Capítulo 63
M e quedo sin habla.
Al ver a Blake ahí de pie, en el acantilado, con las olas rompiendo más abajo, entiendo en parte que Ryan haya sentido la necesidad de agachar la cabeza y salir corriendo.
Emana una dominancia en la que no había reparado hasta ahora.
Quizá se haya fortalecido el vínculo entre los dos y ahora sea más consciente de él que antes.
O tal vez lo que sea que comparta con el resto de los lobos me permita percibir su lado animal.
Me da la impresión de que es… peligroso.
O a lo mejor se trata de lo quieto que está bajo la intemperie, o de la tensión de sus hombros, contrarrestada por su característico hoyuelo en la mejilla. Un reguero de sangre que le surca el rostro se mezcla con la lluvia, rueda por su pómulo y cae por su barbilla.
James sonríe. Mucho. Coge a Blake por el hombro y se vuelve hacia mí.
—¿Ves esto? Hombros rígidos, bíceps en tensión, mandíbula apretada. —Señala el rostro de Blake—. Típicos signos de vigilancia. Si yo ahora te tocara, aunque fuera un pelo, princesa, lo más probable es que intentara matarme.
Blake le dedica una peligrosa sonrisa.
—Como vuelvas a tocarme a mí , te arrancaré el brazo y te lo meteré por el culo.
James suelta una carcajada y le da unos toquecitos suaves en la mandíbula.
—Aterrador. —Empieza a alejarse hacia las puertas de hierro de la fortaleza. Blake se gira y le patea con suavidad la parte trasera de la rodilla, lo que provoca que trastabille—. ¡Eh! ¡Cabrón!
—Capullo —murmura Blake con la comisura de los labios elevada mientras se vuelve hacia mí.
Comprendo que, aunque Blake y James estarían encantados de matarse el uno al otro, aquel formó parte del círculo cercano de alfas de este durante dos o tres años.
James conocía a Blake lo suficiente como para identificar la verdadera naturaleza del vínculo antes incluso que Callum. Quizá hasta sean amigos, a su manera.
Cuando las puertas se cierran y las pisadas de James quedan ahogadas por los azotes de la lluvia contra tierra y mar, se me retuerce el estómago.
Blake y yo estamos solos por primera vez desde que irrumpí en sus aposentos y a él lo detuvieron los hombres de Lochlan.
Se supone que somos enemigos, que remamos en contra del otro, pero él me salvó la vida y yo se la salvé a él.
Se frota la nuca. Ha encapsulado sus emociones para que no acceda a ellas, pero creo que se siente tan raro e incómodo como yo.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta al fin.
—Eh…, bien. Gracias. ¿Y tú?
Él suelta una débil risa y sacude la cabeza.
—Estoy bien, pequeña liebre.
Suspira y a mí se me tensan los músculos.
Estoy segura, por lo empapada que estoy y lo mucho que tiemblo, de que me va a decir que vuelva adentro, que debería estar descansando.
No quiero volver a la cama, todavía no. No quiero quedarme a solas con mis pensamientos.
No quiero arriesgarme a tener las pesadillas que estoy segura de que tendré.
Él camina hasta una roca en el límite del precipicio y se sienta en ella de cara al océano. Yo dejo escapar el aliento. Me acerco hasta una segunda roca a unos palmos de la suya y me siento. Mis pies cuelgan en el vacío.
A lo lejos, el humo negro ha consumido el anfiteatro casi por completo.
—James dice que insististe en quemarlo —digo—. ¿Por qué?
—Son los cuerpos lo que quería quemar. Los acólitos llevaban la marca del Dios de la Noche, lo que significa que le entregaron sus almas.
He oído historias que dicen que algunos de sus prisioneros son tan fuertes que pueden tomar posesión de los muertos.
Me hizo pensar en Kai en Madadh-allaidh, en cómo le cambiaron los ojos.
—¿Crees que estaba poseído?
Se encoge de hombros.
—No lo sé, pero ellos conocen tu verdad. No quería arriesgarme. —Gira la cabeza para mirarme—. Lo que hiciste ahí… Estuviste magnífica.
—Eh… —Se me hiela la sangre.
Blake arruga el entrecejo.
—¿Qué pasa?
—Me sentí… poderosa, en cierto momento. Pero después…
—digo, negando con la cabeza— quise huir de mi destino.
Quise sentir que era algo más que el títere de otra persona.
Quería dejar de ser un objeto. Se librarán guerras por mí, ¿no?
Intentarán matarme. No por lo que soy, sino por cómo podría usarme la gente. Soy un arma.
