El privilegio CAPÍTULO 1.
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El privilegio

El privilegio

Por Jose Miguel Albizu

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CAPÍTULO 1.

María había preparado un guiso de cerdo con cebolla, ajo y vino que degustaron con deleite. Acostumbraban a sentarse en el suelo en torno al fuego del hogar y charlaban atrapados por el crepitar de las llamas y su baile hipnótico.

―Felipe, esa profesión no está a tu alcance. Nunca podrás ganarte la vida con ella ―le dijo Miguel de Obanos a su hijo mayor.

―Padre, ¡dejad que al menos lo intente!

―Los arquitectos, maestros de obras, incluso orfebres y escultores son extranjeros. El rey Carlos III los ha traído consigo de su último viaje a Francia.

―No me importa quiénes sean. Sé que puedo hacer lo que ellos hacen.

Rodrigo, el hermano pequeño, había escuchado en silencio la discusión hasta ese momento y no pudo evitar intervenir. Deseaba con todas sus fuerzas que su hermano consiguiera lo que quería.

―Padre, estoy de acuerdo con Felipe. Nunca vi a nadie con su habilidad.

Miguel actuó como si el menor de sus hijos no estuviera allí.

―¿Crees que vas a unirte a ellos y ser uno más? Son expertos que ejercen como tales en las obras de la catedral, también en el Palacio de Olite ―replicó con un gesto de cansancio.

Felipe se levantó repentinamente de la silla y se retiró a la habitación que compartía con su hermano. Lo que más le dolía era que su padre ni siquiera hubiera mirado sus dibujos. Rodrigo no tardó mucho en acompañarlo.

―Yo te ayudaré a conseguirlo ―le dijo en cuanto se hubo acostado.

Felipe no le contestó.

Aquella noche el hijo mayor de Miguel y María claudicó y tomó la decisión de dedicarse al oficio de ganadero, la labor que su padre llevaba ejerciendo toda su vida y que había tratado de enseñarle.

Cuando se levantó, dejó a Rodrigo descansando y bajó con gesto serio la escalinata que llevaba a la planta baja.

La casona era una especie de palacio de dos alturas, quizá la vivienda más opulenta del burgo de San Cernin.

De hecho, aquella había sido la residencia del que fuera gobernador del reino.

No localizó a nadie en el amplio patio ni tampoco en las galerías de la planta inferior y se dirigió a la cocina.

A buen seguro su madre se encontraría allí.

―Buenos días, madre, ¿estás ya levantada? ―saludó con cariño.

―Hola, hijo. ¿Has descansado?

María era una mujer preciosa y su marido, y también sus hijos, la querían con locura.

No tenía los rasgos de las gentes de aquellas tierras, quizá los de algún antepasado árabe.

Su piel aceituna, su rostro suave y sus gestos medidos desprendían una luz que atraía todas las miradas.

Y pese a su aparente fragilidad, sus palabras pausadas y sus acciones mostraban una gran fortaleza.

―¿Qué es lo que vas a hacer? ―le preguntó sin dejar de trajinar.

Felipe mantuvo un instante de silencio, como si buscara las palabras adecuadas.

―Madre, haré caso a padre. Me olvidaré de plumas y pergaminos ―le dijo bajando la cabeza―. Me dedicaré a cuidar el ganado.

Y pese a que María siempre había defendido la pasión de su hijo por el dibujo, por la escultura y por la construcción, esta vez no insistió en hacerle cambiar de opinión.

―Hijo, eres muy libre de hacer tu vida. Yo siempre defenderé tus decisiones. También esta que ahora estás tomando.

Felipe asintió, dejó la cocina sin tomar bebida ni alimento alguno y salió a la calle. María lo miró con una mueca de preocupación en el rostro.

La escuela de caligrafía se situaba en la rúa de Carpintería o Zaga del Castillo, llamada así por encontrarse justo a espaldas de la fortaleza que defendía al burgo episcopal.

Los dos hijos de María y Miguel habían iniciado sus estudios de caligrafía allí siendo muy niños.

Pasados unos años, Rodrigo, el pequeño, entendió que poco más podía aprender.

Había intentado componer en pergaminos los planos de iglesias, como hacía su hermano, pero tampoco tenía dotes para el dibujo.

