Capítulo 62
E stoy sobre algo mullido. La fragancia a pino que impregna el aire se mezcla con el humo de leña. El viento ruge, pero no lo siento en mi piel. Me da la sensación de que me he vuelto líquida; los párpados me pesan tanto que parece imposible abrirlos. Con mucho esfuerzo, lo hago.
Me encuentro en la cama de una pequeña habitación. El fuego que crepita en la chimenea proyecta su luz sobre las paredes de piedra oscura y la fina alfombra que hay delante. Espero a que el dolor me asedie los asentidos, pero no llega dolor alguno.
—Hola, hermanita. —Philip está sentado en una silla de madera junto a la cama, con sus largas piernas estiradas ante él.
Su rojo cabello cobrizo está de punta y su piel hace gala de una palidez que resalta sus pecas más de lo habitual.
La última vez que lo vi estaba sangrando, gritando órdenes a los lobos mientras esa especie de serpiente se alzaba ante ellos. Había sangre por todas partes. Y Blake…
Inspiro, temblorosa, y luego suelto el aire.
—¿Dónde está…? —Trago saliva. Qué raro que sienta decepción por la ausencia de Blake, que la primera pregunta que quiera hacer sea sobre su paradero—. ¿Dónde está todo el mundo?
Philip esboza una sonrisa.
—Está ocupándose de los prisioneros.
Con el ceño fruncido, me yergo hasta estar sentada.
—¿Prisioneros? —Tengo la garganta seca, así que Philip me acerca el vaso de agua que descansa sobre la mesilla de noche. La luz de las velas danza en la superficie. Lo cojo y doy un par de sorbos ávidos.
—Blake hizo que acorralaran a los lobos supervivientes. Los ha encerrado en las mazmorras de la Fortaleza Gris.
—¿Por qué? ¿No han sufrido ya bastante?
Él se reclina en su silla con un movimiento que la hace crujir.
Normalmente, a Philip le gusta ir a la moda, vestir lo más sofisticado, por eso resulta extraño verlo con una camisa negra demasiado ancha para su complexión.
Cae con holgura sobre su delicada figura.
Un par de remolinos de tinta reptan por encima del cuello desabrochado.
—No quedaban tantos —responde—. Les ha dado a elegir: o lo aceptan como su alfa, para poder ordenarles que no digan nada acerca de ti, o los mata. —Sacude la cabeza—. La Sangre de la Luna. Recuérdame que nunca vuelva a contrariarte, hermanita.
Yo me enderezo.
—¿Qué hay de Ryan?
—Está bien. Ha intentado venir a verte hace un rato, pero Blake está un poco… sobreprotector contigo. Has estado veinticuatro horas inconsciente. Acaba de irse justo ahora.
—¿Él está… bien?
—Sí. Tu pareja —dice, y yo hago una mueca y él acentúa su sonrisa— está bien.
Dejo el vaso de agua y entonces la manga de la camisa me engulle la mano. Es negra, holgada y huele a bosque, a cuentos de hadas. La camisa de Blake. Debe de haberme quitado los trapos sangrientos que llevaba cuando salimos del anfiteatro.
El restallido del látigo y el sonido de mi piel al desgarrarse reverberan en mi memoria. Cierro los ojos y respiro hondo. El olor de Blake me acoge en su abrazo y yo dejo escapar el aliento.
—¿Aquí estamos a salvo? —pregunto.
—De momento, eso parece. El ejército de Alexander está bastante entretenido con el de Callum.
Philip cambia de postura. Hay un macuto de cuero a sus pies.
—¿Vas a alguna parte? —inquiero.
Él echa un vistazo a la puerta y luego baja la voz.
—Sí. Y quiero que vengas conmigo. Deberíamos mantener el plan original.
Acompáñame a las Tierras Nevadas. Comprendo que es posible que las cosas hayan cambiado entre Blake y tú, pero hay algo en él que no me cuadra.
No me inspira confianza. Los lobos te van a hacer polvo en cuanto se enteren de lo que eres, y la Diosa no quiera que padre llegue a descubrirlo…
—No puedo ir contigo. Tengo que hacer una cosa.
Él me sostiene la mirada, con ojos escrutadores, antes de inclinar la cabeza.
—Vale.
—La vi, Philip. Vi a madre.
Él arquea las cejas. Acto seguido, compone una expresión apenada.
—Madre está muerta, hermanita.
—Soy consciente —replico—. Es solo que… No sé. Quizá fuera solo un sueño, o un recuerdo reprimido, o mi mente intentando dotar de sentido a todas las cosas que vi cuando era pequeña…, pero sé que lo que me dijo es cierto. Padre le hizo daño. La mató, Philip.
Él asiente y una suerte de velo avergonzado le cubre el semblante.
—Eso pensaba.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Querrías…? ¿Querrías ayudarme?
—Debería. Ojalá pudiera. Pero yo también tengo que ocuparme antes de una cosa. No he sido del todo sincero contigo, hermana. La razón por la que me pilló por sorpresa que Alexander pudiera mandar sobre mí fue que a mí me reclamó otro alfa en las Tierras del Norte.
—¿Ingrid?
—No. —Esboza una sonrisa melancólica—. Un alfa llamado Fenrir.
Arrugo el entrecejo al identificar el nombre.
