Capítulo 64
A bro los ojos de pronto.
Me encuentro en el pequeño dormitorio de la Fortaleza Gris, acompañada por unas ascuas anaranjadas en la chimenea. Blake duerme en una silla, con la cabeza caída sobre su pecho. Estoy respirando con demasiada profusión, así que intento calmarme, aterrorizada ante la posibilidad de despertarlo.
Un millar de emociones se desatan en mi pecho, pero hay una que se impone a todas las demás: un gélido miedo cortante. En algún momento de su vida, Blake se dirigió al Dios de la Noche como su amo.
Tengo que salir de aquí.
Blake abre los ojos. Las sábanas merman mi movilidad. Mis latidos se intensifican bajo la piel. Hacen ruido. Mucho. Sé que los oye. Convierto mi cuerpo en piedra, como si de ese modo pudiera amortiguar el sonido, pero entonces mis pulsaciones se aceleran y se aceleran, más y más.
Tiene el pelo hecho un desastre. Algunos mechones le caen sobre la frente.
Lleva la camisa desabrochada a la altura del cuello.
Transmite relajación, con el trémulo fuego crepitando en el hogar a sus espaldas mientras permanece sentado.
Parece inofensivo. Vulnerable. Me pregunto cuánto empeño habrá puesto en perfeccionar su papel.
Quizá sea un don natural.
Trabaja para Noche. Ha sido así desde el principio. Ha estado buscándome.
«Yo siempre finjo», me dijo en una ocasión. Debería habérmelo tomado más en serio.
Sé que ahora está actuando. Lo veo en la tensión de las manos en torno a los reposabrazos de la silla, en cómo endereza la espalda de forma casi imperceptible. Siento una espiral de cautela que se tensa alrededor de mi alma. Ha estado ahí mucho tiempo, al límite. Creo que por fin va a romperse.
Conozco su secreto.
Mi pulso me ensordece.
¿Sabrá que lo sé?
Se me queda mirando con una sombra de desafío en sus ojos. «Dilo —parece retarme—. Muerde».
Se me acelera la respiración. Tengo que salir de aquí. Debo advertir a Ryan. Supongo que también a James. Tengo que advertir a todo el maldito reino y a mi propio pueblo. Tengo que impedir que me use para liberar a su amo. Mis pupilas se detienen en la puerta, pero sé que me atraparía.
Me obligo a relajarme. A dejar escapar el aliento. A sonreír. No me ha hecho nada todavía, así que debe de estar esperando a que suceda algo antes de pasar a la acción. Tengo tiempo. Tiene que haber más tiempo.
Yo también puedo fingir.
—He tenido un sueño rarísimo en el que me perseguían por un bosque —digo.
Me recuesto sobre los almohadones. Le haré creer que todo está en orden, esperaré a que se duerma de nuevo y entonces saldré corriendo.
Parpadea. Una vez. Dos.
—Suena aterrador.
Cambia la postura en su asiento y yo procuro no alterarme. Apoya el pie en el borde de la cama. Creo que para bloquearme la salida. Pero entonces se levanta el bajo del pantalón. Demasiado tarde, mis ojos se posan en su piel expuesta y entonces comprendo sus intenciones.
La marca que vi ahí cuando me escondí bajo su cama no es una cicatriz normal y corriente: la imagen cauterizada de una llave con dos lunas crecientes en su arco le adorna el tobillo.
El contorno de la carne está irritado y oscurecido.
Elsie y Alexander tenían el símbolo del Dios de la Noche tatuado en sus muñecas, pero esto…
esto es distinto. Una nueva oleada de terror se apodera de mí al recordar el libro con los monstruos de Noche garabateados en él.
También ellos estaban marcados de ese modo.
Me lo está enseñando. Quiere que me enfrente a él.
Aparto la mirada a toda prisa, fingiendo no haber visto nada.
Él suspira y baja el pie. Su bota golpea el suelo con firmeza.
—Dejemos de jugar a esto. —La forma que tiene de decirlo, como si yo fuera un incordio, como si fuera a mí a quien hubieran pillado haciendo lo que no debe, aviva un fuego en mi interior que destierra parte del frío que siento—. Seamos sinceros por una vez.
—¿Sinceros? —La palabra brota de mis labios—. ¿Quieres ser sincero?
—Sí —contesta mientras yo desvío la mirada hacia la puerta—. Sé lo que estás pensando, así que dilo y así podré explicarme.
Antes, he sentido cómo el poder corría por mis venas. Ahora, sin embargo, me siento de todo menos poderosa. Incluso aunque entendiera cómo funciona el poder de la luna, ¿para qué podría usarlo? ¿Para convertirlo en un lobo y que representara una amenaza aún mayor?
Aferro las sábanas.
—El vínculo te impide hacerme daño —le recuerdo.
—Esa no es la razón por la que no voy a hacértelo.
—Has estado sirviendo al Dios de la Noche.
Espero a que lo niegue. Quiero que lo niegue.
—Sí.
Se me entrecorta la respiración. Se me parte el alma en dos. Mi miedo se aviva como un incendio.
—Los rumores de que había alguien intentando liberarlo y formar un ejército para él son sobre ti. Tú eres el príncipe de la noche.
—Sí.
Me late tan rápido el corazón que eclipsa cualquier otro sonido. Se me dispara la adrenalina en el cuerpo. «Corre. Corre. Corre».