Lo que al pequeño de los hermanos se le daba bien eran los animales, como a su padre.

Había puesto toda la atención en sus enseñanzas: la forma de alimentarlos, los momentos en los que debían reproducirse, las técnicas para sacrificarlos y extraer las mejores piezas de carne.

Sin embargo, su padre parecía empeñado en que fuera Felipe quien heredara el negocio.

Rodrigo entendía que aquella intención no hacía justicia a sus méritos y privaba además a su hermano del trabajo que le apasionaba.

De hecho, Felipe continuaba practicando el uso de las plumas de cáñamo y ganso con las que arquitectos y dibujantes trazaban frentes, perfiles y plantas de edificios. Al menos hasta aquel día.

Salió de San Cernin a la tierra de nadie entre los tres burgos y accedió a la Navarrería por la puerta del Chapitel.

Los soldados que guardaban el acceso conocían al joven y, aunque siempre llevaba consigo pergaminos y plumas, nunca se los habían pedido ni habían puesto reparo alguno.

Llegó a la escuela y encontró a su maestro, un joven trovador que había estudiado música y caligrafía en palacio junto a los infantes.

Hacía meses que Simón de Leoz se había sincerado con él.

Le advirtió que ya no tenía nada que enseñarle, pero él seguía acudiendo a la escuela para practicar lejos de los reproches de su padre.

―¡Simón, con Dios! ¿Cómo estás? ¿Qué tal todo en la judería? ―preguntó Felipe con aire de complicidad―. ¿Has pasado por allí recientemente?

El joven se sonrojó. La pregunta escondía otra, la del afecto que sentía por Sara, una joven judía amiga de Felipe y Rodrigo. El padre de la muchacha, Juan, era íntimo del padre de los dos hermanos. Ambas familias procedían de Obanos y las dos habían mudado su residencia a Pamplona hacía años.

―Todo bien, gracias. No obstante, todos están alterados. El rabino Levy lleva varios días enfermo y no reacciona pese a la atención de los mejores médicos judíos ―le explicó―. ¿Y a ti cómo te va? Hacía mucho tiempo que no pasabas por aquí.

Felipe tomó el material que guardaba en la escuela: pergaminos, dibujos, plumas; los introdujo en una especie de saca que llevaba consigo y los depositó en una mesa a la entrada del recinto.

Aquel olor especial que desprendían los cueros secos, la tinta, le ponían de buen humor. Aquella vez no sería así.

―Mi decisión está tomada. Me dedicaré de lleno a la cría y cuidado de ganado.

―¿Qué es lo que dices? ―preguntó Simón estupefacto.

―Venderé carne en los mercados, a nobles y burgueses y a las cocinas reales. Es lo que desea mi padre y debo acatar su dictado ―se lamentó.

―¡Pero no puede ser! Nunca he visto a nadie con tu habilidad para el manejo de las plumas, con la precisión para plasmar en el pergamino las esculturas que imaginas en tu mente.

―No lo creo, Simón. Mi padre dice que no me encuentro al nivel de los franceses que han venido con nuestro rey.

―Eres muy joven y no solo podrás alcanzarlos, sino superarlos ―concedió con pasión.

Simón de Leoz ofreció a Felipe un agua de rosas que había aprendido a elaborar en la corte y que servía a sus alumnos cuando hacía calor.

Le dio un trago y, estimulado por aquel sabor dulce que tan gratos recuerdos le traía, se desahogó con su amigo.

Le explicó que si no abandonaba por completo el dibujo volvería a aferrarse a los pergaminos y no podría cumplir el compromiso adquirido con su padre.

Cuando Felipe estaba a punto de marcharse Simón esbozó de pronto un gesto de alerta, se levantó y gritó mientras se dirigía a la entrada de la escuela.

―¡Al ladrón, por Dios! ¡Se lleva tus dibujos!

Felipe se dio la vuelta y no vio a nadie allí, pero comprobó que el saco en el que había colocado sus pieles y herramientas había desaparecido.

Se apresuró tras su amigo y en cuanto salieron a la rúa de la Zaga del Castillo distinguió a un hombre, al parecer joven, vestido con calzas largas negras y una especie de manto con capucha también oscura, que corría hacia la rúa Mayor de la Navarrería.