—Es el lobo que Alexander dijo que estaba en la prisión con Blake y los otros.
Philip asiente.
—Si tanto Alexander como Blake veneran al Dios de la Noche… —digo.
—Fenrir también. Nunca fingió otra cosa.
Era aterrador y yo cometí muchas atrocidades en su nombre.
Si pudiera volver atrás y cambiar las cosas…
—Sacude la cabeza—. Creí que estaba muerto.
No caí en la cuenta de que mi lealtad recalaría en Alexander cuando él no estuviera.
—Su expresión se oscurece y, por un momento, vislumbro el aspecto que mi hermano, el heredero al trono, tendría si de verdad le importara gobernar—.
El tema es que, cuando Alexander murió, algo se quebró para volver a recomponerse.
Volví a sentirlo. A Fenrir. Creo… creo que ha vuelto. Y, si ha vuelto, Ingrid me necesita.
—Porque la amas —digo. Philip se muerde el interior de la mejilla. Al ver que no contesta, trazo una tenue sonrisa—. Ve a su lado. Tengo el presentimiento de que necesitaremos aliarnos con ella en los próximos meses.
Philip asiente. Un silencio incómodo flota entre nosotros antes de que él me envuelva en un abrazo. Nunca antes nos habíamos abrazado, así que no tengo muy claro qué hacer con mis miembros. Por la tensión de sus brazos, diría que él tampoco.
—No sé si deberíamos repetirlo —comenta, y sus palabras se pierden en mi pelo.
Yo me aparto, con las comisuras de los labios elevadas a pesar de todo lo ocurrido.
—Ni yo. Quizá se nos vaya dando mejor con el tiempo.
Él sonríe y se pone de pie.
—Cuídate.
—Y tú.
Camina hasta la puerta.
—Buena suerte, hermana. Intenta que no te maten en mi ausencia. —Me guiña el ojo antes de desaparecer por el pasillo. Me pregunto si volveré a verlo. Pensar en ello me pone sorprendentemente triste, teniendo en cuenta nuestro pasado.
Así que me quedo sola en la pequeña habitación, con la única compañía del sonido del mar al romper contra las rocas en un nivel inferior al que me encuentro y de las sombras que danzan en las paredes de piedra.
Cada vez que la ventana vibra, me estremezco, asaltada por el recuerdo del látigo, y de Alexander, y de la serpiente hecha de oscuridad que se cernió sobre mí.
Ahora mismo lo último que deseo es quedarme a solas con mis pensamientos.
Lo siento. A Blake. De algún modo, el hilo que nos une me resulta más sólido, fuerte. Creo que, si lo sigo, me llevará hasta él.
«Quítale las manos de encima a mi pareja».
Salgo de la cama. Me tiemblan un poco las piernas y un cosquilleo trepa por mi espalda, pero, aparte de eso, estoy bastante bien, dado lo sucedido.
Al pasar la mano por la parte trasera de la camisa, aprecio el relieve de una de mis viejas cicatrices a la altura de los omóplatos, pero no detecto heridas recientes.
Tengo las piernas desnudas. Hay unos pantalones doblados en el extremo de la cama. Blake debe de haberlos dejado ahí para mí. Me los pongo junto a un par de botas que había apoyadas en la pared y salgo por la puerta.
Las antorchas del pasillo no están encendidas y tampoco hay ventanas.
La densidad de la oscuridad recubre cada centímetro de mi piel y, aun así, consigo atisbar la escalera y sus robustos pasamanos negros al final del pasillo.
Creo que es mi visión lobuna. Me parece que, por fin, se ha roto la jaula que mantenía prisionera esa pulsión salvaje.
Me dirijo a las escaleras y desciendo por ellas. El recibidor tiene aspecto de haber conocido días mejores —magníficos, incluso—, con su inmensidad, su puerta de hierro arqueada y la lámpara de araña que se mece con suavidad en el techo. Mis pasos resuenan por cada rincón cuando lo atravieso.
El agua cae a chorros a izquierda y derecha, empapando las paredes, a cuyos pies, sobre los azulejos negros, se forman charcos nada desdeñables. El olor marino es intenso, proveniente quizá de las algas ennegrecidas que recubren casi por completo un ancla fijada en la pared, sobre la puerta.
Hace un frío lacerante pero las bajas temperaturas no me incomodan tanto como de costumbre. Tengo la sensación de que, si tuerzo a la izquierda, daré con Blake en los calabozos. Pero algo me incita a tomar la dirección opuesta, hacia la puerta.
La abro con una sinfonía de crujidos y me sumerjo en la noche.
Me encuentro en un patio desolado, rodeado de muros altos y fortificados.
Llueve a cántaros, por lo que la ropa se me pega de inmediato al cuerpo.
Disfruto de la sensación del agua al resbalar por mi cara. Es un recordatorio de que estoy viva.
Atravieso unas imponentes puertas de hierro y llego hasta un acantilado en el que hay trazado un camino que conduce hasta abajo. Más allá no hay nada más que la ferocidad del océano.
No es hasta que bajo la vista que comprendo por qué he venido hasta aquí, qué era lo que tenía que ver.
Hay un edificio circular de piedra en una pequeña península.
Uno de sus muros se está desmoronando. Es el anfiteatro.
El lugar en el que creí que moriría. El lugar en el que, por fin, me atreví a desatarme y decidí pelear.