Capítulo 62 #2
Una parte de mí ansía andar camino abajo, avanzar por entre las rocas y asegurarme de que tanto la serpiente como los hombres encapuchados y Alexander se han ido de verdad.
Al mirar, sin embargo, me apercibo de una densa humareda, más oscura que la noche, que se desprende del tejado.
Una ráfaga de viento trae consigo el olor a fuego y carne rancia al quemarse.
—¡Bah, que te den, James! —dice una voz femenina transportada por el viento junto con el sonido de las botas sobre la piedra húmeda. Me giro hacia el sendero—. ¿Qué quieres que te diga? ¿Debería darte las gracias por venir a morir conmigo?
—Así es. Sería un comienzo, maldita desagra… —El rugido del viento se ha tragado el insulto que James le ha dedicado a Claire—. Te he salvado la vida.
—Sí, eso hacías mientras estabas encadenado y de rodillas, ¿no? Fue Aurora la que me salvó la vida, majadero. Tú te obcecaste con tus mierdas, como de costumbre.
—Conque sí, ¿eh? Bueno, pues tú sí me salvaste la vida a mí, Claire. Ese acólito iba a cortarme la cabeza, ¿te acuerdas? ¿Qué? ¿Asustada ante la posibilidad de perderme?
—Por favor, estaba cargándome a un sureño, no tenía nada que ver contigo.
James ríe.
—Di que sí, convéncete de lo que quieras, muchacha. Tú…
Alcanza los márgenes del acantilado, a unos seis metros de mí.
Vuelve el rostro de forma abrupta en mi dirección.
Lleva una camisa negra y empapada que se le pega a la musculatura, y tiene el kilt manchado de sangre.
La llama de la antorcha que sujeta en la mano lucha por mantenerse encendida en la intemperie.
Una capa de mugre y ceniza reviste su rostro, y yo arrugo la nariz ante el olor a muerte que desprende.
Instantes después, Claire sube junto a él, con la respiración un tanto agitada.
—¿Te vas a quitar de en medio o qué? —Le golpea el hombro con el suyo—. ¿No había un sitio peor en el que parar…?
Enmudece nada más seguir la mirada de James. El cabello se le pega a las mejillas, ya que está tan sucia como él. También sujeta una antorcha moribunda en una mano. Inclina la cabeza hacia mí antes de enfilar las puertas de hierro a mis espaldas.
—Bueno, hasta aquí. Voy a ver si ese bastardo sureño guarda algún whisky decente en este insufrible castillo, aunque lo dudo bastante.
—De acuerdo. Iré en un minuto —dice James sin apartar los ojos de mí.
—No te estaba invitando —replica Claire, desapareciendo en el patio.
James sacude la cabeza mientras se me acerca.
Yo me yergo. No soy capaz de discernir si representa una amenaza o no. Es mi enemigo, pero el recuerdo de cómo se arrodilló ante mí relampaguea en mi mente. Ahora no me mira con deferencia, sino con una suerte de irónica diversión en los ojos.
—Mira quién ha despertado. Me sorprende que estés aquí sola —comenta.
Se detiene a mi lado y señala el anfiteatro frente a nosotros con un asentimiento—.
Lo hemos quemado. Blake insistió. Siempre ha tenido problemas con su lobo, y lo que fuera que le hiciste allí…
En fin, ha estado insoportable desde entonces.
¿Mi hermano te habló alguna vez de la vigilancia de bienes?
«Los lobos celan aquello que es valioso para ellos». Fue Blake el que me lo dijo.
—¿Qué quieres, James?
Con una risita apagada, se pasa una mano por la barba incipiente.
—Nada del otro mundo, te lo aseguro. Lo mismo que quería cuando estaba ahí abajo, en las perreras.
Estar a resguardo del frío, borracho y bien follado.
No tienes nada que temer conmigo, muchacha.
Puede que seamos enemigos, pero tienes la sangre de mi diosa corriendo por tus venas.
No te haré daño. Si mi gente descubre quién eres…
—Sacude la cabeza. Unos mechones de cabello castaño se le pegan a las mejillas—.
Mi reino se volverá loco intentando ponerte la mano encima.
Mantendré la boca cerrada. Tienes mi palabra.