—Aurora, no tenemos tiempo para esto. No…
Cuando me precipito por la cama en dirección a la puerta, las sábanas se me enredan en las piernas y el vaso de agua de mi mesita de noche derrama su contenido.
Él me coge por la muñeca y me tira sobre el colchón.
Yo entreabro los labios para gritar, pero él, que me sujeta con fuerza para que no pueda moverme, me tapa la boca con una mano.
Se pone encima de mí, con los muslos fijos junto a mis caderas.
Su olor me nubla los sentidos. Yo le aferro sus muñecas y le rodeo el hueso con las manos.
Casi saboreo la sal de la palma. «Muerde. Muerde. Muerde».
— No. —El lobo centellea en sus ojos, fiero y hermoso—. Escucha.
Su esencia me inunda por completo, oscura, poderosa y asfixiante. Me acaricia, me seduce, y la dominancia que trae consigo es tal que casi gimo por el esfuerzo que me exige mi intento de repelerla. Algo dentro de mí ansía ceder a ella, someterse.
Está usando el Àithne, igual que antes, pero ahora el miedo me atraviesa las entrañas.
Es más poderoso de lo que dio a entender la última vez que hizo esto.
Todo este tiempo he pensado que era Callum el que se contenía cuando estaba a mi lado.
Ahora veo que era Blake. El sudor me perla la frente.
Las palabras que dijo en su habitación de Madadh-allaidh vuelven para atormentarme: «Llegado el momento, pequeña liebre, te daré todo lo que tengo. Te lo prometo».
¿Es esto? ¿Esta es su gloriosa rendición?
— Deja de pelear, Aurora. Escucha.
Mis propios poderes acuden para enfrentarse al suyo.
Me sumerjo en lo más profundo de mi ser para encarar sus sombrías garras.
Él me sujeta con más fuerza y yo boqueo en busca de aire.
Aun así, creo que podría repelerlo. Con la llegada de esos puntitos ya conocidos en mi visión y lo mucho que se me acelera la respiración, comprendo que lo único que tengo que hacer es dejarme llevar.
Creo que él también lo sabe. Creo que me está dando una razón para doblegarme a él, la oportunidad de fingir que ha sido capaz de someterme. Porque él sabe mi verdad, por mucho que no pueda digerirla.
Quiero saber qué es lo que tiene que decir. Quiero confiar en él. Quiero que me diga que se trata de un error y que no me equivoqué al salvarle la vida.
Así que esa parte traicionera de mí misma se queda quieta. Obedece. Se somete.
Finjo que no quiero hacerlo. Incluso dejo escapar un débil quejido contra la palma de su mano.
Él curva la comisura de sus labios, como si captara mi jugada.
Dejo que mi cuerpo se hunda entre las sábanas y cejo en mi resistencia contra él.
Cuando, con un parpadeo, alzo la vista para mirarlo, mi cuerpo se ablanda y el suyo adquiere cierta flexibilidad.
Hunde los hombros, aliviado.
—¿Vas a gritar? —pregunta.
Yo niego con la cabeza y él aparta la mano.
—Buena chica. —Respiro a toda velocidad. Igual que él—. Voy a decirte la verdad, Aurora, y necesito que me escuches con atención, porque me temo que no tenemos mucho tiempo. ¿Estás escuchando?
Asiento.
—Sí.
—Bien. Yo no soy uno de los Acólitos del Dios de la Noche.
No soy ningún pelele que se pasea por ahí con una túnica oscura y un símbolo tatuado en la piel.
Soy algo mucho peor. Soy su prisionero, igual que la serpiente que mataste, igual que los monstruos de los que has oído hablar.
La prisión a la que te he arrastrado en mis sueños fue mi hogar durante mucho tiempo. Te has dado cuenta, ¿verdad?
—El estigma de tu tobillo —murmuro.
—Sí. Marca a todos sus prisioneros con él. Los acólitos lo copian, como si fueran capaces de entender lo que representa.
Se inclina hacia atrás, de manera que queda arrodillado sobre mí. No consigo calmar mi alocado corazón, como tampoco puedo calmar a la bestia que ha despertado en mi pecho. Reparo en que sigo aferrando su muñeca. Por algún motivo, no la suelto. Noto la agitación de su pulso bajo los dedos.
—Mi alma pertenece al Dios de la Noche —dice—.
Igual que las almas de los otros prisioneros que estuvieron conmigo bajo palacio.
Una vez me preguntaste si maté al maestre sanador.
Te dije que esa no era la pregunta adecuada.
¿Sabes ahora cuál es esa pregunta? —Trémula, inspiro mientras recopilo todos los datos que tengo, todo lo que me ha dicho.
Por mis venas fluye más terror que sangre.
Asiento en un movimiento que se ve mermado por la almohada—. Házmela.
—¿Cómo escapaste? —Mis palabras suenan débiles, apenas audibles en contraste con la ferocidad del viento en el exterior y los rugidos del mar contra los acantilados. Es como si el tiempo se estuviera solidarizando con la tormenta de mis adentros.
Una sombra cruza su rostro y yo me siento totalmente invadida por esa misma angustia fría e interminable que me asaltó cuando me besó. Siento que me ahogo.
—No lo hice. Allí, en las celdas bajo el palacio, morí.
Se me para el corazón. La emoción poderosa e ilegible que estalla en mi alma se mezcla con la oscuridad.
—No… no lo entiendo.