CAPÍTULO 110.
Habían pasado meses desde la absolución de Felipe de Obanos y desde las ejecuciones en la horca del rabino Lot y del jurado Juan de Artajona.
Sin embargo, pese a la confesión de ambos condenados, las rencillas existentes entre las gentes de la Navarrería y las del Burgo seguían vivas.
Las recientes construcciones levantadas frente a la muralla de San Cernin tampoco habían ayudado a la desaparición de las disputas entre los burgos.
El rey Carlos III de Navarra conocía bien la situación.
Había tratado de fortalecer los vínculos entre las tres poblaciones proponiendo intereses y anhelos comunes.
Primero fue el juramento a su nieto Carlos como sucesor al trono y después, en enero de aquel mismo año, la creación del título de Príncipe de Viana.
Ahora esperaba que la presentación pública del futuro heredero en la capital del reino sirviera para acercar a sus habitantes.
El comité de bienvenida los esperaba en la Puerta del Mercado, por la que accederían a San Nicolás.
Adrián se encontraba en primera línea, acompañado por el obispo Sancho Sánchez de Oteiza, el alcalde y el almirante de la Población.
Aguardaron pacientes y muy cerca del mediodía avistaron la numerosa comitiva superando el convento de San Francisco.
En ese momento varios jurados de la Población con su estandarte izado trataron de abrirse paso para ocupar lugares más visibles.
El resto de los asistentes forcejeó tratando de mantener sus posiciones.
Hubo incluso quien cayó al suelo. Sin embargo, antes de que llegara el séquito real los ánimos se habían calmado.
―¡Viva el rey y viva su sucesor! ―gritaron desde las puertas de la ciudad.
―¡Viva el Príncipe de Viana!
Los soldados entraron a pie portando las banderas reales, seguidos por varios jinetes y, a continuación, protegido por cuatro caballeros, el soberano.
Montaba un caballo blanco cubierto con una gualdrapa bermeja en la que destacaban bordadas las armas de Navarra y de los Evreux.
A su espalda, uno de los caballeros de la Bone Foy transportaba en sus brazos a Carlos de Viana, hijo de la actual heredera, Blanca y de Juan, infante de Aragón y duque de Peñafiel.
Atravesaron la Población por la belena, conformando un cortejo inmenso, y tras entrar en el Burgo, enfilaron el camino hacia la Navarrería por la rúa Mayor de los Cambios.
La multitud allí llenaba la calle para ver al heredero.
Los vítores resonaban entre las fachadas de las casas mientras las campanas de San Cernin repicaban sin descanso.
Adrián cabalgaba ahora en cabeza del cortejo y pudo comprobar cómo en algunos enclaves una auténtica marabunta ocupaba por completo el espacio que tendrían que atravesar.
Los caballos, cansados del viaje, empezaron a moverse nerviosos y el soberano preocupado se situó a la par de uno de los soldados.
―¡No permitáis que se acerquen tanto! Portamos al heredero. Advertid a los procuradores de las buenas villas.
El caballero asintió y se acercó a la cabeza de la procesión, donde se hallaban los representantes de los burgos. Desfilaban en aquel momento por delante del pequeño palacio de la familia de Miguel, de la iglesia de San Cernin y pronto superarían la Galea.
Estaban a punto de desembocar en Portalapea, cuando se formó un enorme embudo de gentes tratando de salir hacia la tierra de nadie. Los de San Cernin se acercaron al príncipe y también los de la Navarrería quisieron situarse a su lado ahora que se dirigían hacia su territorio.
―Van a provocar una desgracia ―murmuró Adrián para sí.
Entonces ocurrió. Una avalancha humana fue empujada contra los caballos. Varios hombres tropezaron y cayeron al suelo mientras los animales se movían nerviosos chocando entre sí.
―¡Atrás! ¡Atrás! ―vociferaron los miembros del cortejo.
El caballo que trasladaba al príncipe recibió un fuerte golpe lateral.
Se giró sobre sí mismo y se encabritó, levantando peligrosamente sus patas delanteras.
El caballero de la Bone Foy se desequilibró y estuvo a punto de caer con el pequeño Carlos en sus brazos.
