Capítulo 61
U n grito se desata en mis pulmones.
Los fragmentos dentados de mi corazón cortan como el cristal y la criatura salvaje de mi interior saca las garras.
El poder se enciende en mi alma. Lo saboreo: la noche, montañas vírgenes, bosques iluminados por la luna, todo mucho antes de que los primeros hombres empezaran a caminar por el mundo.
Mi espalda se recompone sola y mis huesos se tragan cualquier atisbo de dolor.
Me brilla la piel, resplandeciente y cegadora, fulgurante ante mis ojos.
Cuando la masa de oscuridad desciende, un rayo de luna nacido de mí se alza para recibirla.
La criatura ofídica retrocede con un alarido espeluznante.
Sus ojos parecen sangrar tinta al mirarme, como si no estuviera acostumbrada a ver nada más que la oscuridad, y, aun así, yo grito.
Las sombras que abrigan su cuerpo se diluyen, revelando unas escamas de color obsidiana.
En cuanto mi luz toca su piel, el chisporroteo de la carne quemada se hace patente.
La criatura se agita. Su cola se estampa contra las gradas.
Múltiples escombros caen sobre mí, pero eso no interrumpe mi grito.
Varios hilos de luz que brotan de mi cuerpo me conectan a los lobos y me siento atraída por lo que me parecen un sinfín de direcciones distintas.
Es como en la noche de la luna llena: mi alma se está haciendo pedazos y yo no me resisto.
Se me disparan los sentidos. Saboreo el agua del mar y el ron.
Jack. Capto un destello de pelaje negro junto a mí y, cuando salta a mi lado y se precipita contra el prisionero de Noche, distingo que es un lobo que gruñe y con unas garras afiladas como cuchillos.
Me llega un olor a brezo cuando un hombre blande su espada contra Claire para, acto seguido, verse derribado por un lobo de color gris.
Un olor a batalla y a helechos me atraviesa; James se mueve a mi lado para arrancarle la cabeza a uno de los acólitos.
No puedo respirar. Susurros llenándome los oídos.
Dedos aferrándome el cuerpo. Tiran de mí.
Intentan hacerse con mi alma. Grito. Me llega el aroma de las montañas al amanecer y percibo la frescura en mi piel antes de que el pino y las sombras inunden mis pulmones hasta que no consigo respirar otra cosa.
Ahí está Blake, peleando. El hilo que me conecta a él es más fuerte que los demás.
Echo atrás la cabeza y mi luz se intensifica.
La serpiente sisea, se queja. Intenta retirarse a la fosa de la que ha salido.
No se lo permitiré. Arde. Su cabeza se golpea contra el techo mientras la carne se le despega de los huesos.
Profiere un alarido estremecedor que termina por convertirse en una ronca carcajada.
—Creyó que te salvaría, pero él se aproxima.
Unas escamas chamuscadas caen desde lo alto como si fueran copos de nieve. Se esparcen y cubren de ceniza la sangre y la destrucción. Sisean al tocar mi piel. Después se disuelven en las sombras. Mi grito muere con la bestia.
Silencio.
Cae cuan pesada es sobre el anfiteatro. El destello de mi piel es la única luz en la negrura. Formas oscuras cubren el suelo. La sangre negra resplandece. El aroma cobrizo de la muerte resulta abrumador.
Debería parecerme repugnante, pero todo se me antoja tan lejano… Es como si estuviera flotando con una canción antigua, muy antigua, sonando en mis oídos. Los lobos, cubiertos ahora de vísceras y ropa raída, han recuperado sus formas humanoides. Apenas queda ninguno.
James está de pie justo delante de mí, frente a la trampilla.
Su pecho desnudo asciende y desciende de manera pronunciada.
La sangre que le tiñe el rostro gotea desde su mandíbula.
Mi luz baila en los tatuajes que le marcan los bíceps.
Mi enemigo. El lobo que me mordió, que echó a perder la pequeña brizna de libertad que encontré.
Tiene los labios entreabiertos y los ojos llenos de estupor. Se deja caer de rodillas.
— Cridche na Ghealach —farfulla.
Los otros lobos lo imitan.
Blake está de pie cerca del trono. Sus poderosos hombros se agitan con profusión. La sangre riela en su pecho repleto de cicatrices y tiene el pelo oscuro pegado a la frente. Curva los labios en una lenta sonrisa que hace aparecer los hoyuelos de sus mejillas. Abre la boca.
Alexander aparece detrás de él y desliza un cuchillo por su garganta.
