El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 60
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Capítulo 60

C aigo en la oscuridad. La atravieso. Me engulle.

Se alza para recibirme.

Doy un respingo. Mi piel se vuelve de piedra.

El sabor a cripta y moho se intensifica en mi paladar.

No puedo moverme. No puedo respirar. Soy una estatua en los jardines de palacio, cubierta por el musgo como si fuera un vestido de terciopelo.

Un grito se fragua en mi pecho, pero tengo los labios sellados.

La luna se oculta tras las nubes y unas velas presiden el camino hacia un laberinto hecho de setos. Los cortesanos deambulan aquí y allá, con sus trajes de seda lamiendo los adoquines. Algunos se detienen.

—Qué pieza tan magnífica —comenta uno.

—Casi parece que está viva —dice otra.

Y yo ya estoy harta. No soy una estatua que carezca de pensamientos, sentimientos o deseos propios. No estoy hecha de piedra. No existo como parte de la decoración, para que la gente se deleite con mi aspecto y lo comente como si no pudiera oírlos.

Mi sonrisa se deshace. El suelo se sacude.

La piedra que me atrapa se agrieta y yo me la quito como si mudara de piel.

Se convierte en polvo sobre mi piel desnuda.

Permanezco en el pedestal. Alzo el mentón y un rayo de luz de luna me acaricia la cara.

Los cortesanos a mi alrededor prorrumpen en gritos.

«Basta».

Vuelvo a caer.

Mis pies golpean las frías baldosas ajedrezadas, que crujen bajo mi peso.

Me encuentro en la iglesia de la Luz y del Sol, solo que ahora la naturaleza se ha apoderado de ella.

El altar de piedra que tengo delante está enterrado en liquen y sobre el techo abovedado resplandece una luna creciente cuya tenue luz se derrama en el mosaico del sol.

Unas enredaderas brotan del suelo y se me enroscan en los tobillos. Surgen de las paredes y me sostienen los brazos en cruz. Otras me empujan por la espalda para obligarme a inclinar el cuerpo hacia delante. Reprimo un grito, presa de un fuerte sabor a sangre en la boca.

«Pero yo no he pecado», susurra una versión de mi voz entre un follaje de hojas agitadas.

«Tu madre era una pecadora —La voz del sumo sacerdote retumba por cada rincón de la iglesia—. Igual que tú. ¿Quieres enfurecer a la Diosa del Sol?».

¿Y qué hay de mi furia?

Durante muchos años, creí que me lo merecía. Creí que era una pecadora. Creí que me pegaban por mi culpa. Los hombres ejercían su poder sobre mí porque los hacía sentir superiores por lo inferior que era yo. Esa fue su elección, no la mía.

El látigo restalla y una carcajada oscura llena el lugar.

Alzo el mentón en un gesto desafiante.

Llevo los brazos hacia mí y las enredaderas caen a mis pies.

Se desenrollan de mis tobillos, marchitas, descomponiéndose hasta no ser más que charcos de densa oscuridad.

Al apretar el puño, noto la viscosidad de la sabia entre los dedos.

Las baldosas se agrietan y se desmoronan a mi alrededor.

Alzo la cabeza hacia la cúpula de cristal.

«Basta».

Vuelvo a caer.

Aterrizo. Se me estira la piel de los brazos.

Estoy atravesada por cientos de ganchos que me perforan la carne para mantenerme erguida.

Intento gritar, pero tengo la boca cosida.

Ya he estado aquí antes, en la sala del trono del palacio.

Una vez más, soy una marioneta controlada por una mano que no veo.

El trono de oro de mi padre se alza imponente ante mí encima del estrado.

El titiritero invisible está usando la cruceta como de costumbre, por lo que yo empiezo a girar.

Pero no soy ningún títere. No soy un peón en un juego de reyes. No soy alguien que los demás deban controlar, que deba casarse con hombres crueles para beneficio de mi padre. Yo también puedo mover los hilos. Ahora los veo, hilos de poder que brillan igual que la luna. Salen de mi pecho.

Libero los brazos con un gesto que hace que los anzuelos me desgarren la piel, lo que tiñe de escarlata mi vestido blanco. Tiro de las cuerdas de mis piernas y mis pies. La música enmudece de pronto. La sangre gotea de mi cuerpo. Al alcanzar el suelo, aumenta y repta por la estancia.

Me fuerzo a abrir la boca cosida.

La cruceta de madera cae desde el techo. Los cortesanos gritan y se dispersan alentados por el impacto del objeto ante mí, contra un suelo que pasa a temblar antes de desmoronarse.

«Basta».

Caigo.

Aterrizo en un promontorio de hierba. La luna llena, reinante en el cielo despejado, tiñe de plata el lago que hay junto a una cabaña cercana.

Hay dos figuras sentadas en la orilla: una mujer y una niña pequeña, de unos tres años, acurrucada a su lado.

Ambas tienen una larga cabellera rojiza que casi roza el suelo a sus espaldas.

Se me encoge el corazón. Me obligo a levantarme y a caminar hacia ellas.