Parte de la tensión de mi interior se disipa. Puede que James no sea tan honorable como Callum, pero le creo. Intentó ayudarme en el anfiteatro, antes incluso de saber quién era en realidad. Tengo la impresión de que hay bondad en él, muy en el fondo.
James se encoge de hombros.
—Sé que la idea de casarte conmigo te parece aborrecible…
—Casi todo de ti me parece aborrecible.
—¿Casi? ¿Te estoy ablandando, princesa?
—No. No vas a volver a proponer que nos casemos, ¿verdad?
Él pone los ojos en blanco.
—Ese barco zarpó hace mucho. Eres muy hermosa, correcto, pero antes solo te lo pedí como una afrenta hacia las Tierras del Sur y porque sabía que Blake tramaba algo.
Deberías estar en el norte, con los lobos.
Con mi hermano. Su honor no le permitirá desposar a la pareja de otro lobo, pero, aun así, una alianza matrimonial con Callum sería una jugada sensata.
Odio decirlo, pero, con tanta historia con el Dios de la Noche últimamente, creo que se avecina algo peor.
Puede que debamos unir los reinos para enfrentarnos a esa amenaza.
—No —digo.
James enarca una ceja.
—No seas terca. Sé que las cosas entre vosotros se han complicado, pero…
—Para que nuestros reinos se unieran a través del matrimonio, mi padre tendría que dar su visto bueno.
Él es quien reina, no yo. —Sacudo la cabeza—.
Aunque estuviera dispuesto a aliarse con el pueblo al que ha estado oprimiendo y aniquilando, aunque pudiéramos persuadir a Callum de que aunara esfuerzos con un monstruo, yo no seré una herramienta política para los lobos.
—Tengo la columna vertebral inmóvil, presa del agarre de mi pulsión salvaje.
No sé por qué le estoy diciendo esto precisamente a James y no a otro, pero creo que lo entenderá—.
Mi padre ya ha gobernado suficiente —digo por encima del rugido del oleaje—.
No es apto para ser rey. Philip no tiene aspiraciones al trono y, como se ha ido a las Tierras Nevadas, solo queda una persona que pueda heredar la corona.
Con mi padre fuera de juego, el trono recalará en mí.
Quizá sí tengamos que unir los reinos, pero no acudiré a Callum como la princesa de nada, sin poder ni influencia, a pedirle una alianza.
No. Acudiré a él como su igual. En calidad de reina.
Los ojos de James relucen en la penumbra.
—Tenía pensado ir a Highfell para retar al nuevo alfa, sea quien sea, pero, si necesitas ayuda para matar sureños, creo que hace tiempo que le debo una visita a tu padre.
Lo observo. Puede ser despiadado, con esos enormes y poderosos músculos, y tiene la experiencia del gobierno.
Conmigo, también podría transformarse a voluntad.
No me cae bien, pero podría serme útil. No es que me sobren los aliados, así que quizá tenga que conformarme con enemigos con los que comparta metas.
—Es posible.
Él suelta una risa.
—Sí que te estoy ablandando.
Yo abro la boca para replicar.
—¡Eh! ¡Gracias por esperar! —vocifera Ryan mientras asciende por el empinado sendero rocoso en nuestra dirección, con el pelo cobrizo aplastado en la cabeza. Una sonrisa ilumina su rostro en cuanto me ve—. ¡Princesa! ¿Qué tal…?
Su semblante palidece. Al mismo tiempo, el aroma aterciopelado de los bosques inunda mis sentidos y ese hilo enrollado en torno a mi alma se tensa.
Con la testa gacha, Ryan se apresura entre James y yo en dirección a la Fortaleza Gris.
James niega con la cabeza. Hay una sombra de diversión en el rictus de sus labios.
Me doy la vuelta. Blake está de pie entre nosotros y las puertas de hierro de la fortaleza. La lluvia le empapa la camisa negra, que se le pega al cuerpo, y el viento le agita el pelo. Sus ojos se topan con los míos y el hilo que nos une vibra. Caigo y me paralizo a la vez.
Camina hacia nosotros con las manos en los bolsillos.
—Excelente plan, pequeña liebre —dice, y comprendo que ha estado oyendo nuestra conversación. Un hoyuelo se conjura en su mejilla—. ¿Te gustaría que te echara una mano?