El tiempo se detiene. Los ojos de Blake, anclados en los míos, se abren más. Por un instante, pienso que está bien. Y entonces la sangre brota de la fina línea que acaban de trazar en su cuello.
La adrenalina se adueña de todo mi ser. Las pulsaciones enloquecen en mis tímpanos.
No oigo el grito de Arran al cargar contra Alexander y apartarlo de Blake antes de decapitarlo.
Apenas me percato de que Jack corre hacia delante para acoger a Blake entre sus brazos y caer de rodillas junto a él, ni de que más acólitos se precipitan sobre los lobos restantes.
El vínculo entre Blake y yo se tensa como nunca. Tengo la impresión de que me están sacando el alma del cuerpo. Lo veo entre nosotros, tembloroso. Lo sigo. Caigo con fuerza de rodillas junto a Jack, que tapa la herida de Blake con ambas manos.
—Te podrás bien —dice, aunque es evidente que no se lo cree—. Te pondrás bien. Nos hemos visto en situaciones peores.
La sangre borbotea en la boca de Blake. Tiene la tez mortalmente pálida. Intenta hablar.
Su dolor me atenaza la garganta y me entrecorta la respiración. Niego con la cabeza. Me inclino hacia delante para tocarle la mejilla. Está frío. Helado. Sus párpados aletean.
Hubo un tiempo en que anhelé algo así. Quería vencerlo.
He pasado semanas en busca de respuestas que me permitieran ponerle fin a nuestra conexión.
Quería romper el vínculo. El poder para hacerlo crepita en mis venas.
Lo siento. Podría cogerlo con la mano y partirlo. Si no lo hago ya, me arrastrará con él.
Él intenta tocarme, pero su mano cae lánguida al costado. Su cuerpo sufre un espasmo.
La emoción me atraviesa, cruda y primaria. He pasado tanto tiempo impidiéndome sentir las cosas que no creía que debía sentir… Y este era el sentimiento más prohibido de todos. Me ahoga y el aroma de su sangre en el aire solo lo hace peor.
Tengo que dejarlo marchar.
No puedo dejarlo marchar.
Él me salvó una vez. No sé cómo lo hizo, cuáles fueron las palabras que susurró en la oscuridad, pero siento el vínculo. La vida se me escapa; me tiemblan las extremidades. Mi respiración resulta tan trabajosa como la suya. Cierro los ojos.
— Por favor… —musita.
Y lo siento. Quiere que rompa el vínculo. Apoyo mi frente en la suya.
Oscuridad.
Caemos en un océano de sombras. Me llega el sonido de los bisturíes acompañado de gritos.
Me pego a Blake y presiono la cabeza contra su pecho, pero sus brazos están flácidos y fríos.
Vislumbro una habitación oscura, una celda iluminada por unas velas que huele a cítricos y en la que hay multitud de libros, una cámara de tortura con mesas de trabajo que crujen por el peso de las herramientas y los tarros.
Atravesamos el techo de una pequeña habitación iluminada por el fuego del hogar.
Una mujer sostiene a un conejo mientras un niño pequeño llora.
Me recibe un chapoteo en cuanto mi cuerpo impacta contra el suelo. Me estoy hundiendo en el fango. La lluvia me golpea la espalda y el aire sabe a rayos. Un trueno parte el cielo. Estoy sola.
No estoy lejos de un pequeño pueblo, en las afueras. Las pequeñas casas hechas de piedra flanquean la carretera. Las luces titilan al otro lado de las ventanas. No veo a Blake por ninguna parte, pero algo me oprime el pecho y me doy la vuelta.
Un relámpago surca el cielo, iluminando un pozo a lo lejos, al que me une un hilo de luz que chisporrotea bajo la lluvia y las sombras.
Me pongo el brazo delante de la cara para protegerme del aguacero, que cae tan deprisa que parece que me está cortando la piel.
Se oye otro trueno y el suelo se sacude bajo mis pies. Es como un lodazal que amenaza con engullirme entera con cada paso que doy.
Camino. El viento se precipita con tanto ímpetu sobre mí que consigue que el pelo me azote la cara.
Intenta ralentizarme, pero yo me resisto.
Me aferro a los márgenes pétreos del pozo, resbaladizos por culpa del musgo.
Un niño con el cabello negro como la tinta está encogido en la oscuridad, medio sumergido en el agua, cuyo nivel no deja de aumentar.
Está llorando.
—¡Blake! —Mi voz resuena como un eco antes de que la engulla la oscuridad.
El muchacho alza la vista.