—No, cielo. —Su voz aterciopelada se impone por encima del rugido del viento—. No eres un arma. Eres un puto huracán.
Hay tanta intensidad en su mirada que me veo obligada a apartar la mía y observar el turbulento oleaje.
—Alexander te llamó hermano —apunto.
—No somos parientes, pero sí hermanos, de algún modo. Igual que Jack y Arran son mis hermanos también. Algunos vínculos los forja la sangre. Otros, la luz, el amor y la esperanza. Y otros… los forja la oscuridad.
—¿Dónde están Jack y Arran?
—Arran ha vuelto a Lowfell a ver cómo están las cosas. Jack se está asegurando de que la Fortaleza Gris esté a salvo. Volverán.
Inspiro profundamente, deleitándome en la fragancia marina del aire.
—Estoy lista para hablar de ello.
Un largo silencio se instala entre nosotros. Él junta las manos entre los muslos.
—Vale. ¿Qué quieres saber?
—La verdad. ¿Cuándo…? ¿Cuándo te enteraste… de esto? —Me toco el pecho, incapaz de decirlo en voz alta.
—No estoy seguro. Al principio, creí que solo quería jugar contigo, pero cuanto más tiempo pasabas cerca… Ya te comenté que me pareció que me eras familiar cuando nos conocimos, a pesar de no haber coincidido nunca. Arran estuvo apresado conmigo bajo palacio. Igual que su pareja.
—Fara —digo en voz baja.
Asiente.
—Nuestro captor experimentó con ellos y lo registró en las páginas del libro que cogiste de mis aposentos.
En esa época aprendí más sobre el vínculo de pareja de lo que me habría gustado.
Es la razón por la que saqué el libro de mi antigua habitación poco después de que llegaras a las Tierras del Norte.
Empezaba a sospechar algo, aunque no lo sabía con certeza.
Al menos no hasta que te fui a ver al calabozo y enrollaste tus piernas en mi cintura.
—Recuerdo el momento: me dio la impresión de que quería besarme y de que estaba disgustado consigo mismo por ello.
Blake suspira—. Así que, esa noche, cuando te estabas muriendo, yo sabía que podía compartir mi fuerza vital contigo, porque Arran y Fara lo habían hecho en múltiples ocasiones.
—Sacude la cabeza—. Crees que te la jugué, pero lo cierto es que no fue así.
Hice lo que hice porque no quería que murieras.
Sus palabras suenan ásperas en su garganta y yo soy incapaz de dar con alguna para romper el pesado silencio que cae sobre nosotros.
Se encoge de hombros.
—Supongo que la verdad es que fui tan arrogante como para creer que podría apartarme en el último minuto; que podría cogerte, como hiciste tú conmigo, en el pozo y después dejarlo correr sin que hubiera consecuencias.
Pero te aferraste con tanta fuerza… De verdad, Aurora, no pretendía que pasara esto.
No te equivoques, tenía aspiraciones al trono; aún las tengo.
Tu papel en mi plan había concluido. Iba a chantajear a Callum una vez que le hubiéramos arrebatado Madadh-allaidh a James.
No planifiqué… esto. A mí me complica mucho las cosas.
—Me lo ocultaste. No tenías ningún derecho a hacerlo.
Suelta una tenue y oscura risa.
—¿Qué se suponía que debía hacer? Estabas con Callum. Y yo sabía que él no podría encajarlo. La verdad os habría destruido a ambos.
—Como habría destruido tu plan también.
—Sí. Eso también influyó. —Esboza una sonrisa—. Tienes el poder. Rompe el vínculo, si consideras que debes hacerlo.
—Creo que lo he dotado de más fuerza. Me parece… Es… distinto.
—Sí. Yo también lo creo. —Cualquier atisbo de diversión se extingue de su mirada—. Puede que hayas perdido la oportunidad de hacerlo. Podrías haberlo roto cuando me estaba muriendo. ¿Por qué no lo hiciste?
Hundo el rostro entre las manos.
—Ay, yo qué sé, Blake. Eres insufrible, sibilino y manipulador.
Has buscado provocarme constantemente. Me mordiste.
Conspiraste en mi contra. Me ocultas cosas y no me fío de ti en lo más mínimo.
Eres la persona más irritante que he conocido en mi vida.
Y aun así… —Exhalo un largo suspiro. Me siento expuesta, desnuda ante él.
—¿Y aun así…?
Admito algo que me hace sentir más vulnerable que en toda mi vida.
—Aun así, eres mi amigo —digo con un hilo de voz.
Aguardo a que se burle y se ría de mí. Aguardo a que sus labios se curven un poco, a que aparezca en sus ojos ese destello antagónico.