Sin poder evitarlo, echo a correr. La hierba me hace cosquillas en los pies descalzos; los dientes de león me besan los dedos.

—Madre —la llamo.

—Qué bonita está la luna, ¿a que sí, chiquitina? —dice ella, con lo que algo florece en mi pecho. Aunque duele, también es cálido.

Las lágrimas escapan de mis ojos. Me había olvidado de cómo sonaba su voz, de su cadencia musical, de ese deje de las Tierras Nevadas.

—Sí —respondo a la vez que la niña pequeña a su lado.

Se me agrieta el corazón, porque no es la versión adulta de mí misma a la que se dirige. No creo que pueda oírme. Intento caminar a su alrededor. Necesito verle la cara, pero el paisaje cambia y termina dándome la espalda de nuevo.

Mi madre suspira.

—Hay muchas cosas que tengo que contarte.

Muchas cosas que necesitarás saber cuando seas mayor.

No obstante, me estoy quedando sin tiempo.

—Se reclina sobre las palmas de las manos, de manera que su cabello abraza la hierba.

La versión pequeña de mí misma se arrebuja en su costado—.

Espero que te acuerdes de esta época y que me recuerdes a mí con cariño.

La niña pequeña bosteza. Mi madre canturrea la misma melodía indeleble que yo le canté a Blake cuando necesitó consuelo. Mi yo niña empieza a roncar con suavidad.

—Las Tierras Nevadas estaban en guerra cuando me prometieron con tu padre.

Un alfa conocido como el lobo Sombrío cosechó seguidores leales.

Consagrado al Dios de la Noche, buscaba la llave de la prisión de Noche para liberar a su señor.

Mi abuela, la alfa de nuestra manada, no podía arriesgarse a que me encontrara.

—¿Por qué? —susurro.

Ella baja la vista hasta la pequeñina durmiente a su lado, casi como si hubiera hablado.

—Lo llevamos en la sangre, pequeña. Transmitido de generación en generación por línea materna, más fuerte con cada nuevo vástago del árbol familiar.

»Mi abuela creía que la siguiente generación sería lo suficientemente poderosa como para, o bien liberar al Dios de la Noche, o bien vencerlo.

Temía que el alfa me hiciera darle un hijo al que sacrificar para liberar a su amo.

—Sacude la cabeza. Una oscuridad se apodera de mis venas—.

Así que mi abuela hizo un trato con tu padre: él nos apoyaría en nuestra lucha contra el lobo Sombrío y ella le proporcionaría lobos que lo ayudaran en su guerra contra el reino de Rema.

Yo, por mi parte, me convertiría en su esposa para asegurar así la alianza.

Tu padre parecía amable cuando se reunió con ella para discutir los términos del acuerdo. Creyó que estaría a salvo. Como yo.

—Pero no.

Su aliento no es más que un susurro que se pierde en la brisa estival.

—No, no estaba a salvo. Tu padre… Al principio lo amaba.

Yo era joven, apenas dieciocho años. Él me cubrió de afecto.

Me enterró en regalos. Me convirtió en su reina.

Era apuesto cuando lo conocí y yo me sentí la loba más afortunada de todas las Tierras Nevadas, porque había dejado atrás la guerra y lo había hecho en compañía de un hombre como él.

—Casi oigo una sonrisa triste atrapada en el deje de su voz.

El agua se ondula al abrazo de la luz de la luna.

Ojalá se girara para mirarme—. Al principio, ingerí el acónito voluntariamente.

Tan solo una pequeña dosis diaria. Me dijo que era por mi propio bien, para mantener al lobo a raya.

Ninguno de mis súbditos podría amar a una reina con mi aflicción, me dijo.

Los miembros de su consejo me asesinarían, nuestra gente me daría la espalda y él no podría estar conmigo…

Tenía que mantener oculta esa faceta de mí en todo momento.

Dijo que el lobo era una enfermedad y que el acónito era el medicamento capaz de mejorarme.

Lo tomé por él. Intenté ser «mejor» por él.

Huelga decir que era innecesario. Gracias a la sangre que corre por mis venas, no tengo por qué transformarme en las noches de luna llena.

Alza la cabeza en dirección a la luna, que resplandece cuan redonda es en el cielo nocturno.

—Necesitaba que pensara que la razón por la que se mantenía a raya era el medicamento, no el poder de mi linaje, por mucho que me perjudicara ingerirlo.

Porque era consciente de que, si tenía una hija y el secreto se revelaba, el consejo del rey acabaría matándola por lo que ella representaría para los lobos.

—Exhala un suspiro—. Cambió después de que Philip naciera, ya que por fin tenía su heredero.

O tal vez siempre fue un monstruo y yo misma me puse una venda en los ojos.

Quizá podría haberlo visto cuando me obligó a ocultar una parte de mí misma, o cuando me hacía sentir vergüenza de lo que era, o con las muecas de desagrado que ponía cuando yo tenía algún desliz… Tal vez siempre hubo maltrato.

»Cuando naciste tú, empezó a hacerme tomar dosis más abundantes del “medicamento”. Me dijo que me apartaría de Philip y de ti si no lo hacía. Puedo tolerarlo mejor que la mayoría, pero no soy inmune a sus efectos.

