dinteles que separarían los arcos y, por último, el espacio en el que se ubicarían las últimas tracerías.
Una vez más, Felipe reparó en que el diseño de las primeras etapas no era del todo exacto desde el punto de vista geométrico.
Las tracerías recién colocadas mostraban una evolución y estaban labradas además con la máxima precisión que un cantero podía lograr.
El joven dibujante comprobó el lienzo todavía abierto al jardín interior y visualizó un diseño distinto al de las últimas tracerías instaladas.
Calculó mentalmente los ángulos y las líneas de aquella escultura y al fin se quedó satisfecho.
―Sería perfecto ―pronunció para sí sin darse cuenta.
―¿Qué es lo que sería perfecto?
Felipe estaba tan absorto en la contemplación de aquella obra de arte que no se dio cuenta de la presencia de la joven que se encontraba a su lado.
―¡Por Dios, Blanca, qué susto me has dado!
La aprendiz de herbolaria era hermosa. Su pelo rubio caía rizado sobre hombros y espalda y sus ojos, de un azul turquesa intenso, volvieron a perturbarle.
Llevaba una preciosa saya verde con cordones que ceñían su pecho y sujetaba su melena con un cordel alrededor de la cabeza.
Como siempre le ocurría, Felipe se sintió azorado.
―Acabo de llegar, no te preocupes. Estabas embobado. Como si esas figuras de hombres, animales, plantas y demonios tuvieran vida y se movieran en los capiteles y arquivoltas.
Felipe rio ante la ocurrencia de la joven.
Blanca era decidida y divertida, pero él siempre tenía la sensación de que escondía sus sentimientos.
La joven vivía en Villava con su maestra, Jerónima, aunque muchos días la acompañaba a Pamplona o subía sola para proporcionar sus remedios a quien los necesitara.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó él.
―He traído algunos bebedizos y remedios para tratar al rabino Levy y acabo de entregarlos a Lot, el médico. ¿Lo conoces?
―Quién no conoce al buey Lot. Nunca he visto a un hombre tan grueso como él. Cuando éramos pequeños y jugábamos con Sara en la judería, él ya era aprendiz de médico.
Blanca también lo conocía y asintió sonriendo.
―Siempre nos increpaba e intentaba perseguirnos. Si nos hubiera alcanzado, nos habría aplastado. Pero era, y sigue siendo, incapaz de correr más de tres o cuatro pasos.
―Lo único que había que hacer era no dejarse prender por sus garras. Tiene muchísima fuerza en las manos.
La joven rio nuevamente.
―¿Son tus dibujos? ―preguntó señalando la bolsa que cargaba su amigo―. ¿Puedo verlos?
―Sí, pero no me sirven para nada. Ya no dibujaré más ―le contestó sacando los pergaminos de la saca.
Blanca los tomó con un gesto de decepción y los contempló con interés. Era tan solo unos años mayor que Felipe, sin embargo, le habló como si acumulara la experiencia de toda una vida.
―Sin duda tienes un don. Estoy de acuerdo con Simón, con tu madre… Tu mayor habilidad es dibujar, imaginar y plasmarlo con detalle en un pergamino.
La herbolaria le sonrió con un deje de tristeza y finalmente se despidió.
―No te rindas ―le lanzó cuando enfilaba su paso hacia la rúa de los Peregrinos.
Felipe la despidió con el brazo en alto y pensó en dibujar a aquella mujer, su rostro, sus cabellos dorados, su cuerpo proporcionado y aquellos ojos inescrutables.
De nuevo percibió el hermetismo de la joven, era incapaz de descifrar lo que sentía.
Pensó cómo sería una vida a su lado, pero desechó aquella idea fugaz.
Cuando volvió a la realidad, tomó la rúa Mayor de la Navarrería para regresar a la escuela recorriendo en sentido contrario el camino seguido tras el ladrón.
Durante el trayecto no pudo dejar de pensar en el desconocido.
¿Qué esperaba encontrar en la saca? Sin embargo, los interrogantes que más le pesaban tenían que ver con sus propias decisiones.
Se dio cuenta de que había corrido desesperado para recuperar algo que pensaba guardar para siempre en el fondo de un cajón.