Pero no. Su expresión está más seria de lo que la he visto nunca.
La sonrisa que compone resulta triste. Me pregunto si alguna vez ha tenido una amistad sincera, o al menos una que no se haya fraguado en las profundidades de una prisión.
No obstante, la verdad es que yo tampoco he tenido un auténtico amigo nunca, independientemente de lo mucho que lo haya deseado.
Un arrepentimiento abrumador amenaza con asediarme, pero él lo frena.
—Lo mismo digo, pequeña liebre.
El ambiente vuelve a resultar extraño. De pronto, estoy agotada. Con un estremecimiento, me froto los brazos y me levanto.
—Voy a volver dentro. Estoy cansada.
Él asiente y se pone en pie.
—Voy contigo.
Juntos, regresamos al interior de la Fortaleza Gris.
Oscuridad.
Me envuelve por completo, tan densa que la saboreo.
Inspiro con brusquedad. Estoy en un largo pasillo repleto de sombras susurrantes sobre el suelo, como si tuvieran mente propia.
Se arremolinan en torno a mis tobillos. Mis pulsaciones se disparan cuando un aroma viejo, antiguo, me roza las fosas nasales.
Avanzo con sigilo junto a varias puertas cerradas.
Oigo un siseo detrás de una de ellas, un sonido áspero, pero conocido.
Trago saliva para aliviar el nudo que se me forma en la garganta y acelero el paso. Necesito salir de aquí.
Camino por una galería arqueada que conduce a una habitación hexagonal. Algo en su estructura me resulta familiar. Recuerdo el bosquejo que encontré en los aposentos de Blake.
—A mí me resulta indiferente. —Su voz proviene de uno de los arcos que hay a mi izquierda, donde aprecio el símbolo del Dios de la Noche tallado en la piedra—. Si lo que quieres es un ejército, puedo construirte uno.
La sangre se me hiela en las venas. Sigo su voz y freno en seco.
Estoy detrás de un largo trono de obsidiana.
Un hombre está sentado en él. El miedo me atenaza con tanta fuerza que soy incapaz de moverme.
Irradia frío y un poder antiguo que hace que se me erice la piel.
No puedo verle el rostro, pero sí consigo captar un destello de cabello corto tan blanco como la luna, así como una corona esbelta y dentada con diamantes engarzados.
Tamborilea con los dedos en el reposabrazos.
Mi alma sabe de quién se trata a pesar de que nunca antes he visto un retrato suyo.
—No confío en ti —replica el hombre con una voz gélida.
Blake se arrodilla frente al trono con la cabeza inclinada en un gesto deferente. Cuando la alza, tiene las comisuras de los labios curvadas hacia arriba.
—¿No es eso parte de mi encanto, amo?
Su rostro es más juvenil y tiene el cabello algo más largo y alborotado. La conmoción me sacude con violencia. Esto es un recuerdo, como los otros en los que me he estado colando. Un sueño de Blake. Y estamos en la prisión del Dios de la Noche.
Este ríe, un sonido frío y oscuro que me hace temblar.
— Sí que eres uno de mis juguetes preferidos.
Mmm…, muy bien. Hazte con el Reino de los lobos y prepáralo para mi retorno.
Ghealach sufrirá al verme doblegar a sus criaturas.
Y encuentra la llave. Tráeme el Corazón de la Luna y serás recompensado más allá de lo que hayas imaginado.
Pero como me falles… Como me falles, recibirás un severo castigo.
—No te fallaré.
Mi corazón late desbocado. Es una cacofonía en mis tímpanos. Retrocedo un poco y los ojos de Blake se clavan en los míos. Los abre un poco. Un atisbo de pánico demuda sus facciones antes de refugiarse de nuevo en la indiferencia y devolverle la mirada a su amo.
—¿Pasa algo? —El hombre coronado empieza a girarse con un chasquido—. ¿Acaso alguna de mis almas se está portando mal? Tráela ante mí.
No quiero que el Dios de la Noche me vea.
No espero a que Blake me atrape. Puede que esto sea un recuerdo, pero tengo la terrible sensación de que habrá consecuencias inmediatas como me pillen.
Corro. Corro como no he corrido en mi vida.
Mis músculos gritan; mis pies restallan contra las baldosas.
De vuelta en la sala hexagonal, siento que me van a explotar los pulmones.
Unos pasos me persiguen. Blake me persigue.
Uno de los arcos está iluminado. Me vuelvo hacia él con la esperanza de que sea la salida. Golpeo la puerta con todo mi ser. Percibo el aroma a pino y sombras.
Se abre de golpe. La oscuridad me engulle. Caigo.
Luz. Una luz cegadora.