Se hizo un silencio súbito seguido de un grito de pánico.
Adrián sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.
Vio entonces cómo el rey espoleaba su montura para llegar hasta allí.
―¡Por Dios! ¡No lo soltéis! ―clamó el soberano.
Varios hombres y mujeres cayeron al suelo, un niño estuvo a punto de ser golpeado por los cascos, hasta que el animal sobre el que iba el príncipe logró sobrepasar la multitud y superar Portalapea.
Emprendió entonces una carrera desesperada hacia la tierra de nadie.
El caballero apretaba con fuerza al heredero con un brazo mientras aferraba las riendas con el otro.
Durante unos metros el jinete pareció a punto de salir despedido con el niño en brazos.
Sin embargo, logró mantenerse sobre la cabalgadura.
Tiró con firmeza de las riendas y, pese a que el caballo volvió a alzar sus patas delanteras, consiguió al fin dominarlo.
Durante unos segundos el animal resopló sofocado.
Nadie se había movido. Todos contenían la respiración hasta que el caballero alzó al pequeño para que lo vieran. Lo había salvado.
El desfile concluyó en aquel mismo instante.
El rey se acercó hasta el jinete, tomó a su nieto en brazos y pidió después a varios caballeros de la Bone Foy que lo siguieran.
Desaparecieron por la puerta del Chapitel de la Navarrería, dejando a autoridades y representantes de los burgos atónitos tras de sí.
Adrián se hallaba encerrado entre la multitud y, en cuanto pudo hacerse paso con su caballo, sorteó los corrillos que comentaban lo sucedido y siguió el camino del monarca. Llegó al Palacio y pronto comprobó que se habían adoptado fuertes medidas de seguridad.
―El rey ha ordenado que no se le moleste. No permitiremos que nadie acceda a Palacio, a no ser que él lo autorice ―dijo uno de los soldados a quien no conocía.
Se adelantó.
―Soy Adrián Alegre, su consejero, y estoy seguro de que me espera. Pedid al ujier que anuncie mi presencia.
El soldado lo miró de arriba abajo, tratando de reconocerlo.
―Aguardad aquí ―pidió―. Que no entre nadie ―ordenó después, dirigiéndose al resto de soldados.
Se dio la vuelta y desapareció por la puerta que daba acceso al patio de armas del Palacio. Poco tiempo tardó en aparecer el ujier del rey. Hizo un gesto para que Adrián se acercara, lo tomó del brazo y lo condujo al interior.
El monarca recorría la galería de un lado a otro.
―Hacía semanas que no visitaba Pamplona ―fue su saludo nervioso―. He concedido al pueblo de Pamplona la gracia de conocer hoy aquí al heredero del reino y han sido los procuradores de las buenas villas, los propios jurados y sus máximos representantes quienes han provocado semejante avalancha.
―Sabéis, Majestad, que es mucha la tensión que sigue latente entre los habitantes de las tres poblaciones. Cada burgo sigue queriendo ganarse vuestro favor por encima del otro.
―¡El Príncipe de Viana, mi nieto, ha estado a punto de caer y de ser pisoteado por los caballos!
Adrián calló, como si él fuera el culpable de aquellos hechos.
―Pensé que el juicio reciente podría apaciguar los ánimos, pero no lo ha hecho ―valoró el de la Población―. La fractura es mucho más profunda.
El soberano no contestó a la reflexión de su consejero.
―¿En qué pensáis, Majestad?
―¿Encargasteis la redacción de la orden de la unión?
―Así es, Majestad. Simón y Sara han preparado un borrador.
Solo falta vuestra corrección para tratar de aprobarla en el Consejo con los procuradores de los tres burgos.
El escrito elimina los privilegios, las viejas divisiones y reordena las instituciones municipales. Es tal y como vos deseabais hacerlo.
―Siento que mi tiempo se acaba y no quiero que pase sin solventar aquello que he ido posponiendo.
Quizá provoque recelos y luchas en un primer momento, pero el legado que dejaremos al futuro rey será una única ciudad en paz y concordia, con las mismas leyes y los mismos derechos para todos sus habitantes.
Promulgaremos el Privilegio de la Unión antes de que finalice el verano.