Su imagen parpadea y pasa a ser el hombre que me engañó, manipuló, embaucó y salvó. Su piel está blanca. Respira con dificultad. Tiene el pecho y el abdomen al descubierto. El lobo resplandece en sus ojos. Aprieta los dientes ante el restallido de otro relámpago que inunda el pozo.
—¿Aurora?
El agua se drena y el fondo se hunde bajo sus pies.
Él jadea y se agarra a los lados, introduciendo los dedos en las grietas que hay entre las piedras.
Sus bíceps se tensan. Suelta un gruñido al deslizarse un poco hacia abajo.
El vínculo que nos une se agita y me incita a caer.
Titila. Apenas es una cuerda deshilachada entre los dos.
—¡Rómpelo! —vocifera.
El retumbar de un trueno le provoca un estremecimiento que hace que caiga unos metros más. Yo grito con el abdomen completamente pegado al borde del pozo. Sujeto el vínculo entre nosotros con unos dedos entumecidos. Tiembla y se desgarra un poco más.
—¡Rómpelo! —Su voz se propaga con fuerza—. ¡Tienes el poder! ¡Siempre lo has tenido!
—No.
—¡No seas obstinada, Aurora! —La lluvia le baña el rostro, los labios—. Te arrastrará conmigo.
Pienso en cada sueño en el que él se adentró, con esa cara de suficiencia, mientras me animaba a luchar. Es un hipócrita, condescendiente y terco.
—¡Ni siquiera lo estás intentando! —grito.
Le tiembla la garganta. El hilo de nuestro vínculo se difumina ante su rostro.
Blake detiene las pupilas en él. Presiento lo que va a hacer.
Me invade el más absoluto terror—. Ni se te ocurra.
—Sujeto el vínculo con más fuerza y aprieto los dientes—. Tú y yo no soltamos nada, Blake.
Su respiración es tan pesada como la mía. Se está preparando para algo, pero no sé el qué. Ya no me llegan sus emociones.
—Te arrepentirás de esto, pequeña liebre.
—Es un error que tengo derecho a cometer.
—¡No seas tan cabezota!
—¡Ni tú tan víbora! ¡Ponte a escalar!
Poco a poco, entre gruñidos, empieza a ascender.
Yo me inclino sobre el pozo para estirar los brazos todo lo que me lo permite mi anatomía.
Él intenta cogerme. Se está resbalando, pero, con un rugido y un impulso, consigue aferrarse a mis dedos.
Tiene la mano fría y húmeda. Con un grito, le agarro la muñeca y tiro con todas mis fuerzas, pero es un peso muerto, así que aferro en su lugar el hilo deshilachado.
Vuelco toda mi angustia en él, que se remienda y se fortalece bajo mi tacto.
Él me coge de la parte superior del brazo y yo lo engancho por las axilas. Rujo y me echo hacia atrás.
Nos caemos al suelo, separados ya del pozo. El cuerpo de Blake me hunde en el fango. No consigo recuperar el aliento. El paisaje se disuelve.
Ascendemos hacia lo alto. Le rodeo la espalda con los brazos y él entierra el rostro en mi cuello. Atravesamos la habitación de la mujer y el conejo, la cámara de tortura, la celda y la oscuridad.
Y volvemos al anfiteatro.
Estoy encima de Blake. Hay gente a nuestro alrededor, pero todo se diluye.
Él abre los ojos. Una lágrima se desliza por mi mejilla. Por una vez, tiene aspecto de no saber qué decir. Me rodea el cuello con los brazos y me atrae hacia su pecho.
—Gracias —susurra.
Aunque no debería sentirme segura, lo cierto es que me transmite calor y firmeza.
Me derrito entre sus brazos. Me sostiene con fuerza y yo hundo la nariz en su hombro.
Todo lo sucedido cae sobre mí sin ningún tipo de consideración.
Me fallan las fuerzas, mis huesos se vuelven líquidos. Todo se evapora.
No sé si ha transcurrido un minuto o una hora cuando me recogen del suelo y me apoyan contra un pecho rígido. Me envuelve una fragancia a pino que inunda mis sentidos mientras me llevan, no sé a dónde. No me quedan las fuerzas suficientes como para que me importe.
Está vivo.
Oigo la voz áspera de James en la distancia.
—Así que ella es el Corazón de la Luna.
—Eso parece. —El aliento de Blake me acaricia la frente.
—¿Por qué tú? —inquiere James—. De todos los lobos del reino, ¿por qué ibas a ser tú su pareja?
—No lo sé.
Pero sí lo sabe. Blake sabe por qué. Lo siento con una certeza que me oprime el pecho. Intento ampararme en ella, pero, una vez más, todo se diluye a mi alrededor.