»Intenté escapar contigo y con Philip una vez. Me pilló. Y me castigó por ello. Esta… esta es la segunda y última vez que voy a intentar sacarte del reino.

La temperatura se desploma y una sombra se cruza frente a la luna. El agua del lago se agita y la voz de mi madre adopta un cariz más severo.

—Al amanecer del día siguiente, intenté mandarte lejos con una de mis damas de compañía.

Le di instrucciones para que te llevara al puerto de los Acantilados Blancos y comprara un pasaje en un barco que se dirigiera a las Tierras Nevadas.

Creí que allí estarías a salvo, pero los hombres de tu padre irrumpieron la víspera de la huida y nos hicieron volver.

—Se me para el corazón. No está hablándole a la niña que duerme.

Me está hablando a mí—. Me encerró en mis aposentos y me hizo tomar muchas más dosis de medicina como castigo. Me dijo que te mataría si no obedecía.

Mi aliento se convierte en niebla ante mis ojos y la tierna hierba se endurece bajo mis pies.

Se oye un crujido ahora que el lago se ha congelado y la nieve cae del cielo.

Sabía que la había matado, que me la había arrebatado, pero descubrir lo mucho que duraron sus abusos, que mi madre era consciente de que la estaba envenenando… , es insoportable.

—Así que me lo tomé. Me fui debilitando día tras día. Dejé que me matara porque tenía miedo. Miedo de él, miedo de que te hiciera daño. Y porque temía que descubriera la verdad.

Las lágrimas surcan mis mejillas, calientes en contraste con el aire frío. Tengo un nudo en la garganta.

—¿Qué verdad? —susurro.

—Ghealach no se arrancó el corazón para que el Lobo Primigenio tuviera acceso a su poder, sino que le envío a su hija para que la protegiera.

El poder que buscan los lobos… nunca fue una piedra, una reliquia ni una herramienta que pueda ser utilizada.

Empezó siendo una persona, y luego, un linaje.

Descendemos de Ghealach y del Lobo Primigenio, pequeña. Tú eres el Corazón de la Luna.

Se me parte el corazón en un millar de pedazos irregulares.

Aprieto los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas de las manos.

El hielo se derrite; la nieve deja de caer.

Las sombras cambian y la luna envuelve el lago con su luz una vez más.

La brisa estival despierta susurros en los verdes árboles.

Le da un beso en la cabeza a la versión más pequeña de mí antes de recostarla en la hierba.

Mi madre se levanta y deja que su mirada se pierda en el agua.

—¿Qué hago ahora? —pregunto.

—Lo que quieras.

Despacio, se da la vuelta. Casi me estalla el corazón al verle la cara.

Me había olvidado de lo azules que eran sus ojos y de lo delineados que estaban con kohl.

Había perdido la cuenta de la cantidad de pecas que le recubrían la nariz.

Descubro que mi memoria no conservaba la calidez de su sonrisa con precisión.

Me había olvidado de que olía a lavanda, nieve y caballos.

Y me había olvidado de cómo su fragancia me hacía sentir reconfortada y segura, como si nadie pudiera herirme nunca.

Estar frente a ella como adulta me permite apreciar cosas en las que ni siquiera reparé de niña.

Comprendo que mi madre era una guerrera.

No libró sus batallas en campo abierto, con espadas y escudos, pero aun así era una guerrera.

Luchó cada día para protegernos a mi hermano y a mí, para mantenernos a salvo de un hombre que sí era capaz de hacernos daño.

—Primero —dice—, debes luchar.

—Te echo mucho de menos.

Me toca la mejilla. Sus manos, aunque callosas, resultan delicadas. Cálidas. Lo había olvidado.

—Estoy muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido.

Una lágrima se desliza por mi mejilla. Su rostro empieza a desvanecerse. La calidez de su toque se diluye. Los sonidos del verano se vuelven lejanos. Me asalta una punzada de pánico.

—No te vayas —ruego—. No estoy lista. No te vayas.

—Harán que sientas que no tienes elección, pero siempre hay elección. —Sonríe y a mí me parece que su voz proviene de un universo lejano, ajeno a este—. Valor, pequeña.

Asciendo a toda velocidad. El viento me azota el rostro y la ropa. Cierro los ojos con fuerza. No puedo respirar. No siento nada.

Mis rodillas caen con fuerza sobre la tierra dura. Abro los ojos. El dolor me lacera la espalda; el sonido del combate retumba en mis tímpanos. Estoy en el anfiteatro, frente a una oleada de sombras que se ciernen sobre mí.

Me permito sentir la ira por la pérdida de mi madre, las emociones que me obligaron a reprimir, la pulsión salvaje que me educaron para mantener a raya. Me llena los pulmones y su fuerza invoca una vibración por todo mi cuerpo. Se desata en mi interior. Me presiona la piel. Me levanto.

«Basta».

Clavo los ojos en la oscura mirada de obsidiana.

Y en cuanto a ese grito que ha estado fraguándose en mi pecho toda mi vida…

Lo suelto.

No.

